Notas de viaje – Galicia: Vuelven los bosques

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Este viaje a Europa  era para mí una ocasión de tocar algunas raíces, muy cercanas, en Galicia (También lo era para mi mujer, pero sus bisabuelos vinieron de la Liguria en el siglo XIX). Por eso, cuando una amiga me hablaba de la belleza de las Rías bajas, las islas en el Atlántico y la frontera con Portugal, le dije que mi corazón estaba en las montañas. Precisamente, en Lugo, en la Sierra del Caurel, donde con Internet y muchos mails, terminé de ubicar un pequeño pueblo, Seoane do Caurel, a menos de dos kilómetros del cual, montaña arriba, está la aldea de Piñeira, donde nació y vivió niñez y juventud mi madre.

La visita me permitió, además de responder a la pregunta de Eva Row “Los gallegos, ¿siguen tan amistosos y familieros?” (le contesté “Son dos preguntas, no una. La primera tiene como respuesta un sí condicionado: los gallegos siguen siendo los españoles que tienen mejor onda con nosotros. No hay familia que no tenga lazos de sangre aquí. Pero también allí algunos argentinos han ganado fama de irresponsables y ventajeros (con esfuerzo de su parte; no es que la consiguieron por suerte, eh). La segunda es un sí rotundo: esos lazos de sangre hacen que te reciban con los brazos abiertos y una hospitalidad abrumadora“) confirmar algo que yo ya pensaba: Mi madre había atravesado en el curso de su vida unos dos mil quinientos años. Cuando en 1930 conoció su primera ciudad, A Coruña, donde se subió al barco que la traería a América, la aldea que dejaba atrás no era muy diferente, en la tecnología que usaban y en la vida cotidiana, de las que encontraron los dorios al entrar en Grecia, poco después de la caída de Troya.

Entiéndame: No estoy hablando del “atraso” de España o de Galicia. Sería lo mismo si hablase del País de Gales, o Sajonia. En todas las ciudades del planeta estaban, como están hoy, los desarrollos técnicos fundamentales de todos los siglos que pasaron desde que los hombres empezaron a usar el hierro: la pólvora, la imprenta, el ferrocarril, las cloacas (que ya había en Cnossos, Creta, mucho antes de los dorios). Pero todavía, promediando el siglo XX, una parte no menor de la población del mundo seguía viviendo en esas aldeas. Me contaba mi primo, más joven que yo “Cuando le digo a mis hijas que los arados eran de madera, y los carros los tiraban las vacas, me miran como si les estuviese hablando de la Edad Media“.

Y en Galicia eran hombres y mujeres libres, en el sentido que eran dueños de su propia tierra (y sus propios castaños), aunque tuvieran que pagar renta al obispo o al Señor. (Si éste abusaba mucho, le quemaban el castillo, como lo hicieron en las guerras irmandiñas). Peor estaban los siervos de la gleba, en Europa del Este y en las estepas rusas, o los braceros en las fincas del norte argentino, por ejemplo. Pero la trampa del minifundio ataba a esos aldeanos a una vida durisima. Mi madre siempre tuvo muy claro que no le interesaba más la vida rural.

Personalmente, encontré en Galicia gente de mi sangre, una forma de hablar, de extender la mano y abrir la puerta, que tienen que ver con una parte de mi identidad. Y también, la reflexión histórica es un vicio de uno, estas ideas que estoy compartiendo con ustedes. Me parece que vale la pena meditarlas, porque esa forma de vida, que comenzó cuando se inventó la agricultura, unos 10.000 años atrás, ha sido la de la mayor parte de la humanidad a lo largo de su historia. Las ciudades, los imperios, los ejércitos, todas las culturas se edificaron sobre las espaldas de aldeanos. Y en unas pocas generaciones, eso está desapareciendo. Aún quedan muchas aldeas, en las llanuras de la India, en la China profunda, en África y el Asia Central. Pero está claro que el reloj está corriendo. Sobre todo, porque, apenas puede, la gente se va de allí (salvo claro, que cuenten con jugosos subsidios del Estado o de ONGs; pero ya no es entonces la misma vida). ¿Cómo sigue la historia, la humana, digo? Un indicio: la superpoblación ya no es el problema inminente, aterrador, que los demógrafos alertaban hace sólo 30 años. En las ciudades, la gente tiene menos hijos.

Galicia es un caso de muestra – a lo bestia, dirían algunos parientes míos. Los jóvenes han dejado el campo (eso no es tan acentuado en la Italia del norte, por ejemplo). En las aldeas quedan los viejos, y los servicios que los atienden, porque el Estado español y la Comunidad gallega se preocupan en serio por ellos. En Piñeira, al lado de la vieja casa de los Raposo Corral, paredes de piedra y ventanas de tablas gruesas, en una más pequeña y moderna, vive todavía otro primo mío, que a los 78 años baja caminando todos los días al pueblo a tomarse una copa. Pero eso lo hace en verano y en otoño mientras dura el buen tiempo. En invierno se muda a un departamento en la pequeña ciudad de Quiroga, porque no come vidrio.

Queda comparativamente poca agricultura en Galicia, y menos en Lugo. Porque el campo hoy es una actividad industrial, racionalizada, y en esas pequeñas fincas ya no dan los números. Por todos lados están volviendo los bosques: crecen árboles jóvenes como una ola, rodeando a castaños o pinos centenarios. Ya salen a cazar cerdos salvajes en esos bosques.

Que este esbozo de análisis socioeconomico no los confunda. Galicia hoy es una región rica, urbanizada, con magníficas rutas, y con menos desigualdades que en el resto de España. Hay poca marginalidad, casi ninguna en sus ciudades pequeñas. Y su gente joven lo ve con naturalidad. Pero el cambio ha sido más rapido, y más completo, que en la mayoría de los lugares del mundo. Por eso, todavía me pregunto cómo sigue. La Historia, saben, no tiene fin.

2 Responses to Notas de viaje – Galicia: Vuelven los bosques

  1. HARRY dice:

    Abel,la vuelta de los bosques es positivo siempre,la naturaleza libre hace al hombre libre,lo sustrae al control del panoptico-palabra que alguien acaba de poner de moda- y con ello vuelven los animales y la caza.Y la longevidad.
    Pueblo longevos son pueblos naturales,la ciudad es crematistica. La ecologia jungeriana defendia eso ,ese hombre llego a vivir 103 años pese a dos guerras,internaciones,persecuciones,etc.El gotico tiene la forma de la foresta en sus iglesias,el arbol era el simbolo y la clave.Una catedral gotica vista de lejos parece una foresta emboscada .No es casual.
    Abrazo
    Harry.

  2. desvinchado dice:

    Gran descripcion de Galicia!!! Cuando fui me encontre con un pais hermoso gente de primera y esos restos medievales de los que hablas abel. Aunque en Pontevedra la gente vive de las rias y los pueblos estan interconectados asi que no todos se van. Pero igual vi viejitas vestidas de negro, con capuchas negras, sentadas en casas de piedra que parecian de la edad media. Es impresionante la conexion con el pasado que sentis en españa cuando te alejas de las ciudades o te cruzas con algun campesino que no habla español. Tanto en Galicia como en Cataluña se ven esos pueblos milenarios que te acomodan en la cabeza la historia europea de un vistazo, los barbaros,el imperio romano, la edad media y la modernidad en dos horas. Gran entrada abel, voy a venir mas seguido

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