Argentina Nuclear, 2017 – LXIII: La historia de Castro Madero

Daniel Arias quedó “trabado” en los tiempos del Proceso en su crónica de la tecnología nuclear en Argentina. Sintió que debía profundizar más en una figura clave de ese tiempo, el vicealmirante Carlos Castro Madero. Creo que es una buena decisión. Además de un momento clave, sirve para un ejemplo de las contradicciones argentinas. Y de los seres humanos.

53. Castro Madero, el portero que no fue

Pérez Ferreira

tommy buch
Dos que dieron fe de deberle la vida a Castro Madero: Emma Pérez Ferreira, física nuclear y presidente de la CNEA, y Tommy Buch, “el hombre de circonio”, químico que inició el dominio argentino sobre este material estratégico del combustible nuclear.

Ante todo, pido perdón a los lectores y al troesma Abel por mi ausencia medio larga. Como traté de explicar al capi, uno investiga y a veces, si es honesto, se pega contra una pared que no logra escalar, demoler o rodear.

Mi pared ha sido el contralmirante Carlos Castro Madero, a quien su superior (pero jamás su jefe), el almirante Emilio Massera, le había prometido que terminaría “como portero de la CNEA” en cuanto él (el “Almirante Cero”) llegara a presidente. La historia nos evitó ambas desgracias.

Los historiadores esquivan no poco al “portero nuclear que no fue” para no meterse en problemas. Ya me referí a cuáles problemas: durante la guardia nuclear de don CCM en la CNEA se echó a más de 160 empleados, hubo entre 30 y 40 secuestrados y 16 (¿o 17?) de ellos no reaparecieron. He incurrido en la incorrección política de sugerir que es probable que el contralmirante esté implicado con todas las reapariciones.

No es un dedazo: “reapariciones”. Hablo de quienes fueron, tras sobrevivir a 7 meses de tortura, puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y reaparecieron en cárceles públicas. Y un día vieron la luz, en algunos casos un año tras el secuestro. No puedo demostrar de ninguna manera que don CCM haya peleado (con éxito modesto) por la reaparición de todos los secuestrados. No puedo dejar de admitir que lo sospecho. Me resulta igualmente indemostrable la creencia de que hizo más por unos que por otros.

¿Por qué? Porque hay hijos y entenados en toda familia y CCM era un hombre de lealtades familiares profundas. La CNEA era una de las tres familias que le conozco. La otra es la Armada, y la tercera su grupo familiar. De modo que dudo muchísimo que haya sido un desaparecedor, pero los 160 cesanteados se los dejo todos al él. Es horrible admitir que en el terror de estado de 1976, cuando la segunda opción más benigna era reaparecer y la tercera una muerte rápida, tales despidos parecen casi un problema menor, aunque no así el terror subsiguiente. Ignoro si algunos despedidos fueron secuestrados meses o años después: eso no era infrecuente en la Argentina, pero el caso nuclear se cayó de las estadísticas de la casa y de la época. Que sabemos son reconstrucciones laboriosas, entreveradas, inciertas e incompletas.

Pienso en el esfuerzo que hice por evitar conocer personalmente a don CCM desde que me volví periodista científico, en 1985. Mi jefe en el Instituto Campomar me mandó contra mi voluntad –yo pateaba para el lado biológico molecular- a entrevistar al físico Roberto Mariscotti, entonces gerente de Investigación y Desarrollo. Y yo quería investigar un tema entonces de tapa: se acaba de identificar el virus HIV. ¿A quién corno le iba a interesar la CNEA?

Fui a la Sede Central de Libertador 8250 gruñendo. A Roberto le debo haber caído bien pese a mi relativo antinuclearismo, porque no todos los días el tipo se tropezaba con un “contra” científicamente informado. Mariscotti se lo tomó como un desafío y me organizó “el tour completo” de las otras gerencias, incluidos Centros Atómicos, reactores, laboratorios, la central Atucha I y la obra incompleta y gravemente atrasada de Atucha II.

De cada entrevista, de cada visita, yo salía con el mate dado vuelta. A meses de discusiones con decenas de expertos y golpes de realidad, ya me había vuelto pronuclear grave, “de los que parten el átomo los domingos”, según las cargadas de mi familia.

En 1986, junto a Eleonora Gosman y Julio Orione, fuimos los únicos tres bobos conspicuos capaces de jugarse por la CNEA desde Clarín luego de la catástrofe de Chernobyl. Mi trabajo fue explicarle a los espantados porteños, tan vecinos de Atucha I, que aquí habíamos garpado 9 veces más caro que los soviéticos el kilovatio nuclear instalado, y sólo para tener centrales seguras. Eso mientras Alfonsín demolía la CNEA a miserias, su “gauleiter” Alberto Costantini, a trapacerías, y los ecologistas finos, que ya empezaban a profesionalizarse, a mentiras.

Tanto amor por las causas perdidas me abrió las puertas nucleares casi de par en par: ¡Paso al hijo pródigo! Joder, me había hecho de una nueva familia, aún mayor y más disfuncional que la mía propia, y con mayores y más secretas glorias. Obviando todo permiso del circunstancial presidente y con la complicidad de los gerentes y jefes históricos, seguí haciendo mi propio “tour” de caciques atómicos.

Cómo obvié a Castro Madero, el que más había construido las grandezas ocultas que iba conociendo con admiración de abriboca, es algo de lo que me arrepiento hoy. En aquel momento opté por la solución fácil de culparlo de desmesura, al ver tanta obra suya sin terminar. Ojo, no es una opinión totalmente errónea. Pero como reproche, palidece frente a lo que logró, y descarga de culpas al hato de inútiles, brutos, chorros y sotretas que condenaron el átomo criollo a la ruina y decadencia.

A lo largo de más de tres décadas de profesión, todos los héroes científicos y tecnológicos que fui adquiriendo en esa Disneylandia nuclear (Conrado Varotto, el mentado Mariscotti, Abel “El Negro” González, Dan Beninson, Jaime Pahissa Campá y siguen las firmas) me hablaron consistentemente bien de Castro Madero, si yo forzaba el tema.

OK, son expertos “world class” en asuntos de frontera entre la ciencia, la política y los proyectos tecnológicos, pero gente políticamente muy conservadora. Partir el átomo a algunos caciques les parte la personalidad: de puertas para afuera son como venían de familia o los talló la historia, conservas graves. De puertas para adentro, sabatianos militantes que empeñaron la vida entera en luchar contra “el colonialismo científico y tecnológico”. Ojo que esa expresión entrecomillada es de Castro Madero.

Me hacía más ruido que mis otros héroes nucleares, los “progres”, parte de los míticos “Doce Apóstoles de Jorge Sabato” (Carlos Aráoz, Luis Murmis, Renato Radicella, Carlos Martínez Vidal y siguen las firmas) recordaran no sin nostalgias al contralmirante. Podían tener críticas a lo que llamaré su “Grosso Programa de 5 Centrales de 600 MW” (el GP5x600, para abreviar). Ninguna, en cambio, a su administración ni a su persona.
Ambos bandos coincidían en echar pestes de Costantini… Yo empezaba a darme cuenta de que, pasada la epidemia de secuestros y asesinatos del ’76 y el ‘77, la CNEA había tenido no sólo más plata y más planes durante El Proceso que con Alfonsín, sino también -¿no es, contradictorio, no es increíble?- más democracia. Sí, claro, atemperada por el terror general. Y acotada al plano de los profesionales, en ese estilo de república veneciana que le fue fundacional a la casa desde 1950, a saber: en el consejo La Signoria, el Dux te escucha cortésmente y está dispuesto a aprender de vos, pero no te pelees con él. ¿Cómo explicar eso a mis lectores sin parecer uno de tantos periodistuchos lamebotas nostálgicos de los Años de Plomo?

Martínez Vidal, con un hijo desaparecido –y eso le costó el corazón- no derrochaba el elogio, pero le tenía ese respeto renuente a Castro Madero común a otros “Apóstoles”. Él tampoco salió indemne del Proceso: fue uno de los primeros argentinos cardiotransplantados. Los tordos le prometieron al menos 5 años de sobrevida. Martínez Vidal se tomó 22 y murió en 2007 trabajando para ese “off-shoot” de la CNEA que es la Sociedad Argentina de Materiales, una jabonería de Vieytes sabatiana. Costumbres de la casa. ¿Cuánto vale la aprobación, siquiera a medias, de un tipo así?

No tengo respuesta. Sólo más preguntas.

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8 Responses to Argentina Nuclear, 2017 – LXIII: La historia de Castro Madero

  1. CV dice:

    Me parece que le está dando demasiadas vueltas al asunto.

  2. Carlos dice:

    agradecido por el contenido de “toda” la serie… más de un dato no conocido… y otros que aún dan esperanza… no todo está perdido, pese a que como siempre, el peor enemigo lo tenemos adentro.
    Obvio que los demás países tratarán de llevar agua para su molino, pero es de no creer la cantidad de situaciones en que los fracasos, se los debemos a los patriotas que nos gobernaron y nos gobiernan.

  3. Miguel dice:

    Hola Abel, este libro está editado? Me gustaria saber un poco más de él. Trabajo en CyT, y en la saga de capítulos leí un par de cosas que siempre circularon como mitos.
    Bueno, eso nomás, me gustaría hacerme con este libro.
    Saludos,
    Miguel

  4. Lizardo Sánchez dice:

    Pues a mi no me parece que le esté dando demasiadas vueltas, la serie es impecable y anoticia de temas que por lo general no se conocen.

    Si el tema tiene sus vueltas pues hay que darlas.

  5. Daniel Eduardo Arias dice:

    Estimados: es cierto que le estoy dando vueltas al asunto, como dice CV. Pero el asunto las tiene Lizardo Sánchez.

    Miguel, todavía non habemus librum, pero a futuro tendré que ordenar y espulgar todo este material, y escribirlo.

    El problema de esta investigación es cómo me va cambiando las opiniones a medida que escarbo en ella.

    Puede ser exasperante para los lectores, y no poco para Abel a quien dejo colgado semanas enteras sin posteos, pero no es evitable.

    • CV dice:

      Castro Madero merece ser rescatado por lo q consiguió para la Argentina, q vaya q no es poco.
      Lo que sucedió exactamente en aquellos años es difícil saber, así como determinar las responsabilidades. Y, de todos modos, como se dijo por aquí hace poco, “olvidar lo malo también es tener memoria.”

    • Miguel Larotonda dice:

      Gracias Daniel. Espero ansioso;
      Una duda:Mariscotti no es Mario? O tiene un pariente llamado Roberto?

      Cualquier cosa dejo mi email en el formulario del blog.
      Un saludo,
      Miguel

      • Daniel Eduardo Arias dice:

        Mariscotti, efectivamente, es Mario. Pero tengo esperanzas de que también se llame Roberto. Espero que Mario no me defraude, ya lo googlearé…

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