“Eles roubaram tudo”

brasil

Me queda un mal gusto en la boca cuando subo al blog esta nota de El País, de España “Río de Janeiro, del podio al fango“. Es una ciudad que quiero, que visité docenas de veces y a la que pienso hacerme una escapada en cuanto pueda. El País hace este “axe job” trabajo de hacha, como le dicen los gringos, con datos reales. Como se podría hacer -si el interés fuera ese- juntando anécdotas sombrías, en algunas ciudades de España, de la Unión Europea.

Si lo leen completo, verán que para el autor la causa de todo son la caída de los precios del petróleo y, claro, la corrupción. De las políticas económicas no se dice una palabra.

Igual, más allá de la motivación de la nota, sirve para dejar claro dos datos importantes: 1) la situación de la economía de Brasil es muy grave. Tanto que la pobreza y desempleo que sufren los de abajo desborda y golpea a los sectores medios en esos escaparates que son las grandes ciudades con afluencia turística.

Y 2) que en las capitales del Atlántico Norte se percibe eso. Y no harán nada, por supuesto. Tienen sus propios problemas. Y el capitalismo globalizado no se distingue ni por su solidaridad ni por su capacidad de previsión a largo plazo (dejo de lado las fantasías de una izquierda ingenua sobre los Protocolos de los Sabios de Wall Street).

“Trabajos de hacha” como éste, se podrían haber hecho en Buenos Aires, en 2001 y 2002. Y se hicieron, por supuesto. Sabemos como terminó la historia. (Hay una probabilidad no pequeña que, gracias a Macri y su equipo, se vuelvan a hacer). En resumen, sigo pensando que Lula tiene buenas chances de volver a ser Presidente de Brasil. Y, además, que Brasil como nación no se va a suicidar.

FILIPE MOREIRA vivía su momento de gloria con 36 años. Primer bailarín del Theatro Municipal de Río de Janeiro, era el protagonista de todo el repertorio de la compañía y la crítica lo consideraba “uno de los mayores talentos del ballet clásico de los últimos tiempos”. Elogiaban su virilidad y su excelencia interpretativa, también su técnica, con las que triunfó en escenarios de toda Sudamérica y de Florida. El pasado diciembre se despidió del público interpretando El cascanueces, de Chaikovski. Dos meses después estaba al volante de un uber.

El bailarín es ahora uno de los rostros de una obra sin aplausos, la tragedia de Río, la imagen más cruda y representativa de la decadencia económica, política y moral brasileña. “Dejé todo mi ego de lado, aparqué mi carrera de bailarín y entré en el coche. Catorce horas al día. Era eso o ver a mi familia pasando necesidad. Acumulamos una deuda de 18.000 reales [unos 5.000 euros]”, lamenta Moreira. Su salario era abonado por el Estado de Río, gestor del Theatro, que aún le debe la paga de Navidad y el sueldo de dos meses.

Río de Janeiro pasó del éxtasis olímpico a la depresión con tanta rapidez que aún parece en estado de shock. El Estado vivió durante años de los ingresos de la extracción de petróleo en sus costas y de las expectativas de un Mundial de Fútbol y de unos Juegos Olímpicos. Hasta que su presupuesto se desplomó con la caída en picado del precio del barril de crudo, una gestión corrupta y los efectos de la recesión nacional, la más profunda de la historia del país. Si había alguna expectativa de que Río recuperase, por fin, el brillo perdido desde que en 1960 dejó de ser capital de Brasil y la meca tropical del glamour y los casinos, esta se fue por el desagüe. Río de Janeiro es hoy uno de los tres Estados con la situación financiera más crítica del país. De cada 100 puestos de trabajo destruidos en Brasil en el primer trimestre de este año, 81 se perdieron en Río de Janeiro.

“La crisis de Río es un capítulo aparte, más profundo y doloroso, dentro de la actual recesión brasileña. Las expectativas aquí fueron mayores”, afirma Maurício Santoro, uno de los analistas políticos más activos de Brasil. “Se esperaba que la ciudad finalmente dejase atrás el largo ciclo de decadencia iniciado con la pérdida de la capitalidad en favor de Brasilia, pero la caída en el abismo mostró a los habitantes de la ciudad y del Estado la fragilidad en la que se asentaban sus esperanzas de renovación”. Santoro interpreta la crisis al mismo tiempo que es un ejemplo de ella: la Universidad Estatal de Río, donde imparte clases, aplazó cinco veces el inicio de curso por falta de fondos. No hay dinero para pagar las becas de los alumnos con menos recursos ni para la comida de los ratones de laboratorio.

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La angustia de un bombero solitario intentando apagar el fuego de cuatro autobuses incendiados sin más ayuda que la manguera sacada de un cine próximo, ilustra otra de las escenas de la tragedia carioca. El hombre domaba con esfuerzo el torrente de agua, pero las llamas avanzaban y los tanques de gasolina de los vehículos explotaban, escupiendo bolas de fuego que le obligaban a retroceder. A su alrededor, algunos curiosos con la cara casi ardiendo de calor, una nube de humo negro y un escenario de guerra: barricadas, contenedores de basura del revés y piedras y cristales por el suelo. Unas calles más atrás, la policía, parapetada con cascos y uniformes negros antidisturbios, perseguía manifestantes con fusiles de balas de goma y gas lacrimógeno. Los coches de los bomberos —también con el sueldo atrasado— tardaron 40 minutos en llegar. Aquella escena de un viernes por la noche en el centro turístico de Río fue el remate de una jornada de huelga general, la del 31 de marzo, que paró decenas de Estados en Brasil sin incidentes graves. Pero en Río ya no se protesta en paz. Estudiantes y funcionarios furiosos con sus cuentas en números rojos protagonizan movilizaciones en el centro de la ciudad desde noviembre, casi todas reprimidas por la policía, igual de asfixiada por las deudas que los manifestantes. “Me siento humillada. Me llaman todos los días para exigir el pago de deudas. Con mi pensión [937 reales, menos de 300 euros] conseguía pagar mis cosas, pero hoy tengo que elegir entre comer o cenar”, contaba en una de esas manifestaciones, a principios de año, la jubilada Creusa Maia dos Santos, de 56 años, monitora de comedor en un colegio público. “Estoy enferma, tendría que alimentarme cada tres horas, ¿entiendes? Hace dos días que no paro de llorar”.

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La falta de fondos también mantiene sin dinero los cuarteles de la Policía Militar y las comisarías, que no pueden ni abastecer los coches patrulla. El miedo se está adueñando en las calles y lleva al límite a ciudadanos que han aprendido a distinguir un fusil 7.65 de una ametralladora Uzi. La madrugada del 9 de junio, Danielle Frangelli llamó a un uber para volver a casa tras pasar la noche bailando samba. Al llegar a su apartamento, en una calle de palmeras imperiales de un barrio de clase media-alta, pidió al conductor y a la madre de una amiga que la acompañaba que esperasen a que entrase en el portal. No dio tiempo.

“De repente, cuando estaba a cinco pasos de la puerta, apareció un coche con una de esas frenadas de película y salieron dos hombres superagresivos”, relata. “Uno de ellos estaba con un revólver y fue hacia el coche, y el otro apuntó hacia mí una ametralladora. Pensé: ‘Si me dispara con eso, no tengo ninguna posibilidad de sobrevivir”. En ese momento, Frangelli oyó la puerta del portal abrirse y durante los 10 segundos que tardó en girarse, entrar en la portería y lanzarse al suelo pensó que iba a morir. El portero, de 70 años, se tumbó con ella aterrorizado. “Darme la vuelta y correr fue la peor reacción posible, pero sentí un alivio profundo por no haberme llevado un tiro en la espalda. Con esta ola de violencia, todo cuidado es poco. Se llevaron el coche y todas las pertenencias, pero gracias a Dios no dispararon a nadie”. A sus 28 años, era la cuarta vez que sufría un asalto, el tercero a mano armada“.

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4 Responses to “Eles roubaram tudo”

  1. Elena Pérez de Medina dice:

    Qué manga de HdP los de El País. En qué se ha convertido. Gracias por tus reflexiones, Abel

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