Con los ojos del adversario: Huntington

No quise dejar pasar la muerte de Samuel Huntington sin dar el homenaje que corresponde a un adversario. Trato de elegir con cuidado las palabras: adversario por su propia elección, no mío, por supuesto – no juego en su liga, dirían en su país – sino de la «cultura latinoamericana», ese conjunto de naciones, pueblos y costumbres de la que uno forma parte. Cuyo avance – demográfico, cultural – en la sociedad norteamericana veía como un peligro. «La inmigración latinoamericana en gran escala podría dividir a los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas«, son sus palabras.

Y homenaje, porque su posición, la de un patriota «anglo» tradicional, nos ayuda a reconocernos y definirnos. Sin ser seguidor de Carl Schmitt – lejos de ello – no puedo negar que el concepto de adversario es una gran ayuda para afirmar la propia identidad (No uso el término «enemigo» porque a esa palabra, de resonancias nobles en una sociedad más tradicional, está berreteada por muchos de los que escriben en los foros de La Nación y en blogs con una actitud más liberal que la mía hacia los comentarios: «Enemigo» sería alguien a quien se insulta, y no alguien cuyo tamaño enaltece mi lucha).

El tamaño intelectual de Huntington era considerable. Para los parámetros actuales, es cierto, que revelan una cierta decadencia en el nivel de los filósofos políticos y macrohistoriadores; no hay figuras del nivel de Aron o de Toynbee. Pero su visión era más realista y compleja que los juegos intelectuales de un Fukuyama o la esterilidad en que han terminado los «Nuevos filósofos» franceses.

Su mismo patriotismo y su identificación con ciertos valores muy tradicionales de la cultura norteamericana le permitieron comprender – lo que no es frecuente en sus compatriotas – que otros pueblos tienen otros valores y tradiciones diferentes. No era sentimental, no era multiculturalista y ciertamente no era progre: no sentía un respeto abstracto por esas diferencias. Pero su pensamiento, el que exponía en sus libros, se oponía frontalmente a la fatídica fantasía que influyó en el gobierno estadounidense después de la caída de la Unión Soviética: la facil «americanización» del mundo, en particular del Medio Oriente.

Su visión de unas ocho «civilizaciones», la islámica, la eslavo-ortodoxa, la confuciana, la hindú, la africana, la latinoamericana, la japonesa y la occidental es simplista y floja en historia. No tiene tampoco la poesía trágica de Spengler ni la erudición de Toynbee. Como dije arriba, hace más justicia a la complejidad y la riqueza del mundo real que las burdas simplificaciones liberales o marxistas. Pero – aunque reconocía, como no podía dejar de hacerlo, que no son bloques homogéneos – no alcanzaba a apreciar que los conflictos decisivos se dan en el seno de estas culturas, en la forma de enfrentar la historia común que las arrastra inevitablemente. No es posible encerrarse en las fronteras de una cultura. Quizá le resultaba difícil aceptar esto porque él hubiera preferido (sin reconocerlo) unos Estados Unidos encerrados en la síntesis cultural que alcanzaron en la primera mitad del siglo pasado.

De cualquier modo, Huntington deja un legado. Puede tener un costado perverso para sus víctimas, si sirve a la reacción antiinmigratoria en los Estados Unidos. Pero a nosotros, los latinoamericanos, puede servirnos si nos ayuda de entendernos como un «nosotros».

Al menos, me parece difícil que un liberal puro y duro – e intelectual brillante, reconozcamos – como Carlos Escudé, que influyó mucho más que un Jorge Castro en el armado intelectual de la cancillería argentina que sirvió a las «relaciones carnales», hubiera escrito este magnífico ensayo «La civilización iberoamericana«, sin la influencia del pensamiento de Samuel Huntington.

8 Responses to Con los ojos del adversario: Huntington

  1. Carlos E. Zaballa dice:

    Muy buen gesto el tuyo Abel. Realmente Huntington se lo merece, más allá de las discrepancias que con su pensamiento se puedan tener. Y tu reconocimiento al «adversario», en una etapa del mundo -incluyendo a nuestra argentina k- en que en general al otro se lo «ningunea» o se lo convierte en el enemigo al que hay que destruir, tu gesto habla no sólo de tu calidad y honestidad intelectual sino además de tu hombría de bien. Dos virtudes que, lamentablemente, están muy próximas a caer en lo que los abogados denominados «desuetudo»…
    Como bonus track, debo decirte que comparto enteramente tu opinión sobre que Escudé influyó mucho más que Castro en la política exterior de los ’90. Y fue acertado también mencionarlo en el contexto del homenaje a Huntigton.
    Carlos E. Zaballa.

  2. Andrés el Viejo dice:

    Excelente obituario. Tal vez, en mi opinión, demasiado condescendiente hacia una visión del mundo un tanto superficial y propagandística, pero que tiene el mérito de reconocer que no hay una civilización, sino varias. Pero, aún con esa reserva, muy buen comentario de la obra de Huntington, a la vez respetuoso y crítico.
    Con respecto a Escudé, más allá de obvias diferencias ideológicas y políticas, creo que Escudé tiene el mérito de la honestidad intelectual. Para mal, como cuando vociferaba en televisión «God save America», después del 11 de setiembre. O para bien, como cuando desnudó las raíces profundas de ese sentimiento nacional que nos hace a los argentinos el pueblo más antiyanqui de América Latina y uno de los más en el mundo, con un rigor y solidez en el análisis y demostración que nunca habían desplegado ninguno de los autores nacionalistas (fueran de izquierda o de derecha, así los que se quisieron ajenos a ese clivaje).
    Saludos

  3. Anahí dice:

    Lo que desde mi punto de vista Huntington propone es justamente una alternativa al problema de Schmitt, lo que en este era duda, para él fue certeza: cuál el límite de la enemistad óntica /ontológica. De ahí que propone el «choque de civilizaciones»: no habla de diferencia, no habla de desencuentro, no habla de incomprensión, etc., etc., etc., habla de choque.
    Por otro lado además de militarista (fungió como funcionario), proponía entre otras cosas la superioridad tecnológica, y sentó la bases para el enfrentamiento con Oriente.
    Disculpame que no lo respete como vos, para mí era un reverendo h-de-p y un mentiroso, al mejor estilo Hayek o Friedman….
    Lo mismo pienso de Escudé, cuya «especie de ensayo del ser latinoamericano» (para lo cual desde mi punto de vista no tiene la menos autoridad intelectual) más bien semeja una caricatura de algo que desprecia profundamente. Un carozo que le queda atragantado.
    Abrazo.

  4. Abel B. dice:

    Anahí:
    Evidentemente, tenemos diferencias en nuestros juicios. Y me parece que la más importante no es ideológica, ni siquiera intelectual (fijate que Zaballa y Andrés, que no piensan lo mismo que yo, no discrepan con mi enfoque). Es… el distinto rol que uno puede darle a la evaluación moral (ética) frente a los hechos de la política y de la historia.
    A mí me parece que tu indignación con Huntington (y con Hayek, Friedman y, para el caso, Escudé) sesga incorrectamente tu evaluación intelectual de pensamientos bastante diferentes entre sí. No creo – entendeme – que no los puedas seguir teóricamente. Pero sí que no te permitís percibir «desde dónde» un Huntington, por ejemplo, piensa como piensa y actúa como actúa.
    Yo veo a Huntington – lo dije – como un estadounidense patriota, «anglo», con todo lo que eso implica de una identidad cultural profundamente arraigada. NO CREO QUE ESTO DIGA QUE SUS VALORES SON ANTAGÓNICOS CON LOS MÍOS. Pero sí me queda claro que son distintos. Puedo reconocer la riqueza y el aporte a la humanidad del «experimento» emprendido en 1776. Y evaluar, honestamente, que nuestra cultura, la iberoamericana, sea superior en muchos aspectos humanos y, quizá, una mejor apuesta a largo plazo para el futuro de la humanidad.
    PERO, ANAHÍ, ESA ES UNA EVALUACIÓN INTELECTUAL Y NO DEMASIADO RELEVANTE PARA EL DÍA A DÍA. En lo concreto, él era un yanqui y yo soy argentino. La obligación primera de él era a su país, y la mía es con mi patria. Hay, sí, una obligación común, si querés, con la humanidad. Pero – salvo circunstancias muy especiales y muy raras – se descarga a través de las diferentes naciones, o – en el plano político-económico – de una unión de naciones.
    No estoy diciendo que tu forma de ver las cosas sea equivocada. Es más… emocional que la mía, lo que no significa un juicio de valor. Pero sí pienso que te puede llevar a errores políticos. Es lo que pasa – a mi modo de ver – cuando en tu comentario a mi post «Una tarjeta geopolítica», vos hablás de «Kissinger y toda la asociación ilícita genocida del plan Cóndor. Lo demás, hoy al menos, está en manos de la justicia». Anahí, los que están en manos de la justicia son militares argentinos que pensaban que estaban combatiendo en la 3º Guerra Mundial, y que, además, perdieron una guerra real. Como señalé en ese post, para los que conducían la «70 years war», como la llama Pournelle, no eran combatientes, sino material descartable. Uno de esos conductores, el Dr. Kissinger, es hoy uno de los patriarcas del establishment intelectual republicano (y consultado por demócratas) y no visitará ningún tribunal…, salvo que su país pierda una guerra.
    Esto no es nuevo ni cínico. Ya hace mucho se decía que «Marte juzga a los príncipes en los campos de batalla».
    Me extendí un poco. Sabés? Siento que debo escribir algo sobre Gaza – un asunto no tan alejado de lo que estamos hablando – y no me resulta fácil. Claro, como no soy judío – ni árabe – no tendría problemas en volcar indignación moral en baldes. Pero no es mi estilo, y tampoco me parece que les serviría de mucho a los palestinos, con quienes soy solidario. Para mi sentido ético, debe ser una solidaridad racional, que tome en cuenta que las bombas no las sufro yo, y debe servir para algo concreto. No es simple.
    Un abrazo y feliz 2009

  5. Anahí dice:

    Dudé en contestarte el comentario porque sé que no te gusta mucho la extensión en ellos, ¿pero de qué otro modo?
    Yo puedo suponer que Hitl*r era un patriota, pero eso sigue sin decirme nada de su posición ética incluso ante su propia patria y las derivadas consecuencias políticas. Lo mismo vale para Ki*singer. ¿La diferencia? Es cierto, uno perdió la guerra, y el otro, puede decirse, la ganó. Cinismo utilitarista. (También es cierto que Ki*singer no le conviene salir de su país a causa de algunos pedidos de captura). Pero en todo caso sabemos no sólo emocionalmente (cosa que no es despreciable en absoluto, la inteligencia emocional, digo) sino «racionalmente» qué es lo que corresponde.
    Se pueden crear grandes teorías basadas en el cinismo utilitarista, y que sean refutadas mil veces, pero tener las armas para imponerlas, y que te consideren un patriota por ello (y tenemos nuestros propios ejemplos en el siglo XIX)
    Mi escala de valores es otra, y esa escala es la que rige «mi forma de pensar».
    Y en lo que a mí respecta, el mundo no es de los que ganan.
    Abrazo.

    PS:tampoco veo en qué pueda convenirle, incluso desde una «emocionalidad racional», a una potencia dominante como USA ser el país más odiado del mundo (Obama ha dicho, y no creo que sea poca cosa, que deben recuperar «el sentido moral»… ¿?… y propone retirar Guantánamo ¿?)

  6. Anahí dice:

    Me quedó algo, respecto a Escudé y su «ensayo latinoamericanista»: hacé el ejercicio de compararlo con el maestro Kusch, y fijate desde qué autoridad intelectual habla (que no sea un cinismo utilitarista)

  7. Abel B. dice:

    Anahí:
    Respeto tu postura y tu inteligencia emocional, pero sigo pensando que te impide evaluar – en sus términos – a los que piensan de otra forma. Escudé es un liberal tradicional y, sospecho, filosóficamente está influído por los positivistas lógicos; lo que no es obviamente el caso de Kusch. ¿Qué tiene que ver eso con la autoridad intelectual y el «cinismo utilitarista», sea eso lo que sea?
    No estoy en contra de los comentarios largos (los cometo a menudo). Pero creo que debemos evitar el repetir nuestras convicciones y tratar de entender las del otro, o para qué sirve un blog? En mi caso, estoy muy de acuerdo con lo que decís en tu PS «¿puede convenirle a una potencia dominante como USA ser el país más odiado del mundo?» y pienso incorporarlo en una nota sobre Gaza.
    Un abrazo y nuevamente feliz año

  8. Anahí dice:

    Yo agradezco tu respeto a mi inteligencia emocional, pero creo o que no entendiste, o al menos soslayaste, intencionadamente o no, mi posición: no hay respuesta «racional» ante la imposición por fuerza. No al menos como la que vos pretendés o esperás.
    Huntington, Hayek, Friedman, Fukuyama, incluso K. Popper fueron «racional y largamente refutados» y aún gozan de buena salud. Sé como piensan, los he leído, he leído a «sus adversarios», y a «sus refutadores». Lo que los avala no es «la racionalidad», sino la fuerza.
    Por otro lado, explicame qué tiene de «irracional», o de pura «emotividad» la ética, porque esa parte me la perdí.
    Tal vez en el interín tengas alguna teoría sobre por ej., «el terrorismo»; y quizás también puedas incluir una explicación de porqué por ej. en Argentina, familiares y grupos de DD.HH., «muy emotivos» ellos, no tomaron «justicia por mano propia» ante «los que conducían la 70 years war”,
    Por ahora me quedo con que «lo que cuenta» para ser valorado, es «ser patriota», como en el caso de Huntngton. Lo demás es pensamiento «simplista» sin más.
    Desmentime si me equivoco.
    Abrazo.

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