Argentina Nuclear, 2017 – XL: Desechos radioactivos, ecología y culpas

En estos días se están haciendo otros ataques a la ciencia y el desarrollo tecnológico argentino, como pueden leer aquí y aquí. Igual, creo que los detalles de uno que sucedió hace 40 años, y las posibilidades y riesgos aún abiertos hoy, son relevantes. Continúo con la saga.

  1. Diferencias entre basura, combustible y bombas nucleares.

 pileton

Piletón de enfriamiento de combustibles gastados de Atucha I. La luz azul, radiación de Cerenkov, muestra su intensa radioactividad. El asunto es que el 96% del inventario  de uranio 235 que tenían estos combustibles cuando nuevos, ahora que están gastados sigue sin quemar. Y las especies radioquímicas artificiales de larga vida media que albergan también son combustibles nucleares aprovechables. O basura radioactiva de larguísima vida media, si no se los recicla. ¿Qué destino deberían tener?

La CNEA, esa jabonería nuclear de Vieytes, esa llameante democracia protegida de los milicos por los propios milicos desde 1950, fue lo primero que los milicos trataron de matar, en 1976. Y es que nuestros hombres de armas no soportan sus propios éxitos, cuando se les salen de control.

Pero la saña represiva que se abatió sobre el área de “Repro”, que había empezado a ampliarse por orden directa de Perón, me lleva a suponer qué país en particular estuvo detrás de su desbande cuando llegó El Proceso. Y también a asombrarme del papel jugado por Castro Madero en algunas de las posteriores reapariciones y reparaciones.

Para entender la historia, hay que discutir un poco el término de basura nuclear “de alta”, la que genera el quemado del uranio 235 en centrales y reactores.

Son basura indiscutida algunos productos de fisión industrialmente inútiles (por ahora) que contienen los combustibles gastados en sus pastillas de cerámica de uranio. Me refiero fundamentalmente al Cesio 137, el Iodo 131 y el Estroncio 90, los que fueron de mayor impacto ambiental a distancia en los accidentes de centrales (Chernobyl en 1986  y Fukushima en 2011).

Ésas y otras especies radioquímicas del combustible gastado califican como “productos de fisión”, lo que quedó de átomos de uranio estallados por el impacto de neutrones. Los productos de fisión son radiotóxicos duros pero tienen vidas medias bastante aceptables, tirando a décadas. Califican como basura “de alta” por la intensidad de su irradiación y por el calor que emiten cuando recién se los ha extraído del núcleo de la central. No se puede hacer nada con ellos salvo apartarlos del medio ambiente bajo agua y en confinamientos múltiples, cajas dentro de cajas, y esperar que se vayan “enfriando” en el doble sentido de la palabra: radiológico y térmico.

Sin embargo, otras especies encontrables en el combustible gastado, en cambio, resultan buenos combustibles. Son los actínidos, y los más interesantes son los plutonios, familia de isótopos que va desde el 227 al 247, casi todos con vidas medias larguísimas (alrededor de 7000 años haciendo promedios groseros). Hay 3 terriblemente duraderos: el 239, con 24.110 años, el 242, con 373.000 años, y el 244, con casi 81 millones de años.

Son todos contenciosos para cualquier ecologista (incluido quien firma estas sentidas palabras). De yapa, el plutonio 239 sirve para fabricar bombas nucleares de todo tipo. De modo que los actínidos y transuránidos califican como El Megombo Perfecto en las categorías “Política Ambiental” y “Frente Diplomático”.

Lo que sucede es que el problema de unos pocos países es una solución para una mayoría de otros países. A la fecha de hoy decenas de estados-nación con centrales nucleares reprocesan sus combustibles en instalaciones especiales de Francia, Gran Bretaña, Rusia, Japón y la India. Los mencionados y todos sus clientes usan el uranio 235 sin quemar y todos los isótopos del plutonio en nuevos combustibles nucleares reciclados llamados MOX, Mixed Oxides, hechos de “óxidos mixtos” de uranio y plutonio.

Si el diablo es longevo (y los plutonios lo son en extremo) mejor quemarlos: se los hace desaparecer del medio ambiente y además, del mercado ilegal de armas. Reciclando combustible nuclear, se le saca un plus de energía de un 30%. En cuanto a los productos de fisión, libres de estas dos familias químicas, su volumen se reduce a un quinto y su vida media a menos de un siglo, lo que abarata mucho su confinamiento geológico definitivo.

Hay otros actínidos reciclables del combustible gastado y además de las colas de uranio empobrecido (que está “enriquecido” en el isótopo inútil, el 238). Y tienen valor potencial. Son el laurencio, el torio, el protactinio, el propio uranio y los transuránidos “menores” como el neptunio, el americio y el cerio). Todos ellos pueden quemarse en reactores rápidos de cuarta generación, bastante distintos de los PWR o PHWR que hoy dominan la industria.

Lo interesante de este nuevo quemado es que la fuente principal de energía de las centrales nucleares futuras saldría de sus desperdicios: el combustible quemado por una parte, y las colas de enriquecimiento por otra. Virtualmente, eso detendría la minería de uranio.

Algunos actínidos, como el rarísimo plutonio 238, hasta dan más energía que el propio uranio 235, el isótopo combustible por excelencia. Que los combustibles gastados tengan un 96% de su carga inicial de uranio 235 intacta y además algunos actínidos “de regalo”, muestra una sola cosa. Y es que mandar el combustible gastado a repositorio geológico “ad aeternum”, como hacen y mandan a hacer los EEUU, es tan idiota como lo sería para YPF el enterrar petróleo y gas.

Esto lo hacen los EEUU por decisión de Jimmy Carter “para dar el ejemplo moral” al resto del planeta: no hay que generar una economía del plutonio. Justo ellos, los principales productores de plutonio del planeta (aunque sólo con fines militares, tranquilos, lectores). Toda una lección de ética diplomática.

Lo único que han logrado con esa estupidez es exterminar su programa de centrales nucleoeléctricas, que llegaron a ser 104 en los años “de gloria” (hasta mediados de los ’70). Lo liquidaron porque la masa de desechos generados por tantas centrales es demasiado voluminosa para el repositorio federal de Yucca Mountain. Además, conlleva un problema de ingeniería insoluble: Yucca está construida para albergar “ad aeternum” basura radioactiva de una vida media larguísima, mayor que la de ningún edificio, incluidas las pirámides de Gizah, Egipto.

No es simplemente carísimo. Es que no hay modo experimental de demostrar que una construcción humana puede ser más longeva que las pirámides. Con modelos computados que tratan de vaticinar el futuro de un edificio subterráneo dentro de 100.000 años, el público tiene derecho a ponerse escéptico. Nuestra especie, el Homo sapiens sapiens, existe desde hace menos tiempo.

Los indios shoshone consideran Yucca Mountain como una violación de la Madre Tierra y piden plata para mitigar la afrenta religiosa, que de todos modos no dejarán que suceda. Eso mientras los gobernadores republicanos de Nevada impiden el uso del repositorio con juicios contra la administración federal demócrata… o viceversa, cuando se invierten los dados. Si uno es político en Nevada y admite ser partidario de Yucca Mountain, firma su suicidio profesional.

En semejante despiole legal, ¿qué inversor yanqui va a poner un centavo en nuevas centrales nucleares? Es como instalar una fábrica de automóviles con motor de combustión interna en un país donde el caño de escape está prohibido.

Saber que con reprocesamiento hay parvas de combustible sin gastar dentro del combustible gastado era una buena noticia. Eso incluso en la Argentina de 1973, que acababa de inaugurar Atucha I, país cuya geología es más bien escasa en uranio, y cuyas reservas aseguradas se estimaban entonces en unos 40 años, según el consumo, pero que se acortarían a partir del momento en que entrara en línea Embalse.

Hoy, 4 décadas después del intento de liquidar la capacidad de reprocesamiento argentino mediante el secuestro , tortura y muerte de algunos de sus expertos, sigue siendo cierto que el país necesita esta tecnología. Cualquier país nuclear la necesita.

Se encontró algo más de uranio en Cerro Solo, Chubut, y por ley no se puede exportar. Eso da un respiro de unos años. No viene mal ahorrarse algunas minas de tajo “a cielo abierto”, máxime tras malas experiencias como la que se tuvo con la firma Sánchez Granel en Los Gigantes, Córdoba, que, agotado el filón, abandonó el sitio lleno de pozas de ácido sulfúrico y metales pesados, entre ellos uranio. De los pasivos ambientales que se hiciera cargo el estado, je. Todavía 4 décadas después la CNEA está tratando de remediar el sitio a bolsillo propio, es decir suyo y mío, lector@. Esto determinó, entre otras cosas, que la provincia de Mendoza cerrara expeditivamente la mina de la CNEA cercana a San Rafael y su planta industrial adyacente, Sierra Pintada.

Hay más razones para reprocesar hoy que en 1976, cuando secuestraron a Morazzo y su gente. En estos días todo el interior viene desarrollando una alergia popular antiminera. Eso sucede gracias a la ley que el Superministro Cavallo, en épocas de Menem, le infligió a la Argentina en provecho de las multinacionales, no sin el recaudo de hacerla traducir del inglés. Si hay que reiniciar la explotación de uranio en Argentina, la CNEA no se topará únicamente con los problemas que dejó, y que viene remediando tarde, pero viene. Se va a encontrar con los problemas que nos está dejando una caterva de empresas libres por ley de dejarte un megombo ambiental e irse del país una vez que se llevaron el oro, el cobre u otros metales. Y si les hacés juicio, va a tener que ser en su país de origen, je. La CNEA se va a encontrar con que otras provincias –pongamos Chubut- pueden adoptar la misma postura que Mendoza.

La salida a esta situación de encierro es políticamente complicada. Con reprocesamiento y combustibles MOX, una fuente futura de combustible de nuestras centrales pueden ser… nuestras centrales. A la gente de “Repro” le cayeron encima por eso.

Pero así como en 1976 sobraban milicos que no se bancaban una CNEA en asamblea, afuera de la Argentina había un país en particular al cual resultaba diplomáticamente intolerable que aquí se hiciera reprocesamiento, porque es una tecnología química que te da acceso a plutonio. Fuera de ello, la independencia tecnológica nuclear argentina no le convenía de modo alguno en general. Y alineando intereses de embajadas extranjeras y represores locales, volver la CNEA “al orden” era “hacer patria” y de paso exterminar este desarrollo dual. Dos pájaros de un tiro.

Y para probable sorpresa del lector, el vicealmirante Carlos Castro Madero no está entre los culpables, al menos de lo segundo. Déjenme construir mi caso.

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Una respuesta a Argentina Nuclear, 2017 – XL: Desechos radioactivos, ecología y culpas

  1. julia dice:

    Ante todos estos ataques a nuestro crecimiento social en general y a nuestra economia en particular, ¿no amerita la presentación de medidas cautelares y amparos ante la administraciñón de justicia?

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