El 24 de marzo y el peronismo

Pasó el “Día de la Memoria”. Y una amiga querida me dice “para mí el posteo de hoy resultó como insuficiente”. Mi primera reacción fue: Qué voy a hacerle. No tengo el talento, ni siento la obligación, de decir palabras inmortales en cada ocasión memorable. Además, o sobre todo, se habla tanto… Tengo la sensación que mucho palabrerío banaliza.

Igual, me hizo reflexionar. Siempre se puede decir algo nuevo, porque lo que sabemos o sentimos en el presente cambia nuestra memoria del pasado. Recordé que hace pocos días mi amigo Ezequiel Meler publicó en Panamá -gran revista- un texto que me impresionó. Y me dio ganas de discutirle algo. Sé que a Eze le fastidian las polémicas digitales, pero cuando uno publica… lo que escribió pasa a ser propiedad pública. Copio y después comento:

“El 11 de septiembre de 1979, el PJ, a través de su vicepresidente primero en ejercicio,  Deolindo Felipe Bittel, entregó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos un documento que denunciaba las violaciones producidas por el gobierno militar. El texto señalaba como inaceptable, en su quinto punto, que “la lucha contra una minoría terrorista –de la que también hemos sido víctimas- se la quiera transformar en una excusa para implantar el terrorismo de Estado”, para en seguida agregar que “no puede haber Doctrina de la Seguridad Nacional que esté por encima de la ley que debe amparar por igual a todos los ciudadanos”.

Concretamente, el texto denunciaba, junto al encarcelamiento de Isabel Perón, de Lorenzo Miguel y de todos aquellos alcanzados por las Actas Institucionales, “la muerte y desaparición de miles de ciudadanos, lo que insólitamente se pretende justificar con la presunción de fallecimiento, que no significa otra cosa más que el reconocimiento de las arbitrariedades cometidas”.

No sería el único texto de ese tenor a lo largo de la pesadilla autoritaria de esos años: mi preferido oscila entre los documentos sindicales de ese período y el “proceso al Proceso” del 24 de marzo de 1982, antes de la huelga general de marzo y de Malvinas.

Sin embargo, tengo la impresión de que ese peronismo no será recordado como quizás lo mereciere. Y en parte, a causa del propio peronismo. Luego de la guerra de Malvinas, luego de la disolución de la identidad antiautoritaria que le siguió, el descongelamiento de la política no fue protagonizado del mismo modo por los peronistas. La causa de los derechos humanos adquirió su mejor enunciador en Raúl Alfonsín, quien había acompañado a Bittel a realizar la denuncia ante la OEA a título personal. ¿Y por qué? Posiblemente, porque Alfonsín lo hizo mejor. Sólo él se animó a trazar un diagnóstico en virtud del cual supo interpretar al gobierno militar no como una dictadura más de las que habían azotado a nuestro país, sino como el punto crítico frente al cual sólo quedaba dibujar, en la arena de nuestra trágica historia, una línea, una frontera. Una frontera que podía equipararse, dramáticamente, a la distancia entre la vida y la muerte.

Puede argumentarse que con Cafiero y Bittel, en el marco del Movimiento Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO), el peronismo estaba en camino de alcanzar un diagnóstico semejante. Al fin y al cabo, Cafiero, junto con Alende, Alfonsín y Auyero, con Framini y Frondizi, fue parte de la primera Marcha por la Vida, en octubre de 1982, junto a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, APDH, el SERPAJ y el CELS.

Pero ese peronismo perdió. Ese peronismo no estaba todavía listo para tomar las riendas del conjunto. Y ello no fue fruto del azar, sino de la ausencia de una instancia de mediación entre las distintas alas del “movimiento”, función que en vida sólo había estado reservada a Perón. Ese lugar quedó vacante, y la intención de Luder de presentarse como un candidato natural de un espacio también él naturalmente popular, desconociendo las transformaciones a que había sido sometida la sociedad bajo la dictadura, se expresan en parte en su negativa a revisar un pasado ominoso del que el peronismo -eso tampoco nos gusta recordarlo- había sido parte. ¿Cómo podía ahora ser el peronismo el árbitro y el juez, cuando también había sido el verdugo?

En 1983, los que ganaron la interna no tuvieron mejor ocurrencia, entre varias lamentables, que decir que en octubre sería Perón quien  ganaría, una vez más, la batalla. Alfonsín respondió de inmediato, en su cierre de campaña:

Los más altos dirigentes justicialistas han dicho que las elecciones no las ganará ningún candidato, sino que las va a ganar Perón, así como el Cid Campeador venció muerto una batalla. Me pregunto, como se preguntan millones de argentinos, entonces, ¿quién va a gobernar en la Argentina? Y me lo pregunto al igual que millones de argentinos, porque todos recordamos muy bien lo que ocurrió cuando murió Perón.”

El peronismo, lisa y llanamente, no estaba preparado para responder esa pregunta. Ni mucho menos, para hacer esa tarea de rememoración de lo cercano. Estaba, desde la denuncia del pacto militar sindical -ni cierto ni falso, pero creíble- trabado en el lugar de la repetición, como dijo una vez Oscar Landi, en el lugar de lo imposible, de la Argentina inviable. Y por eso mismo, no estaba en condiciones de gobernar. Por eso es que no recordamos a Bittel, porque la fuerza del tsunami alfonsinista fue tal que todos somos, en buena medida, sus herederos y reproductores. Y en buena hora. No puede menos que celebrarse que, en esa Argentina que nacía, hubiese ganado Alfonsín. Fue una buena cosa para el país, y una cosa aún mejor para los peronistas”.

No estoy de acuerdo con el planteo de Meler. Aunque lo que cuenta es cierto y su conclusión final… puede ser cierta o no, pero no puede ser demostrada. Quizás “fue una buena cosa que haya ganado Alfonsín”, pero cómo podemos saberlo? Con la pregunta ¿qué hubiera pasado si…? se pueden escribir ficciones fascinantes, pero no hay certezas.

El punto central del argumento de Meler es que la victoria de Alfonsín significó “interpretar al gobierno militar no como una dictadura más de las que habían azotado a nuestro país, sino como el punto crítico frente al cual sólo quedaba dibujar, en la arena de nuestra trágica historia, una línea, una frontera”. Y que la victoria de Luder no hubiera significado lo mismo.

Hay un elemento real en ese argumento: el peronismo no estaba vitalmente interesado en el castigo de los culpables de los crímenes del Proceso. El motivo es válido, pero difícil de entender desde la discusión de hoy que puede ser apasionada pero está lejos del peligro: el peronismo había puesto, por lejos, la mayor parte de las víctimas. En los siete años del Proceso, en los 38 anteriores, desde 1955. Mucho más que en la justicia, su dirigencia pensaba en cómo terminar con el ciclo de las muertes.

Puede decirse, y es válido, que la mejor manera de clausurar la violencia desde el Estado era castigar severamente a los que la había usado criminalmente. Pero no lo veía así la dirigencia de ese entonces. Tampoco lo veía la de Montoneros, que estaba dispuesta a firmar la paz a cambio de una amnistía general, como lo propuso aún años después, cuando apoyó la candidatura de Menem. Al Partido Comunista, que en ese tiempo era una fuerza minoritaria pero aún considerable… le interesaba su legalización, y ni siquiera reclamaba al comienzo la investigación de los crímenes, de los que había sufrido su parte.

Y tampoco la posición del gobierno radical era tan decisiva. Quiero reconocer -no porque haga falta sino para que no queden dudas de lo que creo- que el juicio a la Junta de Comandantes fue un hecho fundamental en nuestra historia moderna. Y no sólo la nuestra. El único antecedente fue en Grecia, donde sus militares también habían perdido una guerra.

Pero… el proyecto que Alfonsín envió al Congreso establecía el juicio a los comandantes y a los generales a cargo de los cuerpos de ejército. En las jerarquías inferiores, quedaba establecido que habían cumplido órdenes y, por lo tanto, no eran responsables. Tal vez, hubiera sido lo más sabio en ese momento: le habría ahorrado las rebeliones carapintadas, que demolieron su autoridad.

Pero fue el peronismo en el Senado -Sapag y los otros- que ya no tendría la responsabilidad de gobernar, el que destruyó esa previsión.

Mi punto es, entonces, que más que un gobierno, fue la sociedad argentina -o el pueblo, como se decía antes- el que trazó esa frontera que señala Meler. Horrorizada de lo que había tolerado, tomó conciencia de una masacre, de lo que, como dijo alguien, fue un filicidio, el asesinato de los hijos.

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6 respuestas a El 24 de marzo y el peronismo

  1. José Mercado dice:

    “El 11 de septiembre de 1979, el PJ, a través de su vicepresidente primero en ejercicio, Deolindo Felipe Bittel, entregó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos un documento que denunciaba las violaciones producidas por el gobierno militar.” -> Vicepresidente primero y vicepresidente segundo, HERMINIO IGLESIAS.

  2. Norberto dice:

    No mucho más que decir, y solo agregar la valentía del documento, de su redactora y de los firmantes, entre ellos un Herminio al que en democracia nunca voté pero que con ese solo acto merece todo mi respeto y admiración.
    Por otra lado una mención a otra fase de la lucha en la cual quienes pusieron la mayor cantidad de presos, muertos y desaparecidos fuimos los peronistas, entre ellos los trabajadores, y estos con Ubaldini y los 25 a la cabeza en abril del ’79 hicieron el primer paro general a esa dictadura todavía con todo su poder.
    Podemos decir que sin participar de la lucha armada, gran parte del pueblo peronista dió muestras de una resistencia que es más difícil de encontrar en otras agrupaciones políticas.
    Finalmente emoción y orgullo por el acto.
    Nunca menos y abrazos

    • Norberto dice:

      Estaba olvidando del acto que terminó de acorralar a la dictadura, cuando ya su plan económico había fracasado, el paro general y la masiva concentración del 30 de marzo del ’82, que es probable les haya obligado a adelantar Malvinas dado los cabos sueltos en el alistamiento que demostró esa operación, que aceleró la caída de la dictadura.
      Nunca menos y abrazos

  3. Cine Braille dice:

    Además de los firmantes Deolindo Bittel y Herminio Iglesias, y de Raúl Alfonsín que acompañó la entrega del documento a la CIDH sin aval de la UCR y a título personal, recordemos a los autores del documento: Jorge Vázquez, Nilda Garré y especialmente Mario Cámpora, que no quiso aparecer por si su apellido resultaba irritativo.
    Creo que también Paulino Niembro acompañó a Bittel.
    Saludos

  4. Capitán Yáñez dice:

    “… difícil de entender desde la discusión de hoy que puede ser apasionada pero está lejos del peligro…”
    Magistral.

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