Argentina Nuclear, 2017 – XLVI: Los riesgos atómicos, deliberados

vacacionesOtro artículo que dejé programando antes de salir de vacaciones. Igual, dudo que haya quedado desactualizado: Trata sobre los riesgos de una tecnología nueva, cuando presionan las necesidades militares.

Los costos ambientales de un programa militar

oak-ridge

La planta de enriquecimiento de uranio por difusión gaseosa K-25 Oak Ridge, Tennessee, el mayor edificio del mundo en 1944, con 152 mil m2 cubiertos , y el de mayor demanda eléctrica (necesitaba su propia planta térmica de 238 MW para funcionar). Aún así, su producto no llegaba ni remotamente al enriquecimiento del 95% que pedían los diseñadores de “Little Boy”, la bomba atómica de uranio testeada en Hiroshima. Para eso, hubo que alargar la cadena de enriquecimiento con los “calutrones” terriblemente ineficientes de la planta anexa Y-12, un cuello de botella intratable. A la luz de ello, el proyecto Manhattan se concentró en la bomba de plutonio (“Trinity”, testeada en Los Álamos, “Fat Man”, detonada en Nagasaki). Ese material más barato y más físil salió del complejo de reactores plutonígenos y plantas de “repro” en Hanford.

En mi único paseo interno por el LPR, que habrá durado tres horas, vi precauciones ambientales y de radioprotección del personal  lindantes con la paranoia, más estrictas aún que las de unidades con mayor potencial de daño en caso de accidente, como las centrales. Le propuse a la CNEA que organizara ese tipo de “tours”, para contrarrestar la mala prensa, y la respuesta fue más melancólica que entusiasta. En 1988 los responsables de la planta ya sabían que estaba condenada a morir sin haber nacido.

Las precauciones no eran de adorno. Incluso las plantas más modernas de “repro”, con tecnología extractiva más sofisticada que el Purex, pueden generar accidentes por “excursiones críticas”. Es un accidente forzoso si por error de diseño hay cañerías o depósitos de líquidos con carga radioactiva demasiado contiguos.

Una “excursión crítica”, contra lo que sugiere el sentido común, no es un picnic de comentaristas de cine o de pintura. Es lo que pasa cuando dos masas demasiado próximas de sustancias radioactivas se irradian entre sí y provocan un pico accidental de desintegraciones atómicas. Generalmente se ve un fogonazo azul, el irradiado siente un gusto metálico en la boca y sabe que está jodido.

Estos accidentes se llaman también “rampas críticas”, y en el proyecto Manhattan mataron al menos a dos científicos y un soldado por malas prácticas individuales de trabajo, PERO MIENTRAS MANEJABAN (MUY MAL) EL MISMO “PIT” O “CAROZO” de plutonio de una bomba atómica, en Nuevo México. Las instalaciones de “repro” en Hanford y Oak Ridge no tuvieron arte ni parte en ello: están a miles de kilómetros de distancia.

Y sin embargo, causaron otros problemas menos espectaculares pero más graves. Una evaluación rápida del Manhattan, 72 años más tarde y cruzando distintas fuentes, todavía sorprende por algunas cifras. Un proyecto bélico masivo, que empleó un total de 500.000 personas, originado en épocas en las que se sabía bastante poco de radiodosimetría, y cuyo objetivo era matar rápidamente un número descomunal de alemanes o en su defecto, de japoneses, sólo provocó dos excursiones críticas. Y ambas sucedieron con el carozo de una misma bomba, en Nuevo México.

Pero hubo contaminación de tierras, aguas y salmónidos en el río Columbia. Las aguas de éste se usaban para refrigerar el reactor plutonígeno de Hanford, así como para insumo hidrometalúrgico en la planta de “repro” adjunta. Puede parecer absurdo, pero este último chorro de efluente industrial se almacenaba unas horas en un piletón abierto de casi 26 millones de litros, para descomposición radioactiva de los productos de fisión de vida media más corta. Luego ese efluente casi crudo se desechaba en el Columbia, sin ningún otro tratamiento o filtrado.

piletas

salmones-radioactivos

Los piletones de retención temporaria de fluídos radioactivos de Hanford. El efluente se dejaba decaer unas horas y se tiraba luego al río Columbia, visible al fondo. El resultado: salmones que brillaban de noche.

Solo considerando el lado químico de la cuestión, la acidez se comía el concreto y el acero de las cañerías. El lado radiológico era peor: en 1983, empezaron a desclasificarse documentos que indicaban contaminación con plutonio en los barros del Columbia más de 80 kilómetros aguas debajo de Hanford.

El  general Leslie Groves y su manyaoreja, el teniente coronel Colin Mathias, recibieron quejas rarísimas de las reservas indígenas Yakima y Nez Percé situadas corriente debajo de Hanford: truchas y salmones que brillaban de noche. Groves y Mathias se plantearon si lo correcto era detener el complejo hasta investigar los efectos sobre la gente ribereña, unos malditos indios aislados y sin acceso a medios, o ganar la maldita guerra de una maldita vez. ¿Adivina qué decidieron?

Pero como no eran idiotas y en los EEUU la prensa no siempre es totalmente controlable, iniciaron también un programa de estudio de la radioactividad sobre la vida acuática. Para ello, contrataron a dos ictiólogos, Lauren Donaldson y Richard Foster, y les pusieron un laboratorio para estudios preliminares sobre alevinos de salmónido, y la consigna de no encontrar nada serio. Donaldson y Foster cumplieron a medias: descubrieron cosas asombrosas y desconocidas.

Primero, que incluso con el efluente de Hanford atemperado por el factor de dilución de un río gigante como el Columbia, los peces entraban en colapso inmune, se llenaban de hongos y bacterias oportunistas. Literalmente, se pudrían vivos. El 99% no llegaba vivo a la madurez.

Lo otro que descubrieron hoy es un principio básico de la ecología: lo llamaron biomagnificación. Dice que algunos contaminantes logran almacenarse en dosis crecientes a medida que se escalan las cadenas alimenticias. Si hay X unidades en el agua, va a haber más en las algas, una concentración aún mayor en los organismos que las consumen, como el zooplancton, y números rampantes en  los predadores del zooplancton, como los bagres. Y todavía habrá concentraciones mayores entre los predadores de bagres, como los salmónidos, y la peor es la que se ligarán los superpredadores de las cadenas tróficas. En el caso de Hanford, los osos… y los indios Yakima y Nez Percé, pescadores de truchas y salmones.

Bueno, eso sucedía con los contaminantes químicos de Hanford, pero también con los radioactivos. Algunas truchas hacían crepitar los contadores Geiger. Después de haber descubierto todo eso, Donaldson y Foster se callaron prudentemente la boca, acaso para no terminar contaminando el Columbia con sus propios cadáveres, con ayuda de la Policía Militar, una presencia constante y pesadillesca en la vida diaria de todos los científicos del Proyecto Manhattan. .

En Oak Ridge, situado sobre el río Clinch, un afluente del Tennessee en medio de los Apalaches, el atractivo no sólo era la soledad y el acceso al agua fluvial. Eran también las líneas de alta tensión de los muchos aprovechamientos hidro del TVA, la autoridad federal de cuenca de la cuenca del Tennesse,  creada por Franklyn Roosevelt en su lucha contra la Gran Depresión de 1929.

Aún así la demanda de electricidad de la planta de enriquecimiento de uranio K-25 era tan extravagante que se la dotó de una central termoeléctrica propia. Y a ello hubo que añadir el consumo eléctrico de la unidad Y-12, un esfuerzo desesperado y de último momento por mejorar el enriquecimiento de la K-25. Tras haber consumido la mayor parte del tiempo, del personal y del dinero del Manhattan, se llegó al 6 de Agosto con el uranio enriquecido para una sola bomba, y ésta resultó la peor de todas las armas atómicas. También sigue siendo la más famosa, porque fue la primera: la de Hiroshima. Lo cierto es que no había sobrado U-235 para hacer siquiera un test.  Muchos físicos vaticinaban que “Little Boy” fracasaría por pre-detonación.

Las plantas de enriquecimiento de uranio no tienen el potencial contaminante de las de reprocesamiento de plutonio. Oak Ridge dejó una herencia más química que radioactiva en el paisaje: en 1983 se desclasificó que había vertido al río Clinch de más de 1 millón de toneladas de mercurio, y en 1988 se descubrió en los barros de White Oak Creek, kilómetros aguas debajo de Oak Ridge, una cantidad de PCBs (policloruros de bifenilo), muy cancerígenos, probablemente chorreados de los muchos transformadores eléctricos. Oak Ridge cerró en 1964 y está llena de contaminantes químicos a gestionar. La situación de Hanford es incomparablemente peor.

En New Mexico, el lugar donde se diseñaban y armaban las bombas, muertos por accidentes comunes de construcción hubo al menos 24, casi todos mecánicos, operadores de equipos pesados, carpinteros de obra y trabajadores no calificados. Entre ellos se observa una desproporción de apellidos hispánicos (Ruybal, Montoya, Salazar, Baca, Lovato, Aguilar, etc,). No es casualidad: los accidentes de construcción sucedieron casi todos en uno de los estados que el Tío Sam le robó a México en el siglo XIX, y que en 1943 seguía tan precario, en desarrollo económico y técnico, que tenía más ganado que habitantes humanos.

Si ampliamos el panorama al resto del Proyecto Manhattan, diseminado en 9 instalaciones gigantescas ubicadas en 5 estados distantes entre sí, hay un total de 3789 accidentados con secuelas discapacitantes, pero ningún otro muerto por accidentes o exposición a radiaciones. No es simplemente raro, va de frente contra las estadísticas industriales de ayer y de hoy.  Si mi opinión cuenta, esto es “bullshit”. En 1986 el ing. Abel González, la referencia mundial del OIEA en radioprotección, me dijo que en los reactores plutonígenos, fueran yanquis o soviéticos, “el personal se irradiaba hasta las pelotas”. Me puedo imaginar sin esfuerzo que el reprocesamiento posterior de la torta de plutonio acumulada por ambos bandos durante la Guerra Fría debe haber sido un asunto muy desprolijo.

No sobran los historiadores críticos del Manhatan, ni testigos vivientes de sus presuntos fallos en radioprotección. El proyecto involucró el manejo de todo tipo de explosivos convencionales, además del uso de cantidades descomunales de energía eléctrica y de sustancias corrosivas, o infernalmente tóxicas, o de toxicidad hasta entonces desconocida. Por ejemplo, hubo casos fatales por inhalación de polvo de berilio, como consecuencia del maquinado de piezas de este metal que se usa como “espejo” o “fuente” de neutrones. Fue un “first timer” histórico. El berilio no figuraba en los manuales de toxicología. Pero sigue sin ser un accidente radioactivo.

El 2 de septiembre de 1944, en una instalación de enriquecimiento de uranio de tamaño laboratorio en los astilleros de US Navy en Filadelfia, tres ingenieros químicos trataban de destapar con un soplete un caño obturado por el que circulaba hexafluoruro de uranio, material entonces novísimo, en proximidades de otro por el que circulaba vapor seco caliente. Este último caño estalló, reventó el primero, y los tres expertos quedaron bañados en ácido fluorhídrico formado por la combinación instantánea del vapor y el hexafluoruro.

El fluorhídrico es el ácido más potente de la química inorgánica: disuelve el vidrio, y lo hace rápido. Los ingenieros murieron en minutos, de quemaduras químicas. ¿Accidente nuclear? Estrictamente hablando, no. ¿Químico? Sí, y con probable afectación –por inhalación siquiera breve de hexafluoruro de uranio- de toda la tripulación del acorazado USS Winsconsin, anclado en las cercanías.

Si eso tuvo impacto epidemiológico, no se sabe: el general Groves, mandón supremo del Proyecto Manhattan, barrió la mugre bajo la alfombra y a fecha de hoy no hubo destapes al respecto. El mayor (y único) usuario de hexafluoruro de uranio en 1944 era la planta industrial K-25 de Oak Ridge, entonces también el mayor edificio del planeta, y jamás hubo derrames de hexafluoruro de uranio. Tampoco hay reportes de rampas críticas entre caños o tanques contiguos en la planta de “repro” de Hanford. Ningún fogonazo azul. El medio ambiente aquellos años no interesaba un comino, pero sí mantener el inmenso secreto y ganar la guerra. Habría sido imposible en plantas llenas de accidentes radioactivos.

Tras la rendición de Berlín y antes de los ataques nucleares contra Japón, la inteligencia aliada juntó a la craneoteca nuclear alemana (Werner Heisenberg, Carl von Weiszäcker, Otto Hahn, Kurt Diebner, Walter Gerlach, Paul Harteck, Max von Laue y Karl Wirtz) en la mansión campestre británica de Farm Hall, donde había micrófonos hasta en los baños, y los dejó a solas. Se sabían espiados, pero nadie puede hacerse el idiota tanto tiempo. La transcripción en inglés de las grabaciones revela que no tenían la más mínima idea del Proyecto Manhattan: pasaron la guerra creyéndose la élite de la física atómica, sin poder avanzar gran cosa en la fabricación de plutonio por falta de agua pesada primero, y porque el que lograban sintetizar en su reactor experimental de Haigerloch estaba sobreirradiado y tenía demasiado isótopo 240.

Cuando Heisenberg y compañía, los encargados de hacer la bomba atómica para Hitler, recibieron la noticia de que los EEUU había pulverizado Hiroshima, se quedaron atónitos. Pese a que Heisenberg tenía algún informante en Suiza que retransmitía información originada en Inglaterra y EEUU, don Werner no tenía maldita la idea de lo que habían avanzado los EEUU. Sin quitarle méritos a Edgar Hoover, barredor de espías y saboteadores nazis en la industria de guerra yanqui, si la vanguardia de la física nuclear alemana no se enteró siquiera de la existencia del proyecto Manhattan, con sus muchas instalaciones de tamaño monstruoso, es porque éstas estuvieron razonablemente libre de accidentes radiológicos. Como muestra la experiencia de posguerra, a veces pueden ser inocultables.

La reacción de Otto Hahn cuando se entera de lo de Hiroshima es gritarle a sus colegas: “Si los americanos tienen la bomba de uranio, Uds. son todos una manga de segundones”.  Y tenía razón: los mejores físicos nucleares de Europa, incluidos los alemanes, se habían fugado en la preguerra a EEUU, en general por ser judíos o tener esposas judías.

Comparado con la accidentología habitual de la industria estadounidense del momento, el Proyecto Manhattan está un 62% abajo. Y habida cuenta de las cantidades de materiales radioactivos que se manejaron con sistemas industriales que sólo se habían testeado a escala de laboratorio, la accidentología por “excursiones críticas” en las plantas de “repro” es cero.

Fuera de los Yakima y Nez Percé, de los que significativamente no se sabe nada, no parece haber muerto gente por accidentes o por irradiación lenta causada por especies radioquímicas. Lo que sí hubo es gente muerta porque A le pegó un tiro a B, o el hijo de C se ahogó en una pileta, y al carpintero D le pasó una topadora por encima.

Y también hubo –y queda para que lo gestionen varias generaciones de estadounidenses- una cantidad espantosa de líquidos simultáneamente corrosivos y radioactivos mal gestionados, durmiendo desde hace décadas en recipientes deteriorados. Estos pierden y han contaminado de modo probablemente irreversible suelos y acuíferos, especialmente en Hanford.

La seguridad laboral puede haber sido una prioridad del Manhattan, pero hasta los años ’70, la idea de impacto ambiental ni siquiera existía, y menos que menos en el ámbito militar. El único reprocesamiento de escala en los EEUU, conviene recordar, ha sido y es militar: en su apogeo de guerra tenía por objetivo los megatones para matar alemanes y/o japoneses, no los megavatios para iluminar yanquis. Luego la prioridad fue matar soviéticos, lo que requirió de plantas mucho mayores y en general libres de intromisión civil. Otro tanto se puede decir de las instalaciones homólogas de la extinta URSS.

Pero la historia es bastante distinta en otras partes del mundo.

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