Argentina Nuclear, 2017 – LI: La geopolítica de las bombas atómicas

La saga Argentina Nuclear tiene en el blog un público minoritario pero fiel: el que está interesado en ciencia y tecnología. Algunos capítulos, como éste, interesan también a otro sector, algo más numeroso: los apasionados por la geopolítica.

  1. Redefiniendo el adjetivo “proliferador”

arsenales

¿Qué es un “proliferador”?

Cuando una mañana helada de 1985 el embajador estadounidense Frank V. Ortiz quiso meterse de prepo en Pilcaniyeu, le tocó bolearle el pingo a Max Cernadas, diplomático implume y recién egresado. En los planes del yanqui no entraba ser parado cortésmente –pero en seco- por un tercer secretario de 25 años, un anecdótico “note taker”, dignidad diplomática parecida a la de las hormigas en la cadena alimenticia. El buenazo de Ortiz le vomitó que para el gobierno de los EEUU “nuestra falta de transparencia” nos volvía claramente “sospechosos de ser proliferadores”. Y a Cernadas le vaticinó algunos problemas en su futura carrera (hoy es embajador en Hungría).

Max sudaba tinta pero tras tres trajinadas horas, sostenía el fuerte a pura dialéctica, solito él con su alma contra Ortiz, el “science advisor” Bill Tilney (CIA) y algunos mamuts acompañantes del Secret Service. Todos allí clavados por Max en “El átomo inquieto”, nombre del café contiguo a la guardia del Centro Atómico Bariloche (CAB). Entrar al CAB sin invitación, vaya y pase. Paseo guiado, como en Disneyland, Orlando, “all included”, hasta las medialunas. Pero de entrar a Pilca, donde está la planta de enriquecimiento de uranio de la CNEA, distante 70 km., olvídate, cariño.

Ortiz, republicano halcón según la costumbre de ciertos yanquis hispánicos venidos a más, andaba a la sazón con una boina negra que le cubría el cráneo, pelado como una papa y zurcido con una ringla de “clamps”. Se lo habían tenido que abrir meses antes, por un despiole serio de esos que perdonan a pocos (un aneurisma). Siete vidas, el hombre.

Este recio rottweiler de Kissinger, Reagan y Bush, ya en 1987 abocado sin disimulos a tramoyar con Di Tella, Alsogaray y Cavallo la demolición económica de Alfonsín y su sustitución por el riojano Carlos Menem, debió resignarse a caminar mansito como un caniche al lado de Cernadas. Recorrieron innumerables aulas, talleres y hasta el reactor nuclear RA-6, donde no había nada que realmente pudiera interesar a Tilney ni a la CIA. Max les hizo el “house tour” completo, paseó al Tex-Mex por el CAB como un mahout lleva a su elefante a refrescarse al río. Pero minga de entrar a la plantación de bananas.

Desde 1983, estas cosas sucedían todo el tiempo, no siempre de modo hostil y a veces con final sorpresa. Los yanquis estaban “on fire” con nuestra entonces recientemente confesa capacidad de enriquecer uranio.

Tres años antes del tonto show de brutalidad de Ortiz, en 1984, el “science advisor” anterior a Tilney, Gerry Whitman (otro de la citada agencia), le pidió con gran gentileza a a Conrado “El Petiso” Varotto, fundador y entonces presidente de INVAP, un permiso “de amigos” para ver Pilca. Esto ocurrió en la modesta oficina de Varotto, en Bariloche.

Varotto ama los razonamientos de jesuita y Mario Mariscotti, entonces gerente de Investigación y Desarrollo de la CNEA, presente en la charla, le dio el gusto. Le contestó al gringo que si la Argentina abriera libremente Pilca a escrutinio internacional, dado que los inspectores de OIEA vienen incluso de países sin know-how nuclear, estaría generando proliferación horizontal. ¿Qué tal ese rulo lógico?

Mario no resistió rejonearlo un poco más a Whitman. Carraspeó, como “afterghout”, que en todo caso, la Argentina podía considerar abrir Pilca a los EEUU a cambio de una fuerte condonación de deuda externa, o de la devolución de las Malvinas…

Whitman, totalmente serio, le contestó que Departamento de Estado de Ronald Reagan había tenido opiniones divididas al respecto: la mitad proponía mitigar la deuda, la otra mitad un plan para devolvernos las islas. Lo que fuera para que no fuéramos “proliferadores”. Varotto y Mariscotti cruzaron miradas. El yanqui no estaba sanateando. Y Mariscotti, con toda una vida construida en base al slogan sabatiano de que tecnología es soberanía, lo entendió de golpe.

Amig@s: si miran el gráfico de arriba y leen los diarios, verán hay dos cuatro clases de países “proliferadores”: los llamados “verticales”, potencias nucleares declaradas, que acumulan grandes arsenales atómicos, cada uno de los cuales y por separado pueden hacer desaparecer a la mayor parte o a toda la especie humana: EEUU, Rusia, China, Inglaterra, Francia. Los proliferadores verticales se juntan en un organismo que algún humorista bautizó “el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”.

Siguen los “franchisings”, o “proliferadores horizontales protegidos”, que por actuar de punteros regionales, desarrollaron sus “caños” con ayuda encubierta o al menos un guiño permisivo de los EEUU y Francia: la Sudáfrica del apartheid e Israel, respectivamente. Dato curioso, durante la presidencia de Mandela, Sudáfrica destruyó sus armas unilateralmente, y mostró que, contra todo pronóstico, es posible hacerlo y sobrevivir como estado-nación en un continente bastante complicado, y en un país rodeado de vecinos justamente rencorosos.

A la luz de los resultados, uno podría creer que el fracaso nuclear brasileño empezó por su política exterior durante la dictadura 1964-1985. Como aspirante a gendarme del subcontinente, favorito evidente de la diplomacia yanqui, los primos quisieron volverse de prepo un “franchising” o “proliferador protegido”. Pero Brasil no es Israel. Tiene 25 veces más población y 410 veces más territorio. Los EEUU creyeron que habilitar bombas atómicas a un país tan gigantesco y con un pasado imperial era cosa que se les podía ir de las manos, y les bajaron el pulgar. Las águilas no empollan ñandúes.

Como consta en capítulos anteriores, los generales brasileños pretendían acceder a uranio enriquecido “grado bomba”, confiados en los alemanes occidentales, quienes les habían vendido un sistema no testeado de enriquecimiento por toberas. La tecnología no servía para nada, pero cuando los primos lo descubrieron, Jimmy Carter ya se había encargado de destruir al ras la conexión nuclear Brasilia-Bonn. A eso siguió el interminable fracaso atómico de los primos, del que desgraciadamente se encargaron demasiado bien ellos mismos.

Pero quede claro que la categoría “franchising” existe, y a más de un país le genera ganas de irrumpir en ella “a la brava”, como dice el caliche chilango.

El tercer tipo de proliferador es el “antes rebelde y hoy en vías de franchising”, o “hijo pródigo”: claramente, son la India y Pakistán. Cuando EEUU vio que el rumbo armamentista de la India era indetenible, eligió, primero muy a regañadientes pero a medida que pasaban las décadas de un modo más claro, usar a ese país como discreto operador regional, o más bien contrapeso de China, ya que la India es demasiado grande como para recibir órdenes. Y China, en contraposición, terminó cobijando a Pakistán para retrucar la jugada. Dos “ronin” armados con bombas, samurais atómicos por cuenta propia que a la larga terminan de laderos de dos shogunes rivales. Lo cual no los vuelve necesariamente fáciles de teledirigir, ojo.

El cuarto tipo de proliferador lo forman los “aparentes retobaos totales” frente al orden internacional: Corea del Norte y –al menos en grado de tentativa- Irán, desarmado y en libertad condicional hasta nuevo aviso.

Los “aparentes retobaos totales” tienen enemigos colosales o imaginarios, da lo mismo. Colosales, en el caso norcoreano, que tienen a 50.000 efectivos estadounidenses acantonados al sur del Paralelo 38. Imaginarios en el caso iraní: los israelíes les quedan a 1900 km. de distancia de Teherán, nunca los toparon y hasta que el presidente Ahmadinejahd expectoró públicamente que había que exterminar al estado judío, admitió un programa masivo de enriquecimiento de uranio y (eso es más significativo) se lanzó construir un reactor plutonígeno, los mullahs no habían pasado de flirtear con la idea de un plan de armamento nuclear.

Los “retobaos” no lo son tanto. Lo de Ahmadinejahd parece un intento fallido de volverse un “franchising protegido” por la Federación Rusa. Sin embargo, don Putin le hizo saber al persa que el Kremlin no come vidrio y prefiere elegir a sus propios operadores regionales (Siria). Corea del Norte, que se dotó de un programa nuclear militar casi completo, aspira a ser un “franchising” chino, aunque en Beijing están cada vez menos entusiasmados.

Reveamos el gráfico. Los medios nos dicen que el proliferador gravísimo es Corea del Norte y específicamente su presidente dinástico Kim Jong-un: testeó 5 armas subterráneas y tal vez tiene inventarios de plutonio como para otras 15, aunque todavía no tan compactas como para viajar en los misiles que vienen desarrollando. Norcorea sería la gran amenaza planetaria y no los EEUU, con 1740 armas desplegadas en misiles y 4000 en almacenamiento. Y eso porque Norcorea está dirigida por un autócrata millonario, autista e impredecible como Kim, en lugar de un señor de lo más normalito como Donald Trump.

Lo que definitivamente irrita al Departamento de Estado es que Argentina no cae en ninguna de esas cuatro clasificaciones de proliferador. No lo hizo antes ni lo hace ahora, aunque tras casi desaparecer como estado nuclear (y como estado nación), hoy usa el bozal del TNP y ha vuelto a su infraperruna diplomacia menemista.

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4 respuestas a Argentina Nuclear, 2017 – LI: La geopolítica de las bombas atómicas

    • Daniel Eduardo Arias dice:

      Estamos bastante de acuerdo, CV. Sin armas nucleares, la Tercera Guerra Mundial se habría terminado hace años y estaríamos en la Cuarta o Quinta.

      El dilema ético-político es quién puede prohibir que otro país tenga o no tenga armas nucleares. Claramente, el Consejo de Seguridad de la ONU (EEUU, Rusia, Inglaterra, Francia, China) refleja el estado de cosas en 1965. Desde entonces se armaron Israel, Sudáfrica, la India, Pakistán y Norcorea. El Consejo es obsoleto y se va volviendo costumbre desobecer sus órdenes.

      Se podría intentar una política de “Far West”: se permite que todo ñato ande calzado. El problema es que somos una especie bastante volátil, y todo choque estúpido entre países chicos o medianos podría terminar escalando a guerra atómica en minutos.

      Y el problema del problema es climático, más que radiológico. Las más o menos 150 armas nucleares que tienen por gorra la India y Pakistán están apuntadas hacia las grandes ciudades de ambos países. Las bombas están mayormente programadas para hacer explosión a bastante altura (entre medio y un kilómetro), cosa de maximizar los efectos termomecánicos, y provocar -si las condiciones atmosféricas lo permiten- ese tipo de incendios masivos llamados “tormentas de fuego”, como la que devastó Hiroshima (pero no Nagasaki: estaba nublado).

      La inyección de hollín de granulometría fina en la estratósfera que logra una buena tormenta de fuego es impresionante. Y como la atmósfera no tiene lluvias, el hollín se queda ahí años enteros antes de ir decantando por gravedad.

      Si la India y Pakistán se agarraran a bombazos nucleares y usaran sólo la mitad de sus arsenales, el opacamiento de la estratósfera sería global y alcanzaría incluso el hemisferio sur. A esto agréguele que el mundo entero estaría más frío unos cuantos años, y la disminución concomitante de evaporación y de humedad relativa ambiente haría fracasar las lluvias en todos lados. Esto significaría el colapso mundial de los sistemas agrícolas. En suma, que la humanidad entera se cagaría de hambre. Por una agarrada entre indios y pakistaníes por cuestiones de fronteras en los Himalayas.

      Creo que por muchas otras causas ajenas al átomo, ya éramos una especie en peligro mucho antes del 6 de agosto de 1945, sólo que no lo sabíamos. Pero ahora lo somos mucho más.

      Seguir con la murga del Consejo de Seguridad es inútil y estúpido: con el paso de las décadas, cada vez habrá más países que lograrán fabricarse algún caño atómico, aunque sea una simple bomba implosiva estilo “Fat Man”. Todo nuevo país que cruza ese umbral, confía o al menos cree que tendrá la protección de algún otro que ya lo cruzó, y con los cuales comparte enemigos.

      De modo que habría que acordar una especie de sinceramiento mundial al respecto: o nos desarmamos todos, e implementamos un sistema de control en el cual cualquiera puede inspeccionar a cualquiera, o nos armamos todos, y nos comportamos como buenos cowboys: extremamos la cortesía. Porque cualquier reyerta puede terminar en una balacera general.

      Es lo único que se me ocurre, y en términos geopolíticos e históricos, me parece fantásticamente estúpido e irrealizable incluso a mí. Sin embargo, no sé si tenemos mejores opciones.

  1. Hay Abel! Muy bueno seguir con esto, aunque el párrafo final nos descorazone. Espero que haya jóvenes Varotos y Cernadas escondidos entre los compatriotas que aman a la CNEA y aledaños. Abrazo esperanzado, a pesar del presente! Buenísimo lo del “rulo lógico” y la información (que ignoraba totalmente) sobre Sudáfrica. Abrazo, compañero superinformado!

    • Daniel Eduardo Arias dice:

      Muchas gracias, Elena. La verdad es que yo también estoy bastante descorazonado con nuestro nuevo rumbo nuclear.

      No sólo me chifla el moño por haber firmado el TNP, sino básicamente porque la CNEA perdió su dependencia directa del Poder Ejecutivo Nacional. Hoy está en el nivel de una subsecretaría, subsumida en un ministerio que dirige la Shell.

      Pero Aranguren es anecdótico. Dirigir una tecnología dual y estratégica desde una secretaría es como querer manejar un auto metido en el baúl.

      La situación actual es vergonzosa e indefendible, pero gente tan inteligente como NK y CFK no restablecieron el status que la CNEA tuvo en el tótem estatal desde tiempos de Perón hasta los del Innombrable.

      De modo que estoy bastante depre. En 2015, decididamente, no lo estaba. Y ojo, no soy peroncho. Me basta con ser argentino.

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