Trump y el populismo

trump

Hace dos semanas leí en Foreign Affairs -una publicación para el establishment global, si las hay- un artículo del profesor de Historia Estadounidense en la Universidad de Georgestown, Michael Kazin, co-editor de la revista Dissent. Un intelectual del establishment norteamericano (ala liberal, o progre). El título: “Trump y el populismo estadounidense. Viejo vino en botellas nuevas“.

Muy interesante. Pero no tuve tiempo de traducirlo para el blog. Por suerte el amigo Arreguine, cordobés y astrónomo, me acercó una traducción en ¡ Urgente 24 ! (Con Víctor estamos de acuerdo en que Internet es una biblioteca infinita, en la que en el mismo tomo se pueden encontrar operaciones, delirios y material valioso).

La corregí (muy poco) y aquí está la primera parte. Igual es largo, pero un domingo a última hora puede ser un buen momento para leer. Si no, márquenla para hacerlo. Ayuda a entender la política norteamericana. Y también algo de la política, en general.

Donald Trump es un populista inverosimil. El nominado republicano para presidente de USA heredó una fortuna, presume de sus riquezas y de sus muchas propiedades, se traslada entre sus exclusivos resorts y hoteles de lujo, y ha adoptado un plan económico que, entre otras cosas, recortaría las tasas de impuestos para las personas adineradas como él. Pero un político no tiene que vivir entre gente de recursos modestos, o incluso ofrecer políticas que puedan incrementar sus ingresos para expresar sus quejas y obtener su apoyo. Gane o pierda, Trump ha tocado una profunda vena de descontento y resentimiento entre millones de trabajadores blancos de clase media estadounidense.

Trump es, difícilmente, el primer político en atacar a las élites y defender los intereses de la gente común: dos diferentes tradiciones populistas que han prosperado en USA. A veces compitiendo entre sí. Los expertos generalmente hablan de populistas del “ala izquierda” y populistas del “ala derecha”. Pero esas etiquetas no capturan las distinciones más significativas.

El primer tipo de populismo estadounidense dirige su ira exclusivamente hacia arriba: élites corporativas y sus lobbyistas en el gobierno, que supuestamente han traicionado los intereses de los hombres y mujeres que hacen el trabajo esencial de esta nación. Estos populistas abrazan una concepción de “el pueblo” basada en una clase socioeconómica / cultural y evaden identificarse en favor o en contra de cualquier grupo étnico o religioso en particular.

Pertenecen a la corriente liberal (en el sentido estadounidense de la expresión) en la vida política estadounidense, avanzan hacia una versión de “nacionalismo cívico”, que el historiador Gary Gerstle define como “la creencia en la igualdad fundamental de todos los seres humanos, en todos los derechos inalienables de los individuos a la vida, libertad, y búsqueda de felicidad, y en un gobierno democrático que deriva su legitimidad del consentimiento del pueblo”.

Los adherentes a la otra tradición populista estadounidense -a la cual Trump pertenece- también culpan a las élites de grandes empresas y gobiernos por socavar los intereses económicos y libertades políticas de la gente común. Pero esta definición de “el pueblo” es más angosta y étnicamente más restrictiva. En la mayor parte de la historia estadounidense, significaba que sólo ciudadanos con herencia europea -“estadounidenses verdaderos”- tenían una pertenencia étnica que les daba derecho a cobrar una parte de las recompensas del país.

Generalmente, esta raza de populistas alega que existe una alianza nefasta entre las fuerzas del mal en lo alto y los pobres indignos de piel negra en lo bajo; una conspiración que pone en peligro los intereses y los valores de la mayoría (blanca) patriótica, ubicada en el medio. La sospecha de un pacto no escrito entre lo más alto y lo más bajo deriva de una creencia que Gerstle llama “nacionalismo racial, una concepción de USA en términos etno-racistas, al estar la gente unida por sangre y color de piel común y por una aptitud heredada para auto-gobernarse”.

Ambos tipos de populismo estadounidense han ganado, de tiempo en tiempo, influencia política. No surgen al azar. Se levantan en respuesta a agravios verdaderos: un sistema económico que favorece a los ricos, el miedo a perder el trabajo ante los nuevos inmigrantes; y desconfianza con los políticos a quienes les importa más su propio avance que el bienestar de la mayoría. Al final, la única forma de atenuar su atracción es tomando en serio esos problemas.

Populistas, pasado y presente en EE.UU.:

El populismo ha sido un concepto ambiguo y disputado. Los investigadores debaten si es un credo o un estilo o una estrategia política o una estrategia de marketing o alguna combinación de las anteriores. Los populistas son elogiados como defensores de los valores y necesidades de la mayoría trabajadora, y condenados como demagogos que se alimentan de la ignorancia del inculto.

Pero el término “populista” solía tener un significado más preciso. En 1890 los periodistas que sabían latín, acuñaron la palabra para describir a un gran tercer partido, el ‘Partido del Pueblo’ (People’s Party) que articuló la tensión progresiva, cívica y nacionalista del populismo estadounidense. El ‘Partido del Pueblo’ buscaba liberar al sistema político de la influencia del “poder del dinero”.

Sus activistas, la mayoría de los cuales venían del Sur y el Oeste estadounidense, mantenían un interés común ya fuese en el trabajo rural como urbano, y arremetieron contra los monopolios en la industria y las altas finanzas que buscaban empobrecer a las masas. “Buscamos reinstalar el Gobierno de la República en manos de la ‘gente común’ por las cuales se originó”, exclamaba Ignatius Donnelly, un novelista y ex congresista republicano, en su discurso principal en la Convención de fundación del partido, en Omaha en 1892.

El nuevo partido buscaba expandir el poder del gobierno central para servir a aquella ‘gente común’ y humillar a sus explotadores. Ese mismo años, James Weaver, un populista nominado para Presidente, ganó 22 votos para el colegio electoral, y el partido parecía preparado para tomar el control de varios estados en el Sur y en el Medio Oeste. Pero cuatro años después, en una dividida convención nacional, una mayoría de delegados respaldaron al candidato Demócrata, William Jennings Bryan, quien adoptó algunas de las principales propuestas del ‘Partido del Pueblo’, tal como una oferta flexible de dinero basada en plata y oro (en ese tiempo estaba vigente el patrón oro).

Cuando Bryan, “el Gran Comunero”, perdió la elección de 1896, el partido declinó rápidamente. Su destino, tal como el de la mayoría de los terceros partidos, era como el de una abeja, tal como el historiador Richard Hofstadter escribió en 1955: “Una vez que picó al ‘establishment’ político, muere“.

El senador Bernie Sanders ha heredado esta tradición de retórica populista. Durante la campaña 2016 para la nominación presidencial demócrata, él se sublevó en contra de la clase “millonaria” por traicionar la promesa de la democracia estadounidense y demandaba un salario mínimo de US$ 15 la hora, asistencia médica para todos, y otras reformas económicas progresistas. Sanders se llamaba a sí mismo un socialista y ha aclamado a sus seguidores como la vanguardia de “la revolución política”. Sin embargo, todo lo que en realidad el reivindicaba era una ampliación del ‘Estado de Bienestar’, similar a la que ha prosperado en Escandinavia.

La otra cepa de populismo -del tipo nacionalista racial- emergió al mismo tiempo que el ‘Partido del Pueblo’. Ambos surgieron de la misma alarma cuando surgían las grandes fortunas (Rockefeller, Carnegie,…) por la creciente desigualdad entre corporaciones no reguladas e inversores vs. trabajadores comunes y granjeros. A fines del siglo 19 y principios del 20, los defensores de esta cepa de pensamiento usaban apelaciones xenofóbicas destinadas a presionar al Congreso para prohibir a todos los trabajadores chinos y la mayoría de los trabajadores japoneses, inmigrantes en USA.

Estadounidenses blancos, trabajadores de clase media, algunos de los cuales pertenecían a sindicatos, dirigieron este movimiento y constituyen el grueso de sus simpatizantes. “Nuestros hombres adinerados… se han reunido bajo el estandarte de los millonarios; el banquero y el latifundista, el rey de los ferrocarriles y el falso político, para efectuar sus propuestas”, proclamó Denis Kearney, un pequeño empresario de San Francisco que tenía un especial don para la retórica incendiaria, fundador del “Partido Obrero de California” (WPC eran sus siglas en ingles, por Workingmen’s Party of California), en 1877.

Kearney denunció que una “aristocracia rechoncha… rastrilla los barrios más bajos de Asia para encontrar al más humilde de los esclavos del mundo -el coolie chino- y lo importa para que se mezcle con hombres los libres de USA e inunde su mercado laboral, y seguir ampliando la brecha entre los ricos y los pobres, degradando aún más el trabajo blanco”.

Blandiendo el eslogan “¡Los Chinos deben irse!” y demandando una jornada laboral de ocho horas y trabajos para los desempleados en las obras públicas, el partido creció rápidamente. Apenas unos pocos activistas blancos objetaron esta retórica racista. El WCP ganó el control de San Francisco y de varias ciudades más pequeñas y jugó un rol importante en reescribir la Constitución de California para excluir a los chinos y establecer una comisión que regulara el Ferrocarril Pacífico Central, una fuerza titánica en la economía del estado.

Pronto, sin embargo, el WCP fue dividido por conflictos internos: la facción de Kearney quería mantener el ataque contra “la amenaza” china, pero muchos sindicalistas de base querían concentrarse en las demandas de jornadas laborales más cortas, trabajos en el Estado para los desempleados, y mayores impuestos a los ricos.

Sin embargo los activistas populistas y políticos que tomaron el molde de Kearney lograron una gran victoria. En 1882, convencieron al Congreso de aprobar el acta de exclusión china; la primera ley en la historia de USA que prohibió el ingreso al país a miembros de una específica nacionalidad.

Dos décadas después, activistas del movimiento obrero de California lanzaron una nueva campaña para presionar al Congreso de prohibir la inmigración japonesa. Su motivación primaria hace eco en la amenaza que Trump anticipa acerca de las naciones musulmanas hoy en día: los inmigrantes japoneses -presumían muchos trabajadores blancos-, eran espías del emperador de su país, quien estaba planificando ataques a USA. Los japoneses “tienen la astucia de un zorro y la ferocidad de una sangrienta hiena”, escribió en 1908 Olaf Tveitmoe, un sindicalista de San Francisco, quien era un inmigrante noruego.

Durante la 2da. Guerra Mundial, tales actitudes ayudaron a legitimar el traslado forzoso, a cargo del gobierno federal, de unos 112.000 japoneses, la mayoría de los cuales eran ciudadanos estadounidenses.

En los años 1920, otro predecesor del estilo de populismo de Trump se levantó, cayó, y dejó su marca en la política de USA: el Ku Klux Klan. Medio siglo atrás, el gobierno federal había aplastado la primera encarnación del KKK, que usaba el terror para impedir a hombres y mujeres negros en el Sur de la Reconstrucción el ejercer sus nuevas libertades ganadas.
En 1915, el pastor metodista William Simmons lanzó la segunda fase del grupo. El 2do. KKK atrajo a miembros de toda la nación. Y no sólo trataron de impedir a africanos estadounidenses ejercer sus derechos constitucionales bajo las enmiendas 14ta. y 15ta. En los años ’20, también alegaron que grandes intereses de la industria licorera estaban conspirando con contrabandistas católicos y judíos para socavar otra parte de la Constitución: la por entonces reciente ratificada 18va. enmienda, que prohibía la manufactura y venta de bebidas alcohólicas.

“La banda licorera, enojada, vengativa y anti-patria; está buscando destronar a la mayor autoridad en nuestra tierra”, afirmó “The Baptist Observer”, un diario pro-KKK en Indiana, en 1924. “Ellos pueden contar con los matones, los ladrones, los extranjeros que aman el whisky, y con el ciudadano indiferente para que les ayude a ganar… ¿Pueden contar con vos?”.

Tal como sucedió con el partido de Kearney, el 2do. KKK también colapsó pronto. Pero con casi 5 millones de miembros en su punto más alto, a mediados de los ’20, el Klan y sus aliados políticos ayudaron a presionar al Congreso para pasar de estrictas cuotas anuales de inmigrantes del este y sur de Europa a un régimen de unos pocos cientos por nación en 1924. El gobierno revocó este absurdo y discriminatorio sistema recién en 1965.

Tal como estos anteriores demagogos, Trump también acusa a las élites globales de promover “fronteras abiertas”, la cual supuestamente permite a los inmigrantes quitarle trabajos a los trabajadores de USA y derribar sus estándares de vida. El candidato republicano ha sido bastante específico en cuanto a cuáles grupos representan el mayor peligro. Él acusó a los mexicanos por ingresar a USA el crimen, las drogas y la violación a una nación pacífica y obediente de las leyes; y a los inmigrantes musulmanes por favorecer “los horrendos ataques a cargo de personas que creen sólo en la yihad, y no tienen respeto por la vida humana”; supuestamente una cruda verdad que ha ignorado la administración “políticamente correcta” de Obama.

(Continuará)

3 respuestas a Trump y el populismo

  1. Casiopea dice:

    Es decir, los demagogos pueden ser de izquierda o de derecha, racistas o no, pero curiosamente tienen arrastre en momentos en que las así llamadas “elites” dan a la ciudadanía sobrados motivos de indignación que ellos se encargan de exaltar hasta el paroxismo, como es el caso de Trump. También es el caso de Bernie Sanders, que tiene seguidores mucho más militantes y convencidos que Hillary, aunque haya perdido la interna. Los dos señalan (Trump con una desvergüenza que asombra), puntos muy oscuros del sistema. Bernie tiene razón cuando habla de la socialización de pérdidas y privatización de ganancias. Y Trump no se equivoca cuando apunta a la pérdida de empleos industriales, más allá de que su promesa de recuperarlos sea una mentira en el mediano plazo. Todo se basa en señalar un problema real y proponer una solución que aborda el problema pero no tiene en cuenta las consecuencias no deseadas de esa “solución”. Es por eso que existe algo tan espeluznante como la Venezuela de hoy, por solo poner un ejemplo que va a quedar en los libros de historia. I rest my case.

  2. Daniel Eduardo Arias dice:

    Desde el siglo XIX a la fecha, EEUU nunca se planteó homogeneizar a muchísimas y variopintas oleadas de inmigrantes con los llegados 10 o 20 años antes, ya sintiéndose “natives”.

    Y es que, ganada la Guerra Civil y asegurado el control del sur esclavista, rural, librecambista y pro-británico, no había minoría alguna -especialmente europea- entre las que iban arribando capaz de concentrarse en tal o cual estado y plantear una amenaza secesionista. Por eso, EEUU jamás tuvo que apelar a algo conceptualmente tan revolucionario como nuestra ley de educación estatal, obligatoria, laica y gratuita Nro. 1420.

    Aquí un conservador grave como Roca la tomó del programa político de su enemigo, DF Sarmiento, para garantizar que la recién unificada Italia no se viniera a hacerse una colonia en la provincia de Buenos Aires. Por los mismos motivos (muchísima inmigración italiana), los uruguayos construyeron también un sistema de educación público de la gran siete.

    Y los sistemas públicos de educación, sobre todo si son de calidad como el que supimos tener y perder, son formidables homogeneizadores.

    Aquí nuestro racismo hasta 1930 fue siempre cosa de tilingos: fuera los judíos, centroeuropeos y marxistas (Semana Trágica). Se empezó a hacer de clases medias debido a que a partir del ’30 el NEA y en mayor medida el NOA literalmente se vaciaron de población rural que terminó haciendo campamento alrededor de nuestras pocas megalópolis. Y desde el ’40 en adelante, el sistema público de educación estaba dirigido por nazionalistas (con z) católicos que lo querían desmontar desde que se creó, y que lo fueron desfinanciando.

    Pero la historia anterior nos diferenció bastante de los EEUU, donde volverse racista y xenofóbico, en una sociedad que tiende a ser un “patchwork” de orígenes geográficos y étnicos mucho menos asimilados a “la cultura común” (whatever that may mean) siempre paga en política. Especialmente, cuando los puestos de trabajo migran a China y los desocupados latinos tratan de hacer lo mismo a los EEUU.

    Con el nivel educativo medio tan bajo de la mayor parte de la población yanqui, no le cuesta nada al pato Donald Trump hacerle creer a un viejo ex-laburante de la Ford, en esa ciudad fantasma que hoy es Detroit, que su desocupación la causó un mexicano. De esos que llenaron la ciudad, porque el precio de la propiedad inmueble se hizo puré en los últimos 20 años.

    En realidad, diez trabajos como los de ese laburante automotriz se los dieron a un único chino en China. Que trabaja como un chino. y se muere bastante rápido por la sobrecarga de trabajo y la contaminación ambiental.

    Se ha vuelto una linda porquería el mundo. Y no es que antes fuera tan lindo.

    Pero la historia de los USA está llena de Trumps. Los hubo siempre. Y no sólo en intentos de terceros partidos, sino dentro del Republican Party y también del Democrat Party.

    Me sorprendió, sin embargo, enterarme de que un país todavía poco poblado, como los USA de la época de Elliot Ness, tenía 5 millones de adherentes en el Ku Klux Klan.

    I hereby rest my case too, Your Honour.

  3. […] de eso, quiero acercarles la segunda y última parte del artículo de Michael Kazin que empezó aquí. El profesor Kazin es un miembro de esa élite intelectual, liberal y cosmopolita, que el populismo […]

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