Argentina Nuclear, 2016 – XXX: En el Día de la Soberanía

vuelta de obligado

Tengo claro que esta larga saga sólo es leída con detenimiento por una minoría de los visitantes del blog (los números del Sr. WordPress así lo indican). El tema -lo que pasó y pasa con la industria nuclear en Argentina y en otros países- interesa a muchos, cómo no, pero son pocos los que tienen el tiempo y formación para seguir su desarrollo en posteos. Le sugerí a Daniel Arias que aquí tiene el material para un libro.

Igual, pienso seguir publicándola. Especialmente hoy, en el Día de la Soberanía. Por la memoria de otras batallas, menos románticas que cañones y cadenas en un río, pero igualmente decisivas. La primera parte de la crónica de esta batalla apareció en el blog aquí.

Elegimos un combustible de pobres

Unidos circunstancialmente, ambos bandos de la CNEA, Sabatianos y Cosentinistas, mataron la propuesta de la General Electric sobre una base, que de paso eliminaba también a la Westinghouse: nada de uranio enriquecido aquí, dijeron.

Onganía había armado un organismo llamado Consejo de Seguridad, bajo el mando de su represor favorito de peronistas y bolches, el general Osiris Villegas. En aquella rara colegiatura recaló un joven marino, el capitán de fragata Roberto Ornstein, al cual Villegas mandó a investigar aquella cuestión, la del uranio.

Fue el comienzo de dos cosas: de un diálogo “by double proxy” entre Onganía y Quihillalt, y además de una posterior carrera “de inmersión total” del citado Ornstein dentro la CNEA, donde ejerció tareas diplomáticas apasionantes y curiosas. Y como sucede con los antiguos “conversos al átomo” que sigan físicamente enteros, el trabajo de Ornstein en la CNEA no se ha terminado. Aunque hace mucho que se jubiló y hoy tiene 88 años.

Los términos de la discusión de 1967 fueron sencillos, como para que Villegas y Onganía entendieran. Y es que el arma de Caballería no suele producir intelectuales. Quihillalt le recordó a Onganía el costo político de ir por uranio enriquecido. El país tardaría mucho en poder desarrollar ese proceso por su cuenta, y con la escala industrial necesaria como para mantener el consumo de un programa nucleoeléctrico. Una planta de enriquecimiento era factible y en algún momento sería imprescindible, pero eso era una apuesta larga. Ahora (1967) había que resolver lo de la central.

Respecto del uranio enriquecido, sin duda era más eficiente. Pero si el gobierno de Onganía llegara a tener algún encontronazo diplomático fuerte con, digamos, Gran Bretaña por asuntos malvineros, o con Brasil por temas de represas sobre el Paraná, o con Chile por temas de fronteras, y suponiendo que el Departamento de Estado se alineara contra la Argentina y decretara un boicot de uranio enriquecido… ¿No entraría en apagón toda la zona metropolitana y además el Litoral? No era imposible. Tales fueron los lineamientos (obviamente, no las palabras) de lo que Quihillalt le informó, vía Ornstein, a Onganía, vía Villegas.

Quihillalt le recordó además a Onganía que el problema con el Departamento de Estado no era presunto: empezaba a sola firma de contrato, porque los EEUU, bajo los términos del entonces novísimo Tratado de Tlatelolco, pedían salvaguardias “full scope” extensivas a todo laboratorio o fábrica nuclear argentinos preexistentes y futuros. Comprar yanqui  implicaba no sólo firmar sino ratificar Tlatelolco. Se abriría paso a décadas de conflictos diplomáticos toda vez que la Argentina avanzara en algunos desarrollos duales pero irrenunciables: fabricar agua pesada, enriquecer uranio y tal vez reprocesar combustible “quemado”, cosas inevitables para blindarse contra extorsiones externas y bajar los costos de la electricidad nuclear.

La palabra “soberanía” todavía movía mucho el amperímetro: hasta los milicos más alineados con Washington –Onganía lo era en grado extremo- defendían cierto grado de autonomía de sus “estados nación”. Los delirios globalitarios del capitalismo noventista en los ’60 no eran siquiera imaginables.

Por otra parte, insistía Quihihillalt, en esas tecnologías duales Brasil estaba metido secretamente hasta las verijas. ¿Cómo renunciar unilateralmente a ellas? Comprar uranio enriquecido era comprar la renuncia a todos esos desarrollos y al liderazgo regional.

Lo de Brasil definió. Onganía terminó por carraspear que el uranio natural era la doctrina nacional en materia de centrales, punto. Con ello, goodbye, Uncle Sam. Alguien se había roto los dientes contra un intemperante estado dentro del estado argentino. La vaca sagrada estaba dura.

Claramente, esos trucos sólo podía ejercerlos una agencia dependiente de forma directa del Poder Ejecutivo y con su propia usina de pensamiento (Sábato). Si se compara aquella situación natural que supo tener la CNEA con la actual… Bueno, a no desesperar. Ya llegará la ocasión de revertir esas pavadas.

Es evidente que los muchos que se rompieron un diente tratando de morderla, decidieron: “Si no podés matar una vaca sagrada, enterrala”.

“Jorjón”, sus 12 apóstoles y Canadá

En 1967, descartado el uranio enriquecido, se cayeron 14 de las 17 ofertas recibidas por la Argentina. Fuera de Francia, que se autoexcluyó tras pedirnos un ojo de la cara, sólo se salvaba al parecer el único país alguna experiencia real de centrales PHWR, un rediseño de las PWR para funcionar con uranio natural y agua pesada: Canadá. Los otros dos países con algo que decir en uranio natural eran Alemania, con casi cero kilometraje en la materia (un reactorcito de 50 MW, el MFZR en Karlsruhe), y “la douce France”.

Alemania Occidental en aquel año todavía era un inmigrante reciente en el mundo nuclear. Aún no tenía en línea ni siquiera una PWR común, de enriquecido y agua liviana.  La verdad es que la empresa KWU, entonces independiente de Siemens, se vino aquí en plan caradura, y porque tenía simpatizantes dentro de CNEA.

A Quihillalt le gustaba no poco la tecnología francesa de uranio natural, extrañas plantas llamadas UNGG (Uranium Naturel Graphite Gaz), refrigeradas a gas y moderadas con grafito, algo parecidas a las viejas Magnox inglesas. Tras haberse peleado a tiros con medio mundo árabe (y perdido, ver Egipto, ver Argelia), los franceses habían decidido: “No tenemos petróleo pero sí ingenio”, lo cual es estrictamente verdad. De modo que estaban tratando de nuclearizar su red eléctrica a “velocidad warp” (y lo lograron como ningún otro país). Por lo demás, en estos pagos criollos eran épocas de comprar fierros franceses: la Fuerza Aérea, por ejemplo, se había equipado con los Mirage III a partir de 1965. Francia siempre fue un berretín cultural y tecnológico en la Argentina, el país a imitar (hasta los ’90 al menos).

Pero inesperadamente Madame La République –presionada por los EEUU- retiró su oferta nuclear a la Argentina. Nous nous tirons d’affaire, desolés, nos amis les gauchos. Au revoir! Oh, la la!

Ornstein, que a su visión nuclear añade la naval, cree que los EEUU, ante lo que veían como una intromisión francesa excesiva en Argentina, amenazaron a Francia con no cederle la tecnología para construir los motores nucleares de los futuros submarinos misilísticos franceses de la FOST (Force Oceánique Stratégique).

Para Ornstein, fue una suerte que Francia se fuera con bon vent: tras construir 9 unidades UNGG, el Commisariat de l’Énergie Atomique (CEA) y la empresa Electricité de France (EDF) abandonaron totalmente aquella ingeniería. Tras descartarla, Francia hizo su propia versión del PWR de Westinghouse con una potencia de 900 MW y les salió joya. Ese diseño luego lo estandarizaron y produjeron en serie. Pero la oferta que nos habían hecho de sus UNGG era muy cara, y de haberles comprado una, nos habría dejado en una vía tecnológicamente muerta.

Curiosamente, por la fuerza ciega de las cosas, eso nos terminaría pasando con los alemanes. Nos largarían duros con una tecnología que no tiene nadie más en el planeta. Muy a la larga, eso sí. Pero en 1967 ese futuro no se podía prever.

La definición de un módulo de más o menos 350 MW había matado en el huevo algo que, según Carlos Aráoz, uno de “los Doce Apóstoles de Sábato”, habría sido la primera opción del Jorjón en un mundo ideal y libre de presiones externas: una centralita piloto minúscula, de 25 o 50 MW, de tubos de presión parecida a las canadienses, pero con diseño 100% nacional y componentes locales, salvo el agua pesada. Empezar despacio, desde abajo, con industria propia y sin ataduras externas. Y desde ahí, ir escalando.

Aceptando que el mundo nunca es ideal, Sábato se disciplinaba a la decisión de Illia y aceptaba comprar un fierro importado, pero entendía el negocio nuclear de otro modo: vender tecnología, no electricidad. Le importaba mucho más la formación de recursos humanos y de una industria nuclear privada nacional que el tener muchos megavatios nucleares, o “primerear” a Brasil con una NPP. El Jorjón sigue siendo un tipo tan avanzado que todavía no se lo entiende del todo. Incluso dentro de la CNEA.

Pensamiento apostólico

jorge-alberto-sabato

Jorge Alberto Sábato “Jorjón”

Lo que pensaban el citado “Jorjón” Sábato y sus apóstoles era que el diseño CANDU permite obviar un componente carísimo, difícil de resolver para las metalúrgicas argentinas incluso a fecha de hoy: el recipiente de presión. El año que viene, medio siglo tras aquellas luchas de pasillo de 1967, tal vez IMPSA (Pescarmona) forje el primer recipiente de presión “made in Argentina”, uno relativamente pequeño para la centralita compacta criolla CAREM.

¿Cómo funciona la tecnología canadiense? Sin recipiente de presión. En los 50, cuando nacieron los primeros CANDU, Canadá todavía no podía fabricar ese componente. ¿Qué hicieron en cambio? Los dibujos lo muestran con claridad.

reactor

tubos

La Atomic Energy Commission of Canadá, Limited (AECL) no quería comprarle centrales nucleares ni componentes críticos a sus vecinos del Sur, porque estos suelen olvidarse con alguna frecuencia de que Canadá no es su estado número 52. De modo que AECL simplemente eliminó del diseño ese cacerolón bestial de acero nuclear (aleado con níquel, molibdeno, manganeso, silicio y cromo) y lo sustituyó por centenares de caños de 10 cm. de diámetro de materiales similares. Obviamente, el combo de caños y calandria es más sencillo y barato que una olla a presión gigante en la que cabe una combi.

El esquema de arriba muestra sólo dos tubos, pero una central como Embalse, Córdoba, tiene 380. Los tubos de presión, en las centrales nucleares tipo CANDU, son los canales donde se inserta el combustible. Son componentes de unos 6 metros de longitud, un diámetro de 112 mm y un espesor que ronda los 4,2 mm., de aleación de circonio-niobio,  laminados y extrusados.

Los 380 tubos contienen 12 elementos combustibles modulares, cada uno de 45,5 cm. de largo. Son mazos de túbulos de zircaloy (aleación de circonio con un 2% de niobio) llenos de pastillas cerámicas de dióxido de uranio natural. El conjunto está envuelto por la calandria, muy parecida a la de las viejas locomotoras de vapor. Ésta contiene moderador (agua pesada) a temperatura y presión relativamente bajas, por lo cual la pieza no tiene el grosor ni el peso heroicos de un verdadero recipiente de presión.

 

Los que sí resisten presiones y temperaturas altas son los propios tubos: el agua pesada que los refrigera entra a 270º, sale 300º , y se la mantiene a 112 atmósferas para que no hierva. El agua pesada usada como moderador no se mezcla con la refrigerante, y forma aproximadamente 1/3 del volumen de este insumo crítico.

Justamente, lo que encarece una CANDU es el costo de los centenares de toneladas agua pesada que usa en ambas funciones, como refrigerante y moderador. Pero a la hora de las sumas y restas, el costo total de la central baja mucho, a igualdad de potencia, si se lo compara con el diseño alemán. Y el ahorro básico se hace eliminando el recipiente de presión.

Fuera de estas diferencias en el “Steam Generation System” (SSS), el resto de la planta es muy parecido al de una PWR cualquiera, incluso en el edificio de contención de gran volumen, hecho de concreto reforzado, que envuelve todo el primario y parte del secundario. Un CANDU 600, como el de Embalse, en Córdoba, tiene un primario con 4 “loops” y 4 generadores de vapor.

El nombre “moderador” logra engañar al lego con todo éxito. El moderador en realidad estimula la reactividad nuclear, “la fogonea”, diría un periodista político. Y es que al bajarle la velocidad promedio a los neutrones (“moderarlos”), incrementa su capacidad de ser capturados por los núcleos de uranio 235, y fisionarlos.

Con un combustible más bien anémico, como el uranio natural, el agua liviana es bastante inútil para moderar. Se necesita agua pesada, cuyos átomos de deuterio tienen el aditamento de ese neutrón del que carece el hidrógeno común. Tras un promedio de 29 o 30 impactos sucesivos contra átomos de deuterio, el neutrón demasiado veloz perdió la mitad de su energía y está “a punto de caramelo” para ser capturado por otro átomo de uranio 235, en lugar de rebotar tontamente contra el mismo.

Al tragarse un neutrón lento, el U235, ya de suyo inestable, enloquece y se rompe (es decir fisiona) “al toque”, lo cual libera en promedio otros 3 neutrones a moderar. El control de la reacción se logra del mismo modo que en una PWR, con barras de cadmio que se calan para “frenar” el reactor, o se retiran “para picarlo”.

El agua pesada es 80 veces más moderadora que la liviana. En otros diseños de otros reactores a uranio natural el moderador puede ser grafito ultrapuro, difícil de fabricar pero mucho más barato que el agua pesada. Sin embargo, es incendiable en caso de desastre (ver Chernobyl). No tenga uno de esos en su casa.

Fumigado el peligro yanqui, Jorjón y sus apóstoles empezaron a sondear a Canadá por la compra de uno o dos CANDU 200. Era una tecnología con kilometraje comercial incipiente, lo que podía suponer “problemas de dentición” todavía ocultos. Dos CANDU 200 estaban en línea en Douglas Point, Kincardine, Ontario desde 1965. Y efectivamente, según la información de 1967, andaban aceptablemente aunque con problemas “de plomería” (pérdidas de agua pesada).

Luego en la India, otras dos unidades similares (RAPP1 y RAPP2) tuvieron problemas de materiales: los tubos se alargaron y “pandearon”, y hubo que reentubarlas. Los canadienses, con su imagen comercial en juego, se hicieron cargo. Y a la larga a ellos les sucedió lo mismo con sus dos centralitas en Douglas Point.

La decisión por “el fierro” de KWU nos salvó de pagar este costo escondido. Cuando como argentinos volvimos a tratar con Canadá, en 1974, esos problema ya habían  sido resueltos. Tuvimos buena suerte.

Si el desarrollo metalúrgico de la argentina hacía posible ir llegando a una CANDU 100% nacional, Canadá no lo impedía. Pero además daba otro plus: en aquella época dorada, anterior al 18 de mayo de 1974, el país de la hoja de arce todavía le hacía un corte de manga frontal a la doctrina estadounidense de no vender salvo bajo salvaguardias “full-scope”. Los canadienses se pasaban dicha idea “por el arco del triunfo” (influencia de la colonización francesa en Quebec, sin duda), y los EEUU se lo tenían que bancar.

Canadá, por ende, vendía sus centrales sin mencionar siquiera el TNP (Tratado de No Proliferación), descripto crudamente en 1968 por el embajador radical José María Ruda ante OIEA como “el desarme de los desarmados”.

Con fierros “sexy”, precios bajos y una política libre de tratados apestosos, los vendedores de la AECL (Atomic Energy Commission of Canada Limited) eran recibidos como realeza en China, la India, Argentina, Pakistán, Corea y Rumania y –por supuesto- la India, países con proyectos independientes.

Si tales compradores insistían en fabricar sus propios combustibles, la AECL daba todas las especificaciones técnicas. Lo mismo para los tubos de presión, los generadores de vapor, y a la larga, todos los componentes críticos. Es más, los canadienses organizaron a todos sus clientes en el COG o Candu Owners Group, para que los propietarios intercambiaran libremente objeciones, chismes, quejas y consejos operativos. A la AECL esto le significaba aprovechar a fondo la experiencia de sus compradores para mejorar lo que les tratarían de vender a continuación. Ni un pelo de bobos, los canooks.

Como resultado de la viveza comercial y la calidad tecnológica canadiense, hoy hay 29 CANDUS activas en Canadá, Argentina, Rumania, Pakistán, la India, China y Corea del Sur. Y a eso, añadirle 13 “CANDUCHAS”, o CANDU truchas que la India construyó por su cuenta después de 1974, cuando Canadá rompió relaciones comerciales con ese país asiático.

candus

4 respuestas a Argentina Nuclear, 2016 – XXX: En el Día de la Soberanía

  1. Gracias, gracias, gracias, Abel. Sobre estos años no tenía ni idea. Fascinante! Tu pequeña dosis de optimismo viene muh bien en esta horrible coyuntura.

  2. Ale dice:

    La saga es suprema. Casi te diría que sigue el estilo folletín de Dumas!! Siendo químico (repatriado x la shegua) te felicito x las descripciones técnicas…son muy buenas y te revelan como un excelente divulgador. Voy a tomar ciertos elementos paea mos clases! Juntaría estas notas junto al libro de Diego Hurtado y al de Mariscotti.

    Abrazo

  3. Miguel dice:

    No sé si lo siguen muchos lectores pero es realmente interesante, gracias Abel por publicar y a Daniel por escribir esta apasionante saga. Saludos a todos.

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