Putin, recargado

Como ya saben, Vladimir Vladímirovich Putin ha triunfado con más del 75 % de los votos en las elecciones de ayer en la Federación Rusa. Tiene entonces un nuevo mandato de 6 años como Presidente. Y ustedes, un mar de palabras en todos los medios sobre él y su trayectoria.

Tal vez la parte más interesante de todo ese palabrerío es el sesgo. En general, los medios del Atlántico Norte (con alguna excepción significativa en Alemania) y sus repetidores locales, se horrorizan; los más moderados hablan de un “nuevo zar”.

En mi modesta opinión, es propaganda. Putin es, en la clasificación de Rouquié, un “demócrata autoritario”. Estira las leyes y los procedimientos en su beneficio, usa el poder del Estado sin contemplaciones, y le gusta -además de convenirle electoralmente- aparecer como el “macho alfa” de Rusia: monta a caballo por los Urales con el torso desnudo y se baña en aguas heladas para celebrar (una costumbre ortodoxa) el Bautismo de Cristo. Ah, si uno tuviera 65 años otra vez!

Pero no es un dictador. El parlamento, las instituciones de la democracia y los partidos políticos funcionan en Rusia, y la política y el periodismo no son actividades más riesgosas que en Brasil, y mucho menos que en México. Más significativo, hay libertad de expresión. Los visitantes en el próximo Mundial -supongo que habrá muchos argentinos- podrán comprobarlo: la gran mayoría de los jóvenes, al menos en Moscú y San Petersburgo, hablan inglés, y les contarán a los visitantes extranjeros chistes sobre Putin.

(Es cierto que hay una lista de disidentes, oligarcas exiliados y algunos rusos confesos de espiar para el extranjero que han muerto en circunstancias sospechosas. Y la ley de probabilidades sugiere que en algunos casos habrá tenido que ver la FSB (¿el legendario Directorio 6 de la vieja KGB?). Pero recordemos que el Presidente de los EE.UU. ha autorizado asesinatos y secuestros de extranjeros acusados de terrorismo. Una costumbre de las Grandes Potencias).

Por supuesto, también leerán hoy muchas notas con el sesgo opuesto. Sobre todo en los medios digitales, menos sujetos por la necesidad de grandes presupuestos, se expresa una hinchada fervorosa del compañero Putin. Natural: todos los fastidiados con el hegemonismo estadounidense y/o el capital financiero, tienden a entusiasmarse con don Vladimir.

Por mi parte, considero que es una ingenuidad. En principio, simpatizo con su patriotismo; pero es patriotismo ruso. El trabajo de Putin es defender a la Rodina (no la coalición de partidos políticos de ese nombre; la Patria Rusa). Nosotros debemos defender la nuestra, y no confiar en que alguien lo hará.

Este blog también contribuye al palabrerío, faltaba más. Si ponen “Putin” en el Buscador de la columna de la derecha, verán docenas de posteos a lo largo de estos años. Elegí el que me pareció más adecuado -aunque un poco largo- para apreciar en profundidad la trayectoria de quien ha llegado a ser uno de los líderes globales de este tiempo. Y me ahorra trabajo.

Es de un adversario de Putin, un inglés: Oliver Bullogh, editor para el Cáucaso del Instituto de Información de Guerra y Paz (IWPR). Su libro más reciente, “El último hombre en Rusia”, detalla el declive demográfico ruso). Por supuesto, don Bullogh no es objetivo. Y algunas trozos hace probable que lo acusen de la tradicional hipocresía británica. Pero es un análisis lúcido; a los que están acostumbrados al intercambio de chicanas y denuncias que pasa por debate político entre nosotros les resulta difícil escuchar a un adversario. Pero es útil.

“El 16 de agosto de 1999, los miembros del Parlamento de Rusia – la Duma – se reunieron para aprobar la candidatura de un primer ministro. Escucharon el discurso del candidato, le hicieron unas preguntas y debidamente lo confirmaron en el cargo.

Era la sexta persona en ocupar el puesto en los 16 meses de la presidencia de Boris Yeltsin y uno de los diputados se confundió con el nombre. Expresó que apoyaría la candidatura del Stepashin – el apellido del recién destituido primer ministro – en lugar de su desconocido remplazo.

Si los diputados de la Duma ni siquiera podían recordar el nombre del nuevo primer ministro, tampoco se podía esperar que el resto del mundo prestara mucha atención a su discurso. Era poco probable que fuera líder del gobierno ruso por más de unos meses así que, ¿para qué tomarse la molestia?

Ese individuo era un ex agente de la agencia de inteligencia KGB, Vladimir Putin, y ha estado a cargo del país más extenso del mundo, como presidente o primer ministro, desde entonces.

Pocos se dieron cuenta en ese momento, porque pocos estaban escuchando, pero ese discurso esbozaba el esquema de casi todo lo que ha hecho, de cómo reformularía un país que estaba al borde de un colapso catastrófico.

Hacía apenas 364 días que Rusia había entrado en cesación de pagos de su deuda. Los salarios de empleados del sector público y las pensiones se pagaban, con suerte, con meses de atraso. La infraestructura básica se desmoronaba. Los bienes más preciados de la nación estaban en manos de un manojo de “oligarcas” bien conectados que manejaban el país como un feudo privado.

El otrora poderoso ejército ruso había perdido la guerra en Chechenia, un lugar con menos habitantes que el número de soldados rusos. Ademas, tres antiguos aliados del Pacto de Varsovia se habían afiliado a la OTAN, llevando la alianza de Occidente hasta las fronteras de Rusia. Entretanto, el país era conducido por Yeltsin, un borracho irascible en frágil estado de salud. La situación era apremiante, pero Putin tenía un plan.

No puedo abarcar todas las tareas que enfrenta el gobierno en este discurso. Pero de una cosa estoy seguro: ninguna de esas tareas pueden realizarse sin la imposición de un orden y disciplina básicos en este país, sin el fortalecimiento de la cadena vertical“, manifestó a los parlamentarios congregados.

Nacido en Leningrado, en 1952, Putin se crió en los años de oro de la Unión Soviética, el período después del espectacular triunfo de la URSS en la Segunda Guerra Mundial. El Sputnik, la bomba de hidrógeno, la perra Laika y Yuri Gagarin eran testimonio del ingenio soviético. Las apabullantes intervenciones en Hungría, en 1956, y Checoslovaquia, en 1968, fueron una muestra de su determinación.

Los ciudadanos soviéticos gozaban de un período de paz y prosperidad. La vida era estable. La gente recibía su salario. Cada quien estaba en su puesto. El mundo los respetaba.

Cuando Putin habló ante la Duma, su patria era otro lugar, caído en desgracia ante el resto. Hablaba como un hombre que añoraba las épocas cuando Moscú era tomada en serio. No lo mencionó de manera explícita pero claramente estaba golpeado por la inhabilidad rusa de evitar que la OTAN expulsara hacía unos pocos meses de Kosovo las fuerzas de su aliado, Serbia.

Rusia ha sido una gran potencia durante siglos y aún lo sigue siendo. Siempre ha tenido y tendrá zonas de interés legítimo… No deberíamos bajar la guardia en este aspecto ni permitir que nuestra opinión sea ignorada“.

Su política interna era restaurar la estabilidad, frenar lo que llamó las “revoluciones” que habían hundido a Rusia. Su política exterior era recuperar el lugar de Rusia en los asuntos mundiales.

Esos dos objetivos fundamentales han dirigido todo lo que ha hecho desde entonces. Si lo hubieran escuchado, ninguna de sus medidas los hubiera tomado por sorpresa.

Desde entonces, se ha aferrado de cuanta oportunidad le ha brindado la historia – desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 hasta la revolución en Ucrania de 2013 – para concretar sus metas. Ha sido tácticamente astuto y despiadadamente oportunista. Tanto en el interior como en el exterior, quiere que Rusia recupere el prestigio que tenía cuando él era joven.

El lugar obvio para iniciar esta campaña fue Chechenia, el símbolo del colapso de Rusia. Los chechenos derrotaron el intento de Yeltsin de aplastar su independencia autodeclarada, pero resultó ser una victoria amarga. La guerra devastó el pueblo, la economía y la infraestructura de Chechenia. El territorio se convirtió en un antro de secuestros, violencia y crimen sin que nadie – hasta que llegó Putin – hiciera algo al respecto.

Finalmente, para los acongojados rusos patrióticos, aquí tenían a un hombre no solamente capaz de pagar sus pensiones, sino preparado para ensuciarse las manos defendiendo a la patria. Al cambio del milenio, cuando Yeltsin abandonó la presidencia y designó a Putin como su sucesor, los índices de aprobación del desconocido primer ministro superaban el 70 %, un nivel que ha bajado poco desde entonces.

Grupos de los derechos humanos y algunos gobiernos de Occidente acusaron a Putin de violar la ley rusa e internacional en la cacería de sus opositores chechenos. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha fallado contra Rusia en 232 casos de “derecho a la vida”, condenando a Rusia por asesinatos continuos durante la campaña chechena. Pero eso no ha mermado la popularidad de Putin. En Chechenia murieron cientos de soldados y miles de civiles. Centenares de miles de chechenos huyeron buscando asilo, pero la integridad territorial se conservó y Putin inició su tarea de recuperar el prestigio ruso.

Después del 11 de septiembre de 2001, Putin reformuló su campaña en Chechenia como parte de la guerra global contra el terrorismo, acallando así a la crítica internacional por la conducta de sus tropas. Se acercó brevemente al presidente estadounidense George W. Bush – quien inclusive afirmó haber avistado el alma de Putin – hasta que la guerra en Irak los volvió a apartar. Ahí Putin insistió en el cumplimiento de la ley internacional; ninguna invasión podría realizarse sin la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Internamente, aplastó a los oligarcas más poderosos, primero aquellos que controlaban los medios, doblegando así la animada escena televisiva y, luego, en 2003, arrestó a Mijáil Khodorkovsky, el hombre mas rico del país. Su compañíia petrolera fue desmenuzada y comprada por una empresa estatal. Jorokovsky fue encarcelado en un proceso tan indignantemente predeterminado que Amnistía Internacional lo declaró un prisionero de consciencia.

Putin mantuvo un férreo control sobre las elecciones parlamentarias a finales de 2003 y sus aliados obtuvieron dos terceras partes de la Duma. Elogió el proceso como un paso hacia el “fortalecimiento de la democracia“, un proceso al que los observadores de la Organización de Seguridad y Cooperación Europea tildaron de “abrumadoramente distorsionado“.

En apenas cuatro años, Putin había aplastado a Chechenia, dominado los medios y a los oligarcas, ganado una mayoría parlamentaria que le permitía hacer lo que quisiera y demostrado que Rusia tenía una voz fuerte en asuntos internacionales.

Creo que quedó absolutamente claro, cuando arrestaron a Khodorkovsky, que Putin no iba detrás de los oligarcas para reafirmar el poder de la sociedad democrática civil sobre esos titanes. Él lo hacía como parte del plan para construir un régimen autoritario“, opina Chrystia Freeland, que era editora en jefe de la oficina en Moscú del diario Financial Times cuando Putin llegó al poder y ahora es diputada liberal en el Parlamento de Canadá. También es una de los 13 canadienses a quienes se les prohibió la entrada a Rusia como respuesta a Canadá por la imposición de sanciones contra funcionarios rusos.

Él dice lo que piensa y hace lo que dice -por lo menos con mayor frecuencia que ninguno de los otros políticos o estadistas contemporáneos. Los analistas y políticos de Occidente siempre tratan de encontrar un fondo falso a sus declaraciones y frecuentemente no lo encuentran.“, sostiene Dmitry Linnik, jefe de la oficina en Londres de la emisora La Voz de Rusia. “Él es un nacionalista en el sentido del país ruso, no de la etnia rusa. Esa es su mayor fuerza conductora, creo yo, no una sed de poder ni ambición personal“.

Pero Freeland no está de acuerdo. “Creo que ha tomado una serie de decisiones, de manera muy racional desde su estrecho punto de vista, que le dan en este tipo de régimen autocrático la mayor cantidad de poder y riqueza personal“.

Faltaba algo para que el mundo de su infancia fuera completo: la ideología. Putin restauró los símbolos soviéticos: el himno nacional y los emblemas y elogió el triunfo soviético en la Segunda Guerra Mundial. Pero también adoptó algunos objetivos de la era presoviética.

Se acercó a la Iglesia Rusa Ortodoxa y mencionó a filósofos antisoviéticos como Ivan Ilyin, cuyos restos repatrió a Rusia y enterró con honores. Esa tendencia hacia una forma exclusiva de conservadurismo de Rusia se aceleró después de la ola de protestas contra el fraude electoral que estalló en Moscú entre 2011 y 2012 y que enemistó a Putin con los liberales rusos.

Entre sus ideólogos favoritos está Vladimir Yakunin, un viejo amigo y compañero de la KGB, creyente ortodoxo, y que ahora es el jefe del sistema de ferrocarriles rusos, una de las compañías más estratégicas y significativas.

Rusia no está entre Europa y Asia. Europa y Asia están a la izquierda y a la derecha de Rusia. No somos un puente entre ellos, sino un espacio de civilización separado, donde Rusia une las comunidades del este y el oeste“, dijo Yakunin en una entrevista reciente con la agencia rusa Itar-Tass. Su nombre estaba en la lista “de los miembros del círculo de liderazgo de Rusia” que Estados Unidos elaboró para aplicar sanciones tras la anexión de Crimea.

La idea de que Rusia es una civilización distinta de Occidente es funcional para Putin, puesto que le permite rechazar las críticas europeas y norteamericanas sobre sus elecciones, sus sentencias judiciales y su política exterior.

Muchos de los amigos de Putin, pese a ser críticos con las políticas, los valores, las estructuras y la economía occidental, están muy apegados a sus comodidades. Los dos hijos de Yakunin viven en Europa occidental, uno en Londres y el otro en Suiza, y sus nietos están siendo educados allí.

Según el activista contra la corrupción Alexei Navalny, el propio Yakunin se ha construido un palacio a las afueras de Moscú con piedra caliza y materiales llevados de Alemania, algo extraño en un hombre que se supone que aboga por crear una economía rusa independiente de Occidente.

Putin también abrazó algunos principios que después dejó de lado cuando vio que no le valían: En 2003 en Irak, hizo una defensa pública del derecho internacional en la que se oponía a una eventual invasión sin el visto bueno de Naciones Unidas. En Georgia, en 2008 envió tropas sin ni siquiera tratar de consultarlo en el Consejo de Seguridad.

En 2013 se oponía a una intervención occidental en Siria. Y este año, justifica la intervención rusa en Ucrania y la considera indudablemente legítima. Los principios nunca han sido su problema y el objetivo de Putin ha sido siempre maximizar el poder de Rusia y desafiar los intentos de Occidente de controlar su país.

Tenemos todas las razones para asumir que la infame política de contención llevada a cabo en los siglos XVIII, XIX y XX sigue vigente hoy. Tratan continuamente de acorralarnos porque tenemos una posición independiente“, afirmó Putin en un discurso, al anunciar la anexión de Crimea.

La decisión de Putin de invadir Crimea fue tomada de forma rápida e impulsiva por un pequeño grupo de sus favoritos en el alto mando. Eso significa que Putin no tiene a nadie que le advierta de las consecuencias de sus acciones a largo plazo y hasta que se dé cuenta por sí mismo, seguirá con este rumbo, lo que implica que la relación con Occidente seguirá siendo incómoda, especialmente en áreas que considera ser su “zona de legítimo interés“.

Pero no podemos decir que no nos haya advertido”.

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2 Responses to Putin, recargado

  1. guillermo p dice:

    Lo que sí, va a tener que pagar derechos de autor.

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