Argentina Nuclear, 2016 – XXXIII: juega la India

Este es un capítulo muy corto de la saga. Con Daniel nos hemos puesto de acuerdo en una mayor frecuencia, con textos más breves (Después, la realidad cambia los planes. Como se los modificó a los alemanes y, sobre todo, a nosotros, los argentinos).

La arrasadora sonrisa de Buda

 indira

Indira Gandhi camina con dificultad por el cráter de subsidencia que dejó la explosión subterránea de “Smiling Buddha” el 18 de mayo de 1974 en Pokhran, la India, “ahí nomás” de Pakistán. Desde entonces, aquí también caminamos con dificultad.

Siete años antes de que Indira Ghandi empiojara indefinidamente el esfuerzo nuclear del Tercer Mundo, el 18 de mayo de 1974, y desatara la primera carrera armamentista atómica entre países pobres (India vs. Pakistán), estábamos en el interesante y casi tranquilo 1967.

Nada indicaba entonces, en Argentina, que podríamos ser afectados de manera gravísima por asuntos ocurridos en las antípodas del planeta, idioteces militaristas de la enigmática y milenaria India. Con aquel país no teníamos más relación que la de los argentinos que acudían allí a comprar su salvación espiritual.

La obstinación alemana por entrar como fuera a nuestro programa nuclear se basó en expectativas desmesuradas sobre la Argentina. Expectativas que una parte de la CNEA compartía, además. Y no sin fundamentos.

El programa criollo era el más expansivo del Tercer Mundo después del de la India. En la estrategia de ajedrecista que caracteriza a veces a la dirigencia alemana, vendernos Atucha I a precio de regalo –y con un reactorcito de yapa, el RA-4- era una jugada en profundidad.

Por empezar, era quitarle un primer mercado “flor” a Canadá. Luego, ya con un buen lobby pro-germano instalado en la CNEA (liderado por Jorge Cosentino), y usando la robustez de Atucha I –que tanto alemanes como argentinos dieron siempre por descontada- se tenía una vidriera planetaria para atacar comercialmente el resto del “target” canadiense: India, China, Corea del Sur, eventualmente Rumania, países tentados de un despegue nuclear autónomo, libre de extorsiones por parte de los proveedores de uranio enriquecido.

La República Federal Alemana tenía entonces la misma dependencia política que Canadá respecto de los EEUU en materia de exportaciones nucleares. El trampolín argentino permitía imaginarse conquistas en otros mercados vírgenes y multitudinarios: África por el Maghreb, Medio Oriente… ¿Asia? La Argentina podía resultar clave para la construcción física de NPPs alemanas “símil Atucha I” en lugares del planeta inalcanzables para las empresas nucleares yanquis y las francesas, que en materia de módulo sólo tenían centrales de 800 o 900 “mega” para arriba, demasiado potentes para redes eléctricas chicas, y además todas de combustible enriquecido. Para sembrar de Atuchas el Tercer Mundo, la KWU además podría usar horas/hombre de ingeniería argentinas, tanto más baratas que las alemanas, a igualdad de calificación.

De modo que tras cerrar la venta de Atucha I con la CNEA de Quihillat en 1967, en una negociación en que literalmente se tuvieron que dejar desplumar por nosotros, los alemanes volvieron contentos a casa.

Habían derrotado a los canadienses. En la Argentina, habría una segunda central alemana, y ésta no sería gratis. Estaban en un error, pero al mismo tiempo, tenían razón.  Habrían perdido, pero los ayudó Indira.

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