De un “hispano” a Trump

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Del candidato del Partido Republicano a la presidencia de los EE.UU., Donald Trump, he escrito bastante en el blog (Pongan su nombre en el Buscador y verán). Es inevitable: alguien que tiene chance a ocupar el puesto de mayor concentración de poder formal en el planeta / un fenómeno político nuevo (sin antecedentes en las últimas siete décadas) en su país… merece que lo sigamos.

Ahora, discutir si es bueno o malo para nosotros (además que hay que definir primero ese “nosotros”) no sé si vale la pena. No es un factor que va a influir en el resultado de este noviembre. Me parece más importante pensar en las consecuencias que su ascenso político va a causar, ya, aunque no llegue a Presidente (saben que lo veo difícil…).

Hay una consecuencia que probablemente no estaba en las intenciones del Donald: aumentará la conciencia de sí misma de la comunidad “hispana”. De una identidad distinta, mirada con recelo por otros.

No es un dato trivial: Como ya escribí hace tiempo, la comunidad de origen “hispanic” -proveniente de un país con idioma o cultura española- se estima en el censo de 2012 en el 16,9 % de su población total – 53 millones de personas, lo que los convierte en la tercera nación latina, después de Brasil y México.

La Oficina de Censos en 2008 ya había estimado que el crecimiento de la comunidad hispana es incluso mayor del previsto, y que en el año 2042 la población “blanca” dejará de ser mayoría en ese país (En la estadística oficial, realizada por el Departamento de Trabajo, se considera como sinónimos “población blanca” y “población anglosajona”).

Esto preocupa a gente más seria que Trump. Se señala “a diferencia de lo sucedido con otras minorías étnicas, el crecimiento de la población de origen hispano se ha visto acompañado de la persistencia de las culturas de origen y muy particularmente del idioma español“. Samuel Huntington, el de “El conflicto de las civilizaciones”, dice “La inmigración mexicana está provocando la reconquista  de zonas que los estadounidenses habían arrebatado por la fuerza a México en los decenios de 1830 y 1840 … La mexicanización está difuminando la frontera entre México y Estados Unidos y está introduciendo una cultura muy diferente … A la vez que avanza la inmigración procedente de otros países latinoamericanos, también lo hacen tanto la hispanización en todo Estados Unidos como las prácticas sociales, lingüísticas y económicas propias de una sociedad anglohispana”.

Mi amigo Humberto Podetti afirma que cuando hablamos de la Patria Grande, de la unidad latinoamericana, debemos incluir también en el largo plazo la comunidad hispana en los EE.UU. Estoy de acuerdo, pero agrego una reflexión para considerar:  los procesos de integración cultural siempre son de doble mano. La comunidad latina también incorpora valores y patriotismo norteamericano. Los más “romanos” de todos los emperadores –nacidos fuera de Roma la mayoría– fueron los ilirios y los hispanos.

El que viva lo verá. Por ahora, como un testimonio de esa reacción a Trump a la que me refiero, les acerco este texto de Jorge Majfud, un prestigioso escritor y arquitecto uruguayo radicado en Estados Unidos. Un hispano con credenciales, bah. Me lo hizo llegar otro amigo, Roberto Roitman. Es largo, pero éste es un feriado ídem y creo que vale la pena repasar lo que dice.

Señor Trump:

Cuando usted lanzó su candidatura presidencial por el partido republicano a mediados del año pasado, con la intuición propia un empresario exitoso, ya sabía qué producto vender.

Usted ha tenido el enorme mérito de convertir la política de su país (que después de la generación fundadora nunca abundó en intelectuales) en una perfecta campaña de marketing comercial donde su eslogan principal tampoco ha sido muy sofisticado: Los mexicanos que llegan son violadores, criminales, invasores.

Nada nuevo, nada más lejos de la realidad. En las cárceles de este país usted encontrará que los inmigrantes, legales o ilegales, están subrepresentados con un cuarto de los convictos que les corresponderían en proporción a la población estadounidense. Por si no lo entiende: las estadísticas dicen que “los espaldas mojadas” tienen cuatro o cinco veces menos posibilidades de cometer un delito que sus encantadores hijos, señor Trump.

Allí donde la inmigración es dominante el prejuicio y el racismo se incrementan y la criminalidad se desploma. Verá usted, don Donald, que por siglos, mucho antes que sus abuelos llegaran de Alemania y tuviesen un gran éxito en el negocio de los hoteles y los prostíbulos en Nueva York, mucho antes que su madre llegara de Escocia, los mexicanos tenían aquí sus familias y ya habían dado nombre a todos los estados del Oeste, ríos, valles, montañas y ciudades.

La arquitectura californiana y el cowboy texano, símbolo del “auténtico americano” no son otra cosa que el resultado de la hibridez de la nueva cultura anglosajona con la largamente establecida cultura mexicana. ¿Se imagina usted a uno de los padres fundadores encontrándose un cowboy en el camino?

Cuando su madre llegó a este país en los años 30, medio millón de mexicoamericanos fueron expulsados, la mayoría de ellos eran ciudadanos estadounidenses pero habían tenido la mala suerte que la frustración nacional por la Gran Depresión, que ellos no inventaron, los encontrase con caras de extranjeros. Esa gente había tenido cara de extranjeros y de violadores (usted no fue el primero que lo supo) desde que Estados Unidos tomó posesión (digámoslo así, para no ofender a nadie) de la mitad del territorio mexicano a mediados del siglo XIX.

Y como esa gente, que ya estaba ahí, no dejaba de hablar un idioma bárbaro como el español y se negaba a cambiar de color de piel, fueron perseguidos, expulsados o simplemente asesinados, acusados de ser bandidos, violadores y extranjeros invasores. El verdadero Zorro era moreno y no luchaba contra el despotismo mexicano (como lo puso Johnston McCulley para poder vender la historia a Hollywood) sino contra los anglosajones invasores que tomaron sus tierras. Moreno y rebelde como Jesús, aunque en las sagradas pinturas usted vea al Nazareno siempre rubio, de ojos celestes y más bien sumiso. El poder hegemónico de la época que lo crucificó tenía obvias razones políticas para hacerlo. Y lo siguió crucificando cuando tres siglos más tarde los cristianos dejaron de ser inmigrantes ilegales, perseguidos que se escondían en las catacumbas, y se convirtieron en perseguidores oficiales del poder de turno.

Afortunadamente, los inmigrantes europeos, como sus padres y su actual esposa, no venían con caras de extranjeros. Claro que si su madre hubiese llegado cuarenta años antes tal vez hubiese sido confundida con irlandeses. Esos sí tenían cara de invasores. Además de católicos, tenían el pelo como el suyo, cobrizo o anaranjado, algo que disgustaba a los blancos asimilados, es decir, blancos que alguna vez habían sido discriminados por su acento polaco, ruso o italiano. Pero afortunadamente los inmigrantes aprenden rápido.
Claro que eso es lo que usted y otros exigen: los inmigrantes deben asimilarse a “esta cultura”.

 ¿Cuál cultura? En un una sociedad verdaderamente abierta y democrática, nadie debería olvidar quién es para ser aceptado, por lo cual, entiendo, la virtud debería ser la integración, no la asimilación.  Asimilación es violencia. En muchas sociedades es un requisito, todas sociedades donde el fascismo sobrevive de una forma u otra.

Señor Trump, la creatividad de los hombres y mujeres de negocios de este país es admirable, aunque se exagera su importancia y se olvidan sus aspectos negativos:
No fueron hombres de negocios quienes en América Latina promovieron la democracia sino lo contrario. Varias exitosas empresas estadounidenses promovieron sangrientos golpes de Estado y apoyaron una larga lista de dictaduras.

Fueron hombres de negocios quienes, como Henry Ford, hicieron interesantes aportes a la industria, pero se olvida que, como muchos otros hombres de negocio, Ford fue un antisemita que colaboró con Hitler. Mientras se negaba refugio a los judíos perseguidos en Alemania, como hoy se los niegan a los musulmanes casi por las mismas razones, ALCOA y Texaco colaboraban con los regímenes fascistas de la época.

No fueron hombres de negocios los que desarrollaron las nuevas tecnologías y las ciencias sino inventores amateurs o profesores asalariados, desde la fundación de este país hasta la invención de Internet, pasando por Einstein y la llegada del hombre a la Luna. Por no hablar de la base de las ciencias, fundadas por esos horribles y primitivos árabes siglos atrás, desde los números que usamos hasta el álgebra, los algoritmos, y muchas otros ciencias y filosofías que hoy forman parte de Occidente, pasando por los europeos desde el siglo XVII, ninguno de ellos hombres de negocios, claro.

No fueron hombres de negocios los que lograron, por su acción de resistencia y lucha popular, casi todo el progreso en derechos civiles que conoce hoy este país, cuando en su época eran demonizados como peligrosos revoltosos y antiamericanos.

Señor Trump, yo sé que usted no lo sabe, por eso se lo digo: un país no es una empresa. Como empresario usted puede emplear o despedir a cuantos trabajadores quiera, por la simple razón de que hubo un Estado antes que dio educación a esas personas y habrá un Estado después que se haga cargo de ellos cuando sean despedidos, con ayudas sociales o con la policía, en el peor de los casos. Un empresario no tiene por qué resolver ninguna de esas externalidades, sólo se ocupa de su propio éxito que luego confunde con los méritos de toda una nación y los vende de esa forma, porque eso es lo que mejor sabe hacer un empresario: vender. Sea lo que sea.

Usted siempre se ufana de ser inmensamente rico. Lo admiro por su coraje. Pero si consideramos lo que usted ha hecho a partir de lo que recibió de sus padres y abuelos, se podría decir que casi cualquier hombre de negocios, cualquier trabajador de este país que ha comenzado con casi nada, y en muchos casos con enormes deudas producto de su educación, es mucho más exitoso que usted.

El turco Hamdi Ulukaya era in inmigrante pobre cuando hace pocos años fundó la compañía de yogures Chobani, valuada hoy en dos mil millones de dólares. Algo más probable en un gran país como este, sin dudas. Pero este creativo hombre de negocios tuvo la decencia de reconocer que él no lo hizo todo, que hubiese sido imposible sin un país abierto y sin sus trabajadores. No hace muchos días atrás donó el diez por ciento de las acciones de su empresa a sus empleados.

En México hay ejemplos similares al suyo. Pero mejores. El más conocido es el hijo de libaneses Carlos Slim que, tomando ventaja de las crisis económicas de su momento, como cualquier hombre con dinero, hoy tiene once veces su fortuna, señor Trump.

Señor Trump, la democracia tiene sus talones de Aquiles. No son los críticos, como normalmente se considera en toda sociedad fascista; son los demagogos, los que se hinchan el pecho de nacionalismo para abusar del poder de sus propias naciones.

La llamada primera democracia, Atenas, se enorgullecía de recibir a extranjeros; ésta no fue su debilidad, ni política ni moral. Atenas tenía esclavos, como la tuvo su país por un par de siglos y de alguna forma la sigue teniendo con los trabajadores indocumentados. Atenas tenía sus demagogos: Ánito, por ejemplo, un exitoso hombre de negocios que convenció muy democráticamente al resto de su sociedad para que condenaran a muerte a la mente pensante de su época, Sócrates, por cuestionar demasiado, por creer demasiado poco en los dioses de Atenas, por corromper a la juventud con cuestionamientos.

Por supuesto que casi nadie recuerda hoy a Ánito y lo mismo pasará con usted, al menos que redoble su apuesta y se convierta en alguna de las figuras que en Europa pasaron a la historia en el siglo XX por su exacerbado nacionalismo y su odio a aquellos que parecían extranjeros sin siquiera serlo.

Seguidores siempre va a encontrar, porque eso también es parte del juego democrático y, por el momento, no tenemos un sistema mejor“.

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One Response to De un “hispano” a Trump

  1. ricardo j.m. dice:

    muy bueno no deja mucho que agregar

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