Siria, otra vez

SYRIA-CONFLICT-UNREST

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Dejé a un costado el blog porque no tengo tiempo para dedicarle. Menos aún a moderar comentarios, que son lo distintivo de esta forma de “pensar en voz alta”. Pero hay temas que golpean, por más que sean una repetición monótona y trágica.

Hace dos meses había subido esto Siria, Israel, Irán… la guerra que puede crecer, en ocasión de la última vez que los medios y las redes sociales estallaron con un incidente militar ahí. No parece que tenga que cambiar mucho lo que dije.

Pero para los que se interesan en reflexiones largas, les copio abajo lo que escribí hace justamente un año y una semana, en ocasión del primer bombardeo en Siria que autorizó Trump. Tampoco cambió mucho -eso es lo más trágico del asunto- pero doy un encuadre geopolítico al tema.

Al final, agrego unas reflexiones para nosotros.

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Sobre Siria y su tragedia actual vengo escribiendo en el blog desde hace más de 5 años (encuentran los posteos en el Buscador, a la derecha, si les interesa). Es inevitable, si a uno le interesa la política internacional (Tal vez recordarán lo que decía Toynbee “Los que no se interesan en política tendrán su merecido castigo. Los gobernarán gente que sí se interesa“.

Como sea. El Presidente Trump produjo ayer un hecho nuevo (o, mejor, un nuevo presidente produjo un hecho viejo): Lanzó aproximadamente medio centenar de misiles sobre una base militar siria.

La justificación que dio a conocer, en Twitter, como es su hábito, fue emotiva :

  • “Usando gas sarín, Assad arrebató la vida de hombres, mujeres y niños indefensos. Para muchos fue una muerte lenta y brutal. Incluso tiernos bebés fueron asesinados cruelmente con este ataque bárbaro. Ningún hijo del Señor debería jamás sufrir ese espanto”.
  • “Esta noche ordené lanzar un bombardeo contra la base aérea desde la cual partió ese ataque. Esto responde a los intereses vitales de la seguridad nacional de Estados Unidos, que debe prevenir y detener el uso de armas químicas letales”.

Una pregunta, contrafáctica, es cómo lo habría anunciado Hillary. Pero eso ya no tiene importancia.

Lo que sí es relevante, porque Siria, para su desdicha, se ha convertido en el ring donde se pelea por el destino del Medio Oriente, es la reacción del presidente de China, Xi Jinping, que está reunido con Trump desde antes del ataque, y del presidente de Rusia, Vladimir Putin, que no participa de la reunión (que debe tenerlo más pensativo que el problema sirio). También son importantes las actitudes de Irán, Turquía, las monarquías sunnitas de la península arábiga. Las de Gran Bretaña y la Unión Europea… hoy pesan bastante menos. Ni hablar de lo que podamos decir los que comentamos en el mundo digital desde esta parte del planeta. Nuestro interés y nuestra obligación es tratar de entender lo que pasa y prever posibles consecuencias para nosotros.

Pero por ahora, no tengo datos bastantes. Si encuentro algo que piense significativo, y que ya no esté en los medios, no voy a resistir la tentación de bloguear. Por ahora, sólo aporto una reflexión, que probablemente ya se le ha ocurrido a otros.

La Constitución, y el sistema político de los EE.UU., otorgan al Presidente menos poder, frente al Congreso en particular, y también a las estructuras civiles, del que le de nuestra Constitución, por ejemplo. Pero, salvo la potestad de declarar la guerra -trámite que ha caído en desuso, de todos modos- le da mucho más poder, sin controles, sin “checks & balances”, fronteras afuera. El Presidente estadounidense, puede, por ejemplo, ordenar ataques aéreos y asesinatos de individuos por una orden ejecutiva. En los últimos años Obama lo hizo repetidas veces.

Es natural que un presidente cuyo poder está cuestionado, que está bajo ataque en el interior, quiera afirmar su autoridad que una acción enérgica en el exterior.

AGREGADO: A continuación, un resumen que subí hace unos cuatro años, sobre mi visión de lo que ocurre en Siria:

Siria tiene una historia muy antigua. En realidad, es muy posible que hayan surgido allí, en el arco occidental de la Media Luna fértil, hace más de diez mil años, las primeras comunidades humanas estables. Esa es la provincia de los arqueólogos. Lo que los historiadores saben es que hace cinco mil años ya se mezclaban allí las influencias de las dos primeras civilizaciones conocidas, Sumeria y Egipto. Y surgian nuevas ideas y nuevos dioses. Desde entonces nunca dejaron de pasar cosas importantes, con frecuencia sangrientas. Toynbee nos recuerda que allí se inventaron las dos creaciones humanas más extendidas: el alfabeto y el monoteísmo. Pero eso es, como dije, historia antigua.

En los tiempos recientes, unos 90 años, Siria ha sido uno de los países de lengua árabe que se forman después de la caída del Imperio Otomano. Y, como todos ellos, ha tenido una historia “latinoamericana”, de revueltas populares y golpes militares. Aún más inestable que nuestros países, porque la sociedad otomana no estaba organizada por nacionalidades, y pueblos distintos convivían en el mismo espacio geográfico. Y en la cultura tradicional del Medio Oriente, la identidad es la religión: alguien es, primero que nada, cristiano maronita, o nestoriano, o judío, o musulmán sunnita o shíita, o druso, o…

Siria, es cierto, no es un mosaico como el Líbano, o la ex Yugoeslavia. De sus 19 millones de habitantes, la mayoría habla árabe y profesa el islam, y la mayor parte de ellos son sunnitas. Pero hay musulmanes drusos, alawitas y chiitas. Y también existen minorías de las etnias asiria, armenia, turca y kurda, junto a miles de refugiados palestinos.

Fue un difícil esfuerzo el que se planteó el Partido del Renacimiento Árabe Socialista, el Baath: crear en Siria y en Irak estados nacionales modernos y laicos. Cualquier avance iba a ser muy limitado e inestable, como lo fue el sueño de unidad con Egipto de Nasser y El-Kuatli, la República Árabe Unida. Pienso que era casi inevitable que terminara en alguna dictadura más o menos tolerada, como la que impuso Hafez Al-Assad a partir de 1970 y continúa su hijo. Si tenemos presente que Siria tiene fronteras con Irak, Israel, Líbano, Jordania y Turquía, y que es por ello un pivote clave en el Medio Oriente, campo de batalla y de influencias de todos los imperios en esos últimos 90 años, no veo otro destino más probable.

La clave del régimen de la familia Assad, la que hizo posible su poder y que hoy es el disparador interno de la guerra civil, es que pertenecen a una de esas minorías musulmanas no sunnitas, la alawita. Como tal, resultaba una garantía para las demás y para los sectores que anhelaban un estado laico, porque no estaba en condiciones de imponer su propia versión del Islam al resto de la sociedad siria. Y les brindaba a los Assad una fuente de cuadros leales, sus correligionarios, por obvios motivos de protección mutua, para los cargos claves de la burocracia, la policía y el ejército. Pero seguían siendo una minoría, impopular con la mayoría Sunni, cada vez más consciente de su identidad frente al renacimiento religioso en el mundo árabe.

Argentinos de origen sirio, con un compromiso emocional con ese pueblo, y los antiimperialistas profesionales simplifican el asunto: los rebeldes son “mercenarios”. Falta que digan que son “subversivos apátridas”. La realidad es mucho peor, desde el punto de vista de la cohesión nacional: además de la disidencia interna, hay voluntarios árabes pertenecientes a las versiones más extremas del sunnismo, “yihadistas”. De la misma forma que combaten contra los rebeldes los milicianos chiítas del Hézbolah.

Siria no es Libia. El ejército y el aparato de seguridad se han mostrado mucho más cohesionados y efectivos – a pesar de las defecciones y de atentados terroristas – que en el país norafricano, y resueltos a emplear todos los medios, incluyendo masacres y bombardeos de ciudades. Sus aliados más importantes, Irán y Rusia, aunque tomaron distancia en declaraciones de la represión que lanzó al-Assad, siguen teniendo un fuerte interés en que no se establezca en Siria un poder hostil. Continuarán proporcionándole apoyo militar y económico“.

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Para nosotros: Los argentinos nos involucramos profundamente en esta tragedia. Y florecen las versiones apocalípticas. Alimentadas por el periodismo, que -es natural- quiere vender espacio.

Hasta ahora, antes y después de Trump, el escenario del juego de poder global es el mismo: Gran Bretaña y Francia acompañan a los EE.UU., mientras que en Alemania se escuchan algunas voces -en una discreta segunda línea- que lo lamentan y tratan de preservar un canal de negocios con Rusia.

Rusia condena el ataque “con la mayor seriedad”, y alista y protege su base de Taurus, en Siria. China insta a las partes a volver al marco de la ley internacional y resolver la cuestión de Siria mediante el diálogo y la negociación.

El único elemento nuevo, más bien menor, es que Donald Trump -que se debe reír bastante con las teorías sobre el “supra poder en las sombras” que lo obligaría a lanzar estos ataques- podrá decir en la campaña -ahí hay elecciones en noviembre, recuerdan?- que el avanzó donde Obama dio marcha atrás. No es el primer presidente estadounidense que cree que una demostración de fuerza en el extranjero lo ayudará con los votantes, por cierto. Y puede tener razón.

Por su lado, Putin se sentirá más justificado en su política de uso calculado de la fuerza militar, en el Medio Oriente y en Ucrania. El norcoreano Kim estará un poco más tranquilo. No demasiado, claro.

Los argentinos… necesitamos una política exterior coherente y sostenida. Y reconstruir unas Fuerzas Armadas que puedan desalentar agresiones, en un mundo donde nunca dejaron de ser posibles, y se naturalizan cada vez más.

Reconozco que será difícil encarar seriamente esos dos temas antes de octubre del año próximo.

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