Argentina Nuclear, 2016 – XIX

Esta saga -vamos por el capítulo 19, con precuelas y anexos (en tu cara, Han Solo!)- se inició en el marco de un esfuerzo aventurado, hasta quijotesco: que un argentino tenga la Dirección General de la OIEA, Organización Internacional de Energía Atómica (Es aventur. y quijot. no por la oposición de oscuras fuerzas externas. Es la inacción de nuestro gobierno. No es el único caso).

Igual, compruebo que tiene un público minoritario pero fiel entre los lectores del blog. Supongo que suma a los que se interesan en los temas científicos, o en lo que hizo el Estado argentino en otros tiempos. O que, como el autor, Daniel Arias, y yo pensamos que la industria nuclear no es sólo proveedora de electricidad, sino de tecnología estratégica.

El átomo en tiempo de Illia… y de Onganía

asume-ilia

El presidente Arturo Illía, y en el mismo auto, a derecha, el fúnebre y futuro dictador Juan Carlos Onganía, tal vez ya barruntando como bajar del auto a don Arturo.

Aquel año 1965, en estas pampas entonces trigueras y vacunas, el PBI crecía bonitamente y en consecuencia el presidente radical Arturo Illia había decidido que se erigiera una planta nuclear de alrededor de 550 MW. Para no despilfarrar dinero y potencia en largas líneas de alta tensión, la planta estaría en el centro mismo del área de mayor aumento de consumo proyectado. Eso daba Lima “o por ahí”, a 160 km. de Buenos Aires sobre la ruta 9 a Rosario. Se expropiaron campos de los Atucha, lo cual –más de medio siglo después- ya definió el nombre de dos centrales y tal vez de más.

Aquella potencia eléctrica, 550 MW, entonces daba para cubrir la demanda de la Capital Federal, el área del Litoral hasta Rosario y buena parte del conurbano norte porteño. Ante la inminente compra, los bandos de Jorge Sábato, con sus 12 apóstoles, y los seguidores de Jorge Cosentino ya se habían escindido.

El grito de guerra de los Sabatianos era: “¡Lo hacemos nosotros!”, y el de los segundos: “¡Transferencia de tecnología!”. Sobre esto, más información en siguientes capítulos.

No pretendo siquiera tratar de ser objetivo, oh lector. Soy sabatiano. Lo cierto es que, divididos los ángeles en el cielo nuclear, peleaban como demonios por apropiarse de esa central. Pero primero tuvieron que cerrar filas espalda contra espalda, porque tenían bravos enemigos afuera de casa.

La batalla contra ajenos empezó por una victoria pírrica de la Secretaría de Energía (y en buena medida también la plana mayor de la empresa eléctrica metropolitana SEGBA).  Hablo de gente de pensamiento petrolero: querían centrales térmicas que pudieran entender y manejar, no nucleares fuera de su dominio intelectual y administrativo.

El bando térmico-petrolero logró bajar en casi 200 megavatios el “share” de potencia instalada destinado a la CNEA, pero ésta dio más lucha de la esperable y el club del fuel-oil se fue gruñendo con un ojo a la funerala. No se lo esperaban. Zanjada la discusión por Illia, a los chicos atómicos les quedaban 350 MW. Hoy parece poco, pero en 1965 era mucho, si pensamos en el contexto de una red eléctrica nacional de apenas 4000 MW como la de entonces. Atucha I sería durante años la máquina puntual más potente de todo el sistema.

Illia, y como él todos los partidos, cenáculos, corporaciones y concentraciones de poder civil y militar en la Argentina, habían defendido el derecho de la CNEA a dar electricidad. Entendían casi como artículo de fe que tener megavatios nucleares iba a darle a la Argentina progreso tecnológico y prestigio regional. En la región, la movida argentina aceleró la toma de decisiones en Brasil y México, donde había una base de recursos humanos e industriales relativamente comparable. Pero como se verá después, cada país siguió opciones diferentes, en contextos políticos muy distintos y con resultados muy extraños.

Respecto de la entrada de los nucleares argentinos al campo eléctrico, las venganzas posteriores de la Secretaría de Energía serían muy taimadas y casi letales, pero ésa es otra historia. Significativamente, los sucesivos intentos de destrucción del Programa Nuclear vistos desde 1983 empezaron por derribar a la CNEA de su dependencia directa del Poder Ejecutivo Nacional y subsumirla en secretarías o niveles aún inferiores de diversos ministerios como Educación, alguno difunto reciente, como Planeamiento. Hoy, se dirige desde una subsecretaría del nuevo Ministerio de Energía.

Esto significa que tipos tan distintos como Perón, Illia, Lanusse, el innombrable Videla o Alfonsín consideraron el átomo como lo que es: un asunto estratégico. Pero desde entonces quienes siguieron lo ven unos como una pesada herencia, o como un obsoleto cinturón de castidad que impide las relaciones carnales plenas con los EEUU, y los menos malos, como un generador portátil para paliar apagones.

Nadie parece entender que el negocio nuclear real no es la electricidad, sino la tecnología, que por ser tan dual, es estratégica siempre. Y desde tan abajo del tótem federal, es imposible gestionar iniciativas que no pueden sino ser estratégicas, capaces de cambiar el destino de nuestro país –y de otros- para bien o para mal, llenas de ramificaciones y opciones “perplejas”, habría dicho quizás Borges. ¿Se hace tal o cual central? ¿De qué módulo? ¿En qué provincia? ¿Con qué combustible? ¿Se exporta esta u otra planta a tal o cual país? Son asuntos de estado o entre estados-nación, no de compañías. Con su caída en el tótem estatal, el viejo “Planeta CNEA” pasó de ser Júpiter a un asteroide.

El 25 de junio de 1966, después de que el general Juan Carlos Onganía derribara al presidente Illia (el muy desacatado se negaba a obedecerle), aclaró en los meses sucesivos, mediante broncos carraspeos de prensa, que pensaba quedarse indefinidamente de primer mandatario. Un poco como su modelo, el Caudillo de España por voluntad de Dios, generalísimo Francisco Franco. Las presidencias de Sudamérica se habían ido llenando de cuarteleros bigotudos de similar calaña, fogoneados por el miedo del Departamento de Estado de que los sudacas nos hiciéramos todos comunistas y ateos. Y barbudos. Y cubanos.

El onganiato recibió ofertas en carretilla para la central de Lima, pese a que la alarmada CNEA, dispuesta a no perder el control de su área, había perpetrado un pliego de licitación draconiano.

Nada de financiación del Banco Mundial, del FMI ni de niño muerto: el que ofertara, tenía que poner su propia tarasca “upfront” y, construida la planta, ir cobrando a interés bajo el dinero que saldría de la venta de electricidad. Una central nuclear tiene una inversión inicial enorme, y luego costos operativos relativamente bajos de combustible y mantenimiento. La propuesta de la CNEA estaba hecha para espantar oferentes. Otra: debía haber una intensa participación de la industria argentina, para lo cual el SATI haría un relevamiento de quién calificaba, quién no, y con qué componente se anotaba cada cual.

Para sorpresa general, aún con tan tóxica fumigación de restricciones, no se bajó casi nadie y hubo 17 oferentes, a cuál más ansioso. Y por buenas razones: teníamos el desarrollo nuclear independiente más poderoso del mundo, detrás del de la India.

¿Quién se perdería la posibilidad de subirse a semejante tren… aunque más no fuera para abrirse paso hasta la locomotora e imponer sus propios maquinistas?

Con la nuclearización de la electricidad, las cosas aquí en Argentina no salieron exactamente como EEUU tenía “in mente”, por cuestiones de combustible. A diferencia de México y Brasil, elegimos el uranio natural en buena medida para desmalezar el terreno de propuestas yanquis, y abjuramos de las compras “llave en mano” para apropiarnos –hasta donde pudimos, y pudimos bastante- de la tecnología alemana y canadiense, las ofertas alternativas.

Hicimos macanas terribles, pero también tomamos algunas buenas decisiones, y nos fue como nos fue, peor de lo que se esperaba pero no tan mal. Medio siglo más tarde tenemos poca electricidad nuclear, una cantidad desmedida de recursos humanos en relación a la potencia nucleoeléctrica instalada, tenemos el mayor desarrollo de medicina nuclear de las Américas (cuello a cuello con Canadá), hemos logrado dominar durante casi 20 años el mercado mundial de pequeños reactores, y estamos construyendo la planta piloto del CAREM, nuestra primera central de potencia “Nac & Pop”: alguna vez la exportaremos por decenas y tal vez pese en el futuro industrial argentino. País con un destino nuclear rebelde y rigoreado, el nuestro, pero en comparación, menos desafortunado, más interesante y con un futuro enigmático pero más promisorio que el de los otros dos ejemplos latinoamericanos.

5 respuestas a Argentina Nuclear, 2016 – XIX

  1. Capitán Yáñez dice:

    ¡Oia! “Lo hacemos nosotros” vs. “transferencia de tecnología”… Me suena. A Cavallo mandando a los investigadores a lavar los platos… me suena. Cavallo, el que en estos días es -según El Cronista ése vómito de la “ortodoxia”, “cada vez más escuchado”.
    Puaj.

  2. Capitán Yáñez dice:

    ¡Ahhhhh! Por si con el jueputa de Cavallo fuera poco… El Cronista empieza a mentar… ¡al hijo!
    “Aunque usted no lo crea!

  3. Sentimientos encontrados pero, entre una cierta congoja, optimistas. Gracias, gracias, gracias, Abel!!! Este es un relato épico fascinante. Y empezó con el Peronismo, que poder!

  4. Esther dice:

    Hola, Abel, no he comentado nada en esta saga porque la leo “atrasada”, todavía no llegué a la mitad de los posteos… Es muy, pero muy interesante.

    Abrazos!

  5. Jaime dice:

    Abel:
    Don Arturo
    ¿No será mejor que la celebración de la “democracia proscriptiva” siga siendo un monopolio del buenazo de Luis Brandoni y de su módica audiencia?

    Nosotros con la mejor onda estamos dispuestos a cualquier esfuerzo para consolidar nuestro futuro nuclear pero… le parece que será necesario llegar al extremo de festejar a “Don Arturo”….???
    It’s too much !!!

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