Argentina Nuclear, 2016 – XXXIV: llegamos a 1973

Hasta aquí esta historia transcurría en una Argentina curiosa: un país en transformación rápida, que mantenía un proceso de industrialización a un ritmo comparable al de los que hoy se consideran “exitosos”, Australia, Canadá… Que al mismo tiempo vivía una guerra civil larvada, entre los trabajadores y los humildes que se aferraban a la memoria y la identidad peronista, y los sectores dirigentes y las clases acomodadas que estaban resueltos a extirparla. Y al mismo tiempo, amplios sectores de las numerosas clases medias sentían que “aquí no pasaba nada”. Eso se terminaba. Llegaban los años de plomo.

  1. La Argentina es una novia brava

nuclear

castro-madero

Arriba, una comparativa de tamaños y pesos de los recipientes de presión de las Atuchas I y II. El último fue la pieza más pesada del mundo en su tipo, mayor aún que el de centrales europeas de uranio enriquecido con el doble de potencia térmica. Ese componente resume la robustez impresionante de las Atuchas, pero explica también en parte su fracaso de ventas en el resto del Tercer Mundo. Abajo, Carlos Castro Madero, que nos hizo socios de Alemania, con una mirada también “heavy”.

En 1967, tras vendernos Atucha I, los alemanes volvieron contentos a casa, sabiendo que tenían un pie adentro de la puerta de la panadería. También sabían ya que seríamos antes una valquiria de lanza y escudo que una rubia y complaciente “schöne kleine Frau”.

Habíamos probado ser sudacas rebeldes: los habíamos forzado a rediseñar junto con nosotros la ingeniería básica del SSS (Steam Generation System), y ponerle dos generadores de vapor en lugar de uno solo, porque eso aumenta la seguridad. Y sabían que lo siguiente que haríamos era tratar de usar elementos combustibles “made in Argentina”, lo que a ellos les haría perder el negocio del “fuelling”. Sabían que sabíamos que ante semejante movida, nos amenazarían con retirarle las garantías a Atucha I, y que nosotros no arrugaríamos y les construiríamos delante de la nariz nuestras propias fábricas de elementos combustibles, que son piezas de ingeniería delicadas, que requieren de mucho conocimiento en metalurgia de aleaciones raras y materiales cerámicos.

Y que con los laboratorios de la CNEA dominaríamos esa tecnología sin ayuda de ellos, para mostrarles lo decididos que estábamos, y porque no tenía maldito el sentido haber comprado una central que te permite independencia nacional plena en combustibles, si vas a seguir importándolos del exterior.

Y que al final, con tal de retenernos como clientes y posibles socios estratégicos, terminarían reculando en chancletas, pero eso sí, lo más tarde posible. Efectivamente, esa negociación, la de los combustibles, le tomó 4 años de extenuantes reuniones al doctor Carlos Aráoz, (a) “El Monje Negro”, uno de los “Doce Apóstoles” de Jorjón Sábato.

Los alemanes no se hacían ilusiones de que fuéramos un matrimonio feliz. Pero todo era tolerable con la Argentina, dado que éramos una novia brava pero con mucha dote.

Llegó 1973.

La Dirección de Centrales Nucleares (DCN), independentista tecnológica, vehementemente sabatiana, “Canadá friendly” y nada dispuesta a ser socia menor de la KWU en nada, se había tragado Atucha I con la misma alegría con que uno ingiere un paraguas.

Pero el país había cambiado mucho desde 1967. La dictadura del general Juan Carlos Onganía, típico casamiento de milico nacionalista católico con ministro de Hacienda profundamente liberal y anti-industrial, Adalbert Krieger Vasena, no duró los 20 o 30 años que tenía en su mente “La Morsa” (así llamaban al Juanca por sus bigotes, para descrédito de las morsas). A fuerza de inflación, cierre de fábricas, desnacionalización de la industria, intervención de universidades, expulsión de profesores, censura de medios y represión de los movimientos obrero y estudiantil, la Argentina se iba volviendo un polvorín.

cordobazo

El Cordobazo, “La Montada” huye de la multitud, corrida a piedrazos y mandando bala al bulto. Fin de las aspiraciones del general Onganía a una dictadura militar prolongada.

En 1969 a Onganía y Krieger le barrieron los tobillos una serie de puebladas históricas, empezando por el Cordobazo, y se abrió un período rico, turbulento y trágico en la política argentina. A Onganía sus pares lo remplazaron de apuro por el algo más benevolente Rodolfo Levingston, que puso como ministro de Hacienda a un tipo en las antípodas de Krieger Vasena, el economista nacionalista Aldo Ferrer, autor entre otras cosas de la primera –y poco cumplida- “Ley de Compre Nacional”, que su cáustico creador explicaba en estos términos: “Hay que nacionalizar el estado argentino”.

Ferrer, cuyo ministerio se mantuvo apenas 8 meses entre 1970 y 1971 (demasiado bueno como para durar), era considerado “de la casa” en la CNEA. Era “pata” con Jorjón Sábato y compraba el Programa Nuclear de punta a punta: lo entendía y le gustaba. No resulta raro que mucho después y en circunstancias más bien desesperantes para el átomo criollo, entre 1999 y 2001, Ferrer volviera brevemente como presidente de una CNEA en demolición, a la que no logró rescatar.

En 1970 Levingston no logró organizar un programa político de salida de la dictadura: la rebelión obrera y de clases medias era imparable, y además le venía serruchando el piso su par y colega, Alejandro Agustín Lanusse. Este representante muy temido del ala liberal (léase económicamente entreguista) del Ejército no tardó en descubrirse aferrado con una sola mano a las crines de un país que corcoveaba con intenciones de revolearlo, como ya lo había hecho con Onganía. A duras penas –y a un costo en vidas de obreros y militantes que en esa época se consideró alto- Lanusse enfiló como pudo y “a velocidad warp” hacia un escape electoral, el Gran Acuerdo Nacional. Este acuerdo de partidos permitió elecciones verdaderamente libres, que ganó el peronismo por goleada, con la fórmula Cámpora-Solano Lima.

En 1973 Perón estaba de vuelta en la Argentina tras 18 años de exilio y proscripción, y el Sabatismo, atrincherado en la mentada DCN e ideológicamente fortalecido, ahora venía de contraataque: como segunda central quería una CANDU (esta vez de 600 MW, como la operativa en Pickering, Ontario, desde 1971).

La tecnología canadiense estaba más en línea, al prescindir del formidable recipiente de presión, con un desarrollo ulterior independiente, de centrales con componentes 100% argentinos. ¿Colaboración con los canadienses? Sí, pero minga de tutelas.

Es curioso cómo se pueden ideologizar ciertos fierros, cosas aparentemente tan neutras y objetivas, pero a veces sucede y siempre por razones interesantes y en general nada estúpidas.

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3 respuestas a Argentina Nuclear, 2016 – XXXIV: llegamos a 1973

  1. Juan Luis dice:

    Vale la pena revisar los documentos secretos que acaba de desclasificar EEUU. Allí hay menciones sobre el programa nuclear argentino. Dejo un extracto:

    OFFICE OF THE VICE PRESIDENT .
    WASHINGTON
    December 6, 1983

    Argentina
    Nuclear Program: In addition to voicing support for Argentina ‘s
    return to deniocracy, we expect that the main point you will want
    to get across to President Alfonsin i s the suggestion that Argentina
    take advantage of this opportunity to bring its nuclear program
    under full-scope IAEA safeguards. The recent announcement of
    development of an Argentine gaseous diffusion uranium enrichment
    capability adds impetus to this message. Moreover, Alfonsin may
    be particularly receptive to it. The Argentine nuclear program
    has operated as a closed, almost autonomous fraternity for thirty
    years. As part of his effort to assert the authority of his
    civilian government, Alfonsin may be receptive to IAEA safeguards
    as a means to get control of this program. The impending retirement
    of the program’s director, retired Vice Admiral Costa Madero,
    may also help. However, we should be realistic. The Argentines
    are immensely proud of this nuclear program as one of the few
    things that work well. in their society — developed in spite of
    the opposition of other nuclear powers — and they are sensitive
    to bring relegated to permanent “second class” status by any
    demands to renounce it. Consequently, the best we might hope to
    do is use this opportunity to control the program, recognizing
    that the Argentines will not abandon it.

  2. Vincent Vega dice:

    Creo que el nombre de Castro Madero es Carlos, no Eduardo

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