sobre ministros de economía

Si Lavagna hubiese ganado las elecciones, el ministro de Economía habría sido Javier González Fraga. Si hubiera triunfado Carrió, ese cargo estaba reservado para Alfonso Prat Gay, que fue presidente del Banco Central durante la gestión de Lavagna y que también había trabajado a los órdenes de González Fraga en su consultora, antes de rumbear hacia una opulenta carrera en el JP Morgan. Finalmente ganó Cristina Fernández de Kirchner y el elegido es Martín Lousteau, que en su currículum exhibe haber trabajado en la consultora de Prat Gay, haber sido su asesor en el Banco Central, y haber sido coautor con González Fraga del libro Sin atajos, publicado en 2005“. Esto lo dice Marcelo Zlotogwiazda en el Página 12 de hoy, en un artículo que se llama “Consenso básico” y que vale la pena leer.

Pero Marcelo Z. especula ahí sobre lo que va a hacer Lousteau, a partir de lo que dijo antes. Es lo mismo que hace, en su edición del 15, Ámbito Financiero ¿necesito decir que se maneja con peor onda, y seleccionando las declaraciones que enfrentan su pensamiento con políticas que Kirchner impulsó o avaló? Para terminar (con los ejemplos que yo doy; pueden encontrar muchos más) Artemio López, un kirchnerista orgánico si los hay, selecciona en su blog opiniones de Lousteau sobre el gasto público y las AFJP, que muestran un corazón puro y progre.

Se me ocurre que todo esto lo que refleja en realidad es una cierta ignorancia sobre lo que éste “consenso” significa, y – más a fondo – sobre qué es lo que puede y lo que no puede hacer un ministro de Economía.  Por un lado, gente inteligente y bien informada, pero sin formación profesional en economía; por el otro, la gran mayoría de los economistas profesionales – especialmente los jóvenes – que escriben solamente para que los lean otros economistas (anche en los blogs). Mi formación en economía es muuy básica, y a lo mejor por eso es que me preocupa acercar el lenguaje de los economistas, el de los políticos y el de la gente de a pie.

Entonces, en palabras simples: esa gran mayoría de economistas profesionales jóvenes que mencioné estaría de acuerdo con lo que piensa Lousteau, y por qué no? Han estudiado en las mismas escuelas, con la misma bibliografía (No hay otra; un Silvio Gesell, por ejemplo, puede ser muy interesante, para los historiadores de la economía; no le sirve al que tiene que preparar un informe hoy). Por supuesto, hay diferencias, de acuerdo al temperamento, al cliente o al empleador del economista en cuestión (igual como con los encuestadores, no es así, Artemio?), pero se ven en las recomendaciones concretas, no en los análisis teóricos. Ningún economista serio, aunque sea discípulo de Hayek, diría que el gasto público es siempre malo en sí mismo. Por supuesto, en la evaluación que haga sobre si un determinado nivel de gasto público es bajo o alto, es muy posible que influya el que trabaje para el gobierno o en el sector privado.

No estoy diciendo – por favor – que el ministro de economía es “sólo” un técnico.  Desde hace mucho que afirmo que – después de 1945 y el final de la Segunda Guerra – la suerte de la mayoría de las naciones no se decide en los campos de batalla sino en el acierto o el error de sus políticas económicas. Lousteau tendrá un rol clave, técnico – esperemos que para bien – en la política económica que decidirá(n) (los) Kirchner (también podrá tener un rol político, pero ahí pesarán más Moyano, los gobernadores, bastantes otros). Eso es cierto con todos los presidentes, exceptuando a los que abandonan la decisión en manos de sus ministros.

Entonces, mi discusión es con la mentalidad que cree que hay economistas buenos -keynesianos – y economistas malos – ortodoxos – o viceversa. Los buenos son los competentes (en la gestión, porque pueden ser economistas de un alto nivel intelectual – como Ferrer – y no saber manejarse en el Estado) que trabajan para la Argentina y su pueblo; los que trabajan para otros intereses son neutros, son datos de la realidad, en tanto el gobernante no se confunda; los realmente malos son los incompetentes de nuestro lado, según esa evaluación que nos recuerda que es peor un bruto que un malo.

Esto no contradice la advertencia que hice meses atrás sobre el peligro que al gobierno le vendiesen la tradicional receta del ajuste, frente a la crisis en los mercados internacionales que se venía, combinado con el tropezón interno con la “piedra” Skanska. Es evidente que hay todo un discurso internacional – profundamente instalado – que sostiene siempre y en todo lugar la necesidad del ajuste, para “recuperar la confianza de los inversores” (en todo lugar menos en los Estados Unidos, claro). Es un mérito que debe ser reconocido a Néstor Kirchner que durante cuatro años hizo oídos sordos a este discurso, sin derrapar. Por supuesto, el peligro opuesto es el que se envuelve en un keynesianismo berreta para justificar cualquier nivel de gasto “para estimular la economía”. Pero a este peligro, el legendario cocodrilo del bolsillo del Sr. K ha sido un buen antídoto, por lo menos hasta hace poco.

Martín Lousteau tiene, en mi opinión y en la de otros, la muy difícil tarea de introducir políticas precisas y complejas para contener la inflación que existe y – más peligrosa – la que puede venir, si se produce una espiral de precios y salarios. Debe contar con el poder político del oficialismo, sin el cual nada sería posible, pero que por sí solo no alcanza. Es necesario entonces que logre convencer a la Presidenta, y a su marido, que el modelo hoy requiere un nivel de sofisticación mayor que el que Moreno ha aplicado (y que, reconozcamos, sirvió en el 2006); en realidad, mucho mayor que el que Lavagna necesitó usar en su momento. De paso, sería elogiable que pudiera reconstruir el INDEC que las políticas K destruyeron. Atención: el freno a la inflación es algo necesario, pero sería un grave error – equivalente al que se cometió con la convertibilidad – creer que es suficiente.

Porque todavía Argentina no tiene una política industrial, a pesar de todos los avances, que son reales. Todavía los recursos naturales son el factor fundamental en nuestras exportaciones. Aún si consideramos a la agricultura moderna como una industria – que lo es – debe incorporar más tecnología argentina y mucho más empleo de buena calidad (Y, lo que se exige a toda industria moderna, respetar el medio ambiente). Se debe articular el decisivo mercado interno con el mercado internacional.

Y a un hombre que viene del BAPRO no le resultará difícil comprender que nuestro país no tiene – y necesita – mecanismos de financiación adecuados para el desarrollo industrial (que incluye, lo dije, el agrario). La red de fideicomisos y subsidios con que contamos ahora es más burda – y potencialmente más desastrosa – que los dibujos de Moreno. Indudablemente, la tarea técnica no es para aburrirse. Buena suerte, Martín.

Siento necesario agregar algo:  importante como es el plano técnico, el decisivo es el político. Un ministro de economía con bolas puede jugar un rol ahí; en nuestro sistema, el Presidente es el jugador principal. Pero, siempre, él o ella está acotado en sus decisiones por las realidades de poder existentes, y las realidades de opinión y voluntad que construímos entre todos, por nuestra acción o nuestra abulia.  Si yo pienso, como muchos compatriotas – entre los cuales se cuenta una buena parte de la comunidad blogguera – que el desarrollo económico real es el desarrollo social, que su símbolo y su realidad es el desempleado, el excluído, que se transforma en un trabajador con un buen sueldo y atención médica para su familia,… bueno, no es la tarea del ministro de economía. Es la tarea de nosotros. Buena suerte a todos.

4 Responses to sobre ministros de economía

  1. Pablo Cassano dice:

    Estimado Abel.
    Muy interesante el pensamiento.
    Y muy llamativa la vinculación de los candidatos a ministros, que no por conocida deja de ser bueno recordar.

    Me brotan un par de preguntas o asuntos sobre los que a lo mejor me podés dar tu opinión. Es alrededor de aquello de “poner la manguera a chorrear para adentro, en lugar de que vuelque para afuera”
    ¿Se puede seguir destinando el 3% ó el 4% o más del PBI a pagar la deuda?
    ¿Se puede crecer decentemente con un proceso continuo de venta de las empresas nacionales?
    ¿como nos afecta que la ganancia de la mayoría de las empresas que dejaron de ser argentinas se vaya afuera?
    A mi me dan escalofríos cuando escucho que hay que incrementar la inversión extranjera – siempre de dudosa eficacia para nuestro crecimiento por su carácter especulativo – mientras del país se van enormes sumas de dinero sin que nadie diga nada.
    Yo no tengo formación económica, lo mío es mera observación, así que me gustaría conocer tu opinión sobre estos temas, a ver si son preocupaciones fundadas y si existen otras opciones.
    Adiós.
    Pablo Cassano

  2. Abel dice:

    Estimado Pablo:

    Yo creo que tus preguntas – y tu escalofrío – son válidos. Te puedo dar algunas respuestas, si tomás en cuenta que no reflejan más que una evaluación personal, basada en un conocimiento básico de economía y alguna experiencia en la política y en el Estado.

    1) Poder, se puede. Lo hemos estado haciendo – si se examinan los números, dejando de lado la retórica – y el país ha crecido en los últimos 5 años. Es cierto, empezando desde el fondo de un pozo muy profundo, y con buenas precios internacionales para nuestras exportaciones. Pero si esas condiciones cambian, Argentina estará ahorcada nuevamente por los intereses de la(s) deuda(s), que se pueden considerar como un tributo que se paga al sistema financiero internacional, basado en el crédito (o como se decía en la Edad Media, en la usura).
    Corresponde que diga que – en mi opinión – la gestión del gobierno K en este tema no ha sido mala, considerando las relaciones de poder internacionales, sobre todo comparada con los otros gobiernos democráticos y el último gobierno militar. (Rodríguez Saá pudo anunciar el default porque ya la realidad lo había declarado: no había con qué pagar. Lo mismo le pasó a Alfonsín en 1988). Lo negativo de la política de Kirchner en este campo es un discurso que sobredimensiona lo que se logró. La única política nacional inteligente en el tema no pasa por medidas dramáticas: es no endeudarse. Lo mejor que puede decirse del actual gobierno es que se endeuda menos que los anteriores.

    2) No. Pero la respuesta no depende del ministro de economía. En realidad, pienso que es el problema central de la Argentina: formar una clase industrial cuyo objetivo no pase por vender sus empresas. Cuando no despunto el vicio en mi blog, colaboro con el Foro para una Nueva Política Industrial, donde, entre otras cosas, tratan de responder a esa pregunta.
    En justicia, debo apuntar algo: con todas las críticas que se le pueden hacer a los nuevos empresarios del agro, y son muchas, en su gran mayoría reinvierten en el campo.

    3) Lo peor no es que se vayan las ganancias, que – en un esquema razonable, no en el saqueo que a menudo prevalece – son la retribución del empresario. Lo peor es que no haya reinversión, ni estímulo al desarrollo de tecnología nacional.

    Comparto tu escalofrío al oír hablar de “inversión extranjera”. No es por xenofobia, ni por que no vea que en algunos campos puede ser necesaria. Es que demasiadas veces ha sido otro nombre de negociados y curros.

    Un abrazo,

    Abel

  3. Carlos Campolongo dice:

    … La cuestión desde mi punto de vista, que no domino esa “pretendida ciencia exacta” que es la economía, es si verdaderamente no nos tenemos que volver a hacer la pregunta ontológica sobre ella: ¿qué es la economía?; más allá del clásico eslogan de la distribución de lo escaso. Ese combate político – conceptual me parece necesario luego de la hegemonía de los econometristas y demás yerbas. Y en cuanto al homus que no es oeconomicus solamente, quisiera agregarte para el desarrollo social el replanteo profundo de la educación y sus funciones. Las nuevas problemáticas sociales de las conductas autodestructivas, anómicas y la falta de cultura (en sentido peronista) para que la Ley sea instituyente de la socialidad. El derecho de acceso a una información de calidad, podría ser otra cuestión. Teniendo en cuenta que la “nueva economía” ha hipervalorizado los signos, la importancia del diseño sería una muestra de nuevas formas productivas. Paralelamente me pregunto si, en verdad, no podría orientarse el consumo para que no se transforme solamente en consumismo.

    Un capítulo final sería no estigmatizar a los sectores medios in totum como gorilas porque me pareció un sendero – a dos vías – muy riesgoso en el marco de lo que vos mismo señalás como guerra civil de 28 años.

    Soy conciente que estos temas podrían separarse del paradigma económico clásico pero, al menos para mí, creo que no debería ser así.

  4. Abel dice:

    Carlos, incorporo – con mucho retraso – este fragmento de un mail tuyo porque, repasando la temática, encuentro que los temas que vos planteás son precisamente los que faltan en un largamente pendiente replanteo del pensamiento económico. Ciertamente, yo no estoy en condiciones de hacerlo, pero me parece que puede ser un desafío interesante para los que le interesen abordar temáticas que superen coyunturas de valijas y piquetes.

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