Corea del Norte mueve la dama

Kim Yo-jong

A veces me pregunto si Trump no es Brehznev. No me malentiendan: en sus estilos personales y de gobierno, sería difícil encontrar figuras más diferentes que la del chillón billonario que se lanzó como abanderado del nacionalismo estadounidense y de los blancos pobres, y del estólido aparatchik que fue Secretario General del Partido Comunista de la URSS de 1964 a 1982. Más tiempo que ningún otro, salvo Stalin.

Pero no puedo librarme de la idea que -en ambos mandatos, el que pasó y el actual, detrás de la afirmación de sus países como Grandes Potencias- se producen profundos, y al comienzo invisibles, realineamientos de las estructuras del poder global.

No la tomen demasiado en serio. Es sólo una especulación ociosa. La menciono como marco a esta nota sobre los últimos acontecimientos en Corea de Marcelo Cantelmi, un socialdemócrata informado que escribe en Clarín. Y al que no le gusta el Donald (tampoco a Clarín). Hago un comentario muy corto al final.

«Una imaginación despierta encontrará en la saga actual del reencuentro coreano los latidos de aquella mítica diplomacia del píng pong que en 1971 transformó el rostro de la Guerra Fría para acercar a Estados Unidos con la China de Mao Tse Tung. En la península coreana hay hoy un eco de aquellos tiempos. El norte pseudo comunista y dinástico es un aliado crítico pero cierto de China, y el sur está inevitablemente embretado en las estrategias por momentos erráticas de EE.UU. y sus aliados occidentales en el Asia Pacífico.

Los Juegos Olímpicos de Invierno, que arrancaron ayer viernes 16 en Corea del Sur, como el ping pong de entonces, son el pretexto de una notable operación geopolítica. Sus efectos serán diferentes y más limitados que aquel antecedente pero no dejarán de provocar importantes sorpresas. No es descartable, nada menos, que en el futuro muy próximo el presidente de Corea del Sur visite con toda la pompa y ceremonia el reino del norte.

Este acercamiento ha sido un paso astuto de la dictadura, que obligó a enfilarse al resto de sus rivales, incluido EE.UU., detrás de su iniciativa. Sucede, después que el año pasado fue el de mayor evolución de la maquinaria de guerra del pequeño reino dinástico. Logró avances impactantes con sus misiles Hwasong 12, 14 y especialmente el Hwasong 15 que hizo su viaje inaugural en noviembre pasado confirmando un alcance de 13 mil kilómetros, es decir con blanco probable en Washington y capacidad para llevar una cabeza nuclear.

Ese revoleo de poder sucedió en un periodo en el cual la alternativa de una guerra en el nordeste asiático se consolidaba por la impotencia occidental para poner en caja al imprevisible heredero de la dinastía, Kim Jong-un, el más desafiante del linaje fundado por su abuelo Kim Il-sung antes de la guerra coreana. A mitad del año pasado por esa zona crítica llegaron a transitar en simultáneo tres portaaviones norteamericanos, el Carl Vinson, el Ronald Reagan que suele fondear en Japón y el Nimitz, cada uno con su flota de apoyo de naves misilísticas. Esto además de los submarinos de la clase Ohio de propulsión nuclear.

Este dato inusual convirtió a aquellos días de junio en el temible prologo de un choque militar. Sobrevolaba esa posibilidad la amenaza norcoreana a la base estadounidense de Guam en el Pacífico que es el refugio de los bombarderos B1, B2, B52 y los F22 Stealth. Por entonces se multiplicaron los análisis sobre la montaña de muertos en cuestión de horas que implicaría un ataque, dado que antes de ser destruida, Corea del Norte con su armamento convencional podía arrasar Seúl y Tokio. Luego se vería qué sucedería con su armamento nuclear oculto en multitud de sitios subterráneos y el arsenal de químicos. El riesgo tuvo tal magnitud que China, aliado crítico del régimen de Pyongyang se sumó, al menos formalmente, a las sanciones decididas por las Naciones Unidas. La linea finalmente no se cruzó debido a la apoteósica destrucción que acarrearía una guerra, pero la tensión jamás se disipó.

En ese sentido, con el ensayo del misil intercontinental de noviembre, Kim Jong-un se graduó de potencia con alta capacidad destructiva. Por lo menos de ese modo se paró frente al mundo en un discurso sin uniforme, antes de fin de año, en el cual planteó que en su escritorio tenía el botón rojo –aquel cuyo tamaño disputó Donald Trump en un recordado cruce adolescente—que eso era una realidad con la que había que acostumbrarse a vivir y propuso un acercamiento con Corea del Sur, rompiendo un largo ciclo de desprecio a Seúl desde que llegó al poder a los 27 años, en 2011.

Esta estrategia se coronó con el envío a Seúl de la hermana menor del líder, Kim Yo-jong, una funcionaria de 30 años de edad, de creciente influencia en la estructura del poder y que junto a su media hermana Kim Sul-song, integra la mesa chica del poder de Pyongyang. Yo-jong es la segunda a cargo del Ministerio de Propaganda y Agitación del régimen, e integra la estratégica Secretaria Personal del líder. Intima y confidente de su poderoso hermano con quien vivió en Suiza cuando ambos eran casi niños, desde esa posición autoriza o edita los textos y comunicados que han definido esta etapa espartana del régimen.

Un dato de la importancia que la dictadura otorga a este movimiento estratégico es por el desafío que le genera a la amenaza militar occidental. El desconcierto por la situación lo marcó el vicepresidente de EE.UU. Mike Pence quien, antes de llegar a Seúl para asistir a los juegos, advirtió que su país preparaba un mayúsculo paquete de sanciones para obligar al régimen a desactivar su plan nuclear y misilístico. En esa línea el funcionario reconoció a The Washington Post que su gobierno hará todo lo posible para que la aproximación entre las dos coreas se fulmine en cuanto acaben los juegos. No son planteos realistas.
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Lo que Kim Jong-un ha hecho es construir una détente con el sur, que le pavimente un reconocimiento internacional de su poder. Las sanciones difícilmente reviertan ese panorama. Para hacerlo China debería alinearse con EE.UU, pero el gigante asiático no va a resignar la sociedad con el régimen norcoreano que forma parte concluyente de su frontera. La embrollada presidencia de Trump es en parte responsable del diseño de este mapa. La nueva estrategia de seguridad nacional de Washington reduce la amenaza terrorista, y eleva como “rivales poderosos” al imperio chino y a Rusia. Beijing ha calificado ese giro como un resabio de la Guerra Fría. Lo cierto es que esa visión demuele la confianza entre las dos potencias –al fin capitalistas, al margen de sus regímenes– y genera efectos indeseados de los que se ha aprovechado Pyongyang.
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Hay otro detalle que debe ser observado. El presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, es un socialdemócrata que llegó al poder con la ilusión de una salida que acabe con la amenaza militar. Trump en lugar de fortalecer a su aliado en un objetivo que también le serviría a Washington, lo maltrató públicamente, le reprochó pasividad frente a Pyongyang y anunció que suspendería un crucial tratado de libre comercio binacional, lo que arruinaría prácticamente su novel presidencia. Azorado, no ha sido casual el acercamiento de Moon a Beijing, su actitud actual para aceitar posiciones con el norte con el pretexto de los Juegos Olímpicos, o su presencia a fines del año pasado en Valdivostok, durante el foro Económico Oriental que organizó Moscú. Allí se planteó, –lo hizo el propio mandatario sudcoreano–, la necesidad de un acuerdo trilateral entre Seúl, Pyongyang y Moscú. ¿Qué parte de todo eso no escucha Washington?

Para China desactivar esta crisis es eliminar una piedra en su programa de desarrollo que tiene a la nueva ruta de la Seda (la Belt and Road Initiative) al tope de la agenda. Una cumbre en Pyongyang con Moon, auspiciada por Beijing y Moscú no apagaría la retórica de guerra de EE.UU. pero la vaciaría de cualquier sentido estratégico«.

Este tema no es vital, excepto para los coreanos, y, bastante menos, para los chinos, japoneses y estadounidenses. Pero la situación está refirmando un mensaje que va a ser escuchado en muchas partes del globo: una Potencia -no importa si es muy poderosa- va a vacilar antes de atacar a un país -no importa si es pequeño- si éste tiene armas nucleares.

No es un problema inmediato para la América del Sur -una unidad geopolítica si las hay. Los brasileños y nosotros -los únicos dos países que concebiblemente podrían desarrollar armamento nuclear- hemos renunciado a hacerlo. Y -como se señaló en una larga serie de posteos en el blog- basta con que se sepa que podríamos hacerlo… si algún gobierno dedicara entre 5 a 10 años al proyecto.

Pero… el planeta Tierra entero es pequeño, para las consecuencias del uso de armas nucleares. Por algo no se han usado en guerra por más de 72 años.

En un plano menos apocalíptico, en el juego del poder global, quiero decir que comprendo que un gobernante de los EE.UU. descarte la estrategia globalizadora que llevaba adelante Obama con el Tratado Transpacífico. La globalización ha significado un costo alto, también para los trabajadores estadounidenses.

Pero… el gobierno de Trump no la ha reemplazado -todavía- con ninguna estrategia, salvo declaraciones altisonantes. En Asia, en el Medio Oriente, en América Latina… Me acuerdo de la frase que leí en algún lado «El que no sabe a donde va, que no lleve pasajeros«.

4 Responses to Corea del Norte mueve la dama

  1. elepou dice:

    Interesantísimo, Abel. Gracias por tenernos tan al tanto de lo que sucede en el mundo. En esto también sos muy peronista. Abrazo esperanzado.

  2. Paloma dice:

    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226216

    Muchas gracias Cumpa !!!!,,, ahí va otro nota de James Petras para compartir

  3. José Mercado dice:

    «Sucede, después que el año pasado fue el de mayor evolución de la maquinaria de guerra del pequeño reino dinástico.» -> Sucede después DE que el año pasado FUERA el de mayor evolución de la maquinaria de guerra del pequeño reino dinástico. (¡AUXILIO, CORRECTORES, AUXILIO!) «Todo «reino dinástico» es tan «pequeño» como la ola que ruge debajo de él.» Palabras, que digo palabras, síntesis política, de Otto, cuya ola comandaba Helmuth. Así cualquiera.

  4. José Mercado dice:

    Fe de erratas: donde se lee «Palabras, que digo palabras, …» debe leerse «Palabras, qué digo palabras, …» (¡CORRECTORES!)

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