Argentina Nuclear, 2017 – XLVII: Evitando los riesgos atómicos

Daniel sigue con la saga. Es un pedazo de nuestra historia reciente, olvidado en el ruido de nuestras internas. No quiero demorar en subirlo hasta mi regreso en la semana que viene, porque remarca algunas indicaciones necesarias.

  1. La tentación de la bomba y cómo evitarla

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El presidente brasileño general Artur da Costa e Silva, quien en 1967 nos convidó “a bombas”, y contestamos amablemente: “Ud. primero”.

Uno de los objetivos de esta columna “incubada” generosamente por el Blog de Abel es demostrar algo poco evidente incluso para mis compatriotas: nunca fuimos proliferadores nucleares. Ni en las épocas más idiotas y belicistas del ispa. La cultura institucional de la CNEA y su “weltbild” lo impidieron siempre.

A más de un estudioso yanqui –por caso, John Redick, del Henry Stimson Center- lo nuestro le parece contraintuitivo, una rareza.  ¿Por qué la Argentina no optó por seguir el camino de la India en 1974, si le sobraban quilates técnicos para imitarla? Es más, ¿por qué no imitó a Brasil?

Como causa suficiente “to go nuke all the way”, Argentina tenía en su vecino de puerta a un rival públicamente comprometido a ello desde 1967. Por boca, además, de su presidente, el general Artur da Costa e Silva. Aquel año, éste dijo ante el Consejo Nacional de Seguridad lo que debía desarrollar la agencia atómica brasuca, la entonces poderosa CNEN: “No las llamaremos bombas, las llamaremos artefactos que pueden explotar”. El general se aseguró de que sus dichos se filtraran a la prensa.

Aquí, en cambio, el fúnebre general Juan Carlos Onganía, pese al susto ante el despliegue industrial e hidroeléctrico de los vecinos –tenemos la baja Cuenca del Plata, ellos la Alta-  no estaba para pelotudeces. Debía aprobar la decisión de hacer Atucha I con la alemana KWU, en lugar de con la canadiense AECL. Alguien le había dicho a “La Morsa” que a los primos les llevábamos suficiente ventaja tecnológica nuclear como para dormir sin frazada, y que valía más concentrarse en sumar capacidades pacíficas, en este caso la nucleoeléctrica. En términos geopolíticos (palabra tan de moda entre milicos de los ’60), eso generaba más prestigio y respeto que hablar de “artefactos que pueden explotar”. Y de paso, evitaba chocar de frente con los EEUU, que no es poco.

Con da Costa e Silva entregado a la incontinencia verbal, el contralmirante Oscar Quihillalt en 1967 tuvo que estudiar seriamente una vía rápida a la bomba “just in case”. Si el generalato brasileño probaba sus palabras con hechos, ¿qué remedio habría? De todos modos, el Jefazo Oscar Q. concordó sin ningún voto en contra con la plana mayor de la CNEA en NO levantar aquel guante.

Tras el concordato, a Quihillalt le quedaba la tarea más bien dura de calmar la paranoia profesional del Ejército. Pero contaba con tres ases en su mano: diseño propio en reactores, que los vecinos no tenían, la sorprendente participación de industriales nacionales que se iban anotando -¡vamos, Sabato, todavía!- para la electromecánica de Atucha I, y por último el rediseño drástico del sistema primario de refrigeración que le había impuesto la CNEA a los planos originales de KWU, para disminuir el riesgo de “meltdown” del núcleo. El resultado, una Atucha I más “nac & pop” y MUCHO más segura.

Ese último asunto suponía una inversión de roles: un puñado de argentinos corrigiendo la ingeniería del país que la plana mayor del Ejército, comprador histórico de fierros Krupp, Mauser y hasta cascos de infantería germánicos, siempre consideró el “nec plus ultra” tecnológico mundial, epa. Qué diferencia la nuestra con Brasil, que compraba todo fierro nuclear complejo llave en mano y “a paquete cerrado” (y así le fue).

“Autoridad mata billetera”, decía la CNEA, sin tener siquiera que abrir la boca. Y a esto se añadía a la elección del uranio natural como combustible, frente a la brasileña de enriquecido para Angra I. Ahí el mensaje silencioso era: “Autonomía mata potencia”.

Lo que le mostraba Quihillalt al Ejército Argentino, obsesionado entonces porque los primos estaban haciendo demasiadas obras aguas arriba del Paraná y el Uruguay sin preguntarnos a los de aguas abajo, era que en know-how nuclear teníamos más equipo y mejor manejo de la pelota. Quihillalt no era un hippie pacifista, título que el generalato sí le prodigaba más bien a Jorge Sábato. El mensaje del contralmirante era que si Brasil nos convidaba a bombas, ellos primero. Con el know-how local los alcanzábamos caminando.

En su momento a Quihillalt lo escuchaban generales con un toque industrial nacionalista, como Juan Enrique Guglialmelli, e incluso gorilas de denso pelaje, inmersos en la persecución de peronistas y comunistas y odiadores de nuestros vecinos de mapa, pero no totalmente exentos de materia gris y con harta manija: Osiris Villegas, por dar un caso. Guglialmelli llegaba a plantear –y en los 60 eso era anatema entre generales- que con los brasileños había que dejarse de matoneos hidroeléctricos y tejer algún proyecto industrial común. Qué modo de sacarle la espoleta a la situación, don Quihillalt…

Quihillalt no macaneaba respecto de las capacidades autónomas criollas. Como consecuencia de ellas, 47 años más tarde, en 2014, antes de la entrada en línea de Atucha II, nuestras dos centrales, envejecidas y todo, tenían factores de disponibilidad del 95,8% anual, casi 10 puntos arriba de las comparativamente más nuevas de los vecinos, y 17 puntos por encima de la media mundial.

Medio siglo después de que da Costa e Silva hablara de “cosas que pueden explotar”, en los estados ricos de Brasil (Paraná, Río Grande, San Pablo y Río de Janeiro), la medicina nuclear es posible gracias a los isótopos de diagnóstico y terapia fabricados por nuestro ya cachuzo RA-3, diseño y construcción 100% argentos. En el norte de Brasil, bueno… no hay mucha medicina nuclear.

Por otro lado, en materia de las plantas que fabrican tales radioisótopos, y ante el desabastecimiento mundial del principal en diagnóstico por imagen (el tecnecio 99m), Brasil trató toda una década de conseguir una compra que no fuera llave en mano con Francia, y jamás la obtuvo. En 2010 Brasil terminó acordando que le diseñáramos una fotocopia del RA-10. Éste es el remplazo del RA-3 y una versión potenciada del OPAL que INVAP le vendió a Australia en 2000. Australia y Argentina se autoabastecen en tecnecio 99m y exportan, mientras en Europa, Japón y el resto de las Américas y Asia, falta. Desde 2006, según admite Canadá, eterno competidor y perdedor ante nosotros, el OPAL es el mejor reactor del mundo en esto. Y además, sirve para varias cosas más.

A diferencia de Francia, Argentina aprendió no poco de “marketing nuclear generoso” con Canadá. Esto significa que no tiene problemas en transferir muy abiertamente su tecnología. ¿Nos la copian? Seguro. No problem. Lo que nos copien hoy, en cinco años lo habremos mejorado y ya será un poco viejo.

Éste no es un lujo que nos damos sino una necesidad: vendemos así no porque nos sobren los clientes o la plata, como a AREVA, la empresa nuclear francesa, sino para que no nos sobren los recursos humanos nucleares.

Toda vez que nos sobran tales recursos (Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, Duhalde), se nos van, en general del país, o en viajes sin regreso a la industria privada. Formar a título de grado un/a ingenier@ nuclear en el Balseiro tiene un costo que hoy estimo en no menos de U$ 150.000 por gorra, y fija que me quedo corto. Los costos de los doctorados y post-docs, que viajan bastante al exterior, son mucho más dispersos (y más salados).

Pero el drama peor no es perder los individuos, incluso por centenares. Lo peor es cuando quiebran o cierran su división nuclear las empresas proveedoras calificadas. Por eso vendemos el “know how” con manga ancha canadiense y no con parsimonia francesa. Tanto para “canucks” como para argentos, nuestro marketing no es un asunto ideológico, ni tiene nada que ver con la filantropía.

Quihillalt podía mostrar estas diferencias de manejo tecnológico con Brasil, cuya raíz última es que tenemos (¿tuvimos?) un formidable aparato educativo público y los vecinos no. Y podía mostrar las consecuencias en cómo manejamos la cuestión atómica aquí y cómo la manejaron allá, cuando apenas despuntaban pero ya eran incontestables. Ante el milicaje cuartelero de sus tiempos, que trató a la educación pública como los camiones suelen hacerlo con los sapos, el contralmirante, misteriosamente fumaba bajo el agua.

Supongo que Onganía y sus conmilitones no lograban explicarse el origen de ese fulgor nuclear argentino, pero les venía bárbaro para agrandarse. Y Quihillalt –del cual ignoro si habría compartido mi visión “educativista”- manejaba con cautela y en favor del país esa autoridad que generaba la CNEA en toda la dirigencia argentina, sin distingo de civiles o militares, gorilas o peronchos, progres o neandertales, magnates o laburantes, maestros o periodistas.

Es conveniente recordar que el “soft power” de la CNEA hasta bien entrados los ’80 estuvo  acompañado de una dependencia directa con el Poder Ejecutivo. El presidente de la CNEA no era –como hoy- un subsecretario que tiene que convencer a un secretario el cual a su vez debe chamuyarle a un ministro (de la Shell) y convencerlo de que le pida cinco minutos a un jefe de gabinete para que éste le pase lo que haya sobrevivido del mensaje al presidente de la Nación. Nada de eso. Como lo nuclear es estratégico, hasta 1983, el presidente de la CNEA entraba al despacho del Presidente de la Nación con un telefonazo.

Lo que no podría predecir siempre el contralmirante Quihillalt era a quién se iba a encontrar en el resbaladizo sillón de Rivadavia: vio desfilar 18 presidentes. Son 3 veces más supremos mandatarios de los que vio entrar y salir del Salón Oval de la Casa Blanca don J. Edgar Hoover entre 1935 y 1972. Eso es más o menos lo que va de los ocasos de Bonnie & Clyde al de Richard Nixon, por mencionar íconos del crimen.

Sólo que las largas presidencias en la CNEA de un Iraolagoitía o un Quihillalt, a diferencia de la vitalicia de Hoover, no se conseguían a carpetazos, o silenciando o provocando magnicidios. Se conseguían con obras complejas. Eran el resultado –que muchos giles creímos eterno e inevitable- del dominio casi monopólico a escala regional de una de las tres tecnologías duales que modelaron a escoplazos la historia del siglo XX, y continúan. Las otras dos son la aeroespacial y las TICs, y desde los ’80 hay que añadir las biociencias.

El hoy embajador argentino en Hungría, Max Cernadas, un “diganista” de la primera horneada de Adolfo Saracho, dedicó un libro (“Una épica de la paz”, Eudeba, 2016) al modo en que Alfonsín evitó una segunda carrera armamentista nuclear sudaca entre 1983 y 1987. Cernadas tiene una pluma barroca, pero todo lo dicho ahí es vivencial y cierto.

Sólo añado que antes de Alfonsín hubo otro tipo que evitó una primera carrera con Brasil, y ése fue Quihillalt, nada recordado. Un brindis tardío por el contralmirante.

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3 Responses to Argentina Nuclear, 2017 – XLVII: Evitando los riesgos atómicos

  1. Gracias, Abel. Estaba extrañando esto. Perdimos la oportunidad de postular a Grossi o todavía se puede seguir insistiendo?

  2. teo dice:

    Tenes que escribir un libro

  3. Federico dice:

    Gracias Abel. Muy buenos todos los capítulos. Trabajo en CNEA pero somos muchos que nos enteramos de la historia de la institución por textos de afuera de la misma.

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