Argentina Nuclear, 2017 – LVII: Cuando Chile y Japón se enfrentaron

Estos capítulos de la saga de Daniel Arias -los más recientes en la categoría “ciencia y técnica”- están dedicados a la “economía del plutonio”. Importante en la paz, y en la guerra, y en esa zona gris que son los “riesgos ambientales”. Pero de la que se habla muy poco en los medios.

Además, a mí me sirvió para recordarme un episodio olvidado: En 1995, un pequeño buque de la Armada chilena impidió el paso de uno de los buques que trasladan los residuos atómicos, protegido por la Armada japonesa. Ahí cerca del Cabo de Hornos, donde marinos de todos los países han repetido la frase: “Debajo de los 40 grados (de latitud sur), no hay ley. Debajo de los 50, no hay dios”.

Y para refrescarme sobre la necesidad que nosotros tengamos una Armada en condiciones de proteger nuestra inmensa plataforma marina.

57. Cuando los chilenos se enojan

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Ya desguazado, el Pacific Heron fue uno de los 5 barcos británicos de transporte de residuos “de alta” al servicio del programa nuclear japonés. Forzada por presiones yanquis a no reprocesar, Japón se metió en líos diplomáticos espantosos, y con Chile la cosa casi termina a cañonazos.

En 1977 y a través de la Ley de Antiproliferación de Jimmy Carter, los EEUU trataron de impedir el surgimiento de una economía del plutonio no sólo en el Tercer Mundo, donde era más fácil aplicar prohibiciones, presiones, campañas mediáticas sucias (como sucedió en el caso de nuestro Laboratorio de Procesos Radioquímicos) y, a partir de 1989, en un mundo brevemente monopolar, eventuales amenazas de invasión.

Los EEUU también intentaron aplicar su ley antiplutonio a Europa Occidental (donde fue ignorada totalmente). Asimismo, malgastaron parte de su autoridad política residual sobre Japón para atrasar todo lo posible la decisión local de reprocesar combustible en territorio metropolitano.

Algunas leyes estadounidenses tienen esa rara característica de la extranacionalidad y la intemporalidad.

China, a la sazón un país comunista bastante agrícola, y la entonces existente URSS no se dieron por notificados de las pretensiones del predicador bautista “cum nuclear engineer cum president”, James Earl Carter. En su visión parroquial y sureña, el reverendo Jimmy luchó por un mundo ideal, pacífico y benevolente, donde el plutonio no sirva para otra cosa que para hacer bombas y volatilizar gente, como Dios manda. Lo relevante es que esa visión era y es compartida por todo el arco político estadounidense, amén de los militares y “los servicios”, incluso hoy.

Los japoneses, que adoptaban todo lo yanqui –desde el baseball a las centrales GE Mk1 de Fukushima- con avidez acrítica de derrotados, no pudieron fumarse los sanos consejos de Carter y sucesores. En los ’80 y ’90, sin gas o petróleo propios, impedido de importar electricidad desde otros países por su carácter de isla rodeada por abismos oceánicos sísmicamente activos, con cada río y arroyo ya represado y de yapa una demanda monstruosa de consumo eléctrico industrial, Japón se iba volviendo cada vez más dependiente de la electricidad nuclear.

Y aun así, con un programa de construcción de centrales tan rampante, durante los ’80, que sólo lo superaba Francia, Japón, apretado por “La Ley Carter”, seguía sin tener una planta de “back end”, donde reciclar plutonio y uranio 235 sin quemar, y disolver en vidrio los residuos nucleares restantes, para disposición final. Ergo, ese trabajo había que subcontratarlo en Europa. Peor aún, el stock de plutonio resultante en suelo japonés (unas 48 toneladas) hay que volver a exportarlo para fabricar combustible MOX.

Hoy la planta de “repro” japonesa existe: es Rokkasho Mura y está construida. Lo que le cuesta bastante a los japoneses es inaugurarla de una maldita vez: con el último retraso se van a 2019. Pero van a llegar.

Y es que durante los ’90, los japoneses se hartaron de conflictos con los países ribereños a lo largo de las rutas de ida y vuelta de los barcos que les llevaban el combustible gastado a La Hague, Francia, y volvían con los residuos vitrificados en forma de “tortas”. Tales barcos son tres grandes bestias de doble casco y diseñados especialmente para transportar materiales muy radioactivos, los Pacific Pintail, Heron y Egret respectivamente, con nombre de pajaritos marinos. Antes también había un cuarto y un quinto pajarito, el Swan y el Grebe. Pertenecen / pertenecían a la empresa británica estatal BNFL, propietaria de todas las centrales nucleoeléctricas del Reino Unido, subcontratada para este trabajo por las 4 “utilities” eléctricas japonesas.

Armados con cañones “e altre belle cose”, navegando en convoy para darse protección recíproca y a veces bajo escolta de uno o dos fragatas japonesas, los “Pacific Pajaritos” llevaron durante décadas los combustibles quemados de Japón en “flasks” herméticos y realmente formidables.

Los había de dos clases: el de 100 toneladas, de aceros especiales, que transporta apenas 5 toneladas de frágiles elementos combustibles quemados. En el caso de las “tortas” de residuos vitrificados, el container tipo B tiene 112 toneladas de aleaciones de acero, polímeros y cobre –para disipar calor- que encierran 28 toneladas de vitrificados, químicamente más resistentes que los elementos combustibles a la disolución en agua de mar, pero con un concentrado de radionucleídos que te la cuento: el de los combustibles gastados, pero en un 3% del volumen original.

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Los “flasks” de ambas clases soportan media hora de fuego a 800º C, caídas de hasta 20 metros sobre una cuña metálica e inmersión a 200 metros de profundidad. Como es habitual, la OIEA los certifica como “lo más wow” en radioprotección, y Greenpeace los considera frágiles sachets cuya metalurgia no se banca el calor de un incendio marítimo en serio. Le creo más a la OIEA, pero tengo una reserva y la guardo para después.

Las rutas de los “Pacific Pajaritos” en sus tiempos de gran demanda eran secretas y variaban siempre, por si Al Qaeda u gentes del mismo rubro tenían alguna idea estúpida. De todos modos, el puerto europeo de arribo y salida era inevitablemente Cherbourg, a tiro de La Hague, donde funciona la principal instalación de “repro” del planeta.

Cuando el canal de Panamá dejó de ser propiedad estadounidense, el gobierno panameño se dio el gustazo de ponerle luz roja a los barcos de BNFL, lo que les dejaba a los japoneses sólo tres opciones de paso interoceánico, todas complicadas por los fondos, la meteorología, las corrientes permanentes o las de marea, o todo junto. Y de las corrientes de opinión pública ni hablar. Tales pasajes son el estrecho de Magallanes, el canal del Beagle y el más anónimo –pero mucho más tempestuoso- pasaje al sur de la isla chilena de Cabo de Hornos, el único políticamente practicable.

¿O no? A partir del “por aquí, minga” panameño, los países cuyas zonas económicas exclusivas (las famosas 200 millas, o ZEE) eran parte de este tránsito se hacían los distraídos (caso de libro, Menem y su Di Tella) o gruñían de un modo más bien tribunero. Pero no tardó en aparecer uno que además de ladrar, anunció que mordía.

 

Chile, en 1995, sacó la “Contramaestre Micalvi”, una patrullera de su Armada, a impedir el ingreso del Pacific Pintail y su convoy por su Zona Económica Exclusiva. Y se armó: el Pintail intentó forzar el paso, el capitán chileno le atravesó su nave y amenazó por radio con usar sus armas (un cañón Bofors de 70 mm., dos cañones antiaéreos de 20 mm).

El capitán británico aconsejó, lacónico, no hacer nada por el estilo, dada la naturaleza de la carga, pero a bordo hubo zafarrancho de combate. Y todo esto con oleaje de 8 metros y vientos de 70 nudos: para Hollywood. La cancillería japonesa, cuyos funcionarios, arrancados de sus camas, seguían el partido en tiempo real, invocó el artículo 19 de la UNCLOS, la ley marítima de las Naciones Unidas, para exigir el libre pasaje. Y añadió la Convención de Basilea de 1989 sobre transporte de sustancias peligrosas. Bueno, es su negocio.

Los chilenos –nunca es bueno desafiarlos- se plantaron en: “A la mierda la UNCLOS y Basilea, métanse una milla más y los sacudimos”, cual piqueteros de agua salada. Para los no enterados de la índole transandina fue una sorpresa: el presidente no era Ho Chi Minh sino Eduardo Frei Ruiz Tagle, a la cabeza de una pacífica coalición unida más por el espanto al Cambiemos local, “Piñera y sus pinochos”, que por el amor. El capitán del Pintail habrá recibido algún consejo, porque cambió de curso unos pocos grados y se fue silbando bajito, seguido de lejos por la Micalvi, que da apenas 16 nudos a toda máquina. Aquello hizo historia. Desde entonces los “Pacific Pajaritos” parecen evitar la ZEE chilena, y cuando se inaugure Rokkasho tendrán que buscarse otro curro, o ir a desguace.

Interesante situación creada, en el fondo, por la paranoia antiplutonio de los EEUU. Con un PBI muy apuntalado por la pesca (y Japón, paradójicamente, como principal comprador) Chile quizás tenía más artillería “in situ” (es difícil saberlo). También tenía una motivación fuerte: si pese a tanta buena ingeniería cualquiera de los “Pacific Pajaritos” se va a pique, aunque se rescate a tiempo los contenedores (difícil, si terminan en la fosa abisal de Nazca, con 8000 metros de profundidad), la pesca chilena pasa a valor cero al minuto del primer tweet, sin importar si hubo o no hubo daño radiológico, ya que Greenpeace se encarga de garantizar el mediático: es su negocio. Y a continuación decenas de puertos pesqueros transandinos se llenan de desocupados. ¿Y quién paga?

En un viaje de periodistas especializados organizado en 1995 por la JICA, la Agencia Japonesa de Cooperación, traté de explicarles sin éxito a las autoridades japonesas que mi país (cifras de entonces) tenía un PBI pesquero real de U$ 2000 millones/año, la mitad trucho y por debajo del radar de la AFIP porque las firmas españolas sobrepescan y contrabandean y coimean a lo grande. Lo cierto es que nuestra pesca, incomparablemente menor que la chilena, generaba entonces entre 30 y 40 mil puestos de trabajo –muy mal pagos, pero reales- en la costa bonaerense y patagónica.

Visto lo cual, le traté de hacer entender a distintas e indiferentes autoridades de la cancillería japonesa, si alguien me asocia a su riesgo económico para su beneficio exclusivo, como todavía hace el programa nuclear japonés con el resto del planeta, mi respuesta en buen argento es citar al clásico jurista alemán Joachim von Garpenmen. ¿Quieren pasaje? Poniéndose estaba la gansa. Pero era hablarle a las piedras. Sin embargo, los periodistas sudacas y centroamericanos invitados por JICA, algunos especializados en economía, pararon la oreja.

Mi postura es ilegal, pero quiero más a mi país que a la UNCLOS. También es irracional: los tres “Pacific Pajaritos” en funciones, con su grosso doble casco, son como barcos encapsulados dentro de otros barcos. Ojalá los buques que transportan cargas químicas peligrosas tuvieran una tercera parte de esa ingeniería, y de los petroleros mejor no hablemos.

Pero en mi locura hay un método: me tomo en serio la irracionalidad de los mercados. Estos pueden no despeinarse si frente a Puerto Deseado, paraíso (en todo sentido) pesquero español en Santa Cruz, se hunde un barco con residuos de fabricación de pesticidas organoclorados u otros cancerígenos persistentes. Cosas que pasan. Pero si cunde la noticia de que se perdió una carga radioactiva en el Mar Argentino, España nos deja de saquear a cuatro manos.

Parecería una bendición, pero señor@s, pese a la sobrepesca por los ibéricos, el 85% de las capturas argentas se exporta y en general, directa o indirectamente, termina allí, en los reinos borbónicos. En la emergencia no tendríamos compradores de alternativa, y aquí no hay mercado interno para absorber el trabajo de 593 naves y 200 empresas con plantas en tierra, que generan por derecha e izquierda unos U$ 2500 millones/año. Y es que los “argentinos sushi”, permeables al ecologismo finolis, estarían aterrados de tener hijos con tres ojos.

Es un fenómeno mundial, porque desde 1995 la lista de “piqueteros antinucleares de altamar” siguió creciendo, y hoy incluye a muchos países cuyo PBI viene tiene mucho turismo y/o pesca: Uruguay, Colombia, Argentina, Brasil, Indonesia, Portugal, Ecuador, las Islas Fiji, las Antillas Holandesas, Jamaica, las Filipinas, España, Puerto Rico, Martinica, República Dominicana, los estados federativos insulares de Micronesia, las islas Vírgenes británicas y estadounidenses, Honduras, Aruba, un estado estadounidense (Hawai), Etiopía, Sudáfrica, Nauru, Mauricio, Antigua, Barbuda y… Chile, po’.

Los EEUU –porque finalmente todo esto viene de allí- tienen un éxito notable exportando sus pesadillas legales: “No reprocesarás”.

El problema que tienen los yanquis es que la ley “antirepro” de Jimmy Carter les mató el programa nuclear, y no logran resucitarlo. No cabe duda de por qué hicieron tanto para liquidar nuestro LPR. Con amplia colaboración local, claro.

La patrullera Micalvi, de la Armada Chilena, que en 1995 casi se agarra a cañonazos con el Pacific Pintail.

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3 Responses to Argentina Nuclear, 2017 – LVII: Cuando Chile y Japón se enfrentaron

  1. Rafa dice:

    Abel:
    Un comentario para matizar la excelente (como de costumbre) nota de Daniel Arias: los japoneses ya construyeron y operaron entre1981 y 2006 una planta de reprocesamiento de capacidad reducida en Tokai:
    https://www.jaea.go.jp/english/04/tokai-cycle/02.htm

    Aquí se menciona la oposición de la administración Carter a esa planta, y que el veto se levantó en 1977:
    http://fissilematerials.org/blog/2014/10/tokai-mura_reprocessing_p.html

    Un abrazo.

  2. Daniel Eduardo Arias dice:

    Muy buena acotación, Rafa, porque la plantita de Tokai corporiza bien la pulseada secreta entre EEUU y Japón en materia de reprocesamiento.

    Efectivamente, Tokai-mura fue diseñada para reprocesar, si mal no recuerdo, hasta 240 toneladas de combustible quemado/año, pero a fuerza de ponerle palos en la rueda a sucesivos gobiernos japoneses, los americanos lograron que se inaugurara tardísimo y jamás superara las 42 toneladas anuales. La enorme capacidad ociosa de la planta la hizo entrar “en rojo” y generó las inevitables acusaciones de ineficiencia económica entre los antinucleares japoneses. No es una táctica muy imaginativa pero funciona: primero te rebano un pie, y luego te acuso de rengo.

    Hoy mismo, con el decreto de cierre encima, Tokai-mura muestra cómo los políticos japoneses menos permeables a Washington siguen la lucha en los pasillos: el inventario de plutonio de la planta, sea como solución de nitrato o como óxidos de plutonio, harán que allí se sigan fabricando combustibles MOX durante dos décadas más. “Festina lente”, decían los romanos (apresúrate despacio).

    Si esto es un cierre, no quiero pensar lo que es una inauguración.

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