Un año de la Presidencia Macri

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Aunque como profesional he hecho y auditado muchos balances en mi vida, no me motivó la idea de hacer éste. Algo tiene que ver que estemos en medio de un feriado largo, pero además el lapso de un año me parece inadecuado. Con un mes, 45 días como mucho, ya se podía evaluar, en mi opinión, qué clase de gobierno sería el de Macri, y sus chances de éxito (cercanas a 0, también en mi opinión). Recordemos que había muchos antecedentes de su gestión empresarial y del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Para pronósticos más concretos, no me animo a hacerlos antes de mediados del año que viene, lo más temprano, cuando las alternativas políticas estén más definidas. Pero… un bloguero debe ser realista: los medios y los blogs se llenan de balances. Entonces, como los de las usinas oficialistas, explícitas o no, me parecen patéticos, y, en el otro lado, las largas listas de las calamidades que provocó me aburren (cada calamidad tiene significado para el que la sufre; si yo no puedo aliviarla, prefiero no ser solamente la llorona), les acerco el que me parece más inteligente.

Es -no es sorpresa- el de José Natanson. Tal vez tiene un equilibrio demasiado forzado -“perdonavidas” diría un insoportable comentarista de este blog- pero los hechos que apunta son los relevantes desde la política del poder. ¿Y de qué estamos hablando aquí? Eso sí, al final agrego unos comentarios míos. “Informe de la consultora”, digamos.

Comencemos el balance por la política. Partiendo de la representación parlamentaria más débil desde la recuperación de la democracia, el gobierno logró sortear la amenaza del bloqueo legislativo articulando coaliciones que le permitieron aprobar leyes controvertidas, como el acuerdo con los fondos buitre o el blanqueo de capitales. La oposición, formalmente mayoritaria pero políticamente astillada, consiguió imponerle una sola iniciativa, la ley anti-despidos, que el presidente vetó sin pagar, al parecer, un gran costo de imagen, tal como había sucedido con el 82 por ciento móvil aprobado por el Grupo A y vetado por Cristina (se buscan politólogos con tiempo ocioso que encaren el paper pendiente sobre las consecuencias políticas del veto presidencial). Del mismo modo, el deterioro del cuadro social no desembocó en el esperado paro general de los sindicatos ni en movilizaciones de las organizaciones sociales capaces de alterar el statu quo.

En otras palabras, el diagnóstico de “ajuste sin rebelión” que formulamos dos meses atrás se mantiene vigente, aunque el macrismo aún debe demostrar que es capaz de superar diciembre, el temido “mes de la gobernabilidad” de la democracia argentina. Como nos recuerdan los episodios de Cromañón, los saqueos, la devaluación y el Indoamericano, desde el 2001 todos los diciembres son la amenaza de un 2001. Mauricio Macri lo sabe y, bien aconsejado, actúa de la única manera posible: recurriendo al viejo truco de distribuir recursos a través de iniciativas como el bono a los estatales, la eximición de ganancias del medio aguinaldo y la emergencia social. En definitiva, la caja, tan mentada durante el kirchnerismo pero misteriosamente desaparecida del lenguaje periodístico actual: clonazepam en gotas para la paz social.

En cambio, el balance económico resulta negativo, se mire por donde se mire. El PBI caerá cerca del 2 % en 2016, lo que equivale al peor año de la larga década kirchnerista, en tanto la inflación marcará la tasa más alta desde el lejano 2002 y las exportaciones, medidas en cantidades, no sólo terminarán disminuyendo sino que además, por efecto de la quita de retenciones, profundizarán su primarización (1). Los efectos sociales son conocidos: pérdida del poder de compra del salario del 5 % (2), más pobreza (32,2 %) y más desigualdad (el Gini pasó de 0,400 en 2015 a 0,417 en 2016) (3).

Al revisar la economía del año que se va, la impresión es que, luego de la seguidilla de shocks iniciales (eliminación de retenciones, devaluación, tarifazo, liberación por decreto del mercado de las telecomunicaciones), el gobierno se fue quedando sin ideas y que ahora, puesto ante la evidencia de que los resultados no son los esperados, se encuentra desorientado. ¿Por qué, si hicimos todo lo que “había que hacer”, las cosas están saliendo mal? Un mix entre el candor propio de los niños-burbuja de Zona Norte y el dogmatismo característico de los dueños del capital parece guiar algunas de las convicciones económicas fundamentales del PRO, como aquella que sostiene que eliminar las regulaciones estatales liberará las energías dormidas de la sociedad generando un boom schumpeteriano de emprendedorismo popular que multiplicará los descubrimientos rupturistas y las startups revolucionarias (y no se trata por supuesto de cuestionar la apuesta a la innovación, decisiva en cualquier estrategia de desarrollo, sino de apuntar que difícilmente pueda prosperar bajo una macroeconomía hostil que premia la especulación con Lebacs antes que el riesgo empresarial).

De la misma forma, la tesis de que la búsqueda de relaciones cuasicarnales con las potencias occidentales redundará en algo más que gestos diplomáticos de amistad se está demostrando equivocada. Si se mira bien, los dos ciclos políticos que lograron estabilizar la economía y relanzar el crecimiento desde la recuperación de la democracia, el menemismo y el kirchnerismo, supieron sintonizar con un cierto momento del mundo: en el primer caso, dominado por la globalización, la apertura comercial y la abundancia de capitales baratos (hasta el Tequila); en el segundo, por el boom de los commodities, el ascenso de las nuevas potencias y la integración política latinoamericana (hasta Lehman Brothers). Malo, bueno o regular, el plan económico del macrismo parece diseñado para un mundo que ya no existe como tal, en un contexto geopolítico en el que son precisamente los países a los que quiere abrirse los que eligen presidentes que denuncian los tratados comerciales y proponen un regreso al viejo y maltratado proteccionismo. Como demostró la cumbre de la APEC, el libre comercio hoy está más en China que en Estados Unidos.

Enfrentado a una realidad que con la crueldad inapelable de las estadísticas le demuestra cada día que las relaciones de causalidad que desde siempre dio por seguras –emisión-inflación, desregulación-inversiones– no necesariamente se verifican en la práctica, el macrismo sufre la penúltima reedición del clásico dilema weberiano entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. ¿Girar hacia lo que llama “kirchnerismo responsable” (definición que hasta hace poco era obviamente un oxímoron) o seguir confiando en los viejos principios?

La disyuntiva, de por sí angustiante, se hace más urgente por dos motivos. El primero son las dificultades para gobernar con eficiencia el Estado, evidenciadas en la demora de gestión en áreas importantes de la administración pública y la subejecución rampante de todo tipo de planes y programas. Pero además, enamorado de la imagen de éxito individual que le devuelve el espejo, el gobierno del PRO se ha preocupado poco por desplegar políticas orientadas a amortiguar los efectos de la caída del consumo, la apertura comercial y la suba de tasas en ramas enteras de la producción industrial (textil, calzado, juguete, electrónica) que resultan poco competitivas. Desprovistos de la tecnología propia del primer mundo e imposibilitados de recurrir al dumping social asiático, se trata sin embargo de sectores intensivos en mano de obra y decisivos en ciertos territorios: la industria textil explica el 30 % del empleo industrial registrado en La Rioja, la empresa Coteminas, productora de sábanas y toallas, es la principal fuente de mano de obra no estatal de Santiago del Estero, y tres compañías de línea blanca absorben la mayor parte del empleo privado industrial de San Luis, sin mencionar al Gran Buenos Aires, donde buena parte de los municipios dependen de la industria (4). Es la “economía de la ineficiencia” la que garantiza la paz de los conurbanos.

Y sin embargo, a pesar de su apuesta aperturista y su fe en el mercado, el macrismo disiente con el neoliberalismo puro en un aspecto crucial: no operó un ajuste drástico del gasto público (aunque sí alteró las prioridades y destina cada vez más recursos al pago de deuda) ni una rebaja impositiva global (aunque eliminó o redujo impuestos progresivos como retenciones y bienes personales). En términos generales, el análisis del Presupuesto 2017 confirma que el déficit fiscal se mantiene más o menos en los mismos términos que en el último año de Cristina y el primero del PRO (4,2 %). Asimismo, como suelen recordar los economistas ultraortodoxos que ahora curten peinados extravagantes y modos de barrabrava, la presión impositiva permanece en torno al 37 %, la más alta de América Latina. En realidad, la única idea económica realmente original del macrismo, dado un déficit fiscal estable, es reemplazar emisión por deuda, que crece peligrosamente (aunque se trata más de una tara cortoplacista que estrictamente neoliberal, como demuestran los casos de sobreendeudamiento bajo gobiernos populistas al estilo Venezuela).

Insistimos entonces con que el macrismo es una criatura política compleja imposible de captar con enfoques cerrados: el método de análisis preferido del periodismo (fijar una posición y luego reunir los argumentos para reforzarla) resulta poco útil a la hora de definirlo. Ocurre que, así como el kirchnerismo marcó una distancia con las experiencias nac&pop del pasado evitando las nacionalizaciones masivas y cuidando hasta el final que la macroeconomía no estallara, el macrismo no recorta el gasto público ni reduce la carga tributaria ni privatiza empresas. Un océano ideológico separa a un ciclo de otro pero ambos, contra lo que sostienen las miradas más dogmáticas, son diferentes a sus inspiradores del siglo XX. La historia se repite dos veces: primero como tragedia, después como puede.

Pero conviene no engañarse. Estos desvíos no significan que el PRO carezca de ambiciones sino que es lo suficientemente inteligente para reconocer los límites que los sindicatos, el peronismo, las organizaciones sociales y la opinión pública le imponen a su voluntad, que es tan refundacionista como la de toda alternativa ideológica que se precie de tal. El macrismo tiene un rumbo. Si no avanzó en una iniciativa general de flexibilización laboral (pese a las quejas por el “costo argentino” y el insólito convenio con Mc Donald’s), si no redujo la dotación de empleados públicos (pese al despido de funcionarios de carrera y su reemplazo por militantes del PRO) y si evitó las privatizaciones (pese a los recortes presupuestarios en las empresas públicas, el enfoque menos orientado al desarrollo de YPF y la tentación constante de liquidar el Fondo de Sustentabilidad del Anses), es sencillamente porque la sociedad no lo admitiría. ¿Hasta dónde llegará? Simple: hasta donde la correlación de fuerzas se lo permita.

Se nota también en la política social. Aunque la palabra “derechos” desapareció del lenguaje programático del oficialismo, los planes sociales son en esencia una continuidad apenas revisada de los del kirchnerismo. No hubo una ruptura en este aspecto ni, señalemos con cuidado, en otro punto fundamental: el protocolo anti-piquetes anunciado en las primeras semanas de gobierno fue dejado de lado por su inaplicabilidad y hoy alcanza con recorrer el centro porteño para comprobar que las manifestaciones y los cortes se mantienen más o menos como antes (5). Macri no sacó a los militares a las calles ni envió al Congreso una reforma del Código Penal para endurecer las penas. ¿Cuántos kilómetros de ideología separan a Patricia Bullrich de Sergio Berni? ¿Cuántos a Cristian Ritondo de Ricardo Casal? El modelo puede ser pésimo, pero no es cierto que no cierra sin represión.

El problema es la realidad. A un año de su llegada al poder, el macrismo choca contra un mundo que es menos libre de lo que imaginaba, una economía menos moderna de lo que creía y una sociedad que no es el flan inerme de la pos-hiperinflación sino un sujeto activo que lo acecha, vigilante.

1. Datos del Informe de Comercio Argentino del INDEC para el primer semestre.

2. Datos del IERAL.

3. Datos del INDEC y Gini calculado por el CEPA.

4. Datos de la Consultora Radar.

5. La situación de la presa política Milagro Sala y el hecho de que siga detenida a pesar de la opinión de la ONU conforman un episodio gravísimo, responsabilidad compartida entre el gobierno de Jujuy y la administración nacional del PRO, que lo apoya y es, según los convenios internacionales, el responsable último de garantizar la justicia de los procesos y los derechos humanos“.

No me gusta en este balance de Natanson -algo insinué al principio- la ausencia de referencias al costo humano de las políticas de Macri. No me preocupan tanto los sectores medios -a los que pertenezco, en la franja más acomodada; la prosperidad y los estímulos al consumo no son un derecho humano. El impacto en los más vulnerables es el que ha sido muy doloroso y visible.

Es cierto que la gestión kirchnerista no avanzó sustancialmente, después de sus primeros años, en incorporar al numeroso sector de argentinos que están “fuera del sistema”: no tienen empleo en blanco. Y es cierto también que tardó en darle paliativos; recién en octubre de 2009 empezó la Asignación Universal por Hijo. La responsabilidad es, en el fondo, de un criterio muy peronista: siempre se pensó que la mejor ayuda social es crear empleo.

Creo que el peronismo necesita repensar profundamente sus políticas, en un mundo donde la creación de empleo no acompaña automáticamente al crecimiento económico. Es el desafío del siglo XXI, en realidad.

(Ya me fui del balance de Macri. Este problema simplemente no está en su radar, excepto para contener “desbordes”. Que nunca los protagonizan los que están peor. Lo comento porque es la reacción de uno cuando ve que aumentan la mendicidad y los “homeless”).

Volviendo al tema, mi crítica a este balance, en el plano estratégico, es que no se toma en cuenta la ausencia de un proyecto de desarrollo nacional. Los pasos que ha dado y continúa dando en el sistema científico tecnológico, con relación al CONICET, ARSAT, INVAP, FADEA, lo muestran a las claras. No es que las políticas K hayan sido uniformemente brillantes en esos campos -no lo fueron- pero la diferencia es muy clara. Una nación no llega a serlo sin una industria que incorpore tecnología propia. Eso era cierto ya hace más de un siglo, pero se pudo reemplazar con la integración a una Potencia que la tuviera. En nuestro caso, Inglaterra. Es obvio, esto sí lo señala Natanson, que esto no será posible para Macri, más allá de sus intenciones.

¿Puede haber algo positivo en el balance? Se me ocurre que sí. En cualquier país moderno hay fuerzas políticas que expresan a los dueños de los medios de producción y a los sectores que se identifican con ellos -sean los dueños en el sentido formal del siglo XIX o sus gerenciadores, como en el capitalismo y el “socialismo” modernos- es decir una “Derecha”, en el lenguaje del periodismo progre.

Entonces, es inevitable que en Argentina la haya, salvo en las fantasías de dirigentes universitarios que creen poder encaminar a los empresarios, rurales o urbanos, desde los discursos. Ahí, el PRO es un proyecto mejor que el antiguo “partido militar”, o el confuso radicalismo. O que la versión menemista del peronismo, más ágil pero inevitablemente falsa en sus apoyos sociales.

Como se nota en mis posteos, no soy un entusiasta del etos, hedonista y hasta ligeramente -diría esa otra vieja Derecha- “apátrida” del PRO. Y menos aún soy admirador de su referente, Mauricio Macri. Pero como fuerza política… es lo que hay. Creo que lo mejor para Argentina es que su proyecto sea derrotado este año que viene. Y reemplazado en el gobierno en los plazos legales. Pero, en una forma u otra, seguirá existiendo.

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3 Responses to Un año de la Presidencia Macri

  1. Me alegra, Abel, tus puntos sobre las IES sobre el comentario de Natansson. Siempre me resultaron irritantes algunas maneras y contenidos de las notas de este muchacho. Será que escribe desde y hacia los franceses! Por lo demás coincido en TODO lo que puntualizas sobre la situación de nuestra patria y hago fuerza porque todo se encamine hacia lo que deseas al final!

  2. horca dice:

    Natanson escribe todo lo que escribe con la única finalidad de bajare el precio al kirchnerismo. Se tomó una botella entera de massismo y todavía no se le va el efecto.

    Por lo menos ya no dice la mentira de “nueva derecha”.

    Creo que es trivial Natanson, hasta lo increíble: hasta la incoherencia. Por ejemplo, dice que el macrismo no ajusta el gasto público, de modo que “es una experiencia compleja”, y acto seguido reconoce que si no ajusta ni privatizan es simplemente porque no les da la relación de fuerzas. O sea, son “experiencia compleja” solamente porque la gente los frena.

    Lo que pasa es que si reconoce que el macrismo es derecha pura y dura, entonces tiene que darle la razón al kirchnerismo, y Natanson no se permitiría semejante cosa.

  3. […] subí, junto a otros posteos, un balance de este primer año de gobierno por José Natanson. Inteligente, como siempre, aunque comenté la ausencia de referencias al costo […]

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