Argentina Nuclear: Nuestro hombre en Viena – II

INVAP_Planta_Pilcaniyeu

Mi amigo Daniel Arias, habitual colaborador de este blog en temas tecnológicos,  ha comenzado una campaña para que el próximo Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) sea un argentino. Yo lo apoyo desde mi modesta capacidad, por patriotismo, y porque aporta a este blog temas fascinantes.

En los primeros dos capítulos de lo que probablemente será un libro, aquí, dio las credenciales del candidato, Embajador Rafael Grossi, y los detalles de la competencia internacional por ese cargo. En esta entrega, algo más breve, nos cuenta de una Dirección muy especial en la Cancillería, el porqué sobrevivió nuestra CNEA, y la interacción, a través de 40 años, de Argentina, Brasil y EE.UU. en el tema de las capacidades nucleares.

Por mi parte, he accedido a un material secreto, del que ni siquiera Daniel tiene idea. Lo revelo aquí por primera vez: Hace algunas semanas, hubo una reunión secretísima entre la canciller Malcorra y un hombre del Poder Global: el vocal 2° de la comisión directiva del Club Bilderberg. Este señor fue terminante: “Ustedes los argentinos tienen a Messi y al Papa. Ahora pretenden la Secretaría General de la ONU y la Dirección General de la OIEA. Es mucho”. Malcorra, inspirada, le contestó “Ah, pero piensen lo que hicimos para emparejar la cancha. ¡Elegimos Presidente a Macri!”. El tipo prometió ponerlo a consideración de la CD.

¿Por qué los argentinos somos buenos en asuntos nucleares?

“Roma no se hizo en un día”, dice el adagio (romano, es obvio). Nuestra módica grandeza nuclear, tampoco. Es un fruto raro del conocimiento y de la pura voluntad de miles de tipos durante 66 años. Y de la casualidad también: fue un efecto colateral imprevisto. Pero ahí está. Y resistió calamidades.

Estoy indagando el origen del ecosistema que generó al embajador Rafael Grossi, “our man in Vienna”, si el presidente Macri lo postula. Como saben, sigue sin darse por enterado de su existencia, aunque en el Organismo Internacional de Energía Atómica, con sede en la capital austríaca, es algo así como el candidato inevitable, o al menos el más querido. Gran diferencia con su oponente japonés, Yukyo Amano, al que la Cancillería de Japón le va comprando los votos, a varios miles de millones de dólares cada uno.

Grossi no aprendió de asuntos atómicos en el Instituto del Servicio Externo de la Nación (ISEN). Estudió duramente en la firma estatal de alta tecnología INVAP, por orden de Adolfo “Chinchín” Saracho, fundador de la Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme (DIGAN). Pero no quiero adelantarme.

Algunos de los logros históricos de la Argentina sucedieron “sin querer”, como consecuencia secundaria de movidas apuntadas a otros fines. Adolfo Saracho, quien se fue de la DIGAN para casi venderle una central nucleoeléctrica (NPP) puramente criolla a Turquía, entre 1998 y 2001, es un tucumano temible pero reflexivo. Y tiene un ejemplo favorito:

“La ley 1420 de educación pública sólo trataba de ‘argentinizar’ rápido a los hijos de una población inmigrante: superaba en cantidad a la nativa, al menos en la Pampa Húmeda, y era proclive a aventuras separatistas fomentadas por Europa. La 1420 fue un ejemplo de ‘soft power’ para matar en el huevo una posible guerra de secesión u otro bloqueo del Río de la Plata.

Sigue Saracho: “El resultado inesperado de la 1420 fue la Reforma Universitaria de 1918, y la suma de ambas cosas hizo que nos volviéramos un país no sólo de médicos y abogados tilingos, como sucedió en otros lugares de América Latina, sino de ingenieros de clase media e incluso obrera. Eso nos volvió hasta la mitad del siglo XX el único país latinoamericano con letra propia en petroquímica, siderurgia, materiales especiales, con diseño propio naval, ferroviario, electrónico, petrolero, de armamento, aeronáutico y nuclear-civil.

“Por eso nos fue fácil hacer una industrialización sustitutiva durante las guerras mundiales. En el resto del Cono Sur, eso no sucedió. Ni siquiera en Uruguay, el otro país de la región donde se implantó un sistema educativo público tan bueno como el argentino, pero sin una economía de escala como para darle vuelo. Brasil despegó recién en los ’60 –añade Saracho-. A esa altura, aquí habíamos desarrollado la tecnocracia más cotizada de Latinoamérica. Ojo, la fuimos perdiendo. La política argentina en recursos humanos fue a contramano de la 1420 al menos desde los años ’40, y los resultados se notan. Y sin embargo, la informática y las telecomunicaciones le generan 30 mil millones de dólares/año al PBI nacional, y un quinto de eso es exportaciones. Lo notable es que todavía seguimos viviendo de nuestro capital educativo”.

saracho

A derecha, el embajador Adolfo Saracho, a quien la Argentina debe la creación de la DIGAN, que a su vez promovió el ABBAC, pacto de inspección recíproca de instalaciones nucleares, base del Mercosur.

Como la hizo Saracho en 1984, la DIGAN es una cúspide de ese sistema educativo público. Los egresados pueden o suelen tener opiniones políticas discrepantes con la de quien escribe, pero es casi imposible ganarles una discusión sobre políticas nucleares. Sus atildados colegas de Cancillería de “la línea Revlon” (Londres, París, Nueva York) los consideran con cierto terror.

Lo cierto es que “los diganistas” como Grossi forman parte necesaria del capital humano del Programa Nuclear Argentino. Y que éste tuvo tanta protección contra bandazos políticos y ajustes presupuestarios que entre 1950 y 1983 “planeta CNEA” fue dirigida únicamente por 3 presidentes, todos de la Armada. Fueron muy distintos entre sí por ideología, pero todos buenos conocedores de la tecnología, y todos relativamente alineados en un plan de desarrollo.

Y este plan no emergió de las gorras de marino de Pedro Iraolagoytía, Oscar Quhillalt o Eduardo Castro Madero, sino en conflicto relativo con la mismas, a partir del debate interno de los expertos atómicos. Compárese el historial naval de comprar todos sus fierros afuera con el nuclear, de hacer todo lo que se pueda aquí, aunque haya que reinventar la rueda, y queda claro. Si la DIGAN reformatea diplomáticos, antes la CNEA reformateó a marinos.

Mientras la CNEA la dirigieron sólo tres personas, por la Casa Rosada desfilaron 18 presidentes, la mitad golpistas, y sin ningún elegido que lograra completar su mandato. Con dependencia directa de un Poder Ejecutivo que dejaba hacer y rara vez se metió, y de yapa buen presupuesto hasta 1983, “Planeta CNEA” fue una roca de estabilidad en medio de un largo terremoto. Dictaminaba su programa de inversiones a largo plazo y después le informaba al presidente, que solía asentir, entre deslumbrado y mareado. Pero además la CNEA inventó su política externa, con una especie de cancillería propia en la sede del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Viena, dirigida por el capitán de navío (y físico nuclear) Roberto Ornstein. Se ha criticado mucho a la CNEA por haber sido un estado dentro del estado, pero eso le hizo bien, y le hizo bien al estado.

Una vaca tan sagrada como aquella necesita de muchas otras explicaciones: ¿Por qué, incluso con gobiernos de un conservadurismo letal, se le dio estabilidad total a tipos tan  rupturistas como Jorge “Jorjón” Sábato? ¿Y cómo de eso obtuvo tantos resultados? A las explicaciones que dan sus estudiosos más reconocidos (el físico Mario Mariscotti, ex gerente de Investigación y Desarrollo de la CNEA, el historiador Diego Hurtado de Mendoza,  director del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Técnica en la Universidad Nacional de San Martín), añado la de un “insider” de otra laya: el embajador Max Gregorio-Cernadas.

Este “diganista de la primera cosecha”, a fuerza de diplomático, ve algunas políticas internas como resultado de las externas. Puede ser un “bias” de oficio, pero no es fácil discutirle. Cernadas no es el primero en afirmar que hubo una fuerza geopolítica silenciosa pero enorme, que salvó a la CNEA de muchas calamidades anticientíficas, antitecnológicas y anti-industriales, como “La noche de los bastones largos” en la UBA, en 1966.

Esa fuerza, según Cernadas, fue la competencia regional de poder entre Argentina y Brasil.

Hasta 1983, los elencos nucleares de ambos países tuvieron que hacer frente común para protegerse de las interferencias de los EEUU, de modo que –aunque reinaba entre ellos el recelo más absoluto- cada uno protegió, probablemente sin querer- la retaguardia interna del otro. “Quid pro quo” puro.

En su libro “Una épica de la paz” (Eudeba, 2016), Cernadas aporta una segunda idea muy original y probablemente, cierta: el puntapié inicial de la cadena de eventos que terminó con el surgimiento del Mercosur lo dan los EEUU.

En 1978, para exterminar a un programa nuclear que históricamente no le compraba nada, salvo combustible, y además empezaba a quitarle clientes internacionales, el presidente Jimmy Carter –ingeniero nuclear, by the way- rompió contratos y dejó de venderle uranio enriquecido a la Argentina.

La movida se disfrazó como pura defensa de los derechos humanos en Argentina. En los medios estadounidenses, nadie preguntó por qué los genocidas argentinos eran egresados de la Academia de las Américas, Panamá, dirigida por la Gran Democracia del Norte. Tampoco el New York Times se dolió por los derechos humanos de los enfermos cardíacos y oncológicos argentinos que recibían radiofármacos generados en el reactor RA-3 de Ezeiza.

A la Argentina se la apagaban éste y todos sus otros reactores, y se le caían varios clientes externos interesados. Entonces en 1979, bajo instrucciones de Castro Madero y dirección del gigantesco Conrado “El Petiso” Varotto, se construyó en secreto la Planta de Enriquecimiento de Uranio de Pilcaniyeu, en adelante, “Pilca”.

Sin “Pilca”, no habría existido el Mercosur, afirma Cernadas. El rumbo entre ambos países habría sido otro: el de una carrera armamentista como la que mantienen Pakistán y la India, ya con unas 80 bombas en cada país y el potencial de destruir la agricultura mundial durante una década por “invierno nuclear”, si algún mal día las usan.

Son afirmaciones muy contundentes, las de Cernadas. Vienen de protagonista y no de testigo imparcial, y además resultan contrafácticas: las cosas, finalmente, sucedieron de otro modo. Pero son ideas muy razonables. Ambas.

Habla el patovica de Pilca

En 1984 Cernadas tenía una cara aniñada, un bigotito de Beatle y un título del ISEN con la tinta todavía húmeda. Su jefe en la DIGAN, Adolfo Saracho, los había puesto a él, a Rafael Grossi y a un puñado de otras jóvenes víctimas diplomáticas a estudiar desde adentro el Programa Nuclear Argentino, como parte de un programa de desburre de INVAP.

Como debut de su pasantía, con su ínfimo grado jerárquico de tercer secretario, Cernadas se quemaba un día las cejas en la biblioteca del Centro Atómico Bariloche (CAB) cuando lo llamaron de apuro al café junto a la guardia: había que frenar al temible Frank Ortiz, embajador de Ronald Reagan, e impedirle el acceso a Pilca.

No sólo a él y a sus guardaespaldas del Secret Service, sino especialmente al “attaché” científico Bill Tilney, un agente de la CIA con pinta de cowboy, dice Cernadas. Querían acceso libre a la planta más resguardada de la Argentina. Y transporte, de paso, ya que ese camino de 70 km. es impasable. Estaban “pateando la puerta” en otra puerta, como quien dice, para asegurarse paso franco.

Enfrentado por tres horas de corteses “Sí, peros” de Cernadas y de las chicanas y chuscadas de algunos docentes y alumnos que iban cayendo al baile (“Les abrimos la puerta, pero si comprometen al RU a que nos devuelva las Malvinas”), Ortiz fue el segundo embajador estadounidense en volverse de Bariloche con el estómago quemado por el discutible café del CAB, las manos vacías y la azotea echando humo. Acaso en preanunciación de Fukushima-4.

Tan brutales visitas de cortesía no eran infrecuentes. Antes de Ortiz, cuando la planta era todavía absolutamente secreta (o “casi absolutamente”), Harry Schlaudeman, embajador a la sazón de George Bush (padre), logró llegar por sorpresa (o casi por sorpresa) desde el aeropuerto de Bariloche a “Pilca”. En 1981 el aeropuerto de Bariloche era muy chico, no recibía turismo del Hemisferio Norte, y Schlaudeman y sus gorilas de anteojos negros y 1,90 m. de estatura eran tan disimulables como avestruces en una feria avícola.

Cuando Schlaudeman llegó a la quebrada del Pichileufú, en lugar del laboratorio del Doctor Calligari se encontró con pilas de inodoros y bidets, galpones vacíos, perros sueltos y un guardia tomando mate en la puerta, que le dijo que aquello era una fábrica de sanitarios abandonada por sus dueños. No, no los había visto en meses. Le debían varios sueldos. ¿No quería pasar? ¿Un matecito? Schlaudeman hizo masa supercrítica y se fue echando rayos gamma por los ojos.

Tal vez para reivindicarse ante sus jefes, Tilney, con su físico de “marine” y su cabeza de físico, trató más tarde de llegar solo, en una segunda visita sin invitación. Pero se encontró con el camino enérgicamente cerrado por la caída de un árbol, suceso infrecuente en desiertos sin árboles.

Anécdotas aparte, lo extraordinario, lo histórico de “Pilca” son tres cosas:

  • Una, que sólo funcionó unos meses, para comprobar que podía hacer su trabajo. El ingeniero Alberto Constantini, presidente de la CNEA puesto por Alfonsín, la cerró. Y sin embargo, Pilca seguía haciendo su trabajo. Que quizás no era el manifiesto, enriquecer uranio, sino decirle al mundo que sabíamos cómo hacerlo. Dicho de otro modo, los EEUU volvían a vendernos el que quisiéramos, con tal de que no reactiváramos y ampliáramos la planta.
  • Dos, que construida por necesidad, Pilca fue la consecuencia indeseada de la primera exportación nuclear de la Argentina (los dos reactores del Centro Atómico Huarangal, de Perú). Los EEUU sintieron que lo de Perú era “too much”. ¿Robarle mercado a la General Atomics? Pero Pica fue también la causa efectiva que permitió todas las exportaciones que siguieron, 7 reactores, algunos con plantas y laboratorios adjuntos, desde 1986 a fecha de hoy. Pilca nos volvió el “number one” mundial en este tipo de instalaciones, que en 2014 incluyó la venta de 2 reactores a Coqui Pharma, una farmoquímica de Florida, EEUU. Habida cuenta de que hace 70 años ése fue el país que inventó el reactor de pileta abierta, que hoy nos estén comprando uno es como venderle arena a los tuaregs.
  • La tercera cosa rara y desconocida de Pilca es que, dixit Cernadas, resultó la pieza clave para poner en marcha el Mercosur. Se podrá discutir el valor del Mercosur como bloque, impugnar su PBI o su solidez, denostarlo como puro va y viene de heladeras y autopartes, criticar su filosofía, decir que si Brasil se resfría Argentina estornuda, pero ahí está. Argentina exporta el 37% de sus manufacturas agrícolas, el 35% de las industriales, y el 23% de productos primarios al Mercosur. Sin Pilca no habría existido.

Alfonsín fue el tercer presidente del Cono Sur en enterarse –por entrevista secreta con el contralmirante Eduardo Castro Madero- de que Pilca funcionaba. El primero fue el saliente, el olvidable general Reynaldo Bignone, el segundo –telefonazo mediante- el presidente brasileño Joao Baptista Figueiredo (general de inteligencia, de paso), y el tercero fue el electo Alfonsín. Quien ya antes de asumir, dudó bastante sobre qué hacer con aquel “peludo de regalo” que le dejaban los militares. Alfonsín estaba entre los muchos que miraban a la CNEA como “los militares”, sin entender ni la superficie de aquel fenómeno raro.

Alfonsín supo vengarse: en 1984, en medio mismo de un tremendo plan de obras nucleares iniciado en los ‘80, redujo en un 50% el presupuesto de la CNEA. No fue selectivo: puso como “gauleiter” civil al ingeniero Alberto Constantini, que paró todo al mismo tiempo, y dejó que dichas obras se enterraran en gastos improductivos hasta volverse impagables. Entonces, hechos los deberes, renunció “por la falta de presupuesto”. Qué fácil…

No sé si don Raúl llegó a arrepentirse de haber detenido Atucha II, en medio de los feroces apagones estivales porteños de 1987 y 1988. Tal vez no, porque fuera de construir el gasoducto Loma de la Lata-Baires, demostró tener tanto dominio de la energía en general, como de lo nuclear en particular. Con esa NPP en línea (debió entrar en servicio justamente en 1987), el presidente habría tenido 750 MW brutos a sólo 160 km. de Buenos Aires en aquellos “veranos de nuestro descontento”. Y otra podría haber sido la historia de su gobierno. La gente no se habría preguntado tanto: “¿Adónde está el piloto?”

Pero donde Cernadas tiene “la precisa” es en esto. En materia de diplomacia, con Pilca, Alfonsín hizo un “stunt number” que dejó con la boca abierta a todas las embajadas. Corría 1987, dos años pasados tras la “Declaración de Foz de Iguazú”, en que nos hacíamos –en la teoría- amigos nucleares del alma con los brasileños. En la práctica, sin embargo, la desconfianza militar y técnica de ambos lados era indescriptible: la Argentina había “blanqueado” Pilca y cerrado el LPR (Laboratorio de Procesos Radioquímicos, otro de los grandes cierres de Constantini). La instalación, que había costado U$ 200 millones, desarrollo 100% nacional, estaba lista para reciclar plutonio, uranio, actínidos y transuránidos “quemables” a partir de combustibles gastados. Sobre eso, ya se volverá.

Para mal o para bien, en términos de “no proliferación”, éramos Heidi. Los brasileños, no.

Los vecinos ya vivían en democracia con Tancredo Neves y luego José Sarney. Pero cada fuerza armada en ese megapaís contiguo era un estado adentro del estado, y las tres andaban simultáneamente tras el enriquecimiento de uranio (salió excelente), el reprocesamiento de plutonio para hacer una bomba de implosión (Sarney lo descubrió en 1986 y canceló el proyecto) y la construcción de un motor atómico para un submarino de ataque (con una falta de éxito, por ahora, que en la Marina Imperial Japonesa habría merecido un “sapukku” o dos).

Eso sí, en 1987 no tenían blanqueado ningún asunto ante nosotros. En el discurso, amor y paz, pero de rock and roll, nada. Simultáneamente, ningún proyecto nuclear conjunto de los muchos que se barajaron lograba despegar del “blablablá”, aunque Brasil habría salido ganador en todos los casos: teníamos (y seguimos teniendo) más “expertise” que ellos. Pero de dejarse inspeccionar por el vecino, “ni ahí”.

Fue entonces, en 1987, cuenta Cernadas, que el consejero Javier Sanz de Urquiza, subdirector de la DIGAN, propuso durante uno de los extenuantes “brain stormings” de la dirección:

  • ¿Por qué no hacemos que Alfonsín invite a Sarney a visitar Pilca?

La DIGAN le dio la idea al canciller Caputo, que la hizo llegar a Alfonsín, quien se puso “on fire”. ¡Al fin le iba a sacar utilidad a Pilca, aquel “peludo de regalo”! El Mercosur no arrancaba: era un auto nuevo pero sin batería. Con eso de Pilca sí que le iban a dar un flor de empujón. Y no se equivocó. El presidente Sarney, preparado para otra reunión protocolar en Viedma, y el habitual intercambio de productos verbales de la floricultura, se quedó haciendo el dos de oros ante la propuesta. ¿Pilca? ¿Los argentinos nos abren la puerta? ¿Están locos?

alfonsín y sarney

El brasileño se vino al trote y con tanta comitiva de físicos e ingenieros nucleares “para vichar” que hubo que fletar un tren especial desde Viedma. Los dos presidentes, seguidos por un malón de expertos con más cámaras fotográficas que turistas chinos en el Louvre, cruzaron la guardia a las 17:30 del 16 de julio de 1987, como consta en el libro de visitas. No, ahí no se fabricaban sanitarios. Y de árboles caídos cerrando el camino, ni uno. Lógico, en la estepa a lo sumo hay arbustos.

Sarney hizo la Gran Recíproca: en 1988 Alfonsín visitó las centrífugas de enriquecimiento de uranio en Aramar, Iperó, adonde la comitiva argentina, menos numerosa, llegó en helicópteros a ver las centrifugadoras. Ese día, según Cernadas, empezó en serio el Mercosur, aunque otros digan que va a sucumbir de Tratados de Libre Comercio sin haber traspuesto la niñez. El que viva lo verá, como es “motto” en este blog.

El resultado en 1991 fue el surgimiento de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABBAC), el primer sistema de salvaguardias “a deux” del mundo: Brasil nos manda sus fisgones y nosotros los nuestros a ellos. Están autorizados a decir “Vi luz y toqué el timbre”, y se le contesta “Tudo legal”. Y viceversa. Hasta 1995, la posición común de ambos países en la OIEA, y particularmente ante los EEUU, fue: “¿Para qué nos quieren hacer firmar tratados raros como el TNP, si aquí nos vigilamos entre vecinos?”.

En 1995 la Argentina firmó (sin siquiera avisar a Brasil) el TNP, cosa que más de un diganista consideró y considera una puñalada en la espalda. Objetivamente, lo fue. La Cancillería de Relaciones Carnales de Guido Di Tella aquel año repartió puñaladas por la espalda en la región, como todavía nos recriminan Perú y Ecuador, entonces en guerra limítrofe. Como país garante del Protocolo de Paz, Argentina no podía venderle armamento a Ecuador, pero lo hizo. Y para duplicar el crimen, vendió como buenos fusiles FAL descalibrados. En todo caso, la mancha no cayó sobre la empresa FM, Fabricaciones Militares, sino sobre el gobierno del doctor Menem.

Pero la firma del TNP es un insulto peor, más insidioso, porque destruyó industria propia. Explica muchas cosas que no pasaron, e ignoro si alguna vez sucederán. Olvidémonos de hacer una NPP “CAREM Mercosur”, o desarrollar en conjunto una planta motriz naval nuclear.

Hasta 2010, los brasileños no nos habían perdonado. Aquel año, las presidentes de ambos países (a la sazón, Dilma Roussef y Cristina Fernández de Kirchner) fumaron una segunda pipa de la paz tan importante como la de Alfonsín con Sarney. Lo que se firmó fue la construcción de 2 reactores parecidos el que OPAL que INVAP vendió a Australia en 2000, pero más modernos y con 30 MW cada uno, no 20. Son el RA-10 en Ezeiza y el RMB en Iperó, con ingeniería básica de INVAP y costos compartidos.

zzzznacp2 NOTICIAS ARGENTINAS BRASILIA, JULIO 29: La presidenta Cristina Fernández saluda a su par de Brasil, Dilma Rousseff, durante la audiencia que mantuvieron en el Palacio Planalto. Foto NA: Roberto Stuckert Filho zzzz

¿Por qué merecimos el perdón brasileño? En todo el mundo hay una escasez tremenda de tecnecio-99m, insumo del 80% de los diagnósticos por imagen nuclear, y durará hasta casi terminados los 2020. Por ahora, el tecnecio da lugar a unos 100.000 estudios imprescindibles por día, y cuestan la friolera de 13.000 millones de dólares por año. Con nuevos reactores de U$ 500 millones por pieza, cada país puede capturar cómodamente el 10% del mercado mundial. Dicho de otro modo: cada reactor paga todos sus gastos de diseño, construcción, licenciamiento y entrada en línea en 5 meses. Luego ambos levantan plata con la pala 49 años y medio, su vida útil de diseño.

Too good to be true? Los brasileños nos perdonaron la injuria de 1995 porque les falta tecnecio. A la Argentina le sobra, gracias al RA-3 repotenciado dos veces, de 3 a 7 y de 7 a 10 MW, y que se va acercando a su fecha de decomisión. Mientras este viejo tractor tire del arado (es de 1973), la CNEA le vende excedentes a Brasil.

El tecnecio-99m se vende como su predecesor radioactivo, molibdeno 99, en unidades selladas que algún gracioso llamó “moly cows” (yel nombre quedó). Las “moly cows” no son estoqueables: la vida media de ese radioisótopo es de 6 horas, lo que significa que al cabo de una semana la “moly cow” carece de tecnecio-99m y tiene tanta utilidad diagnóstica como el Tarot.

Sin embargo, como producto de la reciente operación judicial apodada “Lava-jato”, Brasil ha suspendido hasta nuevo aviso la construcción de su unidad. Aquí la obra debería ponerse crítica en 2018, y hay presupuesto hasta fin de año. Después, no se sabe. Y se viene cambio general de autoridades en la CNEA. Por ahora siguen las del gobierno anterior, interinas.

Signos de pregunta sobre el futuro del Mercosur, por una parte, y nuestro programa nuclear, por otra. Nuevamente, me remito al “motto” de este blog: el que viva, lo verá.

8 respuestas a Argentina Nuclear: Nuestro hombre en Viena – II

  1. Miguel dice:

    Gracias Daniel por hacer la historia tan amena e interesante, espero con ganas el próximo capítulo de esta epopeya.

  2. Flics dice:

    ” Padre del Programa Nuclear Brasileño condenado: 43 años!

    Quién es Othon Luiz Pinheiro da Silva?

    Otho fue el responsavel por el programa nuclear brasileño de la Marina, iniciando el projeto de separación isotópica de Uranio em 1979, com resultado en la produción de 24 toneladas de hexafluoreto de Urânio, com el financiamento del Consejo Nacional de Desarrollo Científico e Tecnologico (CNPq). Por medio de sus esfuerços fue desarrollada la tecnologia de ultracentifugación de urânio, un caso de sucesso en la historia tecnologica de Brasil.

    Diretor de Pesquisas de Reatores del IPEN de 1982 a 1984, fundador del Programa de Desarollo del CICLO del COMBUSTIVEL NUCLEAR e de la PROPRULSION de SUBMARINOS entre 1979 y 1994, ha exercido el cargo de Diretor de Coordenación de Projetos Especiales de la Marina (COPESD) de 1986 a 1994.

    Su currículo es um resumo de la historia de la energia nuclear de Brasil.

    Ocupava la presidencia de Eletronuclear desde 2005.”

    http://jornalggn.com.br/noticia/pai-do-programa-nuclear-brasileiro-othon-luiz-pereira-e-condenado

    Alguien tiene dudas para quien trabaja el partido judicial?

  3. Es aberrante. Brasil y Argentina con estos dos Gob. de M. se están autodestruyendo y nos están haciendo retroceder dos siglos. ASCO!

  4. Por favor, seu Flics, no me quiera hacer creer que los jueces allí trabajan para “La Embajada”.

    Pereira sin duda paga el precio de haber enriquecido uranio, y además en una planta de gran tamaño (reconfigurable para obtener toneladas de ese elemento con bajo enriquecimiento, o algunos kilos del mismo pero de grado militar).

    Como vecino, no impugno en absoluto esa decisión: no creo que se pueda hacer una buena planta naval nuclear con combustible de enriquecimiento medio. El núcleos sería demasiado voluminoso, me parece, pero puedo equivocarme.

    Lo que no entiendo es por qué se atrasa tanto ese desarrollo. De haberlo encarado como una colaboración brasileño-argentina,quizás ya estaría navegando.

  5. Alcides Acevedo dice:

    Es inútil, no sé si Arias se cree todo lo que puso, me parece raro, pero bueno…lo cierto es que cualquiera que conozca un poco sobre la historia nuclear Argentina sabe que el verdadero artífice fue Walter Schnurr un alemán bastante jodido.

    Y no hay que olvidar tampoco la colaboración de los norteamericanos que suministraron uranio enriquecido al 90% para nuestros primeros reactores experimentales. Para pensar.

  6. Leandro dice:

    Gracias por el relato, Daniel.
    Espero futuras entregas.

  7. Edgardo Arrivillaga dice:

    Es una buena nota, publique toda la historia bajo el titulo Perón Tecno, en Harry hace unos años. Perón jugaba a la guerra de Corea sin comprender la coexistencia pacífica. No estaba solo, el canciller Erhard casi compra el paquete pero luego decidió dedicarse a los asuntos alemanes, By the way. El hijo de Iraola Goytía, junto con el capitán de navío Carlos Cort, me interrogaron durante varias horas al día siguiente del golpe de Estado de 1976 donde me eliminaron administrativamente pero sin crearme demasiados problemas. Perón siempre apuntó a la independencia nuclear y aeronáutica, su modelo era De Gaulle, pero luego desestimó el asunto. Saludos, Edgardo.

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