Otro 24 de marzo

Este viernes no estoy en Buenos Aires y por eso no tendré una vivencia personal de la Plaza. Pero no espero que sea diferente del año pasado. En realidad, creo que estas marchas cambian, como todo, pero su evolución fue y será lenta. Para una parte de nuestro pueblo, para muchos jóvenes, es un rito de refirmación de valores.

Hace ya dos años subí una especie de resumen de “mi” 24 de marzo, que a su vez era una elaboración de cosas que había escrito antes. Por eso, no veo la necesidad de repetirlo. Si quieren, pueden leerlo aquí.

Se me ocurrió, sí, subir ahora una nota que me llamó la atención, del general Martín Balza, que fue Jefe del Ejército con Menem y embajador con Néstor y Cristina Kirchner. Esa historia, como su servicio en la guerra de Malvinas, lo convierten en otro de los actores en el escenario argentino. Y como tal, junta su parte de los rechazos y odios que somos tan generosos en repartir.

Pero lo que percibí, justamente, es que era un relato impersonal. Casi como un historiador, pero desde una mirada institucional, que incorpora lo que es el consenso aceptado. No lo digo para descartarlo. En otras ocasiones, para otros temas, mencioné que los países necesitan una “historia oficial”. La otra Historia necesita generaciones. Mientras, tenemos las personales, que son las que cuentan para el tiempo de nuestras vidas.

El sexto golpe cívico-militar del siglo XX en la Argentina se consumó el 24 de marzo de 1976. Fue el más anunciado y previsible. Con él se inició el más funesto y degradante periodo de nuestra historia.

Desde fines de la década de los años ´60 e inicio de los ´70 se generó en nuestro país un terror robespierreano de organizaciones armadas irregulares de distinta orientación (ERP, Montoneros, FAR) y el “terror blanco” de la ilegal represión paraestatal derechista, la Triple A, conducida por el brujo José López Rega, que se descargó sobre propios y ajenos. A las primeras se le atribuyen 684 víctimas y a la segunda, 980; casi todas ocurrieron durante un gobierno democrático (1973/1976).

La asunción militar de funciones de gobierno y el fascismo criollo llegaron al paroxismo para oponerse, según ellos, a una teoría conspirativa del comunismo internacional que lideraba la Tercera Guerra Mundial; pero también para terminar con el peronismo. Un dislate. ¿Se imponía el empleo de las Fuerzas Armadas para acabar con una violencia demencial? Evidentemente, no. Las Fuerzas de Seguridad y la Fuerzas Policiales no habían sido sobrepasadas. No estábamos en prolegómenos ni de la próxima guerra mundial, ni de una guerra civil. Los proclamados objetivos del golpe eran terminar con la llamada subversión —en rigor, exterminarla—, “reordenar la economía y disciplinar a la sociedad”.

¿Estaba aniquilada la capacidad de las organizaciones armadas irregulares? No, estaba muy debilitada y reducida su capacidad, pero mantenían aptitud para realizar actos terroristas y atentados indiscriminados, tal como sucedió.

A principios de 1976 los miembros de las organizaciones armadas (principalmente Montoneros y ERP) no sumaban 2.000 hombres con real adiestramiento operativo y limitado armamento. El mayor yerro de estas bandas —además de los crímenes cometidos— fue el delirio de enfrentar militarmente a las Fuerzas Armadas. La situación solo exigía el empeñamiento de la Gendarmería Nacional, Prefectura Naval, Policía Federal y Policías Provinciales (más de 300 mil hombres). Hasta el ex general Genaro Díaz Bessone —mentor del golpe y del terrorismo de Estado— expresó: “El motivo del derrocamiento del gobierno peronista en 1976 no fue la lucha contra la subversión (….) Nada impedía eliminarla bajo un gobierno constitucional (…) La justificación de la toma del poder fue clausurar un ciclo histórico”. Por su parte, el teniente general Alejandro Lanusse señaló: “La derrota militar del terrorismo subversivo pudo haberse logrado sin asumir las Fuerzas Armadas las responsabilidades excluyentes de su ejecución”. Y agregó: “No puede argüirse la necesidad de un gobierno de facto para lograr éxito en la lucha contra el terrorismo subversivo”.

Al decir de Ernesto Sábato: “En los años que precedieron al golpe de Estado de 1976, hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos (…) representantes de fuerzas demoníacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no solo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes”.

En 1976 —como había sucedido en 1955, 1962 y 1966— se pretendía volver a una etapa anterior al peronismo, achicando al máximo el Estado en lo económico y agrandándolo también al máximo en autoritarismo. El “mal gobierno” de entonces fue sola una excusa.

La causa principal del golpe fueron las ambiciones de poder de los altos mandos de las Fuerzas Armadas, secundados y estimulados por grupos de presión y sectores del poder económico, que se beneficiaron con el capitalismo prebendario impuesto —sin limitaciones— por el ministro de Economía, José Martínez de Hoz. En esa misma concepción, Arturo Pellet Lastra, refiriéndose a la dictadura, la calificaba de “netamente oligarca, tan vulnerable a las presiones del poder externo como implacable en la represión de la guerrilla”.

El plan sistemático, concebido por los altos mandos de la dictadura, era depurar nuestro país mediante una forma extrema de eugenesia, que incluía la eliminación de todos aquellos que los represores consideraban “irrecuperables”. Esto incluía a obreros, estudiantes, empleados, docentes, y también políticos, sindicalistas, periodistas, diplomáticos, religiosos y algunos deportistas y militares. En síntesis, una acriollada untermenschen (término empleado por la ideología nazi para referirse a lo que ésta consideraba “personas inferiores”). Los represores obraron siguiendo deleznables procedimientos: desaparición forzada de personas, torturas, violaciones sexuales, ejecuciones clandestinas y extrajudiciales, robo de bebés, privación ilegítima de la libertad y saqueo de propiedades.

Delitos que trascienden lo jurídico y marginan el campo de la ética y de los principios cristianos. Impulsores civiles y mandos militares con dominio del hecho y poder de decisión no asumieron —salvo excepciones— su responsabilidad desligándola en sus subordinados. Se colocaron en una dimensión moral peor que la de las organizaciones irregulares a las que combatieron, porque ellos actuaban —aún en un gobierno de facto— en nombre del Estado y debían resguardar los derechos humanos esenciales: a la vida, a la libertad y a la propiedad de los ciudadanos en lugar de actuar sobre ellos como un ejército de ocupación. Que una cosa es el accionar criminal de grupos irregulares, y otra muy diferente es que el Estado se convierta en criminal.

Lamentablemente, gran parte de la sociedad no advertía que aceptando una dictadura —como el mal menor— estaba coadyuvando al advenimiento de un terrorismo de Estado, de imprevisibles y atroces consecuencias“.

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13 respuestas a Otro 24 de marzo

  1. Raúl C. dice:

    Impresiones breves:

    1. Con las mismas salvedades de Abel (la visión institucional), la nota es meritoria viniendo de un general. Creo que ningún otro militar de la época suscribiría algo así.

    2. Tengo una mirada muy negativa sobre la elección de la lucha armada bajo un gobierno civil (por malo que fuera). Y no solo ahora: así pensaba en esa época. Pero no deja de hacerme ruido esa ‘casual’ palabra de Sabato: ‘… miles y miles de inocentes’.
    De ningún modo: TODOS eran inocentes mientras no se demostrara lo contrario en un juicio justo. Y nadie mereció lo que le hicieron.

    • Mariano T. dice:

      Hay siempre inocentes jurídicos, incluyendo a todos los criminales más salvajes que no tengan sentencia firme, e inocentes inocentes, los que no tenían nada que ver con la lucha armada, militantes de base, intelectuales, gente caritativa, hasta los que figuraban en alguna agenda de un compañero de secundario.
      Nadie merecía lo que le pasó, del perejil más inocente al criminal más despiadado. Pero no es todo lo mismo.

    • Raúl C. dice:

      Usted es quien no aplica de manera coherente el concepto de que ‘no es todo lo mismo’.

      Si queremos hacerlo realmente, debemos tener en cuenta esto: que alguien tuviera fierros (por ejemplo, que fuera un militante con fierros) no significaba ‘per se’ que hubiera matado, y menos todavía que fuera un ‘criminal despiadado’.

      Es decir: no es todo lo mismo.

      Para mí no es admisible la ambigüedad en las palabras de un escritor como era Sabato.

      Lamentablemente y sin desmerecer su papel en la CONADEP ni a la CONADEP misma, por supuesto, como no puedo pensar que un eminente escritor confunda el significado de una palabra, llego a la conclusión de que Sabato quiso decir que quien tomó las armas en esas circunstancias, aunque no las hubiera usado, para él NO era inocente.

      Pero no me consta que Sabato hubiera aplicado ese duro concepto a *cualquiera* que hubiera tomado las armas por una causa. Es decir, aplicó su ideología.

      • Mariano T. dice:

        Los fierros no eran para practicar tiro al blanco, no nos tome por estúpidos
        Yo viví esa época en un colegio totalmente politizado, lleno de militantes(de 300, el 30%). Unos pasaron a la clandestinidad ni bien terminamos, Noviembre de 1974, y la mayoría siguió haciendo política en la facultad como se hizo siempre. La ligaron los dos grupos. Son crímenes ambos, pero me indigna más el segundo caso.
        Además, como puse en twitter, tengo el íntimo convencimiento de que todo los miembros de las organizaciones armadas eran unos hdp, del primero al último. Igual fue un crimen matarlos.
        En cuanto a la inocencia, para Silenoz, Camps eran inocente, falleció sin fallo firme.

      • Raúl C. dice:

        Bueno, su ‘íntimo convencimiento’ vale tanto como el íntimo convencimiento de cualquiera
        No es más que ideología. No son ‘altos principios’.

        Repito: que las armas no eran para tiro al blanco NO significa que todos las hayan usado.
        Pero además: casi no hubo ‘enfrentamientos’ armados.
        A la gente la arrancaban de su casa, de otras casas, de bares, de sus trabajos, del cine…
        Fue una cacería.
        Cacería de gente que tenían en listas desde varios años atrás, y que en la inmensa mayoría de los casos estaba desarmada (aunque tuvieran un arma en otro lado) o si tenía un arma no llegó a usarla.
        Al no haber sido tomados prisioneros en combate, no tiene ninguna importancia si ‘eran’ combatientes o no.

        Entonces: usted califica de ‘hdp’ a esa gente por ideología. Realmente no sabe, no puede saber, qué eran.
        Algunos lo serían, claro.

        Es como si alguien me viniera a decir que algunos de los judíos que murieron en los ‘lager’, o algunos de los combatientes del Ghetto de Varsovia, como personas eran unos hijos de puta.
        ¿Y?

        Con esa chicana no va a lograr disculpar a los asesinos, ni un poquito.

        Y respecto a Camps… parece que no tiene idea.

        No fue condenado. Fue recontra-condenado.
        Después lo indultaron.

        https://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_Camps

        En 1986, la Cámara Federal lo encontró culpable de 73 casos de tormentos seguidos de asesinatos y lo condenó a 25 años de reclusión con degradación e inhabilitación a perpetuidad. Posteriormente se le denegó la obediencia debida por haber tenido “alta capacidad decisoria” en las órdenes impartidas.

        El 30 de diciembre de 1990, el presidente Carlos Saúl Menem firmó el indulto n.º 2741, causa n.º 44/85: «Causa incoada en virtud del decreto N.º 280/84 del PEN», que dejaba en libertad a todos los responsables de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura: Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Orlando Ramón Agosti, Roberto Eduardo Viola y Armando Lambruschini (quienes habían sido condenados el 9 de diciembre de 1985) y también a Ramón Camps.

    • Silenoz dice:

      Ja ja ja…

      Así son ciertos republicanos, como en el posteo del INDEK, resulta que algo es falso a pesar que la justicia sentencia que no.

      El porotero insiste en la torsión juridica, creando categorías como “inocente inocente”, “inocente jurídico”.. podríamos agregar “inocente culpable”, “culpabe inocente”, “culpable culpable” “cuplable jurídico” ‘n sou on….

      Pero además de “no aplica[r] de manera coherente el concepto de que ‘no es todo lo mismo’” también seguimos sin escuchar del sindicado, quejas sobre los embates de esta tilingocracia contra las instituciones republicanas que dice defender o algo así

  2. Gabriel Anibal dice:

    La marcha de hoy reflejó un sutil pero decisivo salto cualitativo. Espero que (aún cuando no hayas estado presente) con los días puedas escribir algo más de tu impresión al respecto.

  3. Cosme antonio caporale dice:

    muy bueno desgraciadamente hay gente y dirigente  piensan que este gobierno puede cambiar este gobierno es una dictadura con votos por el engaño que hizo al pueblo

  4. Mercedes dice:

    gracias Abel, esclarecedora la carta de Balza!!!

    ________________________________

  5. Chelo dice:

    Con respecto a lo señalado por Raúl C, comparto la visión de que si hubo víctimas inocentes (“miles y miles”), entonces también hubo víctimas culpables. Si el terrorismo se cargó a miles y miles que no lo merecían, queda intacta la presuposición de que alguien sí se lo merecía, y de esa manera se está justificando el terror.
    Durante años estuvo “mal visto” preguntar el porqué de las detenciones. Lo políticamente correcto era responder “no importa el porqué, lo torturaron y eso es lo terrible. Juicio y castigo a los culpables”. De esa manera, sin darnos cuenta, estábamos presuponiendo que si algo había hecho, entonces si merecía que lo tiren de un avión al Rio de la Plata.
    Hasta hoy todavía seguimos pensando que para ser subversivo o “culpable”, era condición excluyente integrar la guerrilla armada. Ese es uno de los errores garrafales que derivan de la teoría de los dos demonios. El orden se subvertía de muchas maneras, y todas “molestaban” por igual a los poderes establecidos.

    • Mariano T. dice:

      Coincido solo parcialmente.
      La inocencia, criminalidad, mérito o demérito de las personas es independiente de su destino. Y viceversa, una muerte atroz no convierte a un asesino en una persona buena y digna, mucho menos en un héroe. Era lo que era antes de que lo tiraran del avión.
      Mañana a un funcionario asesino se le puede ocurrir torturar o ejecutar a todos los violadores de niños, con o sin sentencia firme. Es asesinato igual, a lo mejor hasta crimen de LH, pero no blanquea a sus víctimas, que pasan de ser violadores vivos a violadores asesinados.

      • Raúl C. dice:

        Usted POSTULA arbitrariamente la maldad de los desaparecidos.
        Eso es ideología pura.
        No tiene conocimientos para afirmarlo.
        O los únicos “conocimientos” que tiene consisten en la opinión de quienes querían suprimir a toda esa gente.

        “Casualmente”, jamás acusó de malas personas ni de sádicos ni de psicópatas ni de hijos de puta a los militares que hicieron las cosas.

  6. Chelo dice:

    Si, una muerte atroz por sí sola no convierte a nadie en héroe o mártir. No entiendo donde señalo lo contrario.
    De todas maneras no olvide, Mariano T., que acá no estamos hablando de muertes sino de desapariciones. Es muy distinto.

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