Argentina Nuclear, 2016 – XXXV: la CNEA en la “primavera camporista”

El capítulo de esta saga es la crónica de la Comisión Nacional de Energía Atómica en un tiempo muy loco.

  1. Los tiempos del COCO

 ciencia-nueva

¿Qué leía Jorge Sábato cuando no estaba conspirando? Ciencia Nueva, naturalmente. No era el único.

La CNEA de 1973 era más rebelde aún que su propio país, y una parte de las bases de los sindicatos ya no quería socios ni tutelas en materia tecnológica. Técnicos y trabajadores no especializados hacían asambleas y discursos impugnando y proponiendo líneas a seguir para “un desarrollo para la Liberación”. Las bases habían desmigajado la relativa verticalidad de la línea de mando de la CNEA, y eso que ya era un organismo deliberativo por nacimiento, casi una conspiración institucionalizada con la misión de refundar la Argentina. El lado masónico y sarmientino de la Armada convive bien con ese ordenado pero crítico ambiente de logia.

Pero ojo, que la Armada siempre fue un arma más aristocrática que el Ejército. Eso hacía de la CNEA una conspiración de “aristócratas del conocimiento”. Pero su politización explícita, durante su etapa fundacional académica, se había limitado al tercio jerárquicamente superior de la casa: los profesionales universitarios. Era una democracia ateniense: no para todos.

Mientras duró ese período, los técnicos, los administrativos y los laburantes manuales menos especializados compartían con escasas divergencias la visión y valores de los popes, entre los cuales había una cuota de peronchos. A la larga, no importaba que fueran peronchos, radicales, socialistas, bolches o nada: si eras CNEA, eras familia. De modo que los gremios dejaban dirigir a los profesionales y limitaban su acción de protesta a lo sindical: salarios, vacaciones, escalafón, etc.; sus derechos. Ahí gruñían y eventualmente, mordían.

Ahora, en cambio, de política nuclear hablaban las propias bases. Y lo hacían atronadoramente. Ya no se limitaban a salarios o vacaciones. La Juventud Peronista y varios partidos de izquierda habían creado el COCO, o Consejo Coordinador, cuya dirección surgía por voto y cuyo programa lo organizaban “mesas de debate”, desde abajo hacia arriba: era el soviet atómico.

Nunca llegó a haber dualidad de poder dentro de la Argentina de 1973/4/5. Pero sí la hubo dentro de la CNEA. Y como la casa se ocupa de la más dual de las tecnologías del siglo XX, el estado deliberativo de toda la CNEA era intolerable no sólo para el establishment militar sino para algunas embajadas.

En la CNEA convergían, discutían y votaban el ámbito científico y tecnológico argentino, más politizado que nunca, y el sindical, movilizado como jamás en su historia, y atomizado en la vehemencia de sus muchas fracciones. Era un momento extraño e increíble de ver.

La efervescencia no se limitaba a la CNEA. Hay símbolos de época. Había surgido una revista de referencia para este repensar la investigación, “Ciencia Nueva”. La editaban biólogos, matemáticos, hidrólogos, geólogos y físicos simpatizantes del Clan Sadosky, (a) “Manolo” ¡Y se vendía en los kioskos! Bueno, en algunos kioskos. Para quienes no lo hayan conocido, Sadosky fue el instalador de “Clementina”, la primer super-computadora del país en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, usada ampliamente por YPF, OSN, SEGBA, Vialidad Nacional, EFEA, Hidronor y casi todas las empresas de infraestructura del estado. Sadosky fue a la matemática y a UBA lo que Sábato a la ciencia de materiales y a la CNEA: le dieron vuelo a sus disciplinas bajándolas a tierra.

Ciencia Nueva” agotaba sin despeinarse tiradas mensuales de 5000 ejemplares, eso en un país con la mitad de población que el actual. Mientras, el matemático Oscar Varsavsky vendía miles de ejemplares de su libro “Ciencia, política y cientificismo”, editado por Boris Spivakow en el Centro Editorial de América Latina. En ese opúsculo, Varsavsky impugnaba el modelo de investigación liberal, academicista e internacionalista seguido por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) desde su creación por el premio Nobel Bernardo Houssay. Lo pintaba como buenísimo para ganar más Nóbeles, como acaba de suceder con don Luis Leloir, pero inapropiado para generar conocimiento aplicado, social y nacionalmente útil.

Varsavsky no decía estupideces. Era ley que los grandes descubrimientos argentinos básicos en biología (el de la insulina, por Houssay, el de la vía de las glicoproteínas, de Leloir) se terminaban de volver patentes y fármacos… en el Primer Mundo. Cosas similares sucedían en todo el ámbito de las ciencias duras. Lo que se quería en 1973/4/5, por el contrario, y más agudamente en la CNEA que en otros lugares del sistema de investigación y desarrollo, era “ciencia y tecnología para la liberación”.

También se decían bastantes huevadas. En 1973 se argumentaba que Atucha I había sido una compra “llave en mano” que nos humillaba como país tecnológico. Todavía se dice, por ahí. Bueno, eso era falso y lo sigue siendo. Como se explicó abundantemente, además de la obra civil (cemento, caños, fierros no nucleares), quedó en empresas argentinas del SATI, aquel extraño servicio de asistencia a la industria armado por Sábato, algo así como un 12 % en valor de componentes electromecánicos bastante complicados. Eso arrojaba una participación argentina total del 40 % sobre el precio total, según cálculos del historiador pope de la CNEA industrial, Diego Hurtado. Nada mal para un debutante nucleoeléctrico como la CNEA… si dejamos de lado que KWU también lo era.

El COCO impugnaba a Quihillalt como “un cientificista”, acusación también absurda. Juzgado por sus hechos y como hombre que más años estuvo al frente de la CNEA, Quihillalt le permitió o impuso –y realmente, da lo mismo- una orientación distinta, mucho más transformadora, que la que tenían científicos y tecno-industriales del estado, como YPF, Fabricaciones Militares o el Área de Materiales Córdoba de la Fuerza Aérea. Tampoco tenían esa orientación “marca CNEA” los entes científicos creados por “La Libertadora”: el CONICET, el INTA y el INTI. Ni las universidades nacionales. Eran todas valiosas, pero ninguna había nacido con la misión desaforada y sabatiana de refundar el país.

La CNEA era la única pieza del sistema que generaba ciencia básica, la volvía aplicada, la hacía tecnología original, la transfería a la industria que se dignara a tomarla y en lugar de conformarse con reinar en el mercado interno, TRATABA DE EXPORTAR su “know how”, sin limitarse siquiera a su región en el planeta.

Y terminó haciéndolo, primero por su cuenta y luego a través de INVAP, que en 1972 acababa de iniciar actividades preliminares, incubada en la CNEA bajo la batuta de un joven físico ítalo-argentino recién doctorado en Stanford, un tal Conrado Varotto. INVAP en aquel año tenía otro nombre: Programa de Investigación Aplicada (PIA), y no era una empresa. INVAP, nombre que tomó como empresa, es justamente un apócope posterior de “Investigación Aplicada”, aunque el 95 % de los periodistas argentinos suponen que la sílaba “IN” del comienzo significa “Instituto”. Y por eso lo llaman “el” INVAP. Los barilochenses ya están hartos de aclarar que son una firma que vive de sus ganancias, no un plácido instituto colgado del presupuesto.

Nuestro modo de exportar tecnología argentina era un tiro largo, como sólo lo intentan los países muy desarrollados. Consistía en importar posibles futuros popes nucleares y formarlos aquí. Efectivamente, durante toda la administración Quihillalt vinieron constantes misiones de entrenamiento de personal nuclear latinoamericano a doctorarse en los centros atómicos Bariloche, Ezeiza y Constituyentes, sobre todo en el área de diseño y operación de reactores, medicina nuclear y radioquímica. Eso no cesó. Siguen arribando decenas de físicos e ingenieros chilenos, uruguayos, peruanos, bolivianos e incluso centroamericanos becados por la CNEA. Algunos se doctoraron en el Instituto Balseiro. La especulación de la CNEA es que una minoría de esta minoría terminaría quizás dirigiendo pequeños programas atómicos, de regreso a sus países, estrategia que pagó claramente en el caso de Perú, y estuvo a punto de hacerlo en Irán. A la hora de comprar fierros, era posible que aquellos ex alumnos nos mandarían un télex. El nuestro era un modo excelente de usar ese capital común sudaca tan desaprovechado, que es el idioma castellano.

Pero los nucleares criollos iban más allá de “la Patria Grande”. Incluso en el lejano Irán, desde 1973 hasta la caída del Shah Reza Pahlevi, siete expertos de la CNEA empleados formalmente por la AEOI (Atomic Energy Organization of Iran) trabajaron en la construcción del  reactor del Teheran Nuclear Research Center, donde se formó la base del hoy muy avanzado programa atómico iraní.

La muchachada nuclear del Shah idolatraba a los argentinos, porque les explicaban todo el “know why” infuso en el “know how” del reactor del TNRC, las bases intelectuales del “hágalo Ud. mismo” que los proveedores estadounidenses no dan, y que odian que anden boconeando otros. Era claro que en algún momento los persas serían clientes de la Argentina en algún asunto más “grosso”, como plantas de la cadena de fabricación de combustibles para centrales nucleoeléctricas, o incluso una máquina de éstas ¿quién te dice? Los yanquis no exultaban de felicidad. ¿Qué hacíamos allí, sin invitación de los dueños de casa, es decir ellos?

En resumen, con Quihillalt ¿daba para quejarse tanto? Si esos son los gorilas, no hay suficientes.

Pero en junio de 1973 se tuvo que ir Quihillalt, a fuerza de asambleazos y toma de Centros Atómicos por el personal. Regresado a regañadientes “el Primer Vasco”, es decir Iraolagoitía (ver capítulo XIV), a quien por suerte no le faltaban leyenda o autoridad peronchas, la CNEA volvió a tener el mínimo de orden como para retomar sus grandes proyectos, propios de los comienzos de su segunda etapa, “la industrial”.

Y el resultado fue un duro golpe para los alemanes.

Anuncios

8 Responses to Argentina Nuclear, 2016 – XXXV: la CNEA en la “primavera camporista”

  1. Raúl C. dice:

    Interesantísimo, como siempre.
    Tengo la colección completa de Ciencia Nueva. Y en algún rincón debe estar un ejemplar del libro de O. Varsavsky…

  2. Daniel Eduardo Arias dice:

    Sin duda, la mejor revista científica de alta divulgación de nuestra historia. Y un foro de debate de la gran siete. Y todo mezclado con ese gusto argentino por la ironía y el humor absurdo.

    El jefe de redacción era mi primo Daniel Goldstein, y hacía la revista en el tiempo libre que le dejaba su laburo como investigador en genética y su cátedra en la FCEyN de la UBA. No cobraba un mango por hacer la revista.

    Tampoco los contribuyentes, que yo sepa. Que no sólo eran investigadores de raza, sino que además sabían escribir sin el “rigor mortis” que caracteriza a los científicos papirológicos.

    Y todo “pro patria”. Qué época, joder…

    Me alegra que te esté gustando la saga, Raúl. Da laburo hacerla, y va “pro patria” también, como todo el blog.

    • Daniel: te sigo a través de Abel y, como otros seguidores, estoy esperando el libro. Voy a subir esta entrada para cambiar un poco de tema en mis facebooks que son más de coyuntura. Hay algo que se pueda hacer por Rafael Grossi? Yo intenté en change pero no conseguí muchas firmas y… Sos un genio. Gracias. Abrazo

  3. Alcides Acevedo dice:

    Mamita, me quedo con esto:

    Técnicos y trabajadores no especializados hacían asambleas y discursos impugnando y proponiendo líneas a seguir para “un desarrollo para la Liberación”. Las bases habían desmigajado la relativa verticalidad de la línea de mando de la CNEA,

    Es cierto, los doctores en física son muy verticalistas… sobre todo con aquellos que no aprobaron siquiera un curso introductorio de matemáticas.

    Doy gracias de no haber vivido aquella locura, me han contado cosas que pasaban, por ejemplo, en la universidad que me cuesta creer, pero me quedo con la benevolencia de Gregorio Klimovsky que calificaba a la muchachada de aquel tiempo como presocrática, y bastante ignorante por cierto.

  4. Vincent Vega dice:

    Está claro a estas alturas que Daniel debe publicar sus notas en forma de libro! mucha claridad, buena prosa y humor

  5. Capitán Medibacha dice:

    Comparto plenamente y espero que publique pronto un libro contando esta saga nuclear

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: