Argentina Nuclear, 2017 – LXVII: Tecnología y la Guerra de Malvinas, 2da. parte

En este capítulo, Daniel Arias sigue peleando la batalla tecnológica de la Guerra del Atlántico Sur. La decisiva, justo por detrás de la política. Y estoy seguro que, como sucedió, comentaristas aportarán sobre sistemas de armamentos y estrategias.

Necesitamos saber de todo eso, en un siglo que apunta tan impiadoso como el anterior. Igual, saludo a los héroes. A ellos siempre los necesitamos, para ejemplo.

57. La guerra que pudo haber sido

Martín Pescador

Misil argentino Martín Pescador CITEFA

En 1983, la Armada se apresuró a adquirir los combos SUE-Exocet sin entregar, en cuanto el presidente Francois Mitterrand le levantó la excomunión. Y como en 2016 los SUE-Exocet en versión “modernisé” (SEM) fueron dados de baja por obsoletos por Francia… ¿adivinen qué país acaba de comprarse seis? Paciencia, che. Habrá que esperar a que perdamos otra guerra, tal vez.

Como ya expliqué, aquí cada fuerza armada encierra a sus genios a jugar a la tecnología en algún organismo de investigación exclusivo. Al que se le dan unos pesos y luego se ignora totalmente porque, si produce resultados, estorbaría el normal proceso de adquisición de chatarra o armamento meramente obsoleto en la OTAN. Esto no genera rispideces diplomáticas y deja buenas comisiones a Los Jefazos. O a la cadena de mando civil, en tiempos democráticos.

Los casos más intratables de genialidad van a CITEFA, el pabellón de los locos perdidos, los que creen no sólo en el desarrollo armamentista propio sino en la colaboración interfuerzas. Caso de libro, el citado Alte. Julio Pérez, que le reventó más barcos a Su Graciosa Majestad que el Graff von Spee y el Bismarck sumados.

Allí en los laboratorios se los encierra con otros varios Pérez por el estilo llegados antes, y se pierde la llave. Pero los mismísimos Jefazos tiran la puerta abajo para liberar a algún Pérez que les saque las papas del fuego, cuando se les incendia el rancho y necesitan al menos una derrota honrosa.

Resumo la historia de este misilito antibuque argento para los que ya se olvidaron: CITEFA lo empieza a diseñar en 1966, copiando un poco el Bullpup yanqui. Tras una repotenciación drástica del Martín Pescador, el almirante Massera tiene un aire-mar 100% argento con entre 15 y 19 km. de alcance, de los cuales los últimos 5 son inerciales (el misil vuela como una flecha, ya agotado su combustible).

Cuando la Aérea se baja del proyecto, quedan eliminados del rol antibarco “stand off” (a distancia) el IA 58 Pucará, el avión de ataque argentino de mayor alcance, y también otros “bipostos” como el Guaraní. En Malvinas, donde los Pucará configurados como COIN (contrainsurgencia) no sirvieron de gran cosa, podrían haber añadido emoción y riesgo a la vida de los marinos ingleses que se aburrían bombardeando a costo cero las dos bases aéreas y todas las demás posiciones defensivas argentinas.

La Armada podría haber hecho los mismo desde sus propios aviones biposto de ataque: jets livianos MB-326 Aermacchi y los monomotores pistoneros T-28 Trojan (embarcados o en tierra). Añado a la lista otro embarcado: el excelente avión antisubmarino Grumman Tracker, con unos radares maravillosos. Se podría haber atacado “la retaguardia” británica, es decir su larga cadena transatlántica de abastecimientos. Eso le habría dado sentido al esfuerzo económico y técnico inmenso de tener un portaviones.

La discontinuación del Martín Pescador perjudicó a todas las fuerzas. Dejaron de usarlo todos los helicópteros del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea.

Puntos flojos del Martín:
• Guiado visual, desde al avión, por un minúsculo joystick ubicado en la barra de timón. La posición del misil queda marcada por bengalas en su cola. En ambientes con niebla, lluvia o mucho humo, el apuntamiento puede ser imposible.
• El avión o helo atacante sólo puede ser bi-posto: en ambiente de combate no se le puede pedir a un piloto que dirija simultáneamente su avión y su misil. Eso deja fuera a los aviones de máxima performance argentinos: los Skyhawk A4B, A4C y A4Q, así como a los Dagger, salvo los de entrenamiento avanzado.
• El radioguiado es MUY interferible.
• Incluso operando desde distancia máxima, el avión atacante argentino queda bajo el alcance de los destructores antiaéreos tipo 42 armados con el muy efectivo misil Sea Dart.
• El Martín lleva sólo 40 kg. de carga explosiva.
• No paga cometas.

Puntos a favor del Martín:
• Es 100% argentino. También sus códigos de guiado: si se los interfiere se los cambia aquí. Y hay una versión filoguiada, imposible de interferir.
• Pudimos entrar en guerra con varios centenares de misiles operando desde múltiples plataformas.
• Podrían haber servido como artillería costera tierra-mar en puntos móviles de emboscados. Como aire-tierra, le habrían complicado no poco la vida a los tanques y artillería inglesa desembarcada.
• En 1982 había una versión filo-guiada para helicópteros, imposible de interferir.
• La velocidad a término de la fase de impulsión llegaba a 2,3 Mach, lo que a nivel del mar es 2.817 km/hora. Incluso sin carga explosiva, un Martín P que te pega a esa velocidad tiene una energía cinética cercana a 0,5 megajoules. Para hacer daño en una blanda nave de aluminio, sobra.
• El alcance máximo superaba en 15 km. al de la artillería antiaérea de tubo de la Task Force y en 14 km. a su mejor misil aire-mar para defensa cercana (el Sea Wolf). Las ventajas de alcance son parecidas para el resto de los misiles antiaéreos mar-aire y tierra-aire de los británicos, salvo el mentado Sea Dart, cuya versión malvinera pulverizó aviones argentinos a más de 50 km. de distancia. Pero el Sea Dart de 1982 adquiría su autoguiado y armaba su espoleta al menos a 7 km. del punto de disparo. Antes no le pegaba a nada, y menos a baja altura.
• En suma, desde una distancia MEDIA de entre 5 y 7 km y a pegaditos al oleaje, varios pilotos argentinos armados con un Martín por avión habrían podido fajarse con el típico “dúo antiaéreo inglés” (una fragata tipo 21 + un destructor tipo 42) sin exponerse demasiado. Esto, en aguas abiertas. La situación habría sido mucho más peligrosa en aguas cerradas y con artillería antiaérea ya desembarcada anillándolos, como en el Canal de San Carlos.
• Aún así, unos pocos Martín P tierra-mar escondidos en las alturas de Fanning Head y en los montes Verdes y Sussex habrían causado no poco daño en el desembarco en San Carlos. Y con un esfuerzo logístico mínimo, frente al que supuso poner los obuses Otto Melara en Fanning Head.
• 40 kg. de explosivos parece poco, pero el componente embarcado de la Task Force tenía muchos puntos débiles: frágiles destructores y fragatas de aluminio, o barcos masivos de fierro como los STUFT (containers de transporte), o los RFA (buques logísticos de desembarco), todos ellos abarrotados de munición y combustible. Y hombres, en el caso de los RFA.

El ya citado comandante Rodolfo Castro Fox escribió en su libro “Yo fui piloto aviador naval” dos críticas ineludibles al accionar de la Fuerza Aérea Argentina en Malvinas:
• No haber alargado la pista de Puerto Argentino y preparado el aeródromo para la operación de sus jets A4B y A4C. Esto habría creado una zona muy peligrosa para la Task Force 700 km. en torno a las islas.
• No haber usado de movida bombas relativamente livianas y frenadas por paracaídas, parecidas a la MK82 Snakeye naval. Recién el 25 de mayo, tras perforar 13 veces al cuete las naves británicas con bombas MK-17 de 1000 libras que no explotaron, la FAA adoptó a regañadientes una receta pseudonaval: 3 bombas BRP de 250 libras frenadas por paracaídas. Fue como mano de santo.

Añade Castro Fox que por tener más oficio, con apenas 12 aviones el Comando Aéreo Naval (COAN) logró equiparar las toneladas hundidas por la FAA con 94 aviones de ataque de alto desempeño. Lo que Castro Fox nunca escribió es qué diferencia habría hecho el COAN en 1982 con el misilito que él ayudó a homologar en 1983. Ya suficientemente duro habrá sido pelear con los ingleses con un brazo casi inutilizado, y ver morir a casi todos sus compañeros de escuadrilla. No lo voy a criticar a don Rodolfo por no pelear con su almirantazgo.

No me chupo el dedo. El uso masivo del Martín Pescador no hubiera cambiado el resultado final de la guerra de Malvinas. Una potencia nuclear como el Reino Unido no negocia, y menos con el respaldo total de los EEUU). Habría, eso sí, alargado muchísimo el conflicto aeronaval. Como dijo en 2007, cuando le tocó ser Jefe del Estado Mayor Conjunto, el brigadier Jorge Chevalier, que 25 años antes tuvo que volar un viejo y bastante inútil Canberra sin radar, sin misiles ni contramedidas contra la tercera potencia mundial aeronaval: “Si les hundíamos toda la flota, alguien les daría otra. Gran Bretaña no podía perder”.

Un misil argentino no hace diferencia en Fuerzas Armadas que llevan más de un siglo pidiendo a gritos que se las nacionalice. Empezando por su política de adquisición de armamento.

Y ahora hablemos de portaviones perdidos.

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4 Responses to Argentina Nuclear, 2017 – LXVII: Tecnología y la Guerra de Malvinas, 2da. parte

  1. elepou dice:

    Ay, Patria mía! Nacionalizar nuestras FFAA. Cuanto más difícil va a ser después de la imbecilidad a la que nos sometió el 51 por ciento! Gracias a Daniel Arias y gracias Abel, por todo esto y el resto de tus sustanciosas notas. Abrazo esperanzado a pesar de todo.

  2. CV dice:

    La foto es un AS-25K (sucesor del Martín Pescador).

    • Daniel Eduardo Arias dice:

      Sí, CV, parece que se cruzaron las fotos. La del AS-25K la mandé úitima, y la del Martín Pescador, primera, y ambas con epígrafe.

  3. […] al tanto de que habíamos logrado poner operativos los Exocet aire-mar. Vamos Pérez, todavía (el Alte. Julio Pérez, que le reventó más barcos a Su Graciosa Majestad que el Graff von Spee y el Bismarck […]

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