Argentina Nuclear, 2016 – XXVII: la experiencia de México

Hubo minoritarios pero sentidos reclamos por la interrupción de la saga “Argentina Nuclear”. Es que nuestras internas y la elección en EE.UU. reclamaron mi tiempo y (pocas) neuronas libres. Ahora retomamos, donde culmina este tramo en que Daniel Arias compara con el camino que nosotros tomamos para el desarrollo de esta tecnología las otras dos experiencias en Latinoamérica. Para extraer lecciones.

Hemos leído sobre los problemas de los brasileños (después del 3 a 0, se merecen cualquier cosa). En este capítulo 27°, leemos sobre México. Y, para compensar el hiato, en pocas horas subo el 28°, con las conclusiones del caso.

Las pinches centrales sobre el Golfo

 centrales-nucleares-mexicanas

Laguna Verde I y II. ¿Están realmente tan elevadas sobre el nivel del mar?

A fines de los 60, mientras la CNEA hacía lo imposible por rechazar toda presentación estadounidense, en México, la General Electric se logró adjudicar Laguna Verde, con dos centrales gemelas, en línea desde 1990 y 1995 respectivamente.

México compró ambas “llave en mano”. Para el país, pese al nivel alcanzado en Física por la Universidad Nacional (UNAM), son sólo un enchufe. Y hoy, uno menor.

Las de Laguna Verde son BWRs (Boiling Water Reactors) Mk-5 pero contenciones Mk-2, cuya forma es abotellada, volumétricamente menos impresentable que la de las Mk-1. Aún así, son edificios exiguos en relación a la potencia térmica del núcleo, y por eso más inseguros que cualquier PWR (Pressured Water Reactor) respetable, sea Westinghouse, Siemens-KWU, Aréva, VVER de Rosatom y marcas emergentes, cuyas contenciones suelen ser grandes.

Para refrescar pesadillas, fueron GE Mk-1 (un modelo más viejo) las cuatro que se fundieron, explotaron e incendiaron en Fukushima, básicamente por su pobreza de defensas pasivas y activas frente a inundaciones. El asunto es que entre tales deficiencias de diseño estaba esa maldita contención abotellada.

El Golfo es zona de huracanes y con el cambio climático estos se vuelven más frecuentes y peores, así como ha venido creciendo la altura media mundial del mar debido al derretimiento de los hielos polares. Todo esto incrementa los máximos de los “storm surges”, u mareas de tormenta del Caribe. Un estudio de Kerry Emanuel, del Massachussets Institute of Technology, y las conclusiones de cada reunión del Panel Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático dicen lo mismo.

Cualquier obra hecha con datos meteorológicos anteriores a 1970 está subdimensionada en sus defensas pasivas y activas frente a eventos extremos, porque aquel año el cambio climático empezó a hacer rampa.

En el Golfo el año 1995 marca la entrada en otra etapa más violenta. Los huracanes de grado mayor a 3 en la escala Saffir-Simpson son más frecuentes: en 2005 solamente, Katrina, Rita y Wilma causaron daños por más de U$ 200 mil millones, y en 2013 Sandy, sin ayuda de otro huracán, causó U$ 65.000 millones, y saliendo del Golfo, atacó New York con su “storm surge” e inundó los subtes, una red de más de 400 km. de túneles. Jamás había sucedido. Se creía que “The Big Apple” a lo sumo debía vérselas con dos tormentas como Sandy por siglo, pero el NOAA (Administración Nacional del Océano y la Atmósfera) ahora cree que la ciudad enfrentará un monstruo de estos CADA DOS AÑOS.

El gráfico de Emanuel es bastante elocuente.

tormentas

Nadie discute si se pueden poner centrales nucleares en la costa del Golfo. Sí se puede. Las preguntas son cuatro: ¿a qué altura sobre el mar, con qué defensas perimetrales contra las mareas de tormenta, a qué altura están los generadores para refrigerar el núcleo en caso de apagón, y cuántos serán?  Tales preguntas en 1970, con ideas erradas acerca del clima por venir, tenían otras respuestas.

Pero en Laguna Verde habría otro problema poco mentado: cuando se construyeron, las costas norteamericanas orientales se suponían libres de riesgo de tsunamis, pese a la alta sismicidad de México y las islas del Caribe. Y sin duda, comparadas con la costa mexicana occidental, las del Atlántico parecen libres de maremotos.

Eso quedó en duda 1999, cuando el geofísico Steven Ward, de la Universidad de California, y el geólogo Simon Day, de la Universidad de Cambridge, publicaron sus primeros informes sobre el riesgo de derrumbe de la frágil falda occidental del volcán Cumbre Vieja, al sur de la isla de La Palma, en el archipiélago de las Canarias. Eso es a unos 350 km. de la costa marroquí. Cuate lector: me lo imagino pensando: “No mames, cabrón. Eso está lejísimos del mero Golfo”.

Y es que en oceanografía no existe el “lejísimos”. El tsunami de 2004, con sus casi 230.000 muertes, sucedió en el Océano Índico cerca de las costas de Sumatra, y mató gente y destruyó edificación e infraestructura en 11 países costeros, algunos distantes casi 6000 km., en África Oriental. Laguna Verde está a 7900 km. del Cumbre Vieja. OK, es más lejos. ¿Pero lo suficiente?

En los sucesivos modelos de Ward y Day, la cantidad de material derrumbado y propagación de onda a través del Atlántico tienden a generar un tsunami que llegaría a las costas americanas en aproximadamente 6 horas, en forma de trenes de sucesivas olas de 30 metros de altura, abarcando un frente que va desde los EEUU hasta el norte sudamericano. En aguas someras, como las del Golfo, el oleaje podría ser aún más alto.

Por cierto, Day y Simon han sido impugnados por otros expertos, pero se mantienen en sus trece y según publicaciones, su hipótesis ha ido ganando más tracción que resbalones entre los colegas.

Las autoridades nucleares mexicanas no parecen alarmadas. En 2012, a un año del pifostio de Fukushima, causado por olas de tsunami de 13 metros de altura, la Secretaría de Energía presentó ante OIEA un informe según el cual el complejo nuclear mexicano está lo suficientemente alto respecto del mar, tiene fuentes de agua para refrigerarse en emergencia, y presentó una cantidad de nuevas normas de procedimiento que aparentemente resuelven cualquier problema. Pero de elevar el murallón perimetral de las dos centrales, algo tan elemental pero que habría cambiado la historia en Fukushima, ni una palabra.

Ante todo, las autoridades nucleares mexicanas son apenas un apéndice de la Comisión Federal de Electricidad. Nunca tuvieron suficiente autoridad en el tótem estatal. De vuelta al inicio: México entiende fundacionalmente el átomo como un enchufe que se compra, no como una fuente de tecnología que se piensa, y menos aún, que se exporta.

Y no es un enchufe grandioso: ambas centrales suman 1625 MW instalados. En 2002, con un factor de disponibilidad del 80%, eso daba el 5% del consumo eléctrico, que para el 2030 se habrá reducido al 2%. México, especialmente su frontera norte, literalmente flota sobre petróleo, tanto convencional como “shale”. Los mexicanos tienen 12.400 millones de barriles de buen crudo asegurados, y son el 7mo productor mundial.

El gobierno mexicano admite que para reducir su considerable “huella de carbono” y cumplir compromisos internacionales, necesitarían un 28% de núcleoelectricidad, de 8 a 10 centrales. Las compraría “llave en mano”, ya que no es una tecnología que domine o les interese grandemente dominar. Por lo bajo, eso da U$ 53.000 millones. Los coreanos, locos de interés.

Pero pueden esperar sentados. Los mexicanos son el emisor número 14 de carbono en la lista de países. El país emite tanto carbono como toda la aviación mundial: 456 millones de toneladas de C02 en 2014. Mientras no existan impuestos internacionales al carbono emitido, ¿para qué chingados emputarse con los pinches ecologistas, manito?

Una respuesta a Argentina Nuclear, 2016 – XXVII: la experiencia de México

  1. Gracias, Abel. Aunque no té había reprochado nada, yo también estaba extrañando esto. Pero que pinche lamentable lo de México. Ay. Buenísimo el humor negro mejicanés. Abrazo

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