Haciendo a China grande otra vez

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En un reciente posteo subí el análisis de Juan Chingo, que evalúa que la República Popular China tendrá problemas para afrontar la ofensiva económica del nuevo Presidente de los EE.UU., Donald Trump.

Corresponde entonces que les haga conocer la otra campana. Me parece lo más adecuado en nuestro idioma esta columna de Marcelo Cantelmi, que -como buen socialdemócrata, especialmente en su variante clarinista- cuestiona a todos los populismos, aún los de “Derecha”, y apuesta a que China volverá a ser Zhongguo, la “nación central” o el “Reino del Medio”. En eso, coincide con otras influyentes opiniones “anglo”, como la nota de la BBC US leaving TPP: A great news day for China, de donde procede la imagen de arriba. O el influyente Barron´s Trump Will Make China Great Again. Mis comentarios al final:

En la foto apenas se ve el rostro del chico, pero lo que interesa es la gorra inmensa que lleva puesta con la leyenda Make China great again. Es un hallazgo de la web de la BBC. Ese texto pero con EE.UU. en lugar del gigante asiático fue el lema de campaña de Donald Trump. El magnate ahora presidente electo lo combinaba con la evocación América First que para muchos de sus más duros críticos emulaba el Deutschland über alles, (Alemania por encima de todo) del himno de ese país en los treinta que fue luego olvidado tras la experiencia nazi.

La referencia es interesante porque editorializa sobre un dato extraordinario de esta etapa. La victoria de Trump, pero esencialmente su mensaje proteccionista y ensimismado, adelanta el lugar histórico de potencia global de China. Es decir, su existencia no ya como contraparte sino en la disputa concreta con EE.UU. por los mismos espacios de acumulación, desafiando la forma en que se han venido haciendo las cosas según la perspectiva norteamericana. Este giro que la gorra define con nitidez, permite a la potencia comunista proyectar su influencia hoy de un modo que estaba destinado a otras épocas en el calendario de los equilibrios mundiales.

Trump dinamiza ese proceso a partir de sus propias contradicciones. Si las resuelve es probable que aparezcan límites que reordenen este mapa, pero no hay nada que indique que esos pasos estén siendo andados. El nacionalismo esquemático que profesa, al menos desde la campaña y lo que ha adelantado ya como presidente electo de su pauta de política internacional, le restan capacidad estratégica y abre vacíos que no son complejos para ser cubiertos.

Se nota este comportamiento con la decisión de tumbar el Tratado Transpacífico de Cooperación Económica que venía tejiendo Barack Obama a lo largo de sus dos administraciones. Esa iniciativa, que unía a una docena de países del Asia Pacífico pero no incluía a China, no existe sin el voto de Washington. El TPP, según sus siglas en ingles (Trans-Pacific Partnership) , tenía un propósito que desbordaba el mérito comercial. Debía sustentar la doctrina geopolítica del pivot asiático que tiene raíces más allá del saliente gobierno demócrata, incluso entre los republicanos. Es el ”rebalancing” de la agenda internacional de la primera potencia hacia ese foco regional que concentra el 50 por ciento del comercio mundial y 40% del PBI global. Es claro que quien impone los acuerdos fija las reglas y ese era el plano de Washington. Beijing con acierto asumía a esa ofensiva como una obsesión agresiva de Occidente sobre su espacio de influencia.

Ahora esa arquitectura desaparece y China queda como el campeón de la globalización, un lugar que el presidente Xi Jinping prácticamente reclamó sin objetores en la reciente cumbre del Asia Pacific Economic Cooperation (APEC) en Lima. Y reiteró luego en Ecuador y Santiago de Chille como parte de la avanzada de gestos y señales vertiginosas, también por esta región, que el poderoso líder chino ha venido exponiendo desde el instante que Norteamérica decidía su cambio de rumbo. Es una etapa de paradojas impactantes. La potencia comunista narra los beneficios del libre mercado (con los filtros políticos previsibles) al tiempo que EE.UU. se alambra en un proteccionismo de otro siglo. Mientras en Nueva York Trump agredía a la prensa de su país, Xi se reunía en la capital chilena con un millar de editores periodísticos para comentar sonriente el ritmo de los nuevos tiempos.

Todo eso, que tiene la belleza de lo anecdótico, se combina con el hecho concreto de que el Imperio del Centro hace años ha activado su propio acuerdo transpacífico de apertura comercial y reducción arancelaria el RCEP, o Asociación Económica Integral Regional, que ahora se beneficiará del bonus que le brinda la victoria de Trump. Esa iniciativa abarca, por ahora, solo a países asiáticos más Australia y Nueva Zelanda y es en términos económicos ligeramente menor que el difunto TPP. Esos países asociados a China reúnen el 30% del PBI global y aproximadamente el 25% del comercio internacional.

No hay naciones americanas en esa estructura, pero hay observadores de la Alianza del Pacífico, (Chile, México, El Salvador y Perú), un universo que se multiplicará, es previsible, entre los socios que habían firmado la propuesta de Washington y ahora han quedado huérfanos. China también creó su propio Banco Mundial, el AIIB, Asian Infraestructure Investment Bank entre cuyos socios no figura EE.UU. pero si la Gran Bretaña del Brexit y Alemania entre otros 57 miembros. Puede ser esta otra paradoja, pero los intereses económicos no se detienen en peculiaridades literarias.

Como pretendía el TPP contra China, esas estructuras, el RCEP y el Banco, que puso en marcha Beijing buscaban a su vez limitar la influencia de EE.UU. en Asia, estrategia que ahora encuentra el camino más pavimentado.

El vigor de la potencia comunista por ocupar espacios tiene otro hito en la nueva ruta de la seda hacia Paquistán que construye con una inversión de US$51 mil millones. Esa obra mayúscula apunta a crear una de la zonas económicas mas importantes del mundo dentro de la doctrina de “one belt, one road” (un cinturón una ruta). La intención es abrir un acceso por tierra para los productos chinos hacia el Océano Indico que mejore la alternativa naval actual por el angosto estrecho de Malaca. Según un informe de la BBC la nueva ruta daría a China acceso hacia la región del Golfo Pérsico (observar los vínculos fluidos con Irán) y Medio Oriente y una posición ventajosa para expandir su influencia comercial y política a África, y el sur y centro de Asia.

Para Trump y un puñado clave de sus colaboradores, la forma de contener a este impetuoso adversario es con un arancelamiento extraordinario de 45% a sus productos, y la presión, bajo amenazas, para que retornen las empresas norteamericanas radicadas en la potencia comunista. Pero es inconsistente. EE.UU. recibe de Asia una parte mayoritaria de sus insumos. Y la relocalización que ha habido se explica, entre otros aspectos, por el reducido costo salarial que ofrece China, una de las herramientas básicas de seducción de Beijing y que Trump, a nivel doméstico, ha prometido escalar. De modo que el regreso de las empresas es dudoso. Luego, si aplica los aranceles sancionatorios prometidos, lo que el locuaz magnate cosecharía además de una tensión interna imprevisible con esas corporaciones, seria inflación, y consecuentemente aumentos de tasas enfriando la economía y de nuevo golpeando el consumo. Todo a la inversa de su entusiasta programa populista“.

Frente a este duelo de titanes -que probablemente seguirá incruento, para ellos- ¿qué debemos hacer nosotros?

Siempre critiqué, en el blog y en otros sitios, la tendencia argenta a ver la política internacional como si fuera un deporte espectáculo: formar hinchadas de uno o de otro equipo. Lo que nosotros debemos preocuparnos es en consolidar alianzas sólidas con el jugador más importante de nuestra región, Brasil, y con el resto hispanoparlante de la América del Sur. Para lo cual debemos dejar de lado nuestra fantasía favorita: que “nosotros” somos buenos e inocentes, y los “otros”, astutos, se aprovechan de nuestra ingenuidad. Sucede que cada uno de los “otros” tiene esa misma fantasía. Los que se aprovechan, en realidad, no son menos ingenuos. Son más fuertes.

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2 respuestas a Haciendo a China grande otra vez

  1. juan pacheco dice:

    Donald Trump….el Gorbachov americano

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