Argentina Nuclear, 2017 – XLV: El riesgo atómico argentino, comparado

vacacionesEl incansable Daniel Arias me hizo llegar otros capítulos de la saga, más cercanos a nuestro presente. Los dejo programados (Lo mío es solamente el título).

Los que inventaron el reprocesamiento, y cómo les fue

  centrales-de-reprocesamiento

(cliquear encima para ampliar)

Entre 1987 y 1988, los científicamente desinformados habitantes de Capital Federal y de Ezeiza fueron persuadidos de que una instalación del Centro Atómico Ezeiza iba a transformarse en un Chernobyl criollo. Pero la propaganda lanzada por “vecinos preocupados” e incluso por la mutual médica bonaerense FEMEBA no mostraba accidentes de grado máximo (INES 7) en centrales, de los cuales la historia registraba únicamente a Chernobyl. No señor, mostraba explosiones de armas atómicas, con la típica nube en forma de hongo. Y una imagen –dice el aforismo- vale por mil palabras.

En suma, que el LPR –según las palabras- iba a causar los efectos del derretimiento e incendio de una central nucleoeléctrica gigante, de 1000 megavatios, siendo apenas un laboratorio químico hecho de tal modo de evitar toda reacción crítica. Y ese efecto –según la imagen- iba a ser no el de un Chernobyl sino el de una Hiroshima. Una mentira de segundo grado, o “metaverso”, como baten los chabones de la Sorbonne.

En el Centro Atómico Ezeiza, para más datos, no hay centrales: sólo un reactor de muy baja potencia, el RA-3, que hace a la Argentina 100% autosuficiente en diagnóstico y terapia de enfermedades generalmente graves (EEUU y Europa no tienen ese privilegio).

En cuanto al reprocesamiento Purex, es un proceso químico: aprovecha que el plutonio se combina con los reactivos que suelen ligarse selectivamente con, digamos, el magnesio o el calcio, por dar átomos más comunes, pero no con el cesio o el iodo. Los radioisótopos del cesio y el iodo son productos clásicos de fisión del uranio 235, y por ahora, basura nuclear inútil. El Purex es un método de apartar la paja del trigo, como dicen en mi barrio.

En cuanto a las catástrofes anunciadas en el Centro Atómico Ezeiza, no hay muchos modos de derretir el núcleo de uranio de una planta química que, por empezar, no es un reactor y mucho menos, una central de potencia.

¿Las plantas de reprocesamiento son inocuas, por lo tanto? Joder, no. Las que se fundaron bajo control militar tuvieron impactos ambientales fortísimos, y los ejemplos de tapa de libro son Hanford, en las estepas frías del estado de Washington, en el noroeste de los EEUU, y Mayak, o Kyshtym, como la llaman aún los rusos, en la ladera oriental de los Urales.

En Hanford, el problema fue (y sigue siendo, 70 años más tarde) la fuga de líquidos química y radiológicamente contaminados de depósitos “transitorios” que terminaron siendo permanentes. Fue un desastre en cámara lenta que involucró la indiferencia de dos generaciones de burócratas con charreteras y el manejo experto del secreto de estado. Hoy su remedio por parte de distintas agencias federales (el DOE o Department of Energy, la EPA o Environmental Protection Agency) promete durar muchas más.

Hanford  era ideal. Tenía abundante electricidad en represas cercanas, y estaba apartada de las grandes ciudades y rutas comerciales. Pero no era perfecta: pese a la hostilidad del clima, continental desértico, con inviernos durísimos y unas tormentas de viento y polvo que te la cuento, distaba de ser perfectamente desierta. Había algunos centenares de quinteros por irrigación que habían hecho del lugar un pequeño polo frutihortícula llamado Richfields, comparable en desarrollo con nuestros oasis construídos a punta pala: los de Mendoza, o el Alto Valle del Río Negro. Hanford tenía hasta escuela secundaria.

En su lucha global por la democracia, a esos “farmers” blancos el general Leslie Groves los desalojó a patadas en dos meses y con una compensación inferior a los U$ 0,50 por hectárea, que no les servía ni para comprarse sus futuras tumbas.

A los pueblos aborígenes que intercambiaban inmemorialmente pesca por productos de cacería en las orillas del majestuoso Columbia, el mayor río americano de la vertiente del Pacífico, Groves los echó a punta de bayoneta, sin darles un mango, y con la promesa –jamás cumplida- de que el gobierno les devolvería sus tierras finalizada la guerra. Estamos hablando de un frente costero fluvial de 80 kilómetros, aproximadamente y 10 kilómetros de profundidad. Hoy el sitio quedó tan estragado radiológica y químicamente que, según los tataranietos de los indios desalojados, su eco-remedio insumiría unos 500 años de trabajo de las citadas agencias federales. Que desde hace dos décadas no saben ni cómo empezar.

En Mayak, en 1957 hubo un accidente que hoy calificaría como el tercero más importante de la historia después de Fukushima y Chernobyl, con un grado INES 6. Una explosión de sustancias químicas destruyó la tapa de un depósito de productos de fisión en estado de polvo, y la pluma resultante contaminó de cesio 137,  y estroncio 90 una superficie de 1,8 millones de km2, lo que obligó a la evacuación –en muchos casos tardía- de 22 ciudades y aldeas.

Las autoridades militares soviéticas ocultaron exitosamente todo, de modo que a fecha de hoy los muertos por exposición a radiaciones dan números totalmente conjeturales. Son inevitables, porque algunas respuestas a la irradiación en dosis inferiores a las de letalidad inmediata, como las leucemias) pueden demorarse una o dos décadas. La diáspora de los evacuados forzosos y la censura militar disolvieron los efectos locales en la epidemiología oncológica general del inmenso territorio soviético.

En suma, las plantas viejas de “repro” que alimentaron de bombas atómicas a los EEUU y la URSS tienen una pésima y bien ganada imagen. El problema, en Argentina, es qué poco trabajo tuvieron los yanquis entre 1986 y 1988 en hacerle creer al –perdón- Político Argentino Pelotudo Promedio, o PAPP, que el LPR iba a ser Hanford, Mayak y Chernobyl, todo junto. Justamente los yanquis.

Ahí se vio también que la CNEA, en sus primeros 30 años de gloria, dormida en sus laureles, no había hecho demasiado trabajo educativo capaz de asegurarle la supervivencia en tiempos más duros. No era imposible darle cierta cultura nuclear al PAPP, como para que –perdón- no comprara mierda importada por los inventores del culo.

El LPR, una batalla hoy olvidada, fue la primera derrota política seria del Programa Nuclear Argentino. Tuvo el mismo efecto para la CNEA que el “cajoneo” del caza Pulqui II tuvo sobre la Fábrica Militar de Aviones: donde había audacia tecnológica, dejó post-trauma, ataques de pánico y sumisión.

Para la Argentina nuclear, la muerte del LPR anunció derrotas políticas nuevas, impensables y mucho peores. Duraron décadas. Y algunas perviven.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: