Argentina Nuclear, 2016 – XIII (se habla de Bombas)

En este capítulo de la saga, como adelanté en el anterior, se habla de las armas de Armagedón. Pero no olvidemos que su racionalidad estratégica es… no usarlas. Más interesante, se muestra como un conductor político asume y corrige errores.

Más soles de bolsillo, pero letales

 bombas

En 1949 todavía no existía ese sol artificial y fugaz, la bomba H de Teller-Ulam de dos etapas, que usa una bomba atómica como espoleta para generar rayos X y comprimir isótopos de hidrógeno. Pero se sabía que los yanquis iban por ella.

El primero de tales soles artificiales existió durante unos nanosegundos a las 11:30 de la mañana del 16 de noviembre de 1952 en el plasma de Ivy King, la primera H, probada por EEUU en el atolón de Eniwetok. Ivy King, y las “H” que siguieron luego, confirmaron que a diferencia de la fisión, la energía de la fusión no tiene límite teórico.

Tanto es así que los soviéticos se anotaron en la carrera de potencias crecientes y ganaron con la Tsar Bomba (“el emperador de las bombas”), detonada en 1961 por la URSS en Novaya Zemlya. Fue limitada deliberadamente a la mitad de su potencia de diseño: había que darle una chance a la tripulación del bombardero que la soltó de no volatilizarse en un patriótico plasma de carbono mientras escapaba. Incluso así limitada, la Tsar de todos modos liberó 2941 veces más energía que la bomba atómica de Hiroshima. Como solía repetir el camarada Pepe Stalin, entre nubes de humo de pipa, en la cantidad hay algo cualitativo. Dicho por un genocida, tiene fuerza.

Ir “de movida” en 1947 por la fusión, y además controlada, como proponía Richter, era empezar la batalla por la victoria misma. Concepto que a Perón, militar al fin, le gustó.

Si Richter no hubiera muerto en 1991, probablemente argüiría (no sin alguna razón) que las bombas H compactas de hoy fusionan algo que tiene litio. En realidad, es deuteruro de litio-6, un isótopo liviano del litio (no se consigue en farmacias).  Cierto, Herr Doktor Ronald, pero son bombas, no reactores. Y además el deuteruro de litio-6 es sólo un fugaz precursor para generar deuterio y tritio. La bomba A usada como espoleta de un artefacto bélico de tipo H fisiona el litio 6 en elementos más livianos, justamente los ingredientes fundamentales de una buena bomba H: deuterio y tritio, para comprimirlos y fusionarlos a continuación con un feroz flash compresivo o “inercial” de rayos X.

El universo no fusiona litio, don Ronald, y los hombres tampoco.

El Herr Doktor no gastó chirolas. A valores de hoy, “se patinó” U$ 300 millones, en parte debido a que hacía y deshacía la obra civil de su reactor como quien va y vuelve en la vorágine de sus pensamientos. Los compositores que necesitan de una filarmónica full-time para poder escribir y corregir su partitura salen caros. Y máxime cuando la música “no cierra”.

Tras mucha e incomprensible construcción, demolición y reconstrucción de su reactor, el austríaco hizo que el 24 de marzo de 1951 el gobierno de Perón provocara pánico en la región, en EEUU y el Reino Unido, cuando anunció que “en la Isla Huemul se habían llevado a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”.

¡Epa! La Argentina tenía la fisión, “de yapa” con el litio, “y de yapa de la yapa”, controlada en una gran caja de hormigón en una isla de un lago andino remoto. ¿Podría generar energía eléctrica? Faltaban las líneas de alta tensión, los gendarmes en la guardia de entrada, foto en la tapa de Billiken y escolares de blanco guardapolvo visitando el sitio.

Entre 1951 y 1952, los alarmados físicos nucleares de todo el planeta se tragaron, por disciplina, sus ansias de desmentir a Richter con lápiz y papel, desde la teoría. En cambio, trataron de repetir su procedimiento de laboratorio, descripto por el Herr Doktor con la vaguedad y omisiones típicas de quien guarda un secreto comercial.

Y en imitar a Richter los grandes físicos nucleares del mundo tal vez hayan gastado mucha más plata que el propio Richter, pero no hubo caso.  De fusión de litio, nada. Lo admitieron con desilusión, porque siempre hay más gloria para el segundo en confirmar un hallazgo fundamental que para el primero en desmentirlo. Y por otra razón más: de haber existido alguna verdad científica básica en el asunto, habría mucha más plata y cerebros para volverla tecnología concreta en los EEUU y la URSS que en nuestras pampas trigueras.

El miedo “del Club Nuclear” (de 4 miembros, todavía no pintaba China) viró al escepticismo y a las risas vengativas. Las chicanas de la prensa externa hicieron vacilar a Perón, quien tardó lo suyo en asumir que no estaba ante una conspiración mundial antiargentina, y que tal vez el Genio de Huemul estuviera macaneando.

Mariscotti observa con acidez que Perón habría tardado menos de haber metido antes “en el loop” a la Asociación Física Argentina, para auditar al Mago de la Isla. En ese cenáculo revistaban tipos respetados internacionalmente: Enrique Gaviola, Mario Báncora o José Balseiro… pero eran todos radicales o directamente “contras”, gorilas de los de subirse a los árboles. Gaviola, tal vez por lo genial, parece haber sido casi intratable. No obstante, Perón persuadió a Báncora y trajo a Balseiro desde el RU a hacer una auditoría técnica del asunto.

Tras unos meses, Balseiro entregó su informe: un error de lectura de la instrumentación, punto. En Huemul nunca había tenido lugar la fusión del litio. Remate textual: “El Dr. Richter ha demostrado un desconocimiento sorprendente sobre el tema”. El general tragó saliva y se convenció de que sólo podría tener un programa sólido si aceptaba que lo integraran tipos en algunos casos echados de sus cátedras universitarias por su propio gobierno. Eso debe haber sido duro, pero sentó principios.

Balseiro oyó la oferta y suspiró, pensando en su tranquilo laboratorio en la Universidad de Manchester. Donde no ganaba lo suficiente como para mantener a su familia, porque Inglaterra estaba en plena pobreza de posguerra, mientras que en la Argentina, segundo país acreedor del RU después de los EEUU, aún se tiraba manteca al techo. En fin, que Balseiro se quedó aquí para poder reunirse con su esposa e hijos, pero en el fondo, “pro patria”.

Y aquí sigue: su tumba está sobriamente escondida tras una cortina de arbustos en la academia nuclear que fundó en 1955 y que hoy lleva su nombre, el Instituto Balseiro, en el Centro Atómico Bariloche, la mejor universidad tecnológica del país. Pública, además.

El resto de la AFA (hablo de físicos, no de fútbol) también se integró al plan B de Perón, y desde su inesperada posición de fuerza, impuso condiciones, libertades académicas, presupuestos, planes a largo plazo y sueldos relativamente altos. Eso estableció pactos que durararían contra viento y marea hasta 1983.

Empezó lo que Mariscotti llama “la época académica” del Programa Nuclear Argentino.

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2 Responses to Argentina Nuclear, 2016 – XIII (se habla de Bombas)

  1. Alcides Acevedo dice:

    Bueno, siguen con Richter…

    A la Argentina vinieron científicos mucho más relevante que el chanta austríaco… por ejemplo el premio nobel de química Friedrich Bergius ¿alguno lo conoce?

    El único real experto en materia nuclear llegado de Alemania a la Argentina (y discípulo de Otto Hahn, descubridor de la reacción en cadena) se llamaba Walter Seelmann-Eggebert encargado de formar a la primera generación de expertos nucleares de Argentina, aquí un interesante documento que quizá Arias no conozca:
    http://www.cnea.gov.ar/sites/default/files/20_radioisotopos.pdf

    Claramente lo de Richter era una opereta para desviar fondos o algo así, pero bueno…

  2. Buenísimo, Abel. Esto que estás haciendo con la cuestión nuclear es patriotismo de,alto nivel. Espero que muchos compañeros se interioricen y militen por Rafael Grossi a la OIEA. Abrazo. Espero lo que sigue como una novela de suspenso!

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