Argentina Nuclear, 2016 – XVIII

Este capítulo habla de la “carrera nuclear” entre Argentina y Brasil. Que no fué.

A no equivocarse: la competencia (razonablemente amistosa; cuando Canadá les “cerró la canilla” de un día para otro en radioisótopos médicos, se los proveímos nosotros) en tecnología nuclear entre Brasil y Argentina existe desde hace décadas, y sigue. Vamos primero, por acertadas decisiones nuestras en los ´50 y ´60 del siglo pasado que se cuentan en esta saga. Y porque ellos tuvieron algunos episodios de mala suerte increíble.

Pero cuando en determinados círculos se habla de “carrera nuclear”, se entiende que es por tener la Bomba. ¿Pudo existir? Y, ellos y nosotros hemos cometido locuras de ese nivel. Como se evitó esta, se cuenta aquí.

Porque no se nos da la gana

campa

Jaime Pahissa Campá, nuestro máximo experto en gestión de residuos atómicos, que a los 88 años sigue dirigiendo la Asociación Argentina de Tecnología Nuclear “porque se le da la gana”.

¿A qué se refería Adolfo “Chin-chín” Saracho cuando en 1984 le pidió a Dante Caputo y “Jorgito” Sábato la creación de la DIGAN “para ayudar las exportaciones de tecnología nuclear argentina, pero también darles un marco político? A un hecho indiscutible: la CNEA, por défault de conocimiento de la clase política argentina (casi todos abogados, algún médico, ocasionales militares, nada de científicos, cero tecnólogos), se veía obligada a inventar su propia diplomacia. Y no le salía mal. Pero bueno, en una república…

Entre 1950 y 1983, el paraguas político de dos fuerzas armadas (la Armada y el Ejército) se tendió sobre la cabeza de los “nerds” nucleares argentinos, muchos de ellos de izquierda, otros antimilitaristas jurados, y les dio cargos no sólo bastante bien pagos y casi intocables, sino proyectos que llegaban a término, y así siguió la cosa por tres décadas. Eso despertó la envidia del resto del siempre maltratado aparato científico argentino, signado por la pobreza y la persecución ideológica. Los nucleares eran intocables; un estado dentro del estado.

Sólo el presidente Arturo Frondizi, el desarrollista (¿?) que en 1961 trató de cerrar 17.000 km. de tendidos ferroviarios, aquel mismo año se atrevió a rebanarle el presupuesto a la CNEA por la mitad, de un año a otro. La institución sobrevivió porque no tenía ninguna obra grande a medio hacer. Se sabe, las obras paradas generan gastos parasitarios llamados “improductivos”, y en más de un caso es más barato completarlas.

El paraguas ideológico era caro, sin duda, pero de calidad. Y es que como dice en su libro Max Cernadas y cuentan Mariscotti y otros próceres como el reactorista Renato Radicella o Carlos Aráoz, hasta en épocas de gastos cuestionables por abultados e incluso no del todo sensatos, como las del contralmirante Eduardo Castro Madero, en la CNEA la plata se iba en obra nuclear. Y las cuentas eran claras.

Los próceres todavía vivos recuerdan los años que van del ’50 al ’83 como “los del fuego sagrado”, los del orgullo por el trabajo y la institución. La máxima picardía tolerada era “viaticar”, es decir prolongar unos días algún viaje a los tantos centros de actividad nuclear del interior para cobrar más viáticos, cuando los sueldos bajaban demasiado. ¿No da una cierta ternura?

En cuanto qué se gastaba y en qué, eso seguía surgiendo de una negociación entre partes. Los objetivos, presupuestos, tecnologías y diplomacia reales del Programa Nuclear Argentino fueron, hasta 1983, la resultante de un polígono de fuerzas: de un lado marinos verticalistas pero con especialidades científicas o técnicas que les daban “plasticidad neuronal” y cintura para negociar, y del otro aquella chusma brava, trabajólica y levantisca de Sábato, que vivía en estado deliberativo porque se levantaba cada mañana a reinventar la Argentina, y que se manejaba con una democracia horizontal de las que el embajador  Adolfo Saracho llama “californianas”.

Y las luces, siempre prendidas a deshoras.

Y aquí viene la frase impresionante, impublicable y verídica de Pahissa Campá, a quien le encanta decir astracanadas. El pacto fundacional de límites se hizo expreso en tiempos de Quihillalt, “en los sesenta”, (Max Cernadas, fuente segunda de la historia, no da un año preciso).

Un día aquel contralmirante-matemático, hombre que reinó en la CNEA mientras por sobre el sillón de Rivadavia pasaban –y caían- ocho efímeros presidentes, llamó a los máximos dirigentes de la CNEA y les preguntó, a la luz del dominio tecnológico ya logrado, cómo seguía “El Programa”: ¿con bomba, o sin? Era una pregunta real, una duda existencial del marino-científico. Después, el iría con la respuesta al presidente de la nación, como quien le da un pase en el área a Pelé (¡no me volví brasileño, eran los 60!): él presidente sabría qué hacer. O no. Lo importante era que la CNEA, en el fondo un poder más institucional y durable, tuviera las ideas claras.

Hubo un silencio. Quihillat añadió sin énfasis que en lo personal prefería “sin”, pero estaba dispuesto a escuchar opiniones contrarias. Los directivos de la casa ni tuvieron que pensar: votaron “sin”. Y es que esto lo habían barruntado, discutido, macerado y desmenuzado entre sí centenares de veces, durante años, en centenares de asados y miles de borrascosas peleas de café. Desde el principio mismo. Aquella había sido siempre LA pregunta.

La anécdota la narró en 2011 uno de los más corrosivos provocadores de aquella vieja “aristocracia nuclear intocable”, el citado Dr. Jaime Pahissa Campá, presidente de la Asociación Argentina de Tecnología Nuclear (AATN). Lo hizo ante un público con diplomáticos y técnicos brasileños.

“Así establecimos sin presión de nadie la no proliferación, pero porque nos dio la gana”, subrayó Pahissa, con su sonrisa habitualmente algo diabólica.

Me imagino la complicidad nerviosa de los oyentes brasileños: al “Programa Nuclear Paralelo” de sus propias FFAA, dirigido eternamente por el físico Rex Nazaré Alves, flaco, chiquito y enérgico como un grillo, sí se les había dado la gana. Todos los sabían en aquel auditorio memorioso y privilegiado en información.

Los militares brasileños no se mandaron una prueba nuclear subterránea porque, recuperada la democracia, el presidente José Sarney los paró a tiempo. Y Sarney hizo lo que hizo porque Alfonsín, en el gesto más dramático de su presidencia, lo invitó a visitar la planta de Pilcaniyeu, asunto que generó críticas terribles dentro de algunos sectores de la CNEA, con el epíteto “vendepatria” como ejemplo de lo publicable. “Pilca”, la misma a la que jamás pudieron acceder los embajadores estadounidenses Harry Schlaudemann, Frank Ortiz y unos cuántos agentes de la CIA.

Sin duda, que Saracho creara la DIGAN fue una muy buena idea.

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Una respuesta a Argentina Nuclear, 2016 – XVIII

  1. Rogelio dice:

    Telam informa que:
    Luego del encuentro que mantendrá con el papa Francisco en el Vaticano el sábado 15 de octubre próximo, Mauricio Macri reunirá en Roma a todos los embajadores argentinos acreditados en Europa.
    https://goo.gl/NkqPmr

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