Ahora le desconfían a ¿Alemania?!

Berlin, GERMANY:  German Chancellor Gerhard Schroeder (R) and Russian President Vladimir Putin, 08 September 2005, arrive for talks at the Chancellory in Berlin. Putin is to oversee the signing of an agreement to build a multi-billion-dollar pipeline linking Russia with western Europe, just 10 days before the September 18 German general election. AFP PHOTO /PRESIDENTIAL PRESS SERVICE / ITAR-TASS  (Photo credit should read VLADIMIR RODIONOV/AFP/Getty Images)

Estoy descuidando la política internacional en el blog, la “política en serio”. Falta de tiempo. Como decía el compañero Mao “Hay un gran desorden bajo el cielo”, y es difícil armar un cuadro coherente.

Como sea, el desorden es también informativo. El artículo del Financial Times que subí en el posteo anterior, en el que se preguntan si Macri no será medio zurdito, me dió una idea. Recordé este artículo de la semana pasada del prestigioso Foreign Policy, donde cuestionan tendencias en la política exterior alemana, y se los traduzco para ustedes.

Sirve para indicarnos que ni siquiera las Grandes Potencias se sienten demasiado seguras en este mundo tan líquido. Y que nosotros no deberíamos creer demasiado en ningún “relato”, y mirar la realidad. Que siempre está cambiando.

Alemania retoma su romance con Rusia

Hans Kundnani

Ángela Merkel sigue siendo canciller de Alemania, pero la influencia de su antecesor está en aumento. Llámenlo Schröderismo: la idea que Alemania está destinada a tener una “relación especial” con Rusia y debe hacer todo lo posible para mantenerla. Como canciller alemán de 1998 a 2005, Gerhard Schröder parecía dispuesto a hacer cualquier cosa para desarrollar una asociación armoniosa entre Berlín y Moscú y una amistad personal con Vladimir Putin, aún si se trataba de describirlo públicamente como “un impecable demócrata” o restar importancia a su guerra brutal en Chechenia.

Schröder se benefició personalmente de esta estrecha relación con Putin. Poco antes de dejar su cargo, Alemania y Rusia firmaron un acuerdo para construir Nord Stream, un gasoducto que va desde Rusia a través del Mar Báltico a Alemania. Apenas dos meses más tarde, fue nombrado presidente del consorcio de construcción de esa instalación, en la que la empresa estatal de gas Gazprom posee una participación mayoritaria.

Pero la relación de Alemania con Rusia causó especial preocupación en los países bálticos y Polonia, donde evocó recuerdos del Pacto Molotov-Ribbentrop y la ocupación del tiempo de la guerra. Muchos en Europa central y oriental temían que, mediante el aumento de la dependencia de Europa del gas ruso, Alemania estaba aumentando su vulnerabilidad a la presión rusa. A los Estados Unidos, por su parte, les preocupaba si Schröderismo era una amenaza para la unidad occidental.

Cuando Merkel asumió como canciller en 2005, parecía seguir el enfoque adoptado por Schröder. A pesar de que no se llevaba tan bien con Putin como Schröder, y era más prudente en su actitud a Rusia que él, ella siguió adelante con Nord Stream, se opuso a incluir en la OTAN a Ucrania o Georgia, y llevó a cabo una “asociación para la modernización” con Rusia.

En el verano de 2014, se supone que todo cambió. Los funcionarios y analistas alemanes insistieron en que la era de Schröderismo había terminado. Después de la anexión de Crimea por Rusia, Merkel lideró a la Unión Europea en la adopción de un nuevo enfoque duro e impuso sanciones económicas contra Rusia, a pesar de los costos a Alemania. Incluso la comunidad empresarial en Alemania, que había apoyado la “relación especial”, respaldó el enfoque de Merkel.

Los aliados occidentales de Alemania, creyeron que esto sería definitivo. A los que se preguntaron en voz alta, como lo hice yo, si Alemania tenía la firmeza para una política de “contención”, se les dijo que no comprendían el “despertar geopolítico” que había tenido lugar en Berlín tras la crisis de Ucrania. En resumen, que no había vuelta atrás.

Después de una breve ausencia, sin embargo, Schröderismo parece estar de vuelta.

El líder del partido Socialdemócrata y ministro de Economía en funciones, Sigmar Gabriel – un protegido de Schröder – ha dicho que es hora de que las sanciones a Rusia sean levantadas y ha empujado agresivamente para el desarrollo del proyecto Nord Stream II, lo que aumentará la capacidad del Nord original. Visitó a Putin en Moscú el pasado octubre, lo que llevó al diario Die Welt a decir que estaba “jugando a Schröder”, y canceló en el último minuto otra visita que iba a tener lugar la semana pasada.

El ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, que trabajaba para Schröder cuando era primer ministro de Baja Sajonia y luego se convirtió en su jefe de gabinete en el gobierno “rojo-verde” de 1998 a 2005, también ha tomado medidas conciliadoras hacia Moscú. En un artículo de opinión a principios del mes pasado, criticó las maniobras de la OTAN en Polonia y los estados bálticos – en las que Alemania participaba – como “ruido de sables”. Exactamente el tipo de cosas que Schröder podría haber dicho. De hecho, en una entrevista publicada un día antes del artículo de opinión de Steinmeier, Schröder había hecho críticas similares a la participación de Alemania en los ejercicios y advirtió que estaban contribuyendo a “una nueva carrera de armamentos.” Alexei Pushkov, jefe del Comité de Asuntos Exteriores de la cámara baja del Parlamento ruso, dijo que Steinmeier era una “voz de la razón”.

Como resultado, la controvertida cuestión de la relación especial de Alemania con Rusia, que analistas como Constanze Stelzenmüller de la Institución Brookings consideraban que ha sido cerrada, está nuevamente abierta. Existe preocupación en el resto de Europa, especialmente en los países bálticos y Polonia, donde muchos se sienten directamente amenazados por Rusia y se preguntan si pueden confiar en Alemania como un aliado. Sólo el 38 % de los alemanes consultados en un sondeo de Pew en la primavera de 2015 pensó que Alemania debe utilizar la fuerza militar para defender a un aliado de la OTAN, que sea atacado por Rusia.

Hasta ahora el regreso de Schröderismo se ha confinado principalmente a los socialdemócratas como Gabriel y Steinmeier. Mientras Merkel se ha resistido al uso de herramientas militares – por ejemplo, antes de la última cumbre de la OTAN en Gales en 2014 se opuso a una presencia militar permanente en Polonia y los estados bálticos y públicamente descartó proporcionar ayuda militar a Ucrania – se ha mantenido firme en la parte económica de la política de contención. Ella sigue insistiendo en que las sanciones pueden aliviarse sólo si el Acuerdo de Minsk, que pide a Moscú y Kiev retirar las tropas y equipos militares del este de Ucrania, se implementa. El mes pasado, la Unión Europea acordó ampliar las sanciones hasta enero de 2017.

Como tantas veces en la política exterior alemana, sin embargo, uno nunca sabe en qué medida posiciones diferentes dentro del mismo gobierno reflejan una verdadera diferencia de opinión y en qué medida son una rutina de policía bueno y policía malo. Der Spiegel informó hace unas semanas que la posición de la Cancillería estaba cambiando y que, detrás de la escena, los funcionarios alemanes estaban planeando una flexibilización paso a paso de las sanciones. En cualquier caso, Merkel no va a estar ahí para siempre.

Parte de la razón del retorno de Schröderismo es la elección general que está programada para septiembre de 2017. Por segunda vez en tres períodos electorales, los socialdemócratas son el socio menor en una gran coalición con los democristianos de Merkel. Después de la última gran coalición, fueron castigados por los votantes y cayeron a 23 % de los votos en las elecciones de 2009. Ellos saben que deben diferenciarse de los democristianos con el fin de evitar otro desastre – y la política hacia Rusia es una de las pocas formas de hacerlo. En particular, presentándose como el partido de la “paz” y argumentar a favor de un enfoque más conciliador con Rusia podría ganarlos votos en los cinco estados correspondientes a la antigua Alemania Oriental – como Schröder hizo con su oposición a la guerra de Irak en el elecciones de 2002″.  (el original completo aquí)

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5 Responses to Ahora le desconfían a ¿Alemania?!

  1. Rogelio dice:

    Estimado Abel:

    Al día siguiente de la votación inglesa, comentando el post Gran Bretaña, Europa y los extranjeros, enumeramos varios Puntos sueltos para conectar que parecían configurar un cuadro general de divorcios en Europa Occidental y noviazgos en Europa Oriental.

    No se trata solamente de Alemania, como apunta Foreing Policy.
    Tambien Italia (el primer ministro Matteo Renzi), Francia (el ex presidente Sarkozy) y la propia Unión Europea (su presidente Juncker) quienes en plena vigencia de las sanciones a Rusia le hacen gestos abiertos de afinidad.

    En ese comentario, anotábamos también la simultaneidad en la presencia del presidente chino Xi Jinping en Serbia y Polonia, promoviendo el proyecto “One Belt, one road” y la reunión de la Organización de Cooperación de Shangai en Uzbekistan durante la cual se incorporaron India y Pakistán a esa iniciativa del Asia Central.

    En suma, pareciera que existe un cierto desacople en Europa Occidental, en sincronía con la consolidación del espacio geopolítico Euroasiático.
    ¿ Será una de las formas de la “desglobalización” ?

    Saludos

  2. Daniel Eduardo Arias dice:

    Pese a su “Energiewende” (o debido a él), Alemania importa el 98% del petróleo y el 90% del gas que consume. Rusia se anota con el 35% y el 39% de esas importaciones. La electricidad en Alemania no colapsa debido a ellas, al intenso uso de recursos propios de antracita (carbón negro) y la más abundante lignita (carbón marrón, el más azufrado y contaminante de los combustibles fósiles). El 45% de la electricidad alemana se produce con estos dos tipos de carbón, y cada vez más con la lignita.

    El otro modo en que capean los teutones el apagón son las importaciones de electricidad francesa y checa, mayormente nuclear, amén de polaca, mayormente proveniente del quemado de lignita.

    Mirado con la lupa, el “Energiewende” alemán consiste cada vez más en tercerizar o hacer “oursourcing” de generación eléctrica de base en países vecincos, y aumentar en cambio su capacidad doméstica de producir electricidad “de punta”, la que cubre los picos nacionales de consumo, sean estacionales o diarios. No es mal negocio para las “utilities”, porque la electricidad de punta está subsidiada por “feed in tariffs” y se puede vender 4 o 5 veces más cara que la de base. Y no por capricho tecnopolítico: su oferta es errática, tanto como la disponibilidad de sol o de viento, y no siempre coincide con la demanda. Sin un precio muy alto por megavatio/hora, y despacho preferencial, los equipos eólicos, que suelen durar 20 años, no se repagarían en toda su vida útil.

    Pero esta política, que genera hasta un posicionamiento ventajoso en la inmensa red eléctrica de Europa Occidental (importo electricidad barata de base, exporto electricidad cara de punta), tiene limitaciones: incluso los alemanes más antinucleares reconocen que, en términos energéticos, no se puede vivir del equivalente de comer caviar. Papas y chancho llenan más la panza, aunque sean menos prestigiosos.

    Esto tiene consecuencias sobre una entelequia llamada “autonomía energética”, absolutamente disimulada por el hecho de que Europa Occidental genera como un circuito eléctrico unificado, el equivalente de una producción teatral inmensa y llena de partiquinos y extras, en el que lo que haga o deje de hacer un actor puntual, incluso el más importante de todos, no cambia el carácter de la obra.

    La “autonomía energética” alemana deja, entonces, de ser una entelequia cuando tu principal proveedor de petróleo y gas para que fabriques energía de base te muestra los dientes. Sí, estamos hablando de Rusia.

    De modo que el “Energiewende” determina bastante la política externa de Alemania, especialmente hacia el Rusia.

    Si quieren pelearse seriamente con Rusia, los alemanes deberían revisar su catecismo antinuclear y depender más del átomo, ya que no les queda ningún otro recurso nacional para generar electricidad de base que el carbón, y éste tiene un techo: genera mucho más C02 por kilovatio/hora que cualquier otro recurso térmico (y no hablemos de gases azufrados).

    También los alemanes -algunos de ellos, al menos- creen que pueden confiar en mantener su prodigioso consumo eléctrico “de base” (el mínimo nacional sin el cual se para el país) con sus granjas eólicas continentales y off-shore, amén de las placas fotovoltaicas que uno ve en cada techo.

    Pero creer que el mayor consumidor eléctrico de Europa puede pasar el año entero viviendo de recursos de punta es como pensar que puede protejerse del frío andando desnudo y con veinte pares de guantes, o de la lluvia con diez pares de galochas. El que confunde base con punta, confunde manzanas no con peras sino con canarios. Son cosas REALMENTE distintas.

    Los recursos intermitentes, es decir los que generan punta, en tanto no surja un “game changer” que logre almacenar electricidad a bajísimo costo, seguirán siendo intermitentes. Ningún país, por muy verde que se proclame en sus fanfarrias, por muy ecológico que sea el credo energético de sus habitantes, confía su suministro eléctrico de base a los mismos.

    ¿Querés pelearte con los rusos, oh alemán? Olvidate del “Energiewende” y fijate como mantenés tus centrales nucleares activas hasta después del 2022… o se te va a apagar la luz.

  3. Mariano T. dice:

    No veo a Alemania sacrificando sus propios intereses por Polonia, Ucrania y países bálticos (aunque no le gustaría ser vecino directo de Putin)
    Más en estos momentos donde a nadie le sobra nada.

  4. vale dice:

    Qué maravilla europa!

    la globalización de la paranoia…?

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