Argentina Nuclear, 2016 – III y IV

Sigo con la saga que relata Daniel Arias. Como es sábado y, se supone, muchos tienen tiempo libre, subo dos capítulos. Además de saber algo de la industria nuclear y las posibilidades argentinas, encuentran algunos datos importantes sobre la política internacional en estos tiempos.

III. Oportunidades y amenazas en Viena… y en Baires

grossi-y-amano

Rafael Grossi y Yukyo Amano se saludan. La mirada del argentino lo dice todo.

Nuestra presencia en el OIEA es fundacional (arranca en 1957), cuando funcionaba en un edificio comparativamente pequeño de Viena, en lugar del inmenso complejo de la ONU que hoy tiene a 20 minutos de subte del casco urbano.

La presencia argentina ahí también es protagónica: siempre hemos tenido “jefazos” en áreas críticas de radioprotección y de comercio. Además, estamos sobrerrepresentados en el ejército más silencioso y real de OIEA: el inspectorado, los encargados de husmear la trastienda nuclear de decenas de países. En el ring vienés, al decir gringo, “we punch above our weight”: somos un peso liviano que noquea a los welters e irrita a los pesados y referís.

Grossi es un hijo de casi 6 décadas de protagonismo argentino en Viena, pero también de sus propios hechos. Es el tipo que tal vez detuvo un conflicto nuclear entre Israel e Irán, o por decirlo más crudamente, el que persuadió a los iraníes de cerrar sus plantas de enriquecimiento de uranio de Natanz y Fördu antes de que el estado judío enloqueciera e transformara a su contrincante en una playa de estacionamiento radioactiva. Para, acto seguido, sucumbir bajo el odio de 2000 millones de musulmanes súbitamente unidos a escala planetaria por un gigantesco odio común.

¿Eso es conjetural? ¿Política ficción? ¿No podría haber sucedido nunca? Si cree eso, no conoce a los muchachos de la Guardia Revolucionaria Islámica o al ministro de defensa israelí Avigdor Lieberman, y tal vez ignora también que éste tiene a su disposición –según confesó el ex Secretario de Estado de George W. Bush, Colin Powell- aproximadamente 200 bombas de hidrógeno en misiles de todo tipo, incluso submarinísticos, contando sólo las apuntadas a Teherán. El total estaría en 400. La situación que desarmó Grossi, hasta 2015, parecía de peor pronóstico que la otra carrera nuclear del Tercer Mundo, India vs. Pakistán, empezada formalmente en mayo de 1974.

Pese a las intermitentes guerras convencionales y atentados circunscriptos a la provincia fronteriza de Kashmir, en los Himalayas, India jamás amenazó públicamente a Pakistán con “borrarlo del mapa”. A partir de 1998, con el testeo de la primera bomba atómica pakistaní, ambos países alcanzaron ese inestable “equilibrio del terror”, o hipótesis MAD (Mutual Assured Destruction) que desde 1945 viene impidiendo una Tercera Guerra Mundial entre contendientes mucho más potentes, y la dispersa en decenas de espantosas guerritas locales, pero no nucleares.

Es una diferencia grande con Medio Oriente: a partir de 2008, Teherán ya había amenazado de sobra con exterminar a Israel, pero sin tener todavía los medios técnicos a punto. Y en Tel Aviv, donde no quedan estadistas sino políticos que piensan como militares, la tentación abrumadora era la de actuar preventivamente y a fondo. Lo que hubiera seguido, en términos políticos, militares y climáticos era una pesadilla global.

Se entiende que en algunos pasillos del OIEA a Grossi lo consideren un héroe gris. Es como un anónimo negociador de la policía que salva a los rehenes, pero en un episodio sucedido en una refinería de petróleo en la que estamos hasta los sudacas, y en el cual los chorros están fabricando “molotovs”, y los SWAT amenazan entrar con lanzallamas.

Grossi nunca se hizo autobombo: lo suyo va con la profesión. Ni siquiera cree haber estado defendiendo una causa justa: ¿a santo de qué los israelíes son libres de tener todas las armas nucleares que quieran sin que nadie boicotee y destruya su comercio exterior? Grossi le aplicó a Irán el TNP, el principal “corpus” legal que vertebra el OIEA, que de suyo es discutible, y lo hizo en favor –indirecto- de un país que, como Israel, se da el lujo de no haberlo firmado, y de acumular cabezas termonucleares y “delivery systems” sin que la ONU se escandalice. Son sus colegas del OIEA, un puñado de expertos que conocen qué cerca estuvo el mundo del desastre, quienes saben lo que vale Grossi.

No todos. El único país fuertemente interesado en serrucharle el piso a Grossi es Japón, que quiere una “re-re-elección” antirreglamentaria de Yukyo Amano, director actual. ¿Por qué Japón está en eso? Para que sus “zaibatzus” nucleares, que se acaban de comprar o hicieron alianza con las tres más rumbosas firmas de ingeniería nuclear de Occidente, irrumpan como exportadoras. Mitsubishi se alió con la francesa AREVA, hasta hace poco el mayor constructor de centrales del mundo. Hitachi se compró el 80% de General Electric, y Toshiba, el 85% de Westinghouse.

Son matrimonios de conveniencia, por supuesto, es decir, los mejores. Los viejos y exhaustos gigantes nucleares norteamericanos hace décadas que no venden nada, maniatados por un combo de altos costos y oposición ecologista doméstica. A los franceses les empezaba a suceder otro tanto. Tienen tecnología nueva y sorprendente, y ahora con Japón, MUCHA plata.

Pero el talón de Aquiles japonés es de imagen mundial: son aquellas 4 NPPs medianas y grandes que se hicieron puré radioactivo en Fukushima en 2011: eran todas General Electric MK-1, un diseño desastrosamente inseguro que en 1967 la Argentina rechazó “en carpeta” justamente por ser tan malo. Fukushima aparte, solamente analizando el historial de la TEPCO (Tokyo Electrical Power Corporation), Japón lleva demasiadas décadas acumulando muertos en el ropero.  Pero además de socios nuevos, tiene desarrollos propios y quiere desesperadamente un lavado de cara.

Si la pelea de Argentina hoy por Arabia Saudita es con Corea del Sur, la pelea por OIEA es con Japón, y la causa es una sola: nosotros también necesitamos exportar tecnología nuclear argentina. Aunque somos un peso mosca, como exportador nuclear, créase o no, tenemos más horas de vuelo que Japón y Corea, y además una foja limpia de accidentes. Y en materia de dirigentes, Amano ya pasó dos períodos haciendo la plancha, mientras Grossi, con su silenciosa epopeya de Irán, se ganó el respeto de países tan disímiles como EEUU, Rusia, China, y sigue la lista.

Grossi hoy dirige un grupo fuerte de poder en OIEA, el NRG (Nuclear Suppliers Group), donde goza de mayoría de intención de votos, 30 sobre 48. Hasta hace dos meses, eran 31. Pero como Macri no designa a Grossi, Japón va comprando indecisos uno tras otro. Perú, el primer cliente nuclear de la Argentina, país con dos reactores nuestros a falta de uno (desde 1987 y andan joya), le vendió el voto a Japón hace dos meses.

Y no es imposible que Argentina también se haya vendido: el embajador local de Japón, llamado Noriteru Fukushima (tal cual), dijo hace justamente un par de meses que su país invertiría aquí U$ 7000 millones en infraestructura y trenes. De buenazo, nomás. Nadie le había pedido nada. Por derecha, al menos.

Estamos hablando de renunciar a una pelea dura por U$ 80.000 millones a cambio de la promesa de un crédito blando por U$ 7.000. Dado que la victoria y la promesa son igualmente inciertas, las matemáticas indican que es mejor pelear.

Y si podemos hacerlo con Rafael Grossi como cabeza del OIEA, alguna chance. Alguien que despierte a Macri, por favor.

IV. El país que se autoapuñala por la espalda

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Hay otra discusión de fondo respecto de nuestro perfil como país nuclear. ¿Aumentamos nuestra masa muscular y trepamos de categoría? ¿Nos volvemos un welter? ¿Es imposible? ¿Para un país que vino derrotando casi sistemáticamente en reactores a EEUU, Rusia, Francia, Canadá, China y Corea? ¿O en nombre del colonialismo mental de nuestra dirigencia, nos cortamos una pierna y bajamos a peso mosca?

Más allá de la primogenitura por un plato de lentejas que nos ofrece Fukushima-san, hay otro obstáculo en la candidatura de Grossi: la canciller Susana Malcorra quiere ser la próxima Directora General de la ONU, lo que en sí no es malo. Si lo es que haya proscripto la candidatura de Grossi en OIEA: por alguna causa, la funcionaria cree que Argentina no podría tener dos cargos directivos en Naciones Unidas. El mundo la desmiente: Brasil dirige la FAO y la OMC simultáneamente, sin haber dejado jamás de tratar de meterse a codazos en el Consejo de Seguridad, el poder real de la ONU.

Malcorra ya salió poco airosa de dos “straw pullings”, y sigue en carrera ya casi sin chances. Del tercero, celebrado el 26-09, salió con 7 votos favorables, 7 adversos y una abstención. Eso la pone en 4to lugar tras el portugués Antonio Gutierres, con 12, 2 y 1 respectivamente. Pero con tal de esquivar el letal veto británico -que terminaría con sus expectativas- la canciller está lanzando comunicados con el vicecanciller británico, Alan Duncan, donde otorga al RU términos inútilmente complacientes ante la pesca y la exploración petrolera ilegales de los “kelpers”. Y todo a cambio de nada para la Argentina, casi al estilo de Guido Di Tella, fuera de los ositos de peluche.

Esto hoy le causa espasmos gástricos a los aliados radicales del macrismo. Por lo demás, hay una dosis de “wishful thinking” en creer que el RU dejará acceder al Secretariado General de la ONU a alguien que tiene al menos un pasaporte argentino. “Roma traditoribus non praemiat”.

Peor aún: ese sillón no vale semejantes agachadas. Es un sitial decorativo, en el que se sigue un libreto escrito (a codazos y peleándose por el lápiz) por las potencias que ensayaron sus bombas de hidrógeno antes de 1968: EEUU, Rusia, China, el RU y Francia, autodenominadas “Consejo de Seguridad”.

Eso marca una diferencia enorme con la dirección general del OIEA, un organismo más tecnológico donde la Argentina, por su historial exportador, tiene tela real para cortar.

Como prueba conceptual de lo irrelevante que resulta el cargo de Secretario General para el país de origen del secretario, cuando Kofi-Annan encabezó la ONU no parece haber podido hacer mucho por su Ghana nativa, como tampoco Bouthros Gali por Egipto o Javier Pérez de Cuéllar por Perú. Ban Ki-Moon no es ninguna excepción: cuando asumió en 2007, Corea del Sur ya tenía casi tres décadas como potencia industrial. Ban Ki-Moon no cambió la historia, y menos la de su patria.

Hay que admitir que para un estado sin desarrollo nuclear propio, la dirección del OIEA es también irrelevante. El egipcio Mohammed ElBaradei se ganó un Nóbel de la Paz en 2005 desde ese puesto, pero lo único que hizo avanzar el status de la industria nuclear de su país fue el poderoso reactor ETRR de Inshas, cerca del Cairo. Comprado en 1996 a la firma barilochense INVAP, para más datos.

Sin embargo, otra cosa que demostró ElBaradei es que el OIEA también puede ser irrelevante –o hacer historia, según se elija ver- incluso cuando la dirige un hombre honesto como él. En 2003 y tras cuidadosas inspecciones de Irak, el egipcio se atravesó en la proa de los EEUU y eximió a Saddam Hussein de toda sospecha de haber resucitado su programa de armas.

El presidente George W. Bush se encogió de hombros e invadió Iraq de todos modos: ¿acaso necesitaba motivos? Él tenía los Marines y Hussein, mucho petróleo. Los EEUU perdieron aproximadamente 5000 hombres, Irak vió morir un número indeterminado entre 150.000 y 1 millón de sus habitantes, contempló la destrucción de sus bibliotecas, universidades, clases profesionales y medias, el país arrojó a los caminos o a los mares a 4 millones de emigrantes desesperados, desapareció como estado y hoy es cuna de organizaciones terroristas subnacionales, como el ISIS.

Y respecto de las armas nucleares de Hussein, ElBaradei tenía razón: no existían. Ahora tampoco existe Irak.

ElBaradei es una prueba conceptual de que, en lo personal, “garpa más” dirigir el OIEA como lo hizo siempre Yukyo Amano: dejando hacer todo y haciendo nada.

Falta saber qué puede hacer un argentino honesto por la Argentina, país nuclear, desde la dirección general de ese enmarañado reñidero vienés. Tal vez no sea mucho, tal vez sea  muchísimo, tal vez sólo bastante. No lo sabemos porque nunca sucedió.

Los centenares de empresas criollas de tecnología, de universidades, de agencias científicas y de personalidades que este semestre firmaron solicitadas para que Macri proponga a Grossi de una vez por todas hablan de muchas expectativas. Es lógico. Tras la odisea que fue la terminación de Atucha II, en nuestro país hay unos 130 proveedores nucleares nuevos, categoría PyME o mayor. Y el “study case” favorito de todos, INVAP, empresa nuclear, espacial y pública, desde 2006 a hoy pasó de facturar U$ 30 a U$ 200 millones/año. Pero si se exportara el CAREM, habría negocios para los gigantes locales con divisiones o empresas nucleares: Pérez Companc, IMPSA y Techint. Por favor, alguien “inter pares” que despierte a Macri. O a su padre.

Grossi a cargo de OIEA es un gran sigo de interrogación. Como dijo Niels Bohr, es difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro. Pero podemos tratar de imaginarlo mirando la historia nuclear argentina, tan atípica. Son muy pocos los países que pueden producir un diplomático tan extraño como el mentado Rafael Grossi.

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3 respuestas a Argentina Nuclear, 2016 – III y IV

  1. Villerito dice:

    Tuvimos siempre un equipo de lujo en Viena .Es hora de recordar a Abel Gonzalez , históricamente a cargo de Seguridad y Deshechos de la OEIA

  2. Abel “El Negro” González fue jefe de central en Atucha I, como presidente de ENACE dio el inicio de obra en Atucha II, mientras duró esa compañía hizo la ingeniería básica de una “super-Atucha I”, el ARGOS 360, que tuvo interesados en al menos cuatro países. Es pudo ser la primera NPP argentina “ma anche un tanto tedesca”.

    No se exportó porque Atucha I, su “showroom” nacional, empezó a mostrar problemas causados por mantenimientos atrasados, paradas que Alfonsín y Lapeña impidieron porque se les derrumbaba en la cabeza el Sistema Interconectado Nacional. Finalmente, el CALIN (Comité de Licenciamiento) hizo ruidos de prensa, evidentemente respaldados por la presidente de CNEA, Emma Pérez Ferreira… y como corrían 1987 y el recuerdo de Chernobyl estaba al rojo vivo, hubo que parar la central 9 meses. Y eso en medio de la peor crisis eléctrica pre-menemista de la historia.

    Como se sabe, para ciertos gobiernos hay dos tipos de problemas. Los que se arreglan solos y los que no arregla nadie.

    A todo esto, El Negro González se peleaba casi semanalmente con Brodersohn para “restartear” Atucha II. Y no conseguía un centavo.

    Obviamente, los clientes prospectivos del ARGOS 360 veían un excelente reactor, pero ante la situación, dudaban de que ENACE tuviera respaldo gubernamental argentino para una obra transfronteriza. A esta altura de las cosas fue cuando El Negro se hartó y empezó a preparar su aterrizaje en Viena. Como miembro del grupo formado por Dan Beninson, ya más que un ingeniero nuclear era además un experto en radioprotección y gestión de residuos. Perder gente así era un crimen, pero en 1987 el destrato de Alfonsín hacia la CNEA estaba generando una media de tres crímenes por mes.

    Lo que remató la imposibilidad de exportar el ARGOS 360 fue que no mucho después de que Atucha I volviera a servicio activo, se le rompió un elemento combustible en uno de sus canales refrigerantes. No hubo problemas de seguridad (la central se apagó automáticamente), pero si daños en el circuito primario (lleno de fragmentos de chapa y pastillas de cerámica de uranio) que necesitarían de una reparación larga. Estábamos pagando -le pasó a más de un país- el efecto de haber comprado un prototipo. Muy alemán y todo lo que quieras, pero no podés predecir su comportamiento a treinta años. Ni con las mejores herramientas de cálculo.

    Hasta ahí, todo bien. Los clientes prospectivos del ARGOS 360 podían bancarse que el aprendizaje fuera absorbido por algunos cambios de diseño en fase de planos de lo que pensaban comprar, aunque ya con menos entusiasmo.

    Su desafecto definitivo lo generó la parte alemana de ENACE, la KWU-Siemens, que presupuestó una megarreparación a recipiente de presión destapado, y que valía la mitad del precio actualizado de Atucha I, pero nueva. Y eso para una planta que ya cursaba la mitad de su vida útil. Los nibelungos pidieron 200 palos verdes, y tener la central parada 2 años. Era como comprarla de nuevo. Pero vieja.

    Así nos trataban nuestros “socios estratégicos”… Los posibles clientes de ENACE se fue fueron a velocidad warp. Y SIEMENS no vendió jamás ningún fierro nuclear en el Tercer Mundo. Y con eso se jodió: quedó encerrada en el mercado europeo, donde tenía competidores con más kilometraje (CEA-EDF, luego fusionados en AREVA), y peor aún, en el mercado alemán, donde convivía con el único partido verde que llegó al gobierno.

    Terminó cerrando su división nuclear, y se quedó con un 30% del paquete accionario de AREVA, por si alguna vez “pinta volver”. Aquí, donde tan buenos recuerdos dejaron, se les acaba de conceder el montaje del CAREM, que es como regalarles la ingeniería de una central cuyo diseño les resulta bastante misterioso.

    Emma Pérez Ferreira era una persona de jugarse. Ante la mala fe de la propuesta germánica, le aconsejó a Alfonsín que mandara a los visigodos al… Valhalla, e hizo que INVAP y Techint formaran una UTE para reparar los internos de Atucha I por 17 palos verdes y un menos de un año.

    Se hizo todo con herramientas semirrobóticas capaces de operar dentro de caños de 12 centímetros de diámetro. Las cámaras se quemaban en 7 u 8 horas de trabajo por la radiación. Los operadores trabajaban detrás de parapetos de plomo de metro y medio de espesor, con una alta rotación de personal y estricto control de dosimetría.

    Cuando la central se restarteó, Greenpeace anunció “urbi et orbi” que se venía el Chernobyl argentino. El gabinete uruguayo, sin alharaca, se mudó unas semanas a Paysandú, en el extremo norte de la República Oriental. La central llegará dentro de poco a su vida útil planificada, y todo indica que está lo suficientemente fuerte como para un revamping a fondo y un relicenciamiento por un par de décadas extra.

    Terminado esta reparación, González se fue a Viena. Digamos que, además de “la conexión Beninson”, que allí te abría muchas puertas, se llevaba encima el equivalente de la primera cirugía de una central “por cateterismo”.

    Me encantaría volver a tener a González en la Argentina y al frente de algún proyecto nuclear grosso, pero creo que me voy a quedar con las ganas.

    Parece una política común de despilfarro de recursos humanos de la Argentina, que se extiende hasta el fútbol: a los mejores se la hacemos difícil y los terminamos exportando: Grossi y González. son equivalentes nucleares de Messi.

  3. Rogelio dice:

    Abel, me permito insistir en una cuestión.

    En el estilo y el tono del relato del sector nuclear argentino se huele un énfasis autorreferencial tan marcado que se hace difícil “vivir” la epopeya vienesa como una cuestión con la que los argentinos podamos identificarnos.

    Esta impresión la he ido formando con el tiempo y de primera mano. En alguna ocasión, después de haber preguntado a un miembro histórico del sector por el “secretismo” con el que manejan ciertos temas y proyectos, me manifestó en una forma bastante rústica – poco inteligente – que ellos no tenían que dar explicaciones, revelando la conciencia de que forman parte de una categoría que está por encima cualquier otra.

    ¿Qué pasa con los socios internos?
    Para explicar mi punto de vista pregunto de buena onda:

    1. ¿Qué respuesta obtuvieron cuando plantearon la candidatura de Grossi a la conducción de la CGT?
    2. ¿Cuál al plantearlo a la UIA?
    3. ¿Cuál a las asociaciones gremiales del sector agropecuario?

    En todos los casos se trata de sectores que en mi opinión, tienen intereses que los sitúan como “socios naturales” del sector de la tecnología nuclear y con potencialidad para contribuir a su éxito.

    Saludos

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