Argentina Nuclear, 2017 – XLII: La guerra de la tecnología

En este capítulo Daniel cuenta la guerra que se desarrolló contra un desarrollo científico tecnológico argentino, el Laboratorio de Procesos Radioquímicos, durante la dictadura de 1976/83 y durante el gobierno de Alfonsín. Dos etapas profundamente distintas, que marcaron un cambio decisivo en la política y en la vida de los argentinos. Y sin embargo… continuó esa misma guerra, contra la tecnología. Con otras armas, claro. Sin desaparecidos ni torturados. Pero siguió. Y esas “nuevas” armas se siguen usando, contra otros blancos.

  1. Todo para nada

mural

“Repro” había empezado en el Centro Atómico Ezeiza, en un laboratorio del tamaño de una cochera doble, el ERE. En 1974, bajo paraguas por duplicado de Perón e Iraolagoitía, ya se había vuelto el PR, mayor en metros cuadrados, elenco y sistemas de radioprotección, y reprocesó 0,5 g. de plutonio del combustible quemado por el reactor vecino RA-3. El paso siguiente –que interrumpió la bestia de Massera- era un segundo laboratorio, el PR2, donde trabajarían 40 expertos ya designados para modificar o afinar la química extractiva del proceso Purex, que data de 1947, con la idea de llegar a los centenares de gramos.

La idea de llamar “Procesos Radioquímicos” (PR) a estos sucesivos laboratorios fue del propio Perón. Éste le había sugerido a Morazzo en 1974 evitar la palabra “reprocesamiento”, para no buscarse problemas. Pero cuando se planeó el PR2 las alarmas ya estaban sonando en La Embajada y los problemas ya lo estaban buscando a él. Sólo que no lo sabía.

Ante el ataque físico contra Repro, Castro Madero se jugó a la desesperada y por fuera de su arma, o eso es lo que interpreto yo. Uno de los pocos físicos nucleares con grado militar de jefe que tenía el Ejército en la CNEA, Luis “Lucho” Argüello, quedó a cargo de liberar a los que pudiera de la ESMA. Al menos, eso le dijo Argüello al radioquímico Carlos Calle, entonces secuestrado, torturado y bastante resignado a morir, cuando lo fue a visitar a su celda. Argüello no estaba solo: detrás se alineaban el entonces teniente coronel y físico nuclear Ricardo Rapacioli, y un general de brigada del arma de Ingenieros con iguales quilates atómicos, Máximo Abbate.

En tercera línea, detrás de todos, se adivina todavía hoy un “señor de la muerte” de gran calibre del Ejército, el general Luciano Benjamín Menéndez, con el que era mejor no meterse. No creo que Menéndez pudiera distinguir un protón de una llave inglesa, pero sí puedo imaginarlo tratando de conseguirle una llave al Ejército para acceder por la puerta trasera a ese reducto académico-naval autogestionado que era la CNEA.

Como sea, Massera nunca brilló por su coraje y “los verdes” en tierra pueden más. De 33 desaparecidos nucleares (sumando todos los de la CNEA y 4 egresados del Balseiro), 12 pasaron de la ESMA a un buque cárcel y de ahí a la cárcel de Devoto, donde fueron declarados a disposición del PEN y posteriormente liberados, entre ellos Morazzo. Los otros 19, parte de aquella efímera “primavera política nuclear”, hoy tienen el mural que muestro arriba, y que los recuerda.

Lo que nadie recuerda, lo que se ha hecho todo lo posible por olvidar, es la respuesta de Castro Madero a Massera, y a las embajadas que probablemente secundaron el intento de exterminio de Repro. Fue el LPR, o Laboratorio de Procesos Radioquímicos, una instalación monumental que se hizo y completó a un costo enorme (¿U$ 200 o 400 millones?  Se discute después).

Pero, llegado el presidente Raúl Alfonsín y su “gauleiter sin charreteras” en la CNEA, el Ingeniero Alberto Constantini, la instalación se paró a punto de empezar testeos preliminares, y nunca fue inaugurada. Los radicales no cierran, sólo posponen las cosas y las dejan pudrir. Lo impresionante es cuánta y cuán distinta gente entró a esa volteada.

La decisión de cajonear el LPR vino acompañada, a partir de 1987, de una rarísima campaña de medios. El LPR, se decía, amenazaba a la población de Ezeiza y también a la de Capital con un “Chernobyl”. Las imágenes acompañantes no mostraban las de aquella mal diseñada central rusa, suficientemente desoladoras por sí mismas. Mostraban el hongo atómico del testeo de un arma nuclear. No parecían fruto de una mente confusa, sino la de mentes expertas en confundir a otras mentes.

La campaña, de aspecto improvisado, debió bancarla un grupo de vecinos millonarios, porque anduvo meses en las paredes del área metropolitana en forma de carteles, y cabalgó por los noticieros y horarios centrales de la TV y la radio. Como la gente suele hacer lo que le aconseja el médico, alguien persuadió a la hasta entonces políticamente inocua Federación Médica de Buenos Aires (FEMEBA), cuya representación en Ezeiza decidió que el LPR nos iba a envenenar con plutonio a todos los habitantes del área metropolitana, y que había que cerrarlo. El mensaje estaba acompañado por una salsa de hongos atómicos. Los diarios y la TV empezaban a tomar el tema por la propia.

No puedo omitirme en esta historia. Le escribí a FEMEBA un editorial en Clarín, página derecha completa. Clarín todavía tenía un corazoncito desarrollista oculto en algún lado, aunque bien escondido, y me toleraba algunas atrocidades. A la mutual la incomodé con datos, como que según Naciones Unidas, la medicina se ha vuelto la principal fuente de exposición a radiaciones de los humanos. Invité a los directivos –previa autorización de la CNEA- a conocer el LPR por dentro para que entendieran las inmensas diferencias entre una muy prolija planta radioquímica y una pésima central nucleoeléctrica, como el RBMK de Chernobyl. Y de paso también, para que alguien les explicara las diferencias conceptuales entre instalaciones industriales y bombas nucleares. Y les pregunté, ya que en su legítima preocupación por el LPR era la primera vez que esa prestigiosa mutual médica se metía en asuntos de salud pública, por qué meses atrás no habían dicho nada respecto de la iniciativa del gobierno bonaerense (que no cuajó) de dejar de pasteurizar la leche de vaca para bajar su costo. Eso le abría las puertas a dos enfermedades difíciles de curar, como la tuberculosis enteral y la brucelosis.

FEMEBA cambió de tema rápidamente y se olvidó por completo del LPR.

La abundancia de medios para hacer campaña sucedió en coincidencia temporal con la visita a la Argentina del Dr. David Albright, representante del ISIS. Ojo, no del estado islámico, todavía inexistente, sino de un antiguo y persistente “Think Tank” yanqui cuyo acrónimo viene de “International Science and International Security Institute”. Esta noble institución se dedica a generar información para el gobierno yanqui y apretar a otros respecto de temas “de proliferación”. Los Albright de este mundo viven en la 1° clase de aviones y paran en hoteles 5 estrellas, y no faltan a ningún congreso pero logran no pintar jamás en los medios.

A Albright lo tuve que ver dos veces, a pedido de él, y me arrastró a esa cita la curiosidad entomológica: me faltaba conocer la especie. Hizo un intento ritual de convencerme de que el LPR era “proliferante”, es decir ponía a la Argentina como país sospechoso de construir armas nucleares. Le contesté también ritualmente que eso, viniendo de un estadounidense, era como que la madama se preocupara por la moral de sus putas.

Los Albright de este mundo son un combo de espías y chantajistas, con la ventaja añadida de no figurar oficialmente en la lista de pagos del Departamento de Estado o de la CIA. No quiero decir con ello que don David sea un valijero premium, por favor. ¿Un master en física y matemática haciendo esas cosas?|

La pata faltante fue Greenpeace, que en abril de 1987 recién abría su filial argentina, y cuya dirección fundacional, formada por toxicólogos, biólogos y ecólogos antes que por lobbistas y militantes CBPRV (científicamente brutos pero re-verdes),  estaba convencida que en nuestro país había problemas más urgentes: a saber, agroquímicos y asuntos hídricos. Eran antinucleares, va de suyo, pero consideraban que el pequeño y atascado programa atómico local en tiempos de Alfonsín no merecía su atención inmediata.

Sin embargo, aquello duró poco. Hubo gran raje y llegó el equivalente juvenil y verde de la Guardia Islámica. Desde el desastre de Chernobyl, nada hace que el pequebú de Holanda o Canadá –allí estaban los morlacos reales- pele su tarjeta de crédito tan rápido para aportar y salvar el planeta, como el ser convencido de que Baires está bajo amenaza “por esos irresponsables de la CNEA”. Y como buena multinacional que es Greenpeace, aunque no presente balances, no aclare cómo se elige a sus dirigentes y menos que menos pague impuestos, apunta su prédica adonde hay dinero fácil. Como me admitió “off the record” un directivo de la nueva camada: “Si digo que hay que limpiar el Riachuelo ni salgo en tapa ni vemos un mango”.

Por contraste, era facilísimo fajar a la CNEA bajo la dirección de Constantini, quien se dedicaba, silbando bajito, al desguace de institución, y sufría de la alergia a los medios que conviene al chatarreo. Atacar a la CNEA, otrora motivo de orgullo nacional, en 1988 resultaba tan sencillo como darle patadas a una vaca muerta.

Aquel año recrudeció toda una guerra contra la CNEA que se focalizó en una de sus obras, el LPR. Y como en toda guerra, la primera víctima fue la verdad. En este caso, científica.

Y ya que hablamos de bombas y plutonio, déjenme explicarles un poco lo difícil que era usar el LPR para hacer una bomba de implosión, incluso la más primitiva, una “Fat Man” gauchesca. Quiero dejar en claro que el LPR, por el que murió o fue torturada tante gente, estaba para otra cosa.

Anuncios

6 Responses to Argentina Nuclear, 2017 – XLII: La guerra de la tecnología

  1. Cine Braille dice:

    Gracias Abel por dar el lugar, pero muchas gracias a Daniel Arias por su trabajo. Hoy se lo necesita aún más que hace un año y un mes.
    Saludos

  2. Capitán Yáñez dice:

    ¡Al fin llegó el momento de la aparición de Greenpeace en la saga! No podían faltar. En la “guerra contra la tecnología” -en los países “emergentes”… en los desarrollados se limitan a “salvar” ballenas y panoplias semejantes- la muchachada grin pis siempre anda a la vanguardia.
    La ciencia -incluida la ecología- les importa un joraca.

    • Teodorico dice:

      Grin Pis, la ONG de barrabravas “Falklanders”. Muy preocupada por todo el desarrollo nuclear argentino, pero que cierra bien la boquita sobre los submarinos a propulsión nuclear británicos en el Atlántico Sur usurpado. (Dudo que los que estuvieron presos en Rusia estén ahora juntando firmas en Trafalgar Square contra esto).

      Y también sobre la depredación de recursos ictícolas que “los cosos de al lao” hacen vendiendo licencias de pesca ilegales.

      Pero bueno, al menos hicieron público el desmonte que estarían haciendo los dueños de Manaos… momento… ¿Manaos no hizo una publicidad justamente mostrando las Malvinas?
      mmmmmmmmmmmmmmmm

  3. Silenoz dice:

    “Los radicales no cierran, sólo posponen las cosas y las dejan pudrir.”

    Ja ja ja…. ‘CELENTE…. ja ja…

  4. José Luis vicondoa dice:

    Fui alumno de Luis arguello, daba física 3 en la um. El mismo comentaba acerca del lpr, es tal cual lo describen acá. Excelente recopilación de una época de la cual no se poco se sabe de estos temas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: