Un Scioli para Ecuador

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Uno de los problemas clásicos de la política es el de la sucesión. No; no lo voy a tratar en un posteo: no soy tan superficial. Pero si tengo ganas de tocar -de refilón, dirían en mi barrio- una de sus manifestaciones que tenemos muy cerca: la sucesión de los liderazgos en los procesos -moderadamente distributivos, moderadamente nacionalistas, democráticos y progres- que se abrieron en este siglo en la América del Sur, después del fracaso de las experiencias “neoliberales”.

Hay un hecho que salta a la vista: en general, las sucesiones no han sido exitosas: no se ha logrado una razonable continuidad. Atención: es necesario preguntarse si la debilidad estuvo en la sucesión… o en el proceso mismo.

Vale la pena entonces que miremos a Ecuador, que hoy elige quién va a suceder a Rafael Correa, el líder de la Revolución Ciudadana. Es un país pequeño, para las dimensiones de este subcontinente. Igual, es más extenso que el Reino Unido de Gran Bretaña, para dar un ejemplo. Más de 16 millones de habitantes, petróleo, biodiversidad… Muchos argentinos ya lo conocen como destino turístico.

Tengo que aclarar algo de entrada: no estoy diciendo que son parecidos Daniel Scioli y Lenín Moreno. Pero sí me parece evidente que son dos casos de una misma forma de encarar la sucesión a un liderazgo fuerte. Ya es distinto el caso de Dilma, después de Lula. Más diferente todavía es el de Maduro, después de Chávez. Y Evo… parece que quiere que lo suceda Evo.

Confieso que se me ocurrió encarar este tema cuando leí en la revista Panamá -siempre estimulante- el artículo del sociólogo Franklin Ramírez. Cuando lo hagan ustedes, creo que les va a pasar lo que a mí: escucharán un eco de discursos que ya hemos oído. Y de problemas que conocemos.

Buena suerte, hermanos ecuatorianos.

“Hay que abrir los brazos a quienes no coinciden totalmente con la postura de uno”, dice Lenin Moreno. “A los ciudadanos que estén con nosotros les pedimos que no se refieran de modo insultante a las otras candidaturas”, enfatiza. Y prosigue: “se deben refrescar las relaciones internacionales del país”. “Continuidad, no continuismo”, resume.

La puesta a distancia con Rafael Correa quedó esbozada desde las primeras declaraciones del nuevo candidato presidencial del movimiento gobernante. Su puesta en escena no se agota ahí. El tono halagüeño con que hace referencia a la gestión del aún Presidente englobó el relato de estreno: “Rafael tiene razón, los líderes aceleran la revolución, los pueblos la hacen”; “la Revolución Ciudadana ya es una leyenda…algún día le dirás a tus nietos, como mi abuelo me contaba sobre Alfaro, yo cabalgué junto a Correa…”.

Aunque la fórmula –linsonjero y distante- parece novedosa, quizás no hace sino condensar de modo edulcorado el clima de opinión trazado por la lucha política de años recientes. Entre la identidad aniquilatoria de las fuerzas de oposición –su proyecto de país es borrar toda huella de la Revolución Ciudadana del cuerpo social- y los sueños de cierta militancia radical de AP con la vida eterna del aún Presidente, Lenin Moreno sugiere surfear en las aguas calmas de un acompasado alejamiento de la ‘década ganada’: “…a pesar de todo esto hay gente que dice que quiere echar todo al tacho de la basura, ¡qué sinverguenzaría!…no compañeros, el pasado no volverá pero ahora tenemos que hablar de futuro, un futuro luminoso, en el que vamos por más, mucho más”. Ni transfiguración, ni calco. Des-correización en cámara lenta.

Cualquier lectura escéptica sospechará de una suerte de distanciamiento táctico y teatralizado. El día del lanzamiento de la candidatura de Moreno –durante la Convención Nacional de Alianza País- se pudo escuchar, sin embargo, la enconada diatriba del Presidente contra las facciones de su movimiento que sugerían que con Lenin debe emerger otro engranaje político: “continuismo sí, pero sin los mismos”. Nada más torpe, refunfuñó. No parecía de plácemes con la idea de cualquier desapego del ADN correísta de las filas de la Revolución Ciudadana. La cruda respuesta del mandatario contra las demandas de renovación de su movimiento parecían, esta vez, más que un capricho. Con cifras en mano podía reivindicar que su proyecto goza del suficiente anclaje popular para, en ese momento (y quizás aún hoy), resolver la lid electoral en primera vuelta.

En un entorno de prolongado enfriamiento económico, y de desgaste del “gran líder” luego de una década de gobierno, dicha posibilidad parecía absurda. Pero es lo que venía mostrando la demoscopia y cuando reina la democracia de audiencia, las encuestas contienen la carne y el espíritu de las convicciones. Por ello mismo resultaba desconcertante, por decir lo menos, que el Presidente desatendiera la otra parte de los numeritos en ciernes, aquella que evidencia que en conjunto las fuerzas anti-correístas –tal es su seña de identidad política- pueden englobar tanto o más voluntades que las listas 35-AP. Su fragmentación, más o menos sobreactuada, no esconde la relevancia de una corriente de opinión que se muestra profundamente agotada de la figura del mandatario y que sueña con la hora de la posesión del nuevo presidente. Nada evita más la frustración que carecer de grandes expectativas.

Es ahí donde entra en juego la (im)pertinencia del suave relato de Moreno. Su toma-de-distancia con Correa pretende colocarlo en el mismo terreno que han querido cosechar solo para sí las candidaturas de oposición. Les arrebataba de ese modo el monopolio de la explotación política de la fatiga con el correísmo mientras se posiciona al abrigo del significante del cambio. Nadie queda ya por fuera de ese signo de (fin de) época. A diferencia de las huestes de Nebot, Lasso o Moncayo, sin embargo, Moreno alcanza a contener también las brasas y lealtades del bloque gobernante. Solo desde allí podía hacer efectiva la compleja operación de ‘seguir estando en’ y ‘tomar distancia de’ la Revolución Ciudadana.

Este relativo distanciamiento –pactado o conquistado, oceánico o fluvial, ya se verá- aparecía a la vez como un recurso estratégico a fin de construir una candidatura blindable a la incertidumbre de los precios del petróleo, a las denuncias de corrupción y al rompecabezas del lugar que el ‘gran jefe’ ocuparía en la dinámica de la campaña. Más allá de esos combates, si el operativo de puesta-en-distancia contenía algún sentido promisorio, ese era el de forjar las condiciones políticas para reimaginar las vías de la emancipación luego de una década de contradictoria evolución del más ambicioso programa de transformación social que haya experimentado el país desde el retorno democrático. Cuando se proclamó la candidatura de Moreno iniciaban los preparativos para conmemorar “los diez años del proceso” y la Comisión Ideológica de AP ya había redactado el programa para el próximo mandato. Gobierno y Partido cerraban filas en torno a un relato apenas retocado. Guionizaban así a su nuevo portavoz. Cuando, ya presidenciable, Moreno se refirió al programa (y al partido) desde una enorme lejanía –“Ellos hablan de doce revoluciones, yo pienso que son grandes objetivos nacionales. Habría que revisarlos de uno en uno, muchas veces la memoria no alcanza para recordarlos todos”- la disputa parecía abrirse hacia el corazón mismo de la política del cambio.

El conato (auto) crítico quedó, no obstante, limitado por los devaneos tacticistas del entorno del nuevo candidato y tendió progresivamente a restringirse a su performance como la cara dialogante de la Revolución Ciudadana. “Yo se escuchar”, repite a donde va. Ese talante de Moreno es de sobra conocido desde sus días como vicepresidente. Siempre pudo sentarse con sirios y troyanos. La política del consenso y la renuencia al conflicto cotizan muy alto en los mercados y en los think thanks liberales pero no dibujan los contornos de un real programa de gobierno. Destrabar el debate democrático en la sociedad y en las instituciones es fundamental para apuntalar la transición en curso siempre y cuando se hagan explícitas las líneas centrales con que la política imagina la sociedad por venir mientras se deja impregnar por ésta. Sin dichas coordenadas no hay puntos de referencia expresos para distinguir los bemoles de la continuidad o los decoros del continuismo. Y sin embargo, ni en su calidad de vice-presidente ni en su faceta de candidato, Moreno ha mostrado especial propensión para posicionarse frente a los grandes litigios de la sociedad y para visibilizar sus particulares convicciones políticas. En ese sentido, la distancia con Correa es abismal y congénita. En el corazón de su escenificación del cambio anida la interpelación afectiva al electorado, la indiferencia con la batalla de las ideas, la repulsa a nombrar el conflicto, las dudas sobre la capacidad de conducción de la política, en fin.

Moreno nunca ha dejado de dirigirse al país desde tales registros. Ni el ‘opus-deíco’ banquero Guillermo Lasso –que luego de cinco años en campaña sigue en segundo lugar aún si no ha conquistado sino a dos de cada diez electores- parece tan pautado como el candidato de AP por el guión post-político que impera en los mercados electorales de la región en medio de los éxitos duranbarbistas contra la furia politizadora del populismo sucio.

Luego del ciclo de polarización abierto en 2007, la pax post-correísta puede encarnar para muchos el significado más elevado de lo que esperan de un nuevo gobierno. Quebrar la centralidad del antagonismo no prefigura, sin embargo, cualquier agenda democrático-popular. Resulta inimaginable la persistencia de la transformación social cuando se elude de plano la productividad del conflicto. Entre sus ofertas electorales, de hecho, Moreno apenas si ha situado alguna línea de reforma política que pueda confrontarlo con algún sector social. La narrativa revolucionaria trasmutó en política de la ternura (“obras con amor”). Bastiones duros de la revolución ciudadana se confiesan desheredados. Dudan. El signo más consistente de la reconducción en curso es el desconcierto.

En todo caso, hasta la fecha, semejante ambivalencia –el restringido modo que Lenin Moreno supo poner en escena para cuajar la fórmula del cambio en la continuidad- permite a AP encabezar las encuestas. En medio de un cierre de campaña atravesado por denuncias de corrupción en altas esferas gubernativas parece difícil, no obstante, que aquello le alcance para cumplir el objetivo fundamental del oficialismo: ganar en una sola vuelta. Ello exigiría de Moreno una demostración de extrema firmeza respecto a los límites del proyecto que representa y a la necesidad de combatir la impunidad. Su guión pacificador, empero, no parece programado para esa clase de exabruptos.

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Una respuesta a Un Scioli para Ecuador

  1. […] algo: ya había titulado Un Scioli para Ecuador cuando subí un lúcido análisis del sociólogo Franklin Ramírez (estos ecuatorianos y su […]

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