De los movimientos sociales

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Juan Grabois es un militante social. Es decir, es alguien que trabaja con los sectores más humildes -eso significa hoy los que no tienen, no pueden conseguir trabajo formal- para ayudarlos a organizarse. Se distingue de los que lo hacen desde “arriba”, acercando recursos o soluciones -esas son las redes de “punteros”- y de los que lo hacen desde una propuesta política.

J. G. se ha hecho bastante conocido porque, católico, ha sido nombrado por el Papa Francisco consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz. Eso ha dado repercusión a lo que dice y lo que escribe. Hasta La Nación publicó hace un mes su lúcido y emotivo Tierra, techo y trabajo. Pero Grabois está en esto desde principios de este siglo. Contribuyó a armar el Movimiento de Trabajadores Excluidos, Barrios de Pie, y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). A pesar de todo eso, conserva bastante claridad sobre las fuerzas y debilidades de su práctica, y de dónde vienen. Lo pueden comprobar leyendo este texto suyo. Luego, agrego un comentario mío muy breve.

(Ah, en esa última frase, el “a pesar” no es una ironía gratuita ¿Cuántos militantes políticos, sinceros, apasionados, pueden hablar de las limitaciones de su práctica?)

“Democracia y movimientos populares

Durante los noventa, la resistencia popular al neoliberalismo se vio atravesada por un debate sobre el poder y el Estado. Eran tiempos de la “crisis de representatividad”: la democracia se había vuelto meramente formal y la política institucionalizada no representaba a nadie. Toda discusión estaba teñida del espíritu de época y era difícil salir de una lógica privatizadora que buscaba en las microrelaciones la respuesta a los grandes problemas sociales.

En este contexto, el autonomismo de Tony Negri y sus derivados criollos se convirtió en una de las máscaras ideológicas de una militancia social sin un proyecto histórico definido. Permitía combinar el ataque típicamente neoliberal a los partidos e instituciones públicas con una crítica al imperialismo y el sistema capitalista propia de las tradiciones populares y de izquierda. En el mismo sentido, la generalización de la autogestión como modalidad de resistencia económica -hijas no deseadas del Consenso de Washington y su economía de exclusión- alentaba la ilusión de que nuestras precarias unidades productivas “sin patrón” eran la prefiguración de una nueva sociedad y podrían crecer sin Estado ni Capital. Así, colocamos muchas veces la diferenciación entre la lucha reivindicativa de base y la política superestructural al nivel de una contradicción irresoluble.

Naturalmente, estos debates teóricos eran cosa de microclimas, pero en el pueblo pobre había arraigado un verdadero rechazo a la política, identificada con la corrupción, el oportunismo y la deshonestidad, mientras que la lucha social y el trabajo autogestionado tenía cierta mística de entrega y genuinidad. Las “unidades básicas” del conurbano, con escasas excepciones, habían dejado de ser espacios de discusión doctrinaria para transformarse en la famosa “cáscara vacía”. Fueron los movimientos populares quienes visibilizaron a los descamisados del presente con nuevos y disruptivos métodos de lucha que suscitaban el rechazo generalizado de los políticos profesionales.

Inversamente, recuerdo que por entonces era necesario reafirmar una y otra vez que uno no pertenecía a ningún partido para militar en movimientos de desocupados, cartoneros o empresas recuperadas. “Al pueblo unido lo cagan los partidos” era una consigna bastante generalizada en las asambleas barriales. Personalmente, sentía un rechazo visceral a “los políticos” que aún no se me quita del todo, pese a que intelectualmente concebía la antipolítica como dispositivo del Capital que necesita Estados, partidos, religiones, liderazgos débiles para arrasarlo todo… pero teníamos tanta bronca por la catástrofe social con la que se inició el nuevo milenio que deseábamos “que se vayan todos” sin reflexionar qué vendría después.

Los procesos políticos latinoamericanos que algunos llaman pos-neoliberales, aunque heterogéneos en su profundidad, marcaron un quiebre con esta lógica y volvieron a poner al Estado como un espacio de disputa donde los pueblos, con su voto, podían pujar por la justicia social y enfrentar el imperialismo. No dejo de pensar que sin aquella rebeldía que los precedió -algo ingenua pero rebosante de solidaridad gratuita- esos procesos no hubieran sido posibles.

Cuando finalmente llegaron (gobiernos que los tomaron en cuenta), muchos militantes sociales, como un péndulo que pasa de un extremo a otro, dieron “el salto a la política” sin elaborar correctamente el duelo con su praxis anterior. La mayoría se estroló y quedó relegado a la marginalidad. Algunos movimientos se transformaron en meras plataformas que subordinaban las aspiraciones concretas de los compañeros a proyectos de poder de núcleos dirigenciales pseudo-pragmáticos. Otros no escucharon como sonaba la nueva música y quedaron neutralizados en la irrelevancia. En general, no pudimos construir un paradigma sano de interacción entre lo político y lo social donde la especificidad de cada plano de militancia no se viviera como contradicción pero tampoco una subsunción destructiva.

Nuestras democracias no son una maravilla y el fetichismo del Estado es una desviación tan grave como el autonomismo importado. La política tradicional sigue signada por el carrerismo individualista, la corrupción es un cáncer que la carcome y los políticos, en general, pertenecen a una clase desarraigada, ajena al sufrimiento del pueblo pobre, objetivamente excluido del poder institucional. Mientras las clases medias y altas acceden a cargos públicos, los de abajo en general deben conformarse con que los representen otros “más preparados”. Recuerdo que en una movilización por presupuesto para la integración urbana de las villas nos preguntábamos frente a la legislatura porteña porqué 6 de sus 60 diputados no son villeros si en la capital son el 10% de la población: “¿qué tal un “cupo villero” para democratizar nuestras instituciones?”, fue la propuesta. En cualquier caso, basta echar un vistazo al congreso, los ministerios o tribunales para comprender que allí prácticamente no hay lugar para ellos.

Con todo, un pueblo que como el nuestro sufrió la represión de una dictadura asesina o la sumisión al coloniaje de gobiernos debilitados, sabe que sus instituciones democráticas están lejos de ser meramente decorativas, mucho menos una dictadura encubierta. Tal vez por eso nos indignamos cuando con una virulencia extrema una minoría privilegiada que ejerce deshonrosa y arbitrariamente el poder mediático intenta convencernos de lo contrario. Las garantías constitucionales, la participación institucional y la disputa electoral, instrumentos de una democracia aún débil e incompleta, son conquistas populares que debemos ejercer, reivindicar y defender.

¿Cómo conciliar entonces esta contradicción aparente entre la crítica a la democracia liberal y la defensa de sus instituciones? El pensamiento popular de Nuestra América ofrece algunas pistas para orientarnos en este dilema. El peronismo, por ejemplo, lejos del estatismo que tirios y troyanos le adjudican, ofreció un modelo participativo denominado “democracia popular” donde las Organizaciones Libres del Pueblo tenían un rol fundamental en la construcción de la Nueva Argentina. El justicialismo no sólo le dio a los cabecitas participación en el poder institucional, creó uno de los mecanismos más importantes de democracia directa y participativa que hoy tenemos: las paritarias, instancia donde los trabajadores organizados en sindicatos se convierten en legisladores sin necesidad de ser diputados. Las convenciones colectivas de trabajo son normas de orden público, verdaderas leyes de aplicación obligatoria y los obreros protagonizan su diseño, ejecución y control.

Los movimientos tenemos mucho que aportar en la construcción de una democracia verdadera y podemos hacerlo desde nuestra propia cultura organizativa impulsando, por ejemplo, mecanismos similares a los descriptos pero adaptados a las nuevas realidades. Podemos co-gestionar las políticas públicas populares desde una posición de sana independencia frente al Estado. No todos tenemos que ser candidatos a algo para influir en el proceso histórico y “hacer política”. Qué triste es ver buenos militantes sociales convertidos en malos funcionarios o concejales mediocres. Qué bien le hace a la democracia el constante aguijón de organizaciones que luchan desde abajo por tierra, techo y trabajo… en una sociedad estructuralmente injusta, el repiqueteo de los tambores de protesta de los pobres organizados pueden marcar el compás con el que el proceso político avance hacia mayores niveles de dignidad. El Estado puede intentar silenciarlos o ser su caja de resonancia”.

Dije unas cuantas veces en el blog que los movimientos sociales eran los sindicatos de los que no tienen trabajo formal. Por supuesto, es una analogía imperfecta. Pero el punto es que en el mundo que viene, y en el que ya estamos, van a tener cada vez más protagonismo. Hasta la CGT -sus dirigentes son el bastión más sólido del conservadorismo cultural- tiene claro que va a ser necesario coordinar con ellos.

Porque el trabajo formal ya incluye a los que lo tienen en los sectores medios, y cada vez es más difícil de conseguir. Es un proceso de décadas -si ya hace 50 años que Dennis Gabor lo advertía- pero, por todo el esfuerzo más o menos torpe de los Estados, y la sarasa de los organismos internacionales, es necesaria la organización y la lucha de los movimientos sociales para que se vayan consiguiendo, paso a paso, algunas cosas. Esa es la historia del movimiento obrero, después de todo.

5 respuestas a De los movimientos sociales

  1. Alberto Sladogna dice:

    Estimado Abel: Leo el texto que nos das a conocer de Juan Grabois, hay cosas que no entiendo bien, él escribe:”En este contexto, el autonomismo de Tony Negri y sus derivados criollos se convirtió en una de las máscaras ideológicas de una militancia social sin un proyecto histórico definido… Naturalmente, estos debates teóricos eran cosa de micro-climas, pero en el pueblo pobre había arraigado un verdadero rechazo a la política, identificada con la corrupción, el oportunismo y la deshonestidad, mientras que la lucha social y el trabajo autogestionado tenía cierta mística de entrega y genuinidad. Las “unidades básicas” del con-urbano, con escasas excepciones, habían dejado de ser espacios de discusión doctrinaria para transformarse en la famosa “cáscara vacía”. Considero que si no leo mal el dice que por un lado habría un “autonomismo…una de las máscaras” y luego Grabois sostiene “Naturalmente, estos debates teóricos eran cosa de micro-climas” (¡¡¡¡¿¿¿…???!!!!) y luego afirma:”… en el pueblo pobre había arraigado un verdadero rechazo a la política, identificada con la corrupción, el oportunismo y la deshonestidad…Las “unidades básicas” del con-urbano, con escasas excepciones, habían dejado de ser espacios de discusión doctrinaria para transformarse en la famosa “cáscara vacía”” Llama mi atención que Grabois trata al autonomismo como “mascara” como si fuese un pecado tener una mascara como parte de la vestimenta, por ejemplo, del peronismo. Luego describe la actitud de “pueblo” frente a los partidos políticos y sus políticas,¡Extraño! el PUEBLO lo hace en términos ¡AUTONOMISTAS! , acaso ¿Existe una experiencia más autonomista que el peronismo de la gente común y silvestre?

  2. arroyoludue dice:

    El peronismo, por ejemplo, lejos del estatismo que tirios y troyanos le adjudican, ofreció un modelo participativo denominado “democracia popular” donde las Organizaciones Libres del Pueblo tenían un rol fundamental en la construcción de la Nueva Argentina.

    bueh
    con la identificaciòn que habia entre los sindicatos y el peronismo, me parece un tanto exagerada esta descripciòn como “Organizaciones libres del pueblo”
    como su evaluaciòn de las paritarias

    por lo demàs, el articulo está muy bien.

  3. claudia dice:

    Es un tema apasionante. La reflexión y las propuestas de Grabois son una joyita. Para empezar, hacen falta muchos más que, como él, resitúen a los agentes sociales en nuevos desafíos. De época, políticos y formativos específicos.
    Si hablamos del derecho a la vivienda, existieron durante los decenios en que más vivienda social se construyó (años 50,60 y 70) equipos que arremetieron con el problema habitacional y de interlocución de los intereses villeros. Villas que contaban en aquellos tiempos con mucho agente social interno organizado (inevitable pensar en lo formativos que fueron Socialismo, Comunismo, Anarquismo incluso y, finalmente los partidos mayoritarios, Radicalismo y Peronismo, en esto de dar forma a esos interlocutores hacia los cuales concurrió el Estado – y ojo que no fueron solamente administraciones democráticas las que los tuvieron por interlocutores -).
    La existencia, por entonces, de un ente autárquico como la Comisión Nacional de la Vivienda fue fundamental y su desmembramiento y destrucción total tras las debacles políticas de Isabelita, Dictadura, Menemismo y Alianza, resulta capital para entender aciertos y desaciertos en esa materia hasta la fecha y el por qué el Kirchnerismo salió, sin demasiada letra profesional, a cumplir ese tipo de demandas.
    La Comisión Nacional de la Vivienda no pudo excluirse del desembarco pirata, primero, de lo peorcito del gobierno de Isabel y allí comenzó la merma de cerebros, buenas ideas y el deterioro de los recursos materiales disponibles ( las viviendas derivaron en una especie de “Rasti” lamentable, los últimos Fonavi y la diáspora de profesionales, por persecución de la Triple A, dio comienzo a un ciclo punitivo más largo).
    Fue un organismo, repito, autárquico, que contó con los mejores especialistas en urbanización que no solamente emprendieron construcciones masivas sino que concibieron instancias intermedias como las viviendas transitorias (que tras el uso y posterior radicación a morada definitiva, eran destruidas – lo mismo que las casillas en villa de origen -, para evitar el comercio espurio de esos espacios precarios o intermedios -). No era un organismo monstruo pero sí muy centralizado y muy monitoreado. Contaba con equipos interdisciplinarios que aunaban trabajadores sociales, especialistas en ingeniería y agentes municipales convencidos de la racionalidad de su labor (atención que esta gente venía trabajando desde los gobiernos militares más impopulares con cierto grado de libertad casi herética, aclaremos). Faltaron, sin embargo y porque no era de uso en la época, especialistas ambientales, es claro. Pero los créditos se obtenían del BID con monitoreo estricto y los planes habitacionales venían, como el de Lugano I y II, directamente de Alemania. Otras iniciativas como Ciudad General Belgrano innovaban al profesionalizar en esas nuevas tecnologías, la mano de obra proveniente de las mismas villas, pero con un aditamento: nadie construía “su” propia casa, sino la del vecino, ergo, había que portarse derechito para garantizar que el de al lado, también hiciera lo propio.
    No fue fácil, sin embargo, la localización desde una villa a una torre de propiedad horizontal (punto en contra para políticos y organizaciones villeras mismas). Los primeros, porque se dejaron avanzar por las corporaciones de turno a la hora de la adjudicación final (en Lugano I y II batallaron Lorenzo Miguel que se afanó más de 2000 viviendas, los militares de Lanusse que se apropiaron de prepo de otras 2500 y el resto de las 10.000 fue a dar a manos de erradicados de villas y desalojados de la 9 de Julio, por igual). Las segundas, por estar su poder organizado en capas concéntricas y al arribar a propiedad horizontal perdían inexorablemente zona de influencia y control. La ensalada sociológica implosiva estaba servida y la suerte de esa urbanización monstruo también se explica por la inconstancia de respetar procedencias e imaginarios.
    El Kirchnerismo no contó con el asesoramiento debido a la hora de pensar la vivienda popular y lejos de concentrar en un instituto autárquico como la precedente Comisión de la Vivienda, descentralizó con los riesgos que terminaron siendo de dominio público. Una de las críticas más extendidas al Kirchnerismo fue la que le imputa haber absorbido esas capacidades de trabajo social de a pie, aletargándolas, en muchos casos. O aquella que rezonga por haberlas dotado de recursos importantes, sin testear su verdadera capacidad de administración de magnitudes. Yo me inclinaría por decir que, en algunos casos muy sonados, hubo cierto menjunje del tipo “descentralización descontrolada +voluntarismo honesto pero torpe”. En cuanto al Procrear como iniciativa, en si, fue maravilloso, pero quedó en el ámbito de lo particular, lo individual. Esas viviendas no aportaron sentido de comunidad. Lo social extenso, faltó.
    Lo que plantea Grabois representa un grado de equilibrio entre organizaciones sociales y las exclusivamente políticas que no es imposible de lograr pero sí algo complicado en el corto plazo: porque ambos agentes, sociales netos y políticos netos, deben evolucionar de su estadío actual. Como sea, hay que reconocer que en lo referente a la relación Gobierno/Organizaciones Sociales, en cada administración, se han verificado buenas y malas mediaciones “punteriles” o buenas y pésimas interacciones de cuadros políticos encumbrados.
    Aparte, existen otras asociaciones civiles igualmente lanzadas al ruedo social urgente (confesionales/no confesionales, muy reconocidas) en donde las dinámicas internas no calientan motores en lo ideológico específico pero rebotan en el enfoque de llegada al carente –sufren intermitentes cambios jerárquicos y de orientación de obra; cuesta mucho horadar el cerco de las burocracias rentadas cuando se les propone algo heterodoxo; suelen coincidir en un rasgo lamentable que es su vocación por perpetuar distancias casi mayestáticas respecto de los beneficiarios de su acción, a diferencia de lo que representan Grabois y otras agrupaciones de base. Pero hay mucha gente honesta laburando codo a codo con los más pobres y por su contigüidad piel con piel, sortean con éxito ese viejo vicio, entre conservador y progre, que mal disimula el tufo a “salvaje noble” rousseauniano con el que las ONGs tradicionales perfuman a las comunidades en desventaja.
    Se dice mucho (y a veces gratuitamente) que las masas medias no rozan la esencia de lo popular por defectos de cuna. Y es una arbitrariedad. Todo depende del humano en cuestión. Y del plan general en el que se inscriba la acción. La llegada correcta se mide por la calidad de la madera interior de cada quien. Y por la formación interior, que al igual que Grabois, yo también sostengo que puede ser de campo y no formal y menos aún universitaria. Grabois no propone un tipo de agente de su invención. Esa gente existió y fue muy visible en los 60 y 70, cuando tronaron las erradicaciones de villas y la construcción de viviendas sociales. Desde entonces sabemos de la saludable existencia de las organizaciones villeras y de su efectividad negociadora. Por eso, cuando se propone la jerarquización de agentes de orden netamente villero (su elevación a legisladores, ediles, funcionarios), hay que pulir lo formativo para garantizar su efectividad y continuidad. Formación a la medida del desafío del agente.
    Lo importante es que todos y cada uno de nosotros no caiga en reduccionismos cómodos y desajustados cuando pensamos en el activismo social. La sociedad tiene actores diferenciados y todos ellos tienen la posibilidad de converger en acciones mancomunadas. Pero es claro que, si el primer interpelador, que es el Estado, no cuenta con buena orientación para tratar con estas organizaciones y contingentes afectados, caracterizando correctamente problemas y sujetos, el camino será cuesta arriba para los damnificados por las crisis. Hoy los tipos sociológicos han mutado. Así que si se buscara sistematizar asistencias, habría que rediseñarlas a medida de las mutaciones antropológicas en curso. Saludos.

  4. Silenoz dice:

    “¿Cómo conciliar entonces esta contradicción aparente entre la crítica a la democracia liberal y la defensa de sus instituciones?”

    Y… cambiando/creando instituciones cuyos objetivos sean disminuir, balancear, quitar los privilegios del orden anterior por los nuevos como bien dice ahí sobre las paritarias. Crear un nuevo sistema de “pesos y contrapesos” o algo así…. Igual sólo hace falta una ley para tumbar otra… así que…
    Mientras subsistan tal como se idearon será difícil y, obviamente, serán usadas en su contra.

    Y cambiar los mecanismos de representación

    Facil de decir ofcors

  5. […] obligado, como los medios, a decir siempre algo que pase como nuevo. Hace algo más de tres meses subí un material sobre los movimientos sociales -uno de grupos más importantes, para ser precisos- y creo que vale la pena repetirlo. Voy a […]

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