Argentina Nuclear, 2017 – LX: Aparece Alfonsín

Este capítulo es la 3° parte de una trilogía sobre un análisis confidencial de la Agencia Central de Inteligencia, C.I.A.: Si Argentina estaba en condiciones de producir una bomba atómica. Fue hecho semanas después que de la derrota en la guerra del Atlántico Sur. Y desclasificado hace pocos años. En la primera parte, Daniel Arias analiza el informe. En la segunda, el contexto regional. Aquí, empieza a explorar las consecuencias de la paranoia gringa. Y cómo resultó que el presidente que sufrió las presiones, y quedó doblegado por ellas, fue Raúl Alfonsín.

Después del documento de la CIA.

Arriba, ya terminada, la Planta Industrial de Agua Pesada de Arroyito, hoy provincial, la mayor del mundo (200 toneladas/año). Abajo, las altas columnas de la modesta planta experimental argentina, en adyacencias de Atucha II, con una tecnología distinta y propia.

El documento que nos dedicó la CIA en septiembre de 1982 está plagado de errores, pero de ahí surgió una diplomacia, y lo interesante es que las víctimas de tales errores fuimos los argentinos. Equivocarse y que paguen otros, lujos de superpotencia.

También muestra que a las superpotencias se las puede “perrear”. Mientras los popes máximos de la inteligencia estadounidense escribían sus conclusiones, ignoraban que el contralmirante Castro Madero, forzado por el boicot de Jimmy Carter contra las exportaciones nucleares argentinas a Perú, estaba metido en otro proyecto dual, uno que les haría saltar la térmica pocos meses después, cuando Castro Madero lo deschavara ante el presidente electo Raúl Alfonsín. Y éste, desconcertado pero plantando cara, a su vez lo revelara al resto del planeta.

Obviamente, hablo de la plantita de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu.

Cuando Alfonsín hizo público el asunto de Pilca, deben haber rodado cabezas en el MI5. La revista científica laborista “The New Scientist” prefirió culpar a los yanquis: “¿Qué clase de idiotas dirigen la CIA?”, tituló.

El asunto es que mientras los Brits se trajeron ilegalmente armas nucleares antisubmarinas a la Guerra de Malvinas, atropellando el Tratado de Tlatelolco, del que son garantes (juá), nosotros ya estábamos enriqueciendo modestísimas cantidades de uranio. Pocas, y a grados bastante bajos, escala laboratorio.

Pero de haberlo querido o permitido Castro Madero, con la misma tecnología ya obsoleta de difusión por membranas y una planta mucho mayor (o varias chicas geográficamente separadas, para disimular), podríamos haber obtenido uranio enriquecido a “grado bomba”. No lo hicimos porque la CNEA odia el bardo inútil con las superpotencias, así como las paranoias regionales: bad for business. Si nuestra gente nuclear estuviera loca por las armas, y no lo está o estuvo, no les parecería demasiado sexy la bomba de uranio enriquecido por ineficiente y cara. Pero si la CNEA post-malvinera se abroqueló en abstenerse de bombas fue –y repito las inmortales palabras del Dr. Jaime Pahissa Campá, presidente de la Asociación Argentina de Tecnología Nuclear- “porque no se nos dio la gana”.

Habrán sentido un frío en la nuca, los gringos… El resto de nuestra historia nuclear, cada retroceso, cada zancadilla, cada caída en el barro, cada vendehumo y/o vendepatria puesto al frente de una institución nacida y criada patriótica y honrada, cada mercachifle en el templo, cada achicamiento hasta 2006, se explican por aquel frío en la nuca.

En su documento de 1982, la todavía desinformada CIA peina el árbol de opciones y cree que la Argentina, con un programa nuclear en parte técnica y legalmente fuera de salvaguardias del OIEA, pierde menos puntos diplomáticos si va por una “production facility” secreta. Ésa va a ser la opción de Castro Madero, predice.

Con ese fierro, creía el cónclave de inteligencia yanqui, la Argentina tendría una fuente de plutonio legítima y legal ante los ojos de las Naciones Unidas. No es chiste, es ley. Si el fierro y el combustible son tuyos y no firmaste el TNP (Tratado de No Proliferación), el combustible gastado es tuyo. Las salvaguardias no lo afectan. Sos proliferador, pero legal. ¿Pueden patearte la puerta? Ni ahí. En 1982 existía la URSS, el mundo era bipolar y EEUU, todavía en post-trauma por Vietnam, no habría siquiera soñado con invadir un país sudaca mediano, y menos en la estela de una guerrita colonial inglesa. Y menos que menos, sin una orden de allanamiento expedida por OIEA, es decir la ONU.

Ante los ojos de la OIEA, mo es lo mismo si la Argentina se pone a afanar combustible gastado de Atucha I: ése sí está bajo salvaguardias. Si Argentina incurre en uso no autorizado y rompe el régimen legal que fundamenta el comercio atómico, se vuelve un paria nuclear internacional y jamás nadie –sea Alemania, Italia, Suiza o la propia URSS- le vuelven a vender un componente o material críticos. Y desde ya, nadie en el Tercer Mundo nos vuelve a comprar un reactor. Peor aún, hasta ubicar la cosecha triguera se volvería un problema. Legalmente, nos habríamos vuelto leprosos.

Conocen la tela legal del asunto, los yanquis. Como que la tejieron ellos.

Que Castro Madero pueda haber hecho el LPR para evitar el gigantesco problema de residuos nucleares (el mismo que paralizó y mató el programa nucleoeléctrico yanqui), eso a la CIA ni se les pasa por la cabeza. Que la Argentina pudiera estar haciendo lo mismo que los grandes reprocesadores del mundo (Inglaterra, Francia, Rusia, próximamente Japón) y por la misma causa (eliminar plutonio y disminuir la minería de uranio), esto tampoco se les pasa por la cabeza. Y en realidad, no les importa.

La paranoia es un sistema de pensamiento autosuficiente: descarta todas las hipótesis benignas por método. Eso no significa que los paranoicos estén equivocados siempre. El mundo es bastante malvado y eso estadísticamente tiende a darles la razón. Pero en este caso es intrigante ver a qué grados de error es arrastrada la CIA por esa feroz locura profesional.

Acertadamente, los espías yanquis ponen su fe en que a la Argentina, destruida económicamente y endeudada hasta las cejas en la posguerra, no le dé el cuero para inaugurar el Laboratorio de Procesos Radioquímicos.

No les falta intuición: con tanta obra mayor y urgente a terminar (Atucha II, la Planta de Agua Pesada de Arroyito), la CNEA deberá posponer necesariamente otras menos álgidas. Eso, se sabe, terminó ocurriendo incluso con las obras álgidas. O especialmente.

También especulan con que a Castro Madero no le aguante “el bobo”: saben que cada día se despierta a pura voluntad de vivir, nomás. Pero creen que el día que no lo haga, cualquier continuador del contralmirante seguirá con su obra. Y que hará un reactor plutonígeno secreto. O un submarino nuclear, como plan B. Pero los espías se juegan más al reactor. Es menos despiole técnico, menos plata, y con el know-how argentino sale “con fritas” en 3 o 4 años.

¿Y cómo no creer en ello, si los Argies acaban de montar su propia plantita experimental de agua pesada, la PEAP, ahí al lado de Atucha I? Va a producir pocas toneladas por año, pero alcanzan para moderar un reactorcito plutonígeno chico, alimentado a uranio natural, totalmente “fatto in casa”, y por ello libre de salvaguardias. Todo cierra con todo.

Lo dicho: los espías arman el rompecabezas de un modo bastante lógico, pero muy apartado de la realidad, siempre apuntando a la hipótesis peor. Las piezas, sin embargo, no las inventan. Y su modo de armar el rompecabezas no carece de elegancia. A su modo, son gente seria. Seriamente pelotuda.

Y lograrán que las consecuencias de eso las paguemos nosotros.

En los ’80, la Planta Experimental de Agua Pesada (PEAP) la está construyendo el químico industrial, Aníbal (a) “El Petiso” Núñez. Está bien a la vista de todo el mundo, y con sus vertiginosas columnas metálicas, sería difícil esconderla.

De haberla hecho más alta “El Petiso”, los satélites espía KH-9 y KH-11 podían haber chocado con ella, más que fotografiarla. No la busque en Google Earth: fue desmontada hace muchos años y hoy, en el lugar que ocupó a la vera de Atucha I, se está construyendo la centralita nuclear compacta CAREM. De la PEAP en estos días es difícil hasta conseguir imágenes en la CNEA. Se perdieron, junto con casi todo el archivo fotográfico de la casa, en los años de cierto presidente riojano.

La PEAP tuvo un único sentido: recordarle a los EEUU que era inútil apretar a Sulzer Brothers, ganadores de la licitación para construir la gigantesca PIAP (Planta Industrial de Agua Pesada) en Arroyito, Neuquén. Si los mencionados helvéticos se dejaban apretar o coimear y “pisaban” la entrega en tiempo y forma, no cobraban. Costumbre muy mal vista desde 1775 en Winthertur, Suiza, el año y lugar donde se fundó dicha augusta firma.

Teníamos plan B.  No es que la PEAP pudiera sustituir en absoluto la producción masiva de la PIAP, pero funcionaba con tecnología “made in Argentina”, estaba fuera de salvaguardias, y si cierto país nos quería estrangular con este insumo crítico, el agua pesada, sólo debíamos hacer otra MUCHO más grande.

¿Y para qué querríamos tanta agua pesada fuera de salvaguardias? ¿Acaso para lavar con ella los pasillos de la CNEA? ¡No señor; bombas!, razonaban los yanquis. No los culpo.

Pero esto es no entender a Castro Madero. En 1981, apenas un año antes de la Guerra de Malvinas, el contralmirante había aprobado un plan desmesurado, por 4 centrales nucleares de uranio natural de 600 MW por unidad.

¿Y para qué tanta potencia nucleoeléctrica? Primero, 2400 MW no es tanto. Es más o menos la mitad de la potencia de generación de base que hoy nos está faltando, pese a tener el mejor ministro de Energía de la historia de la Shell. Segundo, en 1981 era una reducción: en los buenos tiempos de Jorjón Sábato, digamos 1970, se planificaba llegar al año 2000 con 10 centrales, no 1 + 4.

Tercero pero no último, el contraalmirante estaba convencido de que el monetarismo ortodoxo y las bicicletas financieras de su pariente, don José Martínez de Hoz, (a) “el Dr. Joe”, harían crecer bárbaramente el PBI, y eso disparararía la demanda eléctrica. Que debería cubrirse urgentemente con nuevas centrales, y como serían de uranio natural, requerirían de océanos de agua pesada.

La candidez neoliberal del contralmirante no entra siquiera “a placet” en el análisis de la CIA. No entienden la esquizofrenia política que cunde desde siempre en la CNEA. Muchos de sus mejores profesionales son señorit@s tiling@s liberales de derecha en la calle, pero en cuanto cruzan la puerta de Libertador 1429 hacia adentro, se vuelven nacionalistas económicos, estatistas irrecuperables, abjuran de las compras llave en mano de tecnología en el exterior, llaman “colonizado mental” a quien las promueve y juran por Jorge Sábato. No todo loco en esta historia es gringo.

Las esperanzas de los espías yanquis en septiembre de 1982 son que a la CNEA no le aguante el presupuesto, o a Castro Madero, el corazón. La CNEA ya empezó 1982 con una baja del 30% en sus fondos, y sin embargo, constata el cónclave de inteligencia con preocupación, las obras nucleares argentinas siguen avanzando. 35 años después, agrego con típica maldad Argie: y eso que no estaban viendo todas, je.

En los hechos, el post-Proceso argentino fue mucho más rápido que la desmilitarización del resto de Sudamérica. La CIA no pudo imaginarlo. Es que odio del pueblo para los procesistas excedía el que se tuvo en el Cono Sur hacia asesinos y vendepatrias menos perfectos, más banales. Nuestros paladines, además de hacer correr sangre obrera, estudiantil y popular a baldazos como generales bananeros, no pararon hasta tener una guerra, que además perdieron. Por y con escándalo.

Con su administración honesta, en la que cada centavo se iba en fierros, norma fundacional de la casa, aún con un 30% menos de plata que en 1981 la CNEA de Castro Madero se atrevía a encarar obras audaces. Obras que el paradójico contralmirante discutía y consensuaba con todo el personal superior, en esa suerte de democracia aristocrática de los atómicos, base de su fortaleza como “estado dentro del estado”.

En diciembre de 1983 asumió con modales muy distintos el ingeniero Alberto Rafael Costantini, el “gauleiter” de la democracia, nuevo presidente de la CNEA en remplazo de Castro Madero. Fue injertado en la casa sin dudar un segundo por Raúl Alfonsín, pese a que el político bonaerense conocía los antecedentes de Costantini. O tal vez por ello. Según Luis Colángelo, Jefe de RRPP, ambos eran amigos de toda la vida. Don Raúl no podía ignorar el historial de Costantini con el Plan Larkin. O su papel como rector universitario del Proceso.

Costantini fue la segunda medida de Alfonsín con aquella caja de sorpresas, la CNEA. La primera fue asestarle otra quita de presupuesto en pesos que se devaluaban por minuto, ésta del 50%.

Costantini aseguró que con el nuevo presupuesto y una administración muy diferente a la de Castro Madero, hecha a medida de los contratistas, las obras críticas y las auxiliares NO siguieran.

Y NO siguieron. “A bonus, lads!”. Me imagino la alegría en Langley, Virginia, EEUU.

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