Los motivos del troll

En un 25 de mayo lluvioso y frío, mientras se esperan novedades políticas -¿será un karma porteño?- encontré este artículo que habla de un fenómeno interesante. Que no tiene que ver con la política -de los trolls profesionales voy a escribir en otro momento- y mucho que ver con la sociedad moderna y los seres humanos de siempre. (El video es más elocuente, pero está en inglés).

Un comentario mío, corto, al final.

“En esa suerte de muestrario de gestos contemporáneos que es la novela Farándula, de la española Marta Sanz, un personaje, Julita Luján, es enfermera en las horas de trabajo y troll el resto del día. Señora con unos cuantos años encima, hijos más que criados y empleo en un asilo de ancianos, alguna vez se inscribió en un curso de informática, más tarde admitió la gracia de intercambiar algún que otro mail con sus hijos y finalmente encontró la sal verdadera: los foros de opinión de la prensa digital.

Con la computadora encendida y el mouse en la mano, Julita Luján es “Justicia Divina”, y con ese nombre ingresa a cuanto espacio de ¿diálogo? virtual se le ofrece, para decir lo que se le viene en gana. “Yo me pongo la máscara y les llamo lerdos, delincuentes, cabrones, chupasangres, malnacidos”, describe, y sigue con la retahíla de insultos, asegurando que al final -aunque no pueda evitar pensar que “si mi padre me viese me lavaba la boca con jabón”- queda “como nueva”.

Intrigados por los y las múltiples “Justicia Divina” que inundan las redes, el diario británico The Guardian y la Fundación Bertha encargaron una investigación al fotógrafo y cineasta noruego Kyrre Lien. De allí surgió el documental llamado The Internet Warriors, que puede verse por YouTube o desde el mismo sitio del periódico, donde la invitación para verlo propone: “¿Quién es la gente que se enoja tanto online? Encuentren a los guerreros de Internet en sus propios hogares”.

Porque si algo emerge del documental es la confirmación de eso que, más o menos, todos sospechamos: que tras el odio y la incontinencia verbal de los foristas más incorrectos no hay personas desaforadas ni identidades monstruosas. Cualquier vecino, cualquier respetable Julita Luján, puede proponer las cosas más terribles una vez inmerso en la dinámica sin rostro (ni nombre, ni apellido, ni DNI) de la Web. Pero -y ahí comienza la zona levemente perturbadora del documental- aunque en el mundo real sean notablemente más amables que en el virtual, nada en ellos revela un replanteo. Leen entre risitas sus propios posts racistas, xenófobos o gratuitamente agresivos; reafirman lo dicho sin solemnidad ni demasiada conciencia -en apariencia, al menos- de lo que realmente están diciendo. Como si la relación entre palabras y hechos no fuera una relación digna de ser tenida en cuenta; como si realmente cualquier cosa pudiera ser dicha y nadie tuviera por qué sentirse responsable. Los ejemplos son más o menos previsibles: desde la reivindicación de una posible “solución final” nazi aplicada a los musulmanes, a la homofobia, las loas a Trump, las lamentaciones por el fin del colonialismo, la defensa de la pureza racial. También hay decididos promotores de la expulsión de los migrantes que confirman sin problemas su posición, mientras abrazan con ternura a sus parejas… extranjeras.

Dicen vivir conectados a toda hora. Consumen las noticias que, más o menos caóticamente, les llegan por las redes. No poseen argumentos para sostener sus expresiones virulentas, no parecen preocupados por no tenerlos ni, salvo uno de los entrevistados, se muestran capaces de entender lo que es una contradicción. No asombra que 1984, la novela de Orwell, haya vuelto a leerse con tanto interés”.

Supongo que desde mi experiencia en el blog, debería poder aportar algo. Pero no estoy seguro si es original. Encuentro que hay un tipo de comentarista que -más que criticar o ampliar lo que se dice en el posteo; todavía más que aprovechar para “meter” su propio discurso u obsesión (lo que hacemos todos, en el fondo)- se motiva, se “engancha” en larguísimas peleas con otro comentarista. Con cualquiera que muestre que le presta atención, al contestarle. Creo que ese es el “troll no profesional” por excelencia.

Esto sucede también online de los medios masivos. Que se convierten en seguida en cloacas (la moderación por computadora es fácilmente burlada) de agresiones e insultos a políticos, figuras de la farándula (sobre todo si son mujeres)… Canilla libre. Pero aún ahí se forman “bandos” que se dedican a insultarse mutuamente.

Mi idea es que el enfrentamiento les ayuda a sentir que existen, que hay alguien del otro lado de la pantalla que lo reconoce, aunque sea como enemigo. Tal vez, más estimulante y mucho menos comprometido si es enemigo. Uno tiene ganas de decirle como los yanquis “Get a life! Consigánse una vida”. Pero… pienso que esta necesidad de ser reconocido por el Otro es uno de los motivos del bloguero.

Lo que sí afirmo es que la autora, Diana Fernández Irusta, se equivoca. Esto no es “1984”, donde el Partido controlaba todo. Esta es una cara de la democratización de la comunicación. Y de la anonimidad.

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7 Responses to Los motivos del troll

  1. Mariano dice:

    Supongo que yo soy uno de los que se engancha y comenta para “meter” su propio discurso u obsesión. Y también que el enfrentamiento me ayuda a sentir que alguien me reconoce. Pero como bien dijiste, todos tenemos algo de eso. Empezando por el que abre el blog, lo abre para que alguien lo lea.
    Creo que la diferencia entre un comentarista cargoso, obsesionado o acaparador y un verdadero troll, es que el primero es un comentarista válido; será molesto, pero es válido… Está dentro de las reglas de juego. En cambio el troll sólo busca provocar y molestar. No tiene una opinión válida. Su “opinión” es la molestia por la molestia misma. Es un nihilista. No busca construir nada, sino destruir. Es un terrorista del pensamiento.
    A veces es dificil saber cual es cual.
    Saludos,

  2. Norberto dice:

    Un post muy interesante Gran Jefe, pero el último párrafo ……..
    Tanto Google, como Facebook o Twitter, por nombrar lo mas conocido saben perfectamente quienes somos, que preferencias tenemos, que consumimos y con que nos pueden comprar o vender, pero mas allá de ellos, están las agencias de inteligencia del país de origen de esos sistemas, servicios bah, y por sobre ellos, el verdadero Gran Hermano y sus propietarios, que comparten aquello que consideran relevante para sus propósitos e intereses con sus delegados de los países periféricos mediante las liassons tales como Stiuso, Nisman o Carrió, también aquí para nombrar a los mas conocidos.
    En mi opinión nunca estuvimos tan cerca de 1984 como en 2017, y lo peor es que cada día nos acercamos más, sus algoritmos les permiten predecir nuestras necesidades futuras con mas precisión que nosotros mismos, es por eso la desesperación de la banda por la base de datos de la ANSES que contiene nuestra parafernalia electrónica, si con la impresión de facturas y resúmenes il Cappo armó su sistema de extorsión y carpetazos, imagine el resto.
    Nunca menos y abrazos

  3. guillermo dice:

    Ayer fui a un debate sobre Fake News, donde se habló bastante sobre el rol de la internet. Jamie Wales, uno de los panelistas, dijo que la internet hace muy facil encontrar quienes piensan como uno (arrancando con los likes and dislikes de Facebook, etc). En esas burbujas de pensamiento se produce un endurecimiento de creencia, en parte porque uno se siente apoyado, en parte para demostrar que uno es tan o mas de ley. En ese proceso es usual el paso siguiente,’si la realidad no coincide con lo que yo creo, no sirve.’ Ejemplo Kellyanne Conway describiendo a Sean Spicer como proveedor de ‘alternative facts’ en el revuelo sobre las fotos de numero de publico en inauguraciones Obama/Trump, o Tony Blair explicando que el creía que había armas de mass destruction en Irak, y por lo tanto tenía razón al pensar eso.

    Una vez que se inventa la realidad alternativa, el troll es uno de los vehiculos mas usuales de diseminación, segun Wales.

  4. Cine Braille dice:

    Decía Unamuno que lo que más une a los hombres es sus diferencias.
    Saludos

  5. Esther dice:

    A un troll hecho y derecho no le interesa mucho que digamos de qué se habla o a qué clase de página ingresa: simplemente intentará destruir lo que sea en donde sea. ¿Son personas comunes y corrientes en la vida diaria? Posiblemente sí, pero el ser una persona común y corriente no significa que se esté libre de obsesiones/ compulsiones/ fobias / y una larga lista de etcéteras similares. Y algo de eso les sucede: vuelcan en el anonimato “algo” que no funciona bien en sus vidas o en su esfera emocional.

    Otro diferente es el caso de los trolls pagos.

    Y otro diferente el de los comentaristas que muestran una cierta preferencia en sus intervenciones en un sitio o clase de sitio específico.

    Como sea, hay anonimato para “ser así”. Concuerdo con Norberto en que ese anonimato, en términos estrictos, no existe (1984 o el panoptismo descripto por Foucault son bien reales en el hoy). Pero eso ocurre en una dimensión que no es la del administrador o los asistentes a un sitio virtual; vos,yo y aquel no sabemos quién diablos es ese tipo que aparece a insultar o a desviar la discusión del eje central. Ni siquiera sabemos si es un tipo, o sea, alguien de género masculino.

    De hecho, ni siquiera sabemos si Esther, la que escribe ahora, es real o inventada.

    En cualquier caso, creo que estamos ante una forma de violencia. El que uno se acostumbre a ella, o no le preste atención o la deje pasar no hace que no sea una forma de violencia, que el troll ejerce justamente porque no tiene que pagar consecuencias por ella: no puede gritarle insultos al jefe, ni a la maestra de su hijo, ni al cónyugue, sin pagar alguna consecuencia.

    Sí puede hacerlo en la interné.

    Abrazos!
    Esther

  6. Mariano T. dice:

    Hay básicamente gente educada y gente mal educada, o que quiere darse el gusto de lo segundo en la red.
    Se pueden discutir o hasta ridiculizar argumentos sin necesidad de hacerlo en forma personal con el autor. Hasta los prejuicios(que son las ideas más ofensivas), se pueden debatir. El límite es el insulto o la descalificación, colectiva o personal.

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