San Martín y la industria

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No estoy de acuerdo con la costumbre argentina -un tanto necrofílica- de recordar a los próceres en el aniversario de su muerte. Y luego correr los feriados por algo tan lúdico como el turismo.

Pero José de San Martín no tiene nada que ver con eso. Es uno de los padres de la Patria Grande, y un argentino serio (algo tan poco frecuente como lo anterior). Por eso quiero subir al blog lo que publicó hoy en Telam mi amigo Fernando Del Corro, periodista y profesor de historia (se nota en lo didáctico de sus textos).

El desarrollo económico basado en la industrialización y el rol director del Estado fueron claves en varios de los próceres de la Independencia Nacional.
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Algunos de ellos tenían conocimientos de economía como resultado de sus estudios universitarios y otros fueron educados en Europa sobre cuestiones militares, pero también aprovecharon esa circunstancia para entender los cambios que se producían en el mundo y considerar que eran indispensable adoptarlos en el proceso independentista americano y, entre ellos, se destacó la figura de José Francisco de San Martín.
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Nacido en Yapeyú, hijo del militar español Diego de Alvear y de la aborigen guaraní Rosa Guarú, como lo han probado las más recientes investigaciones -sobre todo las del historiador Hugo Chumbita-, y adoptado por el matrimonio español de Juan de San Martín y Gregoria Matorras.
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José Francisco viajó con ellos a España cuando tenía seis años y realizó estudios en importantes centros académicos bajo la financiación de su progenitor Alvear, para luego dedicarse a la actividad militar en la que se destacó en las guerras contra la ocupación napoleónica hasta que, tras un paso por Londres, regresó a la Argentina 28 años después, cuando contaba con 34.
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Sus casi tres décadas vividas en Europa le sirvieron para entender el atraso castellano y el desarrollo que se generaba en otras regiones del llamado Viejo Mundo, sobre todo en el entonces Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y los Países Bajos, cuya “Revolución Industrial”, en el primero de los casos fue financiada en buena medida por el oro brasilero de Minas Gerais y, en el segundo, con el oro obtenido en base al manejo del comercio exterior del Japón.
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Pero los metales preciosos extraídos de América por la corona castellana iban a parar a manos de los acreedores de un país endeudado desde los tiempos en que Carlos I adquiriera el título de Carlos V, como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en base a las deudas contraídas por el tesoro español con el banquero austríaco Jakob Függer y con otros genoveses.
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Esa Castilla que durante dos siglos, hasta la llegada de Carlos III al trono en 1756, centró su economía en la producción de lana y su venta a los Países Bajos, fundamentalmente, y cuyos déficits para sostener el “Imperio donde nunca se pone el Sol” sólo se podían sostener con más deudas y los metales americanos, no podía ser el ejemplo a seguir, como sostenían algunos propios españoles como el economista Melchor Gaspar de Jovellanos, el gran maestro que tuviese Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, el primer gran economista argentino, de visión proteccionista, además de haber creado la bandera nacional azul y blanca.
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Los poco más de cuatro meses que vivió San Martín en Londres, a fines de 1811 y comienzos de 1812, también le sirvieron para ver otra organización social y en ese marco se basó su concepción y prácticas industrialistas. Y para ello, una vez en suelo argentino, en la provincia de Mendoza, se apoyó en los conocimientos de matemáticas, mecánica y química de fray Luis Bertrand (castellanizado como Beltrán) quien con José Antonio Álvarez Condarco, puso en marcha una fábrica de pólvora donde luego se produjeron armas, herrajes y municiones, además de uniformes, ya que el director José Antonio Álvarez Jonte había establecido que la ropa de los militares debía confeccionarse en el país.
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En la fábrica mendocina dirigida por Fray Luis Beltrán, quién más tarde abandonara los hábitos para dedicarse de lleno a la lucha independentista, San Martín llegó a contar con 700 operarios que también, bajo el diseño del propio Beltrán, elaboraron aparejos para trepar laderas escarpadas, equipos para transportar cañones a lomo de mula y puentes colgantes para humanos y animales.
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San Martín también fue un luchador por los derechos humanos y así dejó varios rastros durante su descanso, por una presunta enfermedad, en Saldán, Córdoba, oportunidad en la que con el gran economista Mariano Fragueiro, el canónigo Miguel Calixto Del Corro, el luego general José María Paz, y muchos otros, impulsaran la reedición, nunca cumplida, de los “Comentarios Reales” del también mestizo Inca Garcilaso de la Vega reivindicador de los pueblos originarios y fue, en esa dirección, cuando el mismo San Martín propuso a un inca, en consonancia con Belgrano, para gobernar el naciente estado independiente.
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El “Manco” Paz recordó que en una ocasión en Saldán (provincia de Córdoba), San Martín, en cuyo ejército libertador había un alto porcentaje de afro-descendientes, se indignó cuando un estanciero español golpeó a un servidor criollo y expresó: “¿Qué les parece a ustedes?, después de tres años de revolución un maturrango se atreve a levantar la mano contra un americano. ¡Ésta es la revolución de carneros”.
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Su visión también era clara en cuanto a la organización fiscal del estado y así se opuso a la desestructuración del mismo en una gran cantidad de provincias, al igual que lo que planteara algo más tarde, tras su experiencia en los Estados Unidos, en la constituyente de 1826, Manuel Críspulo Bernabé Dorrego, a quién en la misma línea siguiera Juan Manuel de Rosas en su “Carta de la Estancia de Figueroa” al caudillo riojano Juan Facundo Quiroga; un exacerbado federalismo iba a llevar a la desfinanciación del tesoro público.
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Sus claras desavenencias con el gobierno porteño, sobre todo porque se había negado a reprimir a los caudillos, más allá de sus diferencias, hicieron que se lo desfinanciara y así, tras gobernar parte del Perú -durante más de un año- optó por ceder la jefatura de la culminación del proceso independentista al gran colombiano Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar.

Con el escaso recurso de unas pocas monedas, San Martín intentó regresar a Buenos Aires, lo que le fue impedido por las autoridades locales, por lo que optó por viajar a Francia, de donde fue expulsado por subversivo y debió alojarse en Bruselas, aceptado por el rey de los Países Bajos.
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Vivió San Martín allí hasta que los belgas declararon su independencia en 1829, y le ofrecieron la jefatura de su ejército, pero, por no ser desleal a quien lo había protegido y, ante la revolución burguesa en Francia encabezada por el rey burgués Luis Felipe de Orleans, regresó allí para instalarse en Boulogne Sur Mer donde falleció pero no, sin antes, aconsejar a Luis Felipe sobre la situación en América Latina.
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Una vez en Francia, San Martín hasta se permitió acompañar a Luis Felipe en los festejos por el retorno de los restos de Napoleón Bonaparte a su patria, a quien había combatido en España, pero de quien no podía dejar de reconocer la gran transformación económica y social que había llevado adelante“.

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5 respuestas a San Martín y la industria

  1. Silenoz dice:

    Y buehh… nuestra Gettysburg salió al verre…

    Así estamos…. qué va’ce’

  2. Mariano T. dice:

    Es 1829, no 1929. De veras existió esa oferta?

  3. Mariano T. dice:

    No cita en el texto ningún comentario de San Martin sobre temas económicos, no se si existen, pero el autor no los menciona. Se basó en ellos o en reflexiones propias?

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