Argentina Nuclear, 2016 – VII a IX

No se sobresalten. Dos de estos capítulos de la saga son muy cortos, y el tercero es corto. Pero con material jugoso.

Cuando Perón cazaba cabezas

 mariscotti

Mario Mariscotti hoy. Su libro sobre el origen del Programa Nuclear Argentino, “El secreto atómico de Huemul” es histórico, pero se lee como un “thriller”. Y lo es.

Rafael Grossi no nació de un repollo. Es un integrante diplomático del Programa Nuclear Argentino, ya sexagenario, y para entender al personaje hay que entender a la madre del programa, la CNEA, esa institución que nació de un error de Perón.

De modo que presento al físico Mario Mariscotti, ex gerente de I&D de la CNEA, escritor de “El secreto atómico de Huemul”, una historia de las desventuras iniciales de Perón con la energía atómica que se lee como un “thriller”. Y  para “los del palo atómico” pongo a Diego Hurtado de Mendoza, de la Universidad de San Martín (UNSAM), que no necesita presentación. Es el “scholar” argentino de referencia en la historia del Programa Nuclear Argentino, con decenas de trabajos publicados.

Añado a Ricardo de Cicco, del Centro Latinoamericano de Investigaciones Científicas y Técnicas, con su historia de los reactores multipropósito desarrollados por la Argentina, su mayor éxito de exportación por el momento, y la causa por la cual en la Argentina se hacen mucho mejores diagnósticos por imagen nuclear que en el Hemisferio Norte.

Son algunas de las fuentes de un relato que narraré de modo no secuencial, y cuya base son centenares de conversaciones informales con decenas de personajes rarísimos y notables, producto de mi propio trabajo ininterrumpido sobre el área nuclear como periodista científico desde 1985, y sigo. Admito una propensión a los gigantes coloridos, megafauna abundante en esos pagos. Citaré a los que deba cuando deba.

Dame un paraguas (político) y moveré el mundo

Mariscotti y Hurtado: no los fabrican más distintos, en términos políticos. Pero coinciden sin titubear, en esto: entre 1950 y 1982 la CNEA fue un modelo a imitar, sin imitadores. Fue también un fruto de su rara estabilidad de cuadros y de proyectos, y esa estabilidad nació no tanto de un error de Perón, como de lo que hizo para corregirlo.

En medio del canibalismo político argentino, que desde 1930 no perdonó escuelas, colegios, universidades, empresas tecnológicas del estado o instituciones científicas, desde su nacimiento hasta 1983 la CNEA tuvo siempre un paraguas de militares con posgrados en física que protegían a la craneoteca local de otros militares, y más discretamente, del Departamento de Estado de los EEUU.

Como sucedió con el físico Bob Oppenheimer y el general ingeniero Leslie Groves, que unieron cerebros muy diferentes durante el proyecto Manhattan para hacer “la bomba”, en la década siguiente, la de los ’50, también aquí ocurrió una fusión neuronal parecida entre el metalurgista Jorge “Jorjón” Sábato y el contralmirante Pedro Iraolagoitía,  pero para NO hacerla. Y estamos hablando de gente muy distinta.

Desde su arribo en campera a la CNEA EN 1953, Sábato –a quien hoy llamaríamos un “científico de materiales” y un gurú- fue tejiendo una estrategia científica, técnológica e industrial que ha logrado sobrevivir hasta hoy, si bien con abolladuras, agujeros de bala, amputaciones, replanteos, un par de resucitamientos y alguna lobotomía.

De entrada, Iraolagoitía, un héroe aeronaval, garantizaba la holgura presupuestaria y la protección política de los proyectos. Fuera de ello, no había otro límite impuesto que desarrollar tecnología de impacto científico, tecnológico y económico, dual pero no específicamente bélica. Lo de la campera de Sábato, lo aclaro más tarde.

No insultaré la inteligencia del lector afirmando que manejar la fisión atómica puede ser un asunto únicamente pacífico. Líbrenos Manitú de tal bobera. Un solo litro de la nafta que mueve un auto, trasvasada a una botella Molotov, lo transforma en una pira.

Esa dualidad intrínseca a casi toda tecnología, potenciada “n” veces en el caso de la fisión del uranio 235, le ganó un enorme respeto interno y externo a la CNEA desde su fundación hasta 1983: eran “científicos autoexplicados”. Walt Disney con su capítulo “Mi amigo el átomo” del programa Disneylandia (viernes a las 20:00, Canal 13) le allanaba el camino hasta los hogares. Mientras tanto, las tapas de los diarios durante la Guerra Fría le aclaraban a taxistas, obstetras, ferroviarios, enfermeras, milicos, abogados, maestras, industriales y “doña Rosas” para qué le servían nuestros expertos nucleares al país, ventaja mediática que no tenían los biólogos puros como Luis Leloir, al menos antes de su premio Nóbel en 1970.

Vivíamos –o creíamos vivir- en “La Era Atómica”, un nuevo paradigma de la civilización, y corríamos pegados a la nuca del pelotón de punta mundial, para su incomodidad.

Y el país, tan distinto al de hoy, tanto más industrial y educado, estaba orgulloso de ello, aunque no entendiera mucho.

El período de la caza de cabezas

 huemul

Ronald Richter reinando en la soledad de su “laboratorio de fusión nuclear” en la isla Huemul

Fue el éxito mismo del programa nuclear de “Jorjón” Sábato, y en parte también la muerte temprana de ese personaje, las cosas que desataron su ostracismo y ruina desde 1983 hasta 2006. Aquel año, forzados por un déficit nacional de potencia instalada incompatible con el sobresaltado crecimiento chino de nuestro PBI, los Kirchner tuvieron que romper su visión parroquial, santacruceña y petrolera del mundo y redescubrieron el átomo. Eso fue 2530 después de que lo hiciera Demócrito de Tracia y 56 después de que lo volviera a hacer Perón, pero hizo una diferencia tremenda. Porque la CNEA se moría. Literalmente, de vieja.

En sus libros, Cernadas y Mariscotti coinciden en que en parte la “cultura organizacional” nuclear, tan excepcionalmente autónoma y estable, fue el resultado inesperado del choque de Perón contra la realidad física y contra los físicos argentinos. La física y los físicos probaron ser duros. Y Perón, a la larga, sagaz.

Los sucesivos contralmirantes que dirigieron la CNEA aceptaron eso de movida: aquí la línea la fijan los que saben. Y como a fuer de militares les gustaba mandar, aprendieron. Ojo: antes de ser “reformateados” por esa misma cultura nuclear que en parte generaron, ya como materia prima eran militares poco comunes: Iraolagoitía había protagonizado una aventura aeronaval importante, su sucesor Oscar Quihillalt era un matemático experto en explosivos y balística, y Eduardo Castro Madero, un diseñador de reactores nucleares con un doctorado en el Instituto Balseiro de Bariloche.

Cada uno tuvo aciertos y errores, y Castro Madero, más aciertos y más errores que ninguno. En perspectiva, sumaron. ¡Si hasta la propia CNEA surgió de un error!

Vamos a esa prehistoria. En el “head-hunting” de lumbreras alemanas de la posguerra, Argentina jugó bien: la URRS se quedó con aproximadamente 3000 “experten”, EEUU con 1600, el Reino Unido con 800, Francia con 300, la Argentina unos 120 y Brasil 27.

Entre “los nuestros” –al menos un tiempo- estuvo Kurt Tank, horrible nazi medular, pero sin discusión, el mejor ingeniero aeronáutico de cazas de la 2da. Guerra, diseñador del temible Focke Wulf 190. Tank se mudó a Córdoba donde se abocó, junto a decenas de colegas argentinos con 30 años de “expertise”, a transformar su interceptor a reacción TA-163, que no había logrado salir de planos en la 2da Guerra. Aquí se volvió un animal conceptualmente distinto, rehecho para las necesidades de un territorio gigante. Fue el bellísimo caza multipropósito y de largo alcance Pulqui II, del cual sólo se fabricaron 5 prototipos aunque era superior al Mig 15 y al F-86 Sabre. O por eso.

Esa historia, otro día.

En eso andaba Tank y todavía le iba bien, cuando se le ocurrió hablarle a Perón sobre la presunta genialidad del físico atómico austríaco Ronald Richter, ignorada hasta el momento por sus pares. Raro: los físicos del rubro eran poquísimos en el mundo y se conocían bien entre sí. Además, aunque hay excepciones como Enrico Fermi, es casi una ley de la física que los físicos puros, pensadores de lápiz y papel, sean poco fierreros, y viceversa. Tanto así que de Wolfgang Pauli, el tipo que describió los orbitales electrónicos y explicó definitivamente la tabla periódica y toda la química, se decía que bastaba que entrara al laboratorio para que los experimentos se fueran al diablo.

Análogamente, los ingenieros suelen tener nociones vagas sobre quién es quién en el mundo enrarecido de la física básica. Se limitan a transformar ese insumo, la ciencia pura, en “pendorchos”, pero sólo una vez que alguien la volvió investigación aplicada. A los físicos puros los consideran algo así como marcianos naturalizados.

En la Argentina de 1947, cuya emergente industria sustitutiva se las arreglaba aún sin física básica, con ingenieros nomás, el apadrinamiento de un fierrero “world class” como Tank bastó para que Perón se comprara un físico “diz que nuclear” a ojos cerrados.

“Al Viejo” le fue muy mal. Tank lo mandó como quien dice, al muere. Pero sin aquel error y el quemazo mundial que siguió, la existencia posterior de un programa nuclear serio y autónomo habría sido difícil. Y sin ese programa, 60 años después, hoy Rafael Grossi sería otro diplomático con otra vida más banal, yo no estaría peleando por su acceso a la dirección general de OIEA, y tampoco Ud. estaría soportando este mamotreto por una mezcla de patriotismo y curiosidad.

En la historia de la CNEA, esto de salir parado de una rodada y volver a remontar parece un karma. Júzguelo por lo que sigue.

peron-inaugura-acelerador-de-particulas

Perón inaugura el hoy ya desmontado acelerador de partículas Cockroft-Walton de la CNEA, en pleno e impresionante despliegue de su período inicial, o académico.

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2 Responses to Argentina Nuclear, 2016 – VII a IX

  1. ram dice:

    Aunque no tengo tanto dato sobre Kurt Tank como para rebatir su definición de “horrible nazi medular”, permítame ponerla en duda. A diferencia de Willy Messerschmitt que sí fue considerado (y con razón) un “favorito” del régimen, Tank no la tuvo tan fácil, su principal diseño, el Fw-190, de muy demostrada eficacia como caza, caza bombardero, en un rango que iba desde reemplazar tanto al Me-109 como al Ju-87 Stuka, aparatos funcional y visualmente MUY diferentes; cuando en 1943, más o menos, Adolf Gallend (general del arma de cazas, no muy nazi y, con el tiempo, con funciones en Argentina), propone el cese de la producción del Me-109 y el paralelo incremento de la del Fw-190 (que por su construcción modular, permitía extenderla ilimitadamente en toda la geografía del 3er. reich), no le dieron ninguna bola y finalmente, la guerra terminó habiéndose producido casi el doble de aviones Messerschmitt que el más apto Fw-190 (35000 / 20000 unidades). Así también, otros diseños Messerschmitt, entre fiasco y estruendoso fracaso, como el Me-210/410 se produjeron panchamente, relegando otros proyectos (por ejemplo, el primer jet – de 1941 – el Heinkel He-280, “muerto” al nacer) – Ese sistema de favoritos y no favoritos, explica que el Fw-183 de Tank recién se materializara en algo volante, con el Pulqui II argentino o las crías soviéticas (La-15 / MiG-15).
    Un nazi dendeveras, de los venidos a la Argentina era Hans Ulrich Rudel, un piloto tirando a extrordinario, una carrera impresionante pero de cuya condición de nazi, se menciona poco y nada.
    De Tank, un tipo cuya última voluntad fue que tiren las cenizas en el río de la Plata, permítame la duda y cierta indulgencia, directa o indirectamente un tipo de influencias positivas en el desarrollo de este país (si no se consiguió, no fue culpa de él).

  2. Norberto dice:

    Dos cosas, Adolf Galland no sólo tuvo responsabilidades oficiales en la Nueva Argentina, también fue el reorganizador y Comandante de la nueva Luftwaffe cuando La NATO necesito rearmar la Germania.
    La otra, al igual que la Ciudad de los Niños dio origen a Disneyland, en Mundo Infantil, rival de Billiken en los principios de los ’50s, salía todas las semanas una página explicando los misterios del átomo, tal como se lo conocía en la época, unos diez años antes de las pelvis de Disney.
    Nunca menos y abrazos

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